
Los casos de El churrero castañero García Pérez: El último caso.

——Ambos están juntos en estos momentos… ¡Pero no revueltos! Jajajaja. La habitación de la derecha, al fondo.
——Hola sargento Aguayo. No, no vengo de una fiesta. Tengo un pro-ble-ma óptico. Nada grave… espero. ¿Quién era el fallecido?
——Se llamaba Lucindo. Lucindo Sierra. Agáchese. Mire cómo han dejado su torso.
——No puedo a-ga-char-me, ya sabe, la puta ciática, pero puedo ver per-fec-ta-men-te que lo han acuchillado de una manera bárbara.
——Grotesca sería la palabra que yo utilizaría, señor García Pérez.
——¿Quién encontró el cadáver?
——La mujer que limpiaba la casa y, parece ser, en ocasiones le calentaba la cama. Pero aún es pronto para tener más datos. Como verá la Científica aún sigue por aquí…
——¿Ha tomado café esta mañana, sargento? Le invito a uno.
——Buena idea. Aquí todavía no pintamos nada. Unos 50 metros más abajo hay una pequeña taberna. ¡Cabo Durango, Ma marcho con el señor Pérez García…
——¡García Pérez!
——… Con el señor García Pérez a tomarnos un carajillo. Bueno, dos carajillos, uno cada uno… Le dejo al mando de todo. Volveremos en un cuartito de hora.
——Le entiendo perfecta, ups, perfectamente. Cuando “todo” es “nada” es imposible plantearse nada.
——Sargento, no en-tien-do lo quiere decir.
——Me refería, Señor García a esa presencia tan fascinante como espeluznante que se incrusta dentro de nuestros cuerpos y nuestras esencias.
——Supongo que se re-fie-re a lo que Rudolph Otto llamó “experiencia de lo numinoso”.
——En realidad no sé a qué me refiero. Estoy demasiado borracho, o casi borracho, como para saber distinguir entre ese “todo” y esa “nada” de la que le hablaba antes y que usted no entendió. ¡Estoy harto de cuerpos despedazados, guantes de nitrilo azul e informes anal… ups, anatomopoto… patalógi… ¡Anatomopatológicos! ¡Informes anatomopatológicos! Cuando era joven me encantaba ver pasar esta existencia de mierda. Ahora que ya soy mayor, o por lo menos mucho más viejo de lo que era cuando sentía por mis venas el ímpetu de la juventud… no sé si me entiende, García, pero si me entiende, por favor trate de explicarme lo que trato de decir…
——Sargento Aguado, ¡Aguayo! me deja sin habla y li-te-ral-men-te anonadado. Es usted el mejor trabucador que he conocido.
——García, estoy cansado. Cansado de estos tiempos de sexualismo avanzado, de flatulencias permanentes, de perforaciones septales, de lujo y exclusividad, de fornicación impenitente. Pero también de adoraciones eucarísticas, de reverberaciones improbables y de alergias, resfriados y gripes. No me queda mucho. Se lo digo en serio. ¡No me queda mucho! Pero aún así, me parece demasiado. No sé si podré soportarlo.
——Sar-gen-to, re… recuerdo un día… Bueno, al principio creí que se trataba de otro día cu-al-quie-ra, sin embargo fue uno de los días más ex-tra-ños de mi vida. ¿Sabe por qué? Ese día, ese puto día espagueticé un tallarín. Y después de es-pa-gue-ti-zar-lo me sentí henchido.
——¿Quiere, qui… quiere decir ahito?
——Sí, henchido, ahito, colmado, atiborrado… pero también atarugado…
——¿Quiere, de de decir que no sabía que hacer ni ni qué decir?
——¡Exacto! ¡No-ci-cep-ti-vo y nociplástico!
——Soñor, señor García, ahora soy yo el que no le sigue…
——Perdóneme, sargento, sim-ple-men-te ma salió esa vena “épater le bourgeois” que llevo den-tro, aunque desde luego este no era el lugar ni el mo-men-to… En instantes así, quiero decir, cuando ver-da-de-ra-men-te me encuentro muy jodido siempre pienso en lo que decía Nietzsche.
——¿Qué decía ese tipo?
——Trataré de ex-pre-sar-lo de carrerilla… vamos a ver si soy ca-paz… «Hoy no vemos nada que as-pi-re a ser más grande, ba-rrun-ta-mos que descendemos cada vez más abajo, más abajo, hacia algo más dé-bil, más manso, más pru-den-te, más plácido, más mediocre, más in-di-fe-ren-te, más chino, más cristiano -el hombre, no hay duda, se vuelve cada vez ‘me-jor’.»
——¡Pues vaya!
——Exacto, zut alors.
——¿Sabe, sssseñor Garciperez ez, hace un par de añosss nos dejó un cabo. Quiero decir… no, no palmó, simplemente se cansó hip de la vida de picoleto impenitente y se largó. Como dibujaba, y por cierto, bastante bien, dibujó, editó, fi… financiado por él ismo… mismo y su cuñado un tebeo… un comic titulado Spiderman’s phallus, que como usted sabe en inglés quiere decir El falo de spiderman, o El falo del hombre araña. Temiendo una denuncia de los herederos del dibujante original, que no sé cómo cojones se llamaba, escribió pidiendo permiso a la editora, creo que Marpel o algo así.
——Marvel
——Sí, sí Marvel. Pues como le iba diciendo pidió permiso a la marvel para poder publicarlo y la editorial… ¡se lo concedió! Y se convirtió en un fenómeno, sobre todo en América. En España no se editó, creo. Puede que ahora ya esté publicado, no sé. Tengo el primer número en casa. Me lo regaló un día que coincidí con él en ikea. Mi inglés es bastan… ups… limitado pero aún así me pareció una maravilla. Spiderman es mordido por una araña que le provoca prinosequé… ¿puede ser priopisto?
——¿Priapismo? ¿Erección pro-lon-ga-da?
——¡Priapismo! ¡Exacto! Como le decía, al ir empalmado en todas las viñetas el resultado es bastante hilarante. En una escena se queda atrancado al pasar por una ventana… Lo que quería decirle con todo este blablabla incesante es que igual le sigo los pasos al ex-cabo.
——¿Cómo? ¿Se va a hacer di-bu-jan-te?
——No, por supuesto, yo soy incapaz de dibujar ni siquiera una recta continua… una raya recta… pero sí puede que deje el cuerpo.
——¡Pero sargento! En rea-li-dad le comprendo bastante bien. Yo dejé la chu-rre-ría y la castañería hace casi una década. Se incrustaba demasiado en mi e-xis-ten-cia y no me permitía progresor… hum… quiero decir pro-gre-sar. Estoy escribiendo un libro. Ya casi lo tengo fi-ni-qui-ta-do. Se titula Los flatos me aportan flo-ta-bi-li-dad. Es un pequeño ensayo humorístico sobre las per-so-na-li-da-des poliédricas. Aunque es un texto de humor intento que resulte pro-fun-do. Tan profundo como un a-gu-je-ro negro supermasivo.
——Usted escribe muy bien. He leído al al alguno de los artículos que escribió para la revista que publicaba el gremio de churreros-castañeros. ¿No se acuerda? Usted me regaló algunos números… claro que de esto hace tantísimos anos… años.
——No sé si es-cri ¡uf! escribo bien, pero lo intento. Me gusta intentar. Intento es-cri-bir. Intento hablar sin estas ho-rri-bles pausas en algunas palabras, aunque no lo consigo. Intento alejarme de los im-bé-ci-les… Intento cual-qui-er cosa que sea proclive a ser in-ten-ta-da. Mi hermana Federica dice que soy el mejor in-ten-ta-dor del barrio.
——Pues yo, sargento García. ¿Pero qué digo? El sargento soy yo. Maldito Baileys. Pues yo, señor Garcíaaa soy uno de los mejores desistidores nacionales. Puede que hasta del mundo. Me encanta desistir. Amo desistir. Si por mi fuese me quedaría todos los días en la cama.
——Mi hermana Federica es cli-no-fí-li-ca y …
——¿Clinoqué?
——Clinofílica… La cli-no-fi-lia es un estado nervoso… nervioso que conduce al pa-cien-te a no tener ganas de levantarse de la cama.
——Pues entonces yo soy un clino… clino… Bueno yo la padezco, pero no tengo más cojones que levantarme para currar y ganar algo de pasta. Es muy duro tener que pasar una pensión a dos exmujeres… ¡Coño! ¡Hostia puta! ¡Señor Gar-cicía! Son las… Son las… ¡Llevamos aquí casi cinco horas!
——¡Que se jodnnn… jodan. ¡Vámonos! Por el camino nos inventaremos un cuento. Arriba, ups… ¡arriba todos!… con marcianidad… marci… marcialidad… ¡Ea!

Los casos de El churrero castañero García Pérez: El caso del asesino chef deprimido.
El churrero castañero ambulante y detective aficionado García Pérez se encontraba impartiendo una conferencia magistral en un aula vinculada al cuartel de la Guardia Civil situado en una localidad importante de Valencia, cuando uno de los 477 asistentes levantó el brazo.
—Señor Pérez García…
—Me llamo Gar-cía Pérez. ¡Continúe, por fa-vor!
—Perdóneme, se lo ruego. Quería preguntarle acerca del famoso criminal llamado «El asesino chef» o «El asesino chef deprimido». ¿Por qué tras 18 asesinatos y con una clara firma, todavía no ha sido ni identificado ni detenido?
—El a-se-si-no chef comenzó su «carrera», y permítanme lla-mar-lo de esa forma, su «carrera» criminal con el a-se-si-na-to de Facundo Rubio el 23 de septiembre de 1988. Como todos saben, este psi-có-pa-ta siempre deja una firma después de cometer cada crimen: una comida pre-pa-ra-da en la cocina de cada víctima, elaborada con los a-li-men-tos que encuentra en en los armarios o nevera, y una nota que siempre es igual y en la que lo ú-ni-co que cambia es el nombre del plato que ha preparado. En este primer a-se-si-na-to el asesino chef elaboró unos tacos de carne de cor-de-ro cocinados a baja temperatura en un adobo de chile ja-la-pe-ño, polvo de hoja de aguacate y puntos de e-mul-sión de anón. Y así lo comunicó en su nota, que sim-ple-me-nte decía, y cito textualmente, «He matado bien y he co-mi-do bien. En la mesa verán los restos de los tacos de carne de cordero co-ci-na-dos a baja temperatura en un adobo de chile jalapeño, polvo de hoja de a gua-ca-te y puntos de emulsión de anón. Cocinaré pronto otra vez, ca-ba-lle-ros.»
—¿Por qué pasaron de llamarle «El chef asesino» a «El chef asesino deprimido»?
—Hasta el asesinato nú-me-ro 11, acontecido en la calle Piñatas, nuestro cri-mi-nal gourmet confeccionaba comidas más o menos elaboradas, como he dicho antes, con los pro-duc-tos culinarios que encontrara en los do-mi-ci-lios y luego se las comía y nos dejaba la co-rres-pon-dien-te notita. Pero a partir de este crimen, sus con-du-mios pasaron a ser muy simples y relativamente mal con-di-men-ta-dos. ¡Me refiero a la sal, pimienta! ¡Ya saben ustedes lo que quiero decir! En este caso el homicida pre-pa-ró una tortilla de patata, sin ce-bo-lla con aceite de gi-ra-sol. ¡Y solo se comió la mitad! En el siguiente ho-mi-ci-dio compuso una es-pe-cie de bocadillo de jamón, sin ni siquiera añadirle un cho-rri-to de aceite virgen extra. Y desde entonces hasta el úl-ti-mo delito ocurrido hace un par de semanas, todas sus comidas han sido bo-ca-tas, de atún, de anchoas o de pimientos de lata, o en-sa-la-das muy, muy simples. Por ese motivo, y ya que en todos los do-mi-ci-lios había suficientes alimentos tanto en los fri-go-rí-fi-cos como en las alacenas, suponemos que por algún motivo, nuestro hombre está sumido en un estado de-pre-si-vo profundo, es decir, el tipo no puede con su al-ma.
—¿Y no podría tratarse de un imitador poco instruido en restauración gastronómica?
—Hemos a-ve-ri-gua-do por medio de los grafólogos de la Be-ne-mé-ri-ta que la caligrafía de todas sus notas, pre o post, de lo que nosotros creemos que es una clara postración me-lan-có-li-ca, es totalmente idéntica. ¿Alguna pregunta más o puedo proseguir con mi di-ser-ta-ción? A ver, usted, el que está detrás de esa se-ño-ra de azul marino.
—¿Cuántos años creen que puede tener y a qué puede deberse su depresión?
—Según los per-fi-la-do-res criminales de los picole… quiero decir, de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil, se cree que este individuo puede encontrarse en un rango de edad com-pren-di-do entre 28 y 28 años y medio. En cuanto a la pre-gun-ta sobre qué o cuál es el motivo de su a-ba-ti-mien-to emocional, creemos que es porque, o bien se siente frus-tra-do porque nunca le toca ni una mísera de-vo-lu-ción cuando juega a la primitiva y al bonoloto o que se está di-vor-cian-do por tercera vez. Posiblemente ambas cosas al mismo tiempo. Ahora si me per-mi-ten, continuaré desde el punto donde lo había de-ja-do. Punto 3-C: Contexto de sos-te-ni-bi-li-dad y exhaustividad criminal nacional según los mo-de…
—¡Señor García! ¿Es posible que el asesino chef sea un verdadero chef?
—Por lo que a mí res-pec-ta, todo es posible, incluso que usted sea el a-se-si-no. Nunca cerramos ninguna puerta, ningún por-tón o portezuela. ¿Prosigo? Punto 3-C…
—¡Churrero!, ¿alguna vez conoceremos…?
—Por favor, ya que soy un ex-chu-rre-ro, prefiero que se dirija a mí como señor García.
—¡Exchurrero! ¿Tambien excastañero?
—Señor, ¿qué tiene que ver mi an-te-rior pro-fe-sión con el te-ma de mi con-fe-ren-cia?
—¡No quise ponerlo nervioso, señor García Pérez!, exchurrero y castañero y transmutado como por arte de magia a investigador privado.
—Tuste, us, us us-ted no me po-ne-ne ner-vo-so. Y a-a-ho-ra con su be-ne-plá-ci-ci-to-to con-ti-nua-ré con-con-con…
—Señor García, usted no es más que un producto caduco de nuestra sociedad enferma. Lo mismo que sus muchísimos amigos tanto del Cuerpo de la Policía Nacional como de la Guardia Civil. No me extrañaría nada que este caso formara parte de un inmenso bluf para tenernos acongojados.
—¡Por favor, que se acerque se-gu-ri-dad y se lleven a este po-lli-no-no-no plo-mama-zo! ¿Es po-si-ble? Bien. En cuanto ter-mi-ne-ne esta bufonada con-ti-nua-ré, pro-se-gui-ré…
—¡Señor churrero, es usted un burro! ¡Un asno! ¡Un pollino!¡Yo soy el asesino! ¡Yo soy Dios! ¡Soy la Sagrada Familia! ¡Estoy en Barcelona! ¡Déjenme, cretinos! ¿Soy la Santa Comunión! ¡Soy la Sagrada Familia! ¡Soy la Sagrada Familia! ¡Coño, se me ha caído parte de la mampostería!
—Bueno, pa-re-ce ser que este pe-pe-noso suceso ha ter-mi-na-do, fi-na-li-za-do. Pro-pro-blablemente, quiero decir, pro-ba-ble-men-te lo llevarán al frenopático provincial más cercano. ¡Bien! Punto 3-C: Contexto de sos-te-ni-bi-li-dad y exhaustividad criminal nacional según los mo-de-los actuales…

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El apocamiento de García Pérez.
—Cabo primero Iglesias, ¿me per-mi-te hacerle un par de con-sul-ti-tas al señor forense?
—Por supuesto, García Pérez, usted es como uno de nosotros, ya lo sabe.
El churrero castañero ambulante y detective aficionado García Pérez se acercó a un lado del cadáver, que es donde se encontraba con aspecto de duende pensativo el doctor Jiménez (con jota), se agachó con cuidado para que no se le rajara el pantalón de tergal por la parte de atrás, y después de saludarlo casi afablemente le disparó la primera consulta.
—¿Cuánto tiem-po lleva muerto, doc-tor?
—Bueno, según la rigidez, el enfriamiento, la lividez y la palidez del cuerpo, o en otras palabras, conforme el rigor mortis, el algor mortis, el livor mortis y el pallor mortis, yo diría que de 10 a 18 horas.
—Entiendo. Doctor Jiménez. ¿Ha lle-ga-do a una con-clu-sión sobre…
—¿Sobre cuál ha sido la causa de la muerte? No se lo puedo decir, de momento. Es pronto, pero estoy casi seguro de que a este tipo lo ayudaron a morir.
—¿Entonces… entonces se tra-ta de un a-se-si-na-to.
—Señor Pérez García…
—Ejem, es García Pérez.
—Señor García Pérez, la respuesta es sí.
—¿Qué es esa especie de moho mu-ci-la-gi-no-so que observo sobre los zapatos y las perneras de los pan-ta-lo-nes del cadáver, doctor?
—Eso, señor García Pérez, es moho mucilaginoso…
—¿Y de dónde cree que ha sa-li-do?
—Señor García Pérez, en cuanto lo sepa, le juro por mi señora Josefina, que usted será, por supuesto después del sargento Sandemetrio y del cabo primero Iglesias, el cuarto en saberlo.
—¿El cuarto? ¿Y quién será el pri-me-ro?
—Yo…
—Desde luego, doctor. Dígame, ¿qué es ese lí-qui-do verdoso que rezuma por la boca y la na-riz?
—¡Liquido rezumante verdoso!
—Muchas gracias, doc-tor. ¡Ha sido usted de gran a-yu-da!
En cuanto el churrero castañero García Pérez se incorporó, se dirigió silenciosamente a la esquina donde se encontraba el cabo Iglesias.
—Cabo primero, muchas gracias por per-mi-tir-me hablar con ese imbécil. ¡Creo que to-da-vía me odia!
—Es natural, señor García, le quitó usted a su mujer, y años más tarde a su amante. ¡Y luego a su asistenta personal y a su vecina! Supongo que quizá por eso le guarda cierta inquina.
Mientras el cabo primero Iglesias terminaba su frase apareció por la puerta de la habitación el bigote tintado de negro ala de cuervo del sargento Sandemetrio dando berridos y parloteando como si fuera un kákapu al que acaban de sodomizar con una rama baja del Tane Mahuta.
—A ver… ¡Qué passssaaaa con un ustedes! ¡Quiero dinamismo en mis subordinados! ¡Usted, cabo Iglesias, a ver si se deja de chácharas! Y usted, señor García Pérez, ¡tráigame una docena de churros! ¡Movimiento! ¡Quiero movimiento! ¿Dónde está el matasanos Jimenez?
—Sargento, el doctor se fue hace unos pocos minutos…
—Está bien. ¡Póngame al corriente, cabo Iglesias!
—Hace aproximadamente dos horas la mujer que limpia la casa nos telefoneó para decirnos que creía que el señor Entrambasaguas estaba muerto. Nos acercamos dos dotaciones y…
—¿Y? A ver si es más rápido, muchacho. Cuando yo tenía su edad me explicaba mejor y con más velocidad. ¡Quiero rapidez! ¡Quiero eficacia! ¡Quiero intensidad, empuje y reciedumbre!
—Sí señor.
—¿Dónde está la señora de la limpieza? ¡Quiero interrogarla personalmente!
—Está en la cocina, mi sargento. Se encuentra muy afectada.
—¿Es guapa?
—¿Cómo? Quiero decir, mi sargento… yo… ¡no, no me parece atractiva!
—Pues entonces que la interrogue el churrero… ¡Me largo al cuartel. Estaré allí hasta las 14:00 horas. Sobre las 15:00 horas me encontraré en mi casa, comiendo. Desde las 16:35 hasta las 17:50 estaré donando sangre, semen y cabello en el ambulatorio, y a partir de las 18:00 horas volveré a mi oficina. ¿Está claro, cabo primero Iglesias?
—Sí, mi sargento.
—¡Quiero entereza! ¡Quiero vigor! ¡Quiero fuerza!
Cuando el sargento Sandemetrio salió de la casa todos respiraron aliviados. Incluso García Pérez, que se sintió ofendido con algunas de las palabras del oficial.
—Cabo Iglesias. ¿Por qué su sar-gen-to me odia tanto? Y que conste que jamás le he qui-ta-do la mujer, ni siquiera amantes o incluso nadie del servicio do-més-ti-co.
—Señor García, el sargento Sandemetrio es como su primer apellido, ya sabe, enrevesado y confuso. Pero está claro que tiene algo contra usted, si no, nunca le hubiera enviado a por una docena de porras.
—En rea-li-dad me envió a por chu-rros.
—¿Hay alguna diferencia?
—Las porras son mas grue-sas que los chu-rros.
—Le hago caso, García Pérez. Usted es una eminencia en la materia.
—Espere, García, el guardia Rojas me está haciendo señas. ¿Qué sucede, Rojas?
—Acaba de llamar por teléfono el sargento Sandemetrio, mi cabo primero.
—¿Y bien, qué quería?
—Mi cabo, el sargento me dijo que le recordara que quiere brío, vehemencia y gallardía.
—Está bien, Rojas. Siga con lo suyo. ¿Se da cuenta, García Pérez? Esto es lo que tengo que soportar todos los días, pero lo resisto porque tengo que pagar facturas, ya me entiende.
—Cabo pri-me-ro, le entiendo per-fec-ta-men-te. Creo que no voy a ayudarles en la in-ves-ti-ga-ción de este caso, pues me siento me-nos-pre-cia-do. No llevo aquí ni una hora y ya me han fal-ta-do al respeto tanto el doctor Ji-mé-nez como el sargento San-de-me-trio.
—Señor García Pérez, yo creía que usted, como exchurrero y castañero había tenido que aguantar a toda clase de clientes…
—Cabo primero Iglesias, fui churrero y castañero durante más de 20 años, pero jamás tuve que aguantar a nadie, pues de eso se encargaban mis asalariados. Le deseo un gran día. Se lo digo de corazón. ¡Y recuerde que su sargento quiere de usted y de sus hombres dinamismo, movimiento, eficacia, intensidad, empuje, reciedumbre, entereza, vigor, fuerza, brío, vehemencia y gallardía!

Un caso de El churrero castañero ambulante García Pérez soñado por su autor y que no pertenece al ciclo.
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| Shibata Zeshin. Rats (1890) |

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso de las dos canciones.
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| Charles Martignette. Crack Detective, pulp cover (1943) |
—Era un niño bastante travieso. Supongo que como todos los chiquillos a esas edades. Cuando me regañaban mis padres solía quedarme en mi cuarto jugando con los madelmanes, pero en ocasiones abría la ventana y contaba la gente que pasaba por debajo. Cada vez que pasaba la cabeza número 11, ya fuera de un señor, una señora, un anciano, ya sabe, yo le echaba un gapo. A veces fallaba el intento, pero con la práctica llegué a convertirme en una escupidor profesional con un índice de acierto que rondaba el 100%. En ocasiones algunas de esas dianas móviles notaba que le había caído algo y miraba hacia arriba pero siempre, y repito siempre, señor García Pérez, seguían su camino. Quizá llevaban mucha prisa o puede que creyesen que era el excremento de un ave. Nunca lo supe. ¡Hasta el día en que cumplí 11 años! Lo recuerdo como si fuera ayer. Y todavía se me eriza el vello. Mire, señor García Pérez, mire mis brazos…
—Con-ti-núe, por favor…
—Ese día, quiero decir, después de que terminara la fiesta de cumpleaños y de que se marcharan con sus padres mis compañeros del cole, le pedí a mi madre que me dejara terminarme las dos o tres raciones del pastel antes de la cena. Ella, por supuesto, me dijo que ya había comido demasiado chocolate y que ya me lo zamparía al día siguiente. Yo me encabrité y terminé castigado en mi cuarto y jugando a mi juego de la ventana a toda prisa pues quedaban un par de horas de luz a lo sumo. Era julio. Julio de 1977. Escupí a diez, posiblemente 11 personas y luego me tumbé sobre la cama. Recuerdo que pensé en el numero 11 y cuando me cansé de ese pensamiento numérico medité acerca de lo que sucedería el día en que alguien subiera con el sombrero mojado en una mano a ajustar cuentas con mi madre por haber parido a un hijo tan repugnante.
—¿Le sucede algo? Le a-ca-ba de cambiar la cara. ¿Está en con-di-cio-nes de seguir el relato, señor Lorenzo Al-cai-de?
—Sí, señor García Pérez. Lo único que recuerdo es que desperté atado sobre el suelo, pero no estaba en mi cuarto. Miré alrededor y no reconocí la estancia, vacía por completo de muebles u objetos. Grité pidiendo ayuda a mi madre y a mi padre, pero nadie me hizo caso. De repente entró un hombre vestido de negro de pies a cabeza con una capucha cuyos dos agujeros para los ojos me recordaron unas canicas. El tipo, que tenía una fuerza descomunal, me levantó a pulso y me trasladó a otra habitación cuyos únicos muebles eran dos sillas y una especie de madera clavada a un lado de una de las paredes y que tenía cuatro argollas.
—Sin-ce-ra-men-te, señor Alcaide, dudo que esa his-to-ria, realmente es-pe-luz-nan-te sirva para ayudarnos con este caso, pero le ruego que con-ti-núe…
—El tipo me ató con las argollas y comenzó a hablarme. Su voz era nasal y extraña. Una de esas voces que nunca se olvidan. Me dijo que la tarde anterior, mientras caminaba tranquilamente por la calle de los Santos le cayó algo en la cabeza. Algo caliente y repugnante. Luego, mientras hacía unos movimientos realmente raros con las manos me preguntó si conocía esa calle. Yo le dije que era la calle donde vivía y el respondió con un «ajá» que me dejo petrificado. En ese instante entró otra figura vestida de negro y con la capucha ladeada. Por la forma de su cuerpo colegí que era una mujer. En sus brazos traía una chaqueta. El hombre se la quitó de las manos con muy poca delicadeza y me la acercó hasta la cara. Yo lloraba pero él seguía intentando que la chaqueta traspasara mi cabeza. Al final estalló y gritando como un poseso me acusó de haberle escupido a su chaqueta. Su chaqueta nueva. A su chaqueta recién comprada en Galerías Preciados. Después, su rabia se transformó en paz y me dijo que mi castigo serían dos canciones. Yo no entendía nada. La mujer salió de la habitación y regresó al poco tiempo arrastrando un carrito de madera con un tocadiscos y dos pequeños altavoces. Luego salió el hombre y volvió a entrar con un vinilo sencillo de 45 RPM en las manos. La mujer lo cogió reverencialmente, lo colocó sobre el tocadiscos, se agachó, enchufó este a la luz, salió del cuarto y cerró la puerta.
—Es-pe-re, señor Al-cai-de. Le traeré un vasito de agua…
—¡No! Necesito continuar. El tipo… el tipo puso en marcha el aparato y una extraña música que en esos instantes me recordó a la que tocaban los grupos en las verbenas de mi pueblo comenzó a inundar el cubículo. Por supuesto, era un pasodoble. Algunos años más tarde descubrí su título: Churumbelerías, de Emilio Cebrian.
—¿Chu-rum-be-le-rías?
—Churumbelerías, señor García Pérez. No llevaría el disco ni cinco segundos en marcha cuando este… este enfermo mental, se puso a bailar de una manera afectadísima. Cada vez que las notas enfáticas resonaban, él me pegaba una hostia manteniendo el ritmo perfectamente. A veces me golpeaba en la cara, otras en el estómago e incluso en.. en los testículos. Cuando terminó la canción, entró su compañera, y aplaudió. Su aplauso era como el de una niña muy pequeñita a la que acaban de regalarle una muñeca nueva. Todavía puedo verla aplaudiendo. Después del aplauso el tipo me agarró del pelo y me gritó que esa había sido la primera canción y que ahora venía la segunda. La mujer quitó el disco del fonógrafo y salió con él. No tardó ni un minuto en regresar con otro. Lo puso sobre el plato del tocadiscos y le dio al play al mismo tiempo que entraban seis figuras vestidas igual que ellos y una séptima vestida de rojo. Esta última, que era otra mujer, se sentó sobre una de las sillas mientras el tipo, la tipa y el resto de psicópatas danzaban la segunda canción.
—¿Era otro pa-so-do-ble?
—No. Esta vez fue un bolero. Nunca descubrí su título. La cosa… la cosa, señor García Pérez fue igual que con el pasodoble. Todos bailaban y me pegaban. Bailaban y me pegaban. Al fin terminó la jodida música y el tipo me dijo que ya había pagado el precio. Sin embargo la mujer roja se levantó de un salto de la silla y pidió un pequeño bis. El jefe se lo pensó durante tres o cuatro segundos y aceptó. Otra vez lo mismo. Todos volvieron a bailar y me volvieron a pegar. Esta vez incluso la bruja de rojo se acercó y me metió su dedo indice en un ojo.
—Es in-creí-ble lo que me esta con-tan-do.
—Lo siguiente que recuerdo es que la cara de un policía estaba pegada a la mía mientras me preguntaba si me encontraba bien y dónde vivía. Durante un par de días los polis hicieron como que creían mi historia, pero al poco tiempo nadie le dio importancia. Se supone que yo me había escapado de casa enfadado porque mi madre no me había dejado comer la tarta y me había perdido y caído. ¿Se lo puede creer? Así sucedió todo. Pasaron algunos años… para ser exactos 11. Me encontraba en casa de unos amigos cuando por alguna razón me entraron ganas de asomarme a la ventana de la salita. Mientras contemplaba a los puntitos pasar por debajo se me ocurrió escupir a uno de ellos. Luego entré en la habitación de mi compañero y seguimos con nuestras cosas. Le digo, señor García Pérez lo mismo que le conté antes: lo único que recuerdo es que desperté atado sobre el suelo de una habitación que me recordaba al de otra habitación del pasado. De hecho era la misma habitación y la figura de negro de pies a la cabeza que me observaba embutido en las argollas era la misma que casi me mata unos pocos años antes. Su cabeza se acercó a la mía y su misma voz nasal me recordó que las casualidades existen y que el mero acto de ser y estar ya es de por sí una casualidad. Luego me relató una historia sobre alguien que en una ocasión había encontrado a su hermano 11 veces, o algo parecido, y en cada una de esas 11 veces lo había perdido tres veces. El cuento me pareció una especie de delirio de borracho y así se lo dije.
—Su-pon-go que le volvería a a-zo-tar…
—No. En lugar de eso llamó a la otra psicótica y compañera de martirio que entró con el carrito preparado y un disco en marcha funcionando. ¡Reconocí inmediatamente la canción! Era Hilo de seda de los Pekeniques. Mientras ambos danzaban y me pegaban, el tipo me recordó que el castigo volvían a ser dos canciones.
—Es to-tal-men-te increíble… Siga, siga, se lo ruego en-ca-re-ci-da-men-te.
—Cuando la última nota del tema se desvaneció, el tipo se quedó como petrificado y en éxtasis, mientras su congénere abría la puerta y entraban las seis figuras de negro y la enjuiciadora rojiza, que como en la anterior vez se sentó en una de las dos sillas. La música comenzó. El baile comenzó. Los golpes comenzaron. La melodía me sonaba por entonces y me sigue sonando hoy en día, aunque todavía no he llegado a saber su título y autor. Solo recuerdo que la canción era larga. ¡Muy larga! Supongo que recibí tantos golpes que en un momento dado perdí el conocimiento. Cuando lo recuperé, la verduga de rojo discutía con el resto sobre la posibilidad de pedir uno o dos bises. Lo que sucedió a continuación… nunca… nunca pude recordarlo. Cuando abrí los ojos estaba en un hospital y una monja llena de arrugas me sonreía.
—Su re-la-to, señor Alcaide es sensacional. Y a-te-rra-dor. ¿Pero sigo sin ver una concordancia con el a-se-si-na-to a sangre fría que usted llevó a cabo ayer?
—Señor García Pérez. Usted tiene fama como churrero castañero y como investigador aficionado. La prueba es que la Policía de cualquier provincia de cualquier autonomía le deja participar en sus casos. Desde luego de modo extraoficial…
—Por su-pu-es-to. Pero no com-pren-do dónde quiere usted llegar a parar…
—Supongo que siendo tan respetado debe ser una persona completamente abierta a las circunstancias que se esconden dentro de cada caso.
—Bueno, señor Al-cai-de, así es…
—Ayer por la tarde me encontraba en ese bar… en ese bar… donde yo… donde sucedió todo. Conmigo estaba Felipe. Supongo que ya lo habrán interrogado.
—¡E-fec-ti-va-men-te!
—Bien. Antes de acudir al bar yo…
—¿Sí?
—Unas horas antes. Yo… ¡Pues eso! Me aburría y había abierto la ventana del comedor de mi casa. Es un octavo piso, sabe.
—¿No me di-ga que volvió a ha-cer-lo?
—Me aburría. Ya habían pasado muchos años desde el segundo encuentro… ¡Lo siento! Solo escupí una vez. Me fije en la trayectoria del esputo y en la persona que lo recibió sobre la espalda. Luego, por la tarde, como usted ya sabe, quedé en el bar con mi colega. Todo transcurría con completa normalidad y nos estábamos divirtiendo un montón. De repente un hombre de unos 70 años y una mujer un poco más joven se sentaron en la mesa contigua. Durante un rato no dejaron de mirarme pero pronto se pusieron a conversar. ¡Esas voces! ¡Le juro por lo más sagrado que esas voces eran las de ellos! ¡Eran mis captores! ¡La pareja de jefes supremos que me martirizaron dos veces seguidas en dos ocasiones separadas por el tiempo ¿No se da cuenta? Las casualidades. ¡Las putas casualidades! Cada vez que escupía desde una ventana… el gargajo… el gargajo caía sobre este tipo. Ayer por la mañana lo volví a hacer y ahora estos dos vengadores… estaban a mi lado. ¿No lo comprende? Dos más dos son cuatro. Era cuestión de minutos que todo volviera a repetirse. ¡Los bailes! ¡Los golpes! ¡Las canciones! ¡Los seis danzantes! ¡Y la reina roja!
—Com-pren-do…
—Por esa razón agarré con fuerza el cuchillo con una mano y el tenedor con otra, me dirigí hacia ellos y terminé tronchándolos como a dos muñecos de plástico. Mientras les clavaba los cubiertos por todas las partes de sus cuerpos no dejaba de preguntarles dónde estaban la reina roja y el resto del grupo de danzadores.
—Señor Lorenzo Alcaide. El hombre al que usted propinó 76 cuchilladas era mudo. Su mujer, que recibió un total de 24 puñaladas, era ciega. Ambos se habían reunido en ese establecimiento para celebrar sus bodas de plata.
—Señor García López…
—Es Pérez García… quiero decir, ejem… Gar-cía Pé-rez.
—Señor García Pérez. ¡Le digo que eran ellos! ¡Le juro que eran ellos! Les escuché hablar! ¿Cómo que era mudo? ¡Esto es un complot! ¡Una confabulación!
—No es ninguna con-fa-bu-la-ción, señor Alcaide.
—¡Lo es! ¡Lo es! Ya lo entiendo todo. ¡Ahora lo veo claro. ¡Usted es la reina roja! ¡Usted es la reina roja! Oh Dios mío de mi vida. ¡Nadie puede ayudarme! ¿Es que ningún maldito hijo de puta va a ayudarme?

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez. El caso de Consolación, que aunque estaba aquí, venía de allí.

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso de los escrúpulos entrecomillados.
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| Colt revolver firing (author and year unknown) |
«Alguien debería proporcionarme un motivo y un revolver. O los dos elementos bellamente empaquetados. Con la causa repararía algunos estropicios y con el arma detendría el desarrollo.
O el proceso.
Y la situación.
O esa serie de interminables letanías coercitivas.
Y las jerigonzas transmutadas en perogrulladas ungidas.
O las cursivas enfáticas…
Y los escrúpulos entrecomillados.
Pero si nadie es capaz de facilitarme un motivo y una pistola, o las dos cosas envueltas en papel de regalo,
entonces seguiré recreándome en esta absoluta y maravillosa imposibilidad que en ocasiones me penetra como un falo enfurecido.»
— ¿Pero qué narices es esto?
— Es una especie de poesía, mi sargento. La encontramos relativamente cerca de la víctima.
— ¿Relativamente? ¡Nunca he entendido ese término!
Cuando el agente salió de la habitación, el sargento Quilez y el churrero castañero ambulante y detective aficionado García Pérez se miraron brevemente, pero al cabo de unos pocos segundos ambas vistas volvieron a posarse sobre el cadáver femenino que yacía sobre la cama. A su alrededor la sangre y algunos trozos de papel componían una escena espeluznante. En un momento dado se escuchó un trueno y García Pérez se acercó a la ventana.
—¡No pa-re-ce que vaya a llover! ¿Usted cree que lo hará, sar-gen-to Quilez?
— No sé. ¡Nunca he entendido a la naturaleza!
— Supongo que al final alguien le pro-por-cio-nó un revolver. ¡Por lo menos una bala de re-vol-ver!
— ¿Cómo dice?
— Me re-fe-ría a esta pobre tipa y a la poesía o lo que diantres fuese lo que ponía en esa hoja de li-bre-ta.
— Desde luego. Me hubiera gustado encontrar el casquillo. Y ya puestos, que cualquiera de los que estamos en estos momentos aquí me explicase qué cojones quiere decir esa mierda de… ¿poesía?
De repente un grito triunfal hizo que tanto el churrero castañero García Pérez como el sargento Quilez giraran sus cabezas.
— ¡Mi sargento, hemos encontrado el casquillo! ¡Vengan todos a la cocina!
— Supongo que ten-dre-mos que ir…
— Nunca he entendido por qué tengo que hacer lo que me ordena un subordinado. ¡Vayamos!
La cocina estaba inmaculadamente limpia. Sobre la última baldosa del lado oeste descansaba un casquillo reluciente. Después de que fuese fotografiado, el sargento Quilez acercó su bigote a unos 30 centímetros de él y luego se incorporó.
— Todavía huele. Nunca he comprendido por qué los olores permanecen…
— ¿Se refiere a los o-lo-res meramente fo-ren-ses o a cualquier clase de olor?
— Me refiero a cualquier clase de olor. El olor, querido García Pérez, es como el dolor. Aparte de su facilona rima… ¿Qué es ese jaleo?
— ¡Mi sargento, acaban de encontrar otro casquillo en un armario!
— ¿Otro cas-qui-llo? Creía que a la víc-ti-ma le habían des-ce-rra-ja-do un solo tiro…
— Yo También, García. Vayamos a ver…
Mientras se acercaban al armario que estaba situado en las antípodas de la cocina se escuchó otro grito que provenía de la terracita.
— ¡Mi sargento, acabamos de descubrir otro casquillo y otra poesía!
Y luego otro.
— ¡Mi sargento, dentro de un cajón de uno de los muebles del aseo hay otra poesía! ¡Pero no hay casquillo!
Y otro.
— ¡Mi sargento, he descubierto otro casquillo en el comedor! ¡Debajo del televisor de 72 pulgadas Samsumg! ¡Perdón, quería decir, Samsung!
Tanto el sargento Quilez como el churrero castañero y detective aficionado García Pérez se sentaron sobre un sofá que estaba situado enfrente de la cama de la muerta y se encendieron un pitillo.
— Me gusta el Winston. Siempre me ha gustado. García, cuando era joven fumaba Ducados.
— Yo cuando era un cha-va-lín fumaba Celtas cortos y Pe-nin-su-la-res.
— ¡Mi sargento, hay otro casquillo y tres poesías debajo de la cama en la habitación contigua al aseo!
— Puf, nunca he entendido cómo había gente que era capaz de fumar Peninsulares.
— Pues yo lo hacía. Me fu-ma-ba de dos a tres ca-je-ti-llas al día.
— ¡Mi sargento, hemos encontrado dos casquillos y media poesía dentro del cajón de los cubiertos!
— ¡Mi sargento, hay un casquillo en la alacena!
— Siempre he pensado que fumar es como hacer el amor, es decir, algo primordial. No puedo imaginarme mi trabajo sin los cigarrillos.
— Cuando trabajaba en la chu-rre-ría, que también era una cas-ta-ñe-ría, me fumaba casi cinco ca-je-ti-llas de Benson & Hedges cada día…
— ¿No ha dicho hace un momento que se fumaba de dos a tres cajetillas de Peninsulares?
— ¡Mi sargento, otro casquillo y otra poesía en el cuarto de los niños! ¡La poesía está escrita en siamés!
— Cuando fumaba dos o tres ca-je-ti-llas de Celtas y Pe-nin-su-la-res era un cha-va-lín. Luego crecí y monté la chu-rre-ría castañería Pérez García. Allí es donde me fumaba las cinco ca-je-ti-llas de Benson & Hedges.
— Nunca he comprendido por qué fumar es tan importante, pero es tan importante…
— ¡Mi sargento, siete casquillos, cinco poesías y medio dónut mordisqueado en la salita!
— García Pérez, amigo mío, le invito a un Martini.
— Y yo se lo a-cep-to, sargento Quilez. ¿Cogemos su coche o el mío?

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso que pudo convertirse en el último caso.
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| Pablo Picasso. Cabeza de una mujer muerta (1902) |
—Bueno… yo… es más o menos como lo he contado. ¡Creo! ¿No? Debería tratar de concentrarme… quiero decir, si me concentro o no me concentro… si no me concentro… ¿qué puedo hacer? ¿Entiende lo que trato de explicar, señor Pérez García? No puedo decir que sea totalmente incapaz de hacerlo… me refiero a… concentrarme… así que…
Mantener una conversación con Marcos Buhillo era cualquier cosa excepto reconfortante. Sin embargo al otro lado de la conversación estaba el churrero castañero García Pérez, conocido entre otras cosas por ser una conjunción de linces con las palabras y las frases.
—Vamos a ver. ¿Se sen-ti-ría demasiado dolido, en lo más profundo, si le confieso que no me he enterado de nada de lo que me ha con-ta-do? —lanzó casi al aire aunque mirando fijamente a los ojos de su interlocutor el churrero castañero—.
—Señor García… le he contado lo que… bueno, la verdad… quizá podría ser más… pero no me encuentro… todavía… todavía me tiemblan las piernas.
—Por favor, no me llame señor Gar-cía. Prefiero que se dirija a mí como señor Gar-cía Pérez.
—¡Oh!, perdóneme señor García… quiero decir… lo siento de nuevo… quise decir señor García Pérez…
—Le perdono, pero ahora me gustaría que me con-ta-se todo desde el prin-ci-pi-o. Pero por favor, no se ponga ner-vio-so y sea claro en los detalles.
—Bueno, como le dije, entré por la puerta usando… bueno, usando estas llaves… mis llaves. Las tengo desde hace 15 años y… entré, cerré la puerta, seguí por el pasillo. ¡Recuerdo que me agaché para recoger varias motas de polvo que se habían juntado y formaban un pequeño bolón de polvo de unos 25 milímetros de…
—¡Señor Marcos! Si sigue por ese camino ter-mi-na-rá por darme un ataque de co-ra-zón.
—¿Por ese camino? ¿Se refiere al pasillo?
Todos los que conocían o habían tenido que sufrir la ira del churrero, castañero y detective aficionado García Pérez sabían que su resistencia a la imbecilidad era relativamente gruesa, quizá como el hilo torzal, pero que cuando llegaba a su límite crucial, sus ojos, normalmente de un bonito marrón topillo campestre se transformaban en algo similar al magma incandescente.
—¡Señor Marcos Buhillo! Tengo más de 50 años y aunque se su-po-ne que gracias a mi conflexión fí-si-ca, el ejercicio regular y una alimentación e-qui-li-bra-da puedo llegar a rebasar la barrera de los 100, le juro por mi madre muerta en accidente ferroviario que si no me cuenta de un tirón y con todo de-ta-lle lo que encontró cuando abrió la maldita puerta, soy capaz de es-tran-gu-lar-lo con mis manos musculosas en estos mismos instantes. Delante de mi a-yu-dan-te Rogelio y de los cotillos y es-tu-pi-dos que nos miran a través de las ven-ta-nas.
—¡Se lo estaba contando! Cogí el bolón de polvo… sí, lo recuerdo… y me lo metí en el bolsillo del pantalón. Todavía debo tenerlo aquí, si quiere se lo enseño… Luego me dirigí hacia la cocina, pero no abrí la puerta porque ya estaba abierta, pasé dentro con un grácil movimiento aviar y la vi tirada sobre el suelo… muerta… muerta. Tan muerta y fría… con los ojos abiertos y con sangre por todos los sitios. ¡Señor García! Perdón… Señor Pérez García…
—¡Es García Pérez! Es-cú-che-me, estoy a un me-tro de usted. Mis manos tiemblan de fu-ror…
—¡Señor Pérez García! Se lo juro. Casi me desmayo al contemplarla en el suelo. Aunque no la quería, todavía la quería…
—¿Aunque no la quería, la que-ría? ¡Rogelio, llé-va-te a este tipo o te juro por todos los santos már-ti-res que le muerdo un ojo a este im-bé-cil.
—¡Está bien! ¡Está bien! ¡Espere Rogelio! ¡Espere! Intentaré seguir con el relato de una forma menos confusa. ¡Soy un hombre! ¡Soy un magnífico hombre y puedo hacerlo! Y se lo voy a demostrar, tanto a usted, señor García como a su esclavo Rogelio. Cuando la vi tirada me agaché y le tomé el pulso… al hacerlo el bolón de polvo se me salió del bolsillo y cayó al suelo fracturándose en pequeñas partículas elementales. Las reuní con la mano, volví a juntarlas y me las introduje de nuevo en el bolsillo. Creo que esta vez en el de la camisa. Su pulso era… era diferente al mío… quiero decir… no tenía pulso… y me puse nerviosa… quiero decir nervioso y me santigüé… «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Luego me persigné tres veces y me atusé el flequillo, pero fue en vano. ¡No me acordaba que había ido el día anterior a cortarme el pelo al cero. Me lo dejaron como lo ve ahora. ¿No cree que me rejuvenece? Bueno… tampoco soy tan mayor… 35 años… aunque por la calle me dicen que parece que tenga 19. Mi tía Clarisa dice que cada año soy más… bueno… más joven que el anterior… Y eso a su marido, Carloto, no, no, Carlitos, eso, le enfurece… Pero yo digo, si ha de cabrearse por una verdad, pues que le jodan. ¿No le parece? Señor García, ¿por qué me mira así? Parece que tenga un volcán en los ojos. Me gustan mucho los ojos rojos… además le quedan estupendísimamente…
Nadie, aparte de Rogelio, sabe exactamente lo que ocurrió, pero cuando trasladaron al hospital más cercano -semiinconsciente y echando espumarajos por las fosas nasales y la boca- al señor Marcos Buhillo, el señor García Pérez, churrero castañero y detective privado se autoinculpó de intento de estrangulamiento fallido. Sin embargo, tres meses más tarde fue exonerado de los cargos que se le imputaban y el asunto se zanjó sin ninguna clase de diligencias, ya fueran exclusivas, omisivas o separativas, por lo cual el detective aficionado pudo continuar con su carrera indagadora hasta el mismo día en que se retiró a la edad de 87 años y medio. Pero eso, eso es otra cuestión que en estos instantes no nos atañe a ninguno.
Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso de «La triple casualidad».
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| Ilya Repin. The sergeant, from the back, lit by the sun (1885) |
Una tarde de principios de febrero de 1977 un tipo entró en una comisaría de Valencia y confesó haber matado a su mujer, a sus hijos, a su perro, a siete vecinos y al cobrador del Ocaso que casualmente se encontraba allí visitando a una clienta. Mientras eso sucedía otro tipo entraba en una comisaría de Alicante y se incriminaba en el asesinato de sus padres ancianos, de su novia, de los padres ancianos de su novia, del gato de su novia y de la totalidad de sus vecinos y los vecinos de la novia. Pero lo más impactante es que al mismo tiempo, en Castellón, otro tipo entró corriendo en la comisaría de la calle más céntrica gritando que se había cargado a todos. Cuando le preguntaron cuántos eran todos, respondió que 17 o 18, pues se había descontado. Al final resultó que los tres eran unos borrachos que simplemente montaron por casualidad el mismo numerito en tres ciudades diferentes sin ni siquiera conocerse. Cuando el churrero castañero y detective aficionado García Pérez, que en aquellos instantes era un joven gallardo y muy seguro de sí mismo que trataba por todos los medios de abrirse paso en el difícil mundo de la churrería castañería, leyó las tres noticias en tres periódicos diferentes, se quedó pasmado e intentó relacionar los tres casos. Este es el informe preliminar, no demasiado diferente del informe final, más tarde tildado de confidencial, aunque filtrado a los medios de comunicación, escrito de su puño y letra y tras ocho meses de intensas pesquisas por el sargento Obdulio Valls Martínez y certificado por los cabos Aurelio Fontaner Almela, Fernando Muniesa Colomer y Gracielo Vicario Gutiérrez, pertenecientes a la Unidad Especial de Intervención de la Guardia Civil.
INFORME PRELIMINAR S-54
Conocí al señor García Pérez, de profesión churrero castañero y detective aficionado, en abril de 1975, cuando ambos, y de manera fortuita, relacionamos a la llamada «Asesina de las patatas tempranas» con los crímenes de «La verdulería de la calle Artesanos de las maderas nobles policromadas», y rápidamente nos hicimos inseparables. Su positivismo exacerbado y su buen ojo, así como la total ausencia de «mal fario» me dejaron enormemente cautivado. Desde ese día el señor García Pérez me ayudó en algunos casos de manera extraoficial y gracias a sus consejos resolví los crímenes de «Los Maragal-Abelenda» y «El descuartizamiento de la nieta de la buhonera», ambos de interés mediático casi internacional. Desde entonces siempre que tengo una duda insisto en invitarle a que se desplace hasta el lugar del suceso y me asesore convenientemente.
Durante las investigaciones sobre lo que se pasó a denominar «La triple casualidad», García Pérez junto al teniente Alfonso Domenech Tortajada, el cabo primero Prudencio Martí de Molina y yo llegamos a la conclusión de que los tres tipos no se conocían y por consiguiente no diseñaron ese plan para reírse de las fuerzas del orden, aunque unos meses más tarde, García Pérez se desligó de la teoría y formuló una nueva totalmente inverosímil, absurda e irracional.
ENTREVISTA AL CHURRERO CASTAÑERO GARCÍA PÉREZ (Publicada por error en la revista «Caza y pesca» el 16 de abril de 1976).
ENTREVISTADOR: Me gustaría darle las gracias, en mi nombre y en el de mi equipo de investigación, por acceder a ser entrevistado acerca del caso de «La triple casualidad». Mi primera impresión es que usted intenta desligarse, escabullirse…
CHURRERO CASTAÑERO GARCÍA PÉREZ: ¿Por qué dice eso? Yo nun-ca he in-ten-ta-do desligarme de nada en lo que, de una u otra ma-ne-ra me haya inmiscuido.
ENTREVISTADOR: Según el sargento Obdulio, y le cito textualmente, usted es como una suave brisa que cambia de dirección según…
CHURRERO CASTAÑERO GARCÍA PÉREZ: El sargento Obdulio, además de gordo es un in-com-pe-ten-te que debería dejar el Cuerpo y hacerse ayudante de Fernando Jiménez del Oso en el programa «Más allá». Yo siempre he creído en las ca-sua-li-da-des, pero lo que ya se conoce como «la casualidad tri-ple» es mucho más que una mera casualidad…
ENTREVISTADOR: Por favor, trate de ser más concreto.
CHURRERO CASTAÑERO GARCÍA PÉREZ: ¿Usted o alguien en po-se-sión de sus facultades men-ta-les intactas, exceptuando a Augustus Owsley III, podría llegar a creer que tres tipos borrachos, re-si-den-tes en tres ca-pi-ta-les de una misma co-mu-ni-dad autónoma se hagan pasar por asesinos múl-ti-ples a la misma hora y aduciendo las mismas im-be-ci-li-da-des? ¿Estamos locos?
ENTREVISTADOR: Pero usted estuvo de acuerdo con esa teoría durante varios meses.
CHURRERO CASTAÑERO GARCÍA PÉREZ: Yo nunca estuve de a-cuer-do. Lo que pasa es que tanto el sar-gen-to Obdulio Valls como el teniente Tor-ta-ja-da y el cabo primero Martí de Mo-li-na me invitaban continuamente a orujos y cazallas y yo a-sen-tía a todo. Pero cuando dejé el al-co-hol por orden de mi médico (del gremio de chu-rre-ros), el doctor Serafino Espino, empecé a darme cuenta de que esa teoría, la de «La triple casualidad» escondía una gran cons-pi-ra-ción. ¿Ha leído el informe pre-li-mi-nar S-54?
ENTREVISTADOR: La verdad es que ese informe no abunda en datos concluyentes…
CHURRERO CASTAÑERO GARCÍA PÉREZ: E-xac-to. Todo es una gran men-ti-ra. Yo nunca ayudé al gor-din-flón sargento Obdulio en los casos de «La asesina de las patatas tem-pra-nas» ni de «La verdulería de la calle Artesanos de las maderas nobles po-li-cro-ma-das» ni en «Los crí-me-nes de los Maragal-Abelenda». Y mucho menos en «El des-cuar-ti-za-mien-to de la nieta de la buhonera».
ENTREVISTADOR: ¿Entonces, podría explicarme qué ganaba el sargento Obdulio echando tantas flores sobre usted y sus dotes como investigador?
CHURRERO CASTAÑERO GARCÍA PÉREZ: Yo no soy in-ves-ti-ga-dor, sino in-ves-ti-ga-dor aficionado. Mi profesión es la chu-rre-ría. Soy churrero y castañero. El churrero castañero García Pé-rez.
ENTREVISTADOR: No me ha contestado a la pregunta, señor García Pérez.
CHURRERO CASTAÑERO GARCÍA PÉREZ: Llá-me-me churrero castañero García Pé-rez, por favor.
ENTREVISTADOR: No me ha contestado a la pregunta, señor churrero castañero García Pé-rez.
CHURRERO CASTAÑERO GARCÍA PÉREZ: ¿Qué pre-gun-ta?
ENTREVISTADOR: ¿Qué es lo que ganaba el sargento Obdulio echando tantas flores sobre usted y sus dotes como investigador si todo es una farsa?
CHURRERO CASTAÑERO GARCÍA PÉREZ: Si se lo contara a-ho-ra mi vida no valdría nada. Estoy es-cri-bien-do un libro en el que cuento mi ver-sión sobre todo lo que tiene que ver con esos lamentables su-ce-sos. Se ti-tu-la «El churrero castañero García Pérez se abre».
Lamentablemente, ese libro nunca fue publicado. El sargento Obdulio falleció dos años después mientras trataba de bajar a un gato de otro gato, ambos encaramados en lo más alto de un tilo. Tanto el teniente Alfonso Domenech Tortajada como el cabo primero Prudencio Martí de Molina dejaron el Cuerpo y abrieron una gran churrería a 200 metros escasos de la del churrero castañero García Pérez, con lo que este se vio obligado a cerrar la suya y a dedicarse a la composición poética con rima libre y a resolver casos y entuertos como detective aficionado, aunque nunca apartó de su corazón ni a los churros ni a las castañas. Ni siquiera a las porras.
Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso Onofre.
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| Paul Cézanne. Murder (1870) |
El churrero castañero y detective aficionado García Pérez se arrodilló para ver más de cerca la cara del cadáver. Estaba claro que no era ni Sánchez Estellés ni Martinez Guarner. ¿Entonces de quién era el cuerpo acribillado que yacía en el suelo? Fernando Doménech, también conocido como Fernandín, dirigió una mirada suplicante al churrero.
-Fer-nan-dín, no pongas esa ca-ra. ¡Te aseguro que yo tampoco en-tien-do nada!
-Pero García, Doña Carmina, es decir la mujer de Vicente Blasco dijo que ella mató a Carlos Escriche y este cuerpo no es Carlos Escriche.
-Sí, pero Amalia Cas-ta-ne-da, la mujer de Sánchez Es-te-llés también juró sobre la Bi-blia que el muerto era su marido.
-Bueno, Estefanía Guarner sigue afirmando que el muerto es su hermano, pero me he informado y es
hija única.
-¿Quién de-mo-nios es este fiambre?
El churrero castañero se incorporó y se encendió dos cigarros al mismo tiempo. Mientras intentaba llegar a una conclusión satisfactoria, Fernandín acercaba su nariz y aspiraba algo de humo. De repente, una tos seca, más parecida a la de un chacal enfermo que a la de un churrero castañero, resonó como un trueno por toda la estancia.
-¡Ya sé quien es el mu-er-to!
-¡García Pérez!
-No. Gar-cí-a Pérez soy yo. El muerto es Anselmo Onofre.
-Pero señor García, Anselmo Onofre era el amante de Amalia Castaneda…
-Y también el amante de doña Carmina, de Vi-cen-te Blasco, de Car-los Escriche, de San-chez Estellés, el marido de A-ma-lia Castaneda .
-Pero, pero, entonces…
-Efectivamente, Fernandín. Tú también te a-cos-ta-bas con Anselmo Onofre. Pero al contrario que los otros, tú lo hacías por amor. ¡A-mor!
-Señor García Pérez, por fa…
-Churrero cas-ta-ñe-ro García Perez.
-Señor churrero castañero García Perez, por favor, no se lo contará a nadie, ¿verdad? Si mi mujer, Fabiana Abril, y mi hija, Victoria Doménech, se enteraran sería horrible para ellas. Además yo no he hecho nada.
-Tranquilo, Fer-nan-dín. De mi boca no saldrá tu nombre. Toma…¡guárdate esta li-bre-ti-ta en el bolsillo.
-¿Para qué quiero una libreta señor García?
-Señor churrero cas-ta-ñe-ro…
-Señor churrero castañero García Pérez, ¿qué quiere que haga con esta libretita?
-En la última hoja hay un nú-me-ro muy largo. Es mi cuenta ban-ca-ria. Bastará que in-gre-ses en ella la cantidad que hay escrita en la primera pá-gi-na durante los siguientes 12 meses. Si lo haces bien te aseguro que nadie se enterará de que dis-fru-ta-bas lo indecible tirándote al fallecido.
Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: La marimorena de Somosaguas.
El churrero castañero ambulante y detective aficionado García Pérez se acercó a la mujer mientras se atusaba la larga y poblada ceja derecha y sin ninguna clase de presentación le disparó una pregunta francamente humeante.
-Señora, re-lá-te-me qué es lo que estaba haciendo cuando su-ce-dió todo, por favor.
-¿Quién es usted y por qué habla así?
-Señora, soy el el chu-rre-ro cas-ta-ñe-ro ambulante García Pérez. Y hablo como todo el mundo o in-clu-so mejor…
-¿No, usted arrastra las palabras. ¿Le gusta escucharse?
-No arrastro las pa-la-bras.
-Sí arrastra las palabras.
-No arrastro las pa-la-bras.
-Sí arrastra las palabras.
-No arrastro las pa-la-bras.
-Sí arrastra las palabras.
-¡No!
-¡Sí! ¡Y para qué quiero yo un chu-rre-ro en este día tan a-cia-go. ¡Dé-je-me en paz!
-Señora, ¿por qué arrastra las palabras?
-Yo no arrastro las palabras.
-Sí arrastra las palabras.
-Yo no arrastro las palabras.
-Sí arrastra las palabras.
-Yo no arrastro las palabras.
-Sí arrastra las palabras.
-Bueno, trataba de imitarle a usted.
-¿Imitarme a mí? Yo no a-rras-tro las palabras.
-Usted sí arrastra las palabras.
-Yo no a-rras-tro las palabras.
-Usted sí arrastra las palabras.
-Yo no a-rras-tro las palabras.
-Usted sí arrastra las palabras. ¡Bueno, dejémoslo o no acabaremos nunca. ¿Qué quiere de mí, señor churrero castañero García Pérez?
-Además de chu-rre-ro y cas-ta-ñe-ro soy detective a-fi-cio-na-do. Y hasta que se presente la fu-er-za- competente yo soy la má-xi-ma autoridad. Tengo unos documentos que así lo cer-ti-fi-can. Re-lá-te-me qué es lo que estaba haciendo cuando su-ce-dió todo, por favor.
-Estaba con los orgasmos fállidos…
-¿Cómo di-ce? ¿Acaso quiere to-mar-me el pelo, señora?
-No señor churrero castañero ambulante García Pérez. Una serie de orgasmos fállidos es la historia de una mujer que a partir del cambio de hora de verano del 2003 empieza a tener una sucesión de eyaculaciones retrógradas malogradas no necesariamente concatenadas. Eso le hace sentirse como una especie de isla efímera, lo que le lleva a caer en una distimia severa y terminar su Aquí y ahora suicidándose con una sobredosis de metilendioxipirovalerona.
-¿Es usted es-cri-to-ra, señora?
-Efectivamente, García. Quiero decir, señor García Pérez, churrero casta…
-Oh, dé-je-lo ya señora… ¿Señora?
-Me llaman la Marimorena de Somosaguas, pero usted puede llamarme Mari.
-¿Mari? Es un bo-ni-to nombre. Pero dí-ga-me, ¿quién es en realidad Ma-ri?
-Yo soy quien soy, de la misma manera que usted es quien es, sobre todo en su casa, cuando nadie le mira. Supongo que la mayor parte de la gente es lo que es cuando hay un tabique de por medio. Estoy convencida de que ni usted, señor García Pérez, ni esa mayor parte de gente se ha parado nunca a pensar en los sentimientos de las pobres paredes. Y eso es lo que me revienta del género humano. Una pared es como una madre. A las madres solemos besuquearlas y susurrarles lo muchísimo que las amamos, sin embargo a las paredes, exceptuando alguna que otra mano de pintura ocasional, jamás les demostramos nuestra gratitud (eterna pero interesada) por haber ocultado lo que sucede en los otros lados. Y lo que suele suceder en esos otros lados puede resultar sobrecogedor, pero también fascinante. No puedo ni siquiera imaginar lo que sería la existencia si todos los tabiques del mundo, tanto si son de ladrillo cocido de arcilla, refractario o simplemente de adobe, fueran trasparentes.
-Ejem. Tiene usted ra-zón, señora, pero no me ha contestado a por qué la encontraron cerca de un ca-dá-ver.
-Porque ese cadáver, cuando estaba vivo, era mi amante. Y era un magnífico amante…
-¿Lo mató us-ted?
-Era como un hijo para mí. Sí ya sé que suena obsceno decir que un amante era como un hijo.
-E-fec-ti-va-men-te…
-A veces mi hijo (sí ese hijo que no tengo, sobre todo porque odio a los hijos, ya sean adultos o retoños) me suplicaba que lo estrangulase. Como no existía, no podía quitarlo de en medio para siempre, con lo que terminaba pagando mi frustración e ira con mi marido, que tampoco ha existido nunca. En realidad en mi casa solo existo yo. ¡Conmigo es suficiente! No quiero ni pensar lo que sería vivir con otra yo o con otra como yo. Le juro por todas las víboras del género Vipera, que no hay un día en que no dé gracias a Dios, que por cierto tampoco existe, por no haber engendrado más de una Marimorena de Somosaguas.
-Se-ño-ra, sus contestaciones me causan tur-ba-ci-ón.
-¡Es tan extraño!
-¿Qué es tan ex-tra-ño, señora?
-Hace apenas unos miles de segundos me encontraba pensando en el aspecto misterioso del personaje protagonista de mi cuento Uróboros y pescadillas y ahora me encuentro frente a usted pensando en troqueles de rebordeado. Es increíble la extensión utópica que ese órgano tan complejo (que en ocasiones llega a pesar hasta un kilo y medio) puede recorrer en un determinado lapso de tiempo. Efectivamente, me refiero al cerebro.
-Señora no la com-pren-do, pero está usted de-te-ni-da. Pronto llegará el sargento Ci-rue-lo y se la llevará al cu-ar-te-li-llo. Pero antes de que eso su-ce-da, permítame decirle que es usted una mag-ní-fi-ca hembra y que en una ocasión di-fe-ren-te yo me habría ena…
-¿Sabe, señor churrero castañero ambulante y detective aficionado García Pérez?
-Dí-ga-me, señora…
-Cuando llegue el sargento Ciruelo, dígale de mi parte que acabo de decidir que no voy a volver a dar la patita nunca más a nadie.
Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El churrero castañero ambulante García Pérez contra el chacinero tocinero artesano Martínez López.
-A la señora Car-me-la la golpearon justo en esta parte de su dor-mi-to-rio, bastante cerca de la puerta. El asesino o asesina se encontraba es-con-di-do detrás de las cortinas. Luego ella, la pobre víc-ti-ma, caminó como pudo, seguramente tam-ba-le-án-do-se y au-llan-do de dolor por el pasillo hasta caerse sin fuerzas al lado de la es-ca-le-ra.
-Querido señor García Pérez, gran churrero y castañero pero horripilante detective aficionado, a la señora no la golpearon en el dormitorio sino en el baño. Si el cadáver de la pobre mujer está cerca de las escaleras es porque al salir del aseo caminó hasta el sitio más cercano para morir como una dama.
-¿Y usted, señor Mar-tí-nez López, chacinero, tocinero de pro-fe-sión, se cree Sherlock Holmes? Por como va vestido nor-mal-men-te nadie diría que se dedica a los derivados cár-ni-cos sino a…
-Ya sé, ya sé a qué me parezco según usted, pues me lo ha dicho en numerosas ocasiones. Ni siquiera le voy a contestar lo que normalmente le contesto, aunque lo esté deseando. En cuanto a mi caso…
-¿Su caso? Yo lle-gué mucho an-tes…
-Pero la señora Carmela era la prima de la suegra de mi ex-vecina, por lo que me siento con pleno derecho de…
Después de 35 minutos de conversación cancerígena llegó una dotación constituida por un sargento y tres agentes de la Guardia Civil y ambos detectives aficionados decidieron al unísono posponer por un instante la batalla. El sargento, un tipo con cara de E pluribus unum mioclónico se sentó sobre una silla y con un ademán casi distinguido les amenazó con expulsarles del lugar del crimen si volvían a abrir la boca.
-Pero sargento Mi-ra-vi-lles…
-Le avisé. ¡Ustedes dos, saquen a este imbécil de aquí!
-Sargento Mi-ra-vi-lles, si no me permite seguir aquí, aunque sea de mi-rón o apoyo ex-tra-o-fi-cial no tendré más remedio que contar a todos los presentes que usted en cierta ocasión que se-gu-ra-men-te recordará…
-Está bien. Puede quedarse, pero haga el favor de cerrar el pico y no molestar demasiado.
-Sargento Miravilles, ¡muy bien dicho!
-Vaya, señor chacinero tocinero artesano Martínez López. ¿Sabe que la última vez que mi mujer le compró panceta estuvimos de caguetas durante tres días?
-Yo… yo, ejem…
-Así me gusta. Calladito. Bueno, vamos a ver qué cojones ha pasado aquí. Usted Domenech, traigame un café. Usted Berlanga, llame a mi mujer y dígale que llegaré sobre las cuatro. Usted Yáñez, cuénteme lo que ha sucedido.
-Pero sargento. Yo acabo de llegar con usted.
-Mierda, es verdad. ¡Oh, no! A ver señor churrero castañero ambulante García Pérez, ¿qué coño es lo que usted cree que ha sucedido?
-Sargento Mi-ra-vi-lles, le contaré, no lo que creo ha su-ce-di-do, sino lo que re-al-men-te ha sucedido.
-Sargento, el señor García Pérez le va a contar una película.
-¡Callese, tocinero del demonio!
-¡Perdone, mi sargento!
-García, continúe.
-Gracias sar-gen-to. La señora Carmela se-gu-ra-men-te escuchó un ruido y se levantó. Así. Luego se puso la ne-gli-gé por encima, así, y se dirigió al pa-si-llo, así.
-Jajaja. ¡Es patético!
-¡Señor Martínez López, no se lo volveré a repetir.
-¡Perdone, mi sargento!
-García, continúe.
-Gracias sar-gen-to. Antes de que la señora pu-die-ra darse cuenta, el asesino salió de su es-con-di-te, la cortina, y la golpeó en la ca-be-za con esta figura de mármol, así… ¡Ay, ay, ay!
-¿Qué le sucede García Pérez?
-Mi hombro. Mi hombro. Se me ha dislocado el hombro. ¡Do-lor! ¡Do-lor!
-¿Qué es usted, una especie de mariposilla?
-¡Señor Martínez López!
-¡Perdone, mi sargento!
-Señor García Pérez, no tiene edad para actuar con esa fuerza… A ver, usted, Domenech, traigame otro café. Esta vez con un poco de Magno. Usted, Berlanga, vaya a buscar a un médico rápidamente. Usted, Yáñez, intente ayudar al señor García Pérez.
-Yo lo llamaría la señorita García Pérez.
-¡Señor Martínez López!
-¡Perdone, mi sargento!
-¡Ay! ¡Ay! ¡Do-lor! ¡Do-lor!
Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso Facu San.
-Me encontraba dirigiendo las burbujas de aire hacia un lado…
-Ex-plí-que-se mejor, por fa-vor.
El churrero castañero y detective aficionado García Pérez empezaba a ponerse nervioso. Encontrar un cadáver en el suelo y a la esposa y compañera emocional declarando cosas incomprensibles no era la mejor forma de que todo siguiese como estaba previsto.
-Verá señor García Pérez… estaba en la bañera y me había tirado un pedito…
-¿Un pe-di-to?
-Sí, un aire, una ventosidad, una flatulencia, un cuesco…
-Sé exactamente lo que es un pedo, se-ño-ra. ¡Continúe!
-Pues me encontraba en la bañera y me tiré un pedito…
-Eso ya me lo ha di-cho antes…
-Y trataba de que las burbujas en forma de perturbaciones de carácter ondulatorio se apartaran de mi cuerpo haciendo movimientos acompasados con las manos. ¡Así! Cuando de repente llamaron a la puerta. Me puse una bata, bajé las escaleras y abrí la puerta. Al otro lado había un tipo uniformado que me dijo que era un operario altamente cualificado, que trabajaba en el ayuntamiento, en la sección de sanidad y que venía a comprobar la perfecta curvatura de los testículos de mi marido.
-¿La perfecta cur-va-tu-ra de los testículos de su ma-ri-do?
-Sí, así es. Como mi marido estaba en la cama durmiendo le hice sentarse en el sofá y subí las escaleras para despertarlo.
-¿Y qué su-ce-dió entonces?
-Pues cuando le expliqué que abajo esperaba un tipo del ayuntamiento para medirle los huevos… Perdón… los testículos Facu se quitó los calzoncillos y…
-¿Facu era el nombre de su ma-ri-do?
-Si Facundo Sánchez, pero para abreviar lo llamamos Facu San. Bueno pues cuando le dije que tenía que bajar para que le midiesen las pelotas, se quitó los calzoncillos… El siempre duerme con calzoncillos, ¿sabe? Bueno, en realidad son boxers…
-A-li-ge-re, señora. Há-ga-me el favor.
¿Que aligere qué?
-Que no se en-ma-ra-ñe contando los sucesos a-ca-e-ci-dos. Vaya al gra-no.
-Bueno, pues que me pareció que se ponía contento de que alguien quisiera medirle los testículos y bajó a toda prisa. Y tropezó en el peldaño 17, empezando a contar desde arriba y se cayó de cabeza.
-Entonces, explíqueme por qué razón su cuer-po está tirado sobre el suelo en el piso de a-rri-ba…
-Porque se levantó herido y subió otra vez. Pero no pudo llegar a la habitación y se desplomó aquí, donde se encuentra ahora…
-¿Y que fue del tipo del a-yun-ta-mien-to?
-Se asustó y dijo que volvería la próxima semana. Que tenía prisa y muchos testículos que calibrar y se largó corriendo. Yo soy una persona que desde siempre ha abogado por un concepto moderno de la libertad individual y dejé que se largara…
-¡Com-pren-do!
-Señor churrero García. Puede parecer extraño lo que le he relatado pero le juro por esa colección de pedazos solapados llamado Universo que eso es absolutamente lo que sucedió.
-Señora de Facundo Sánchez. Llevo 34 años de de-tec-ti-ve aficionado y he resuelto más de 700 casos. Durante todos esos años nun-ca he a-sis-ti-do a una re-ta-hí-la de embustes del calibre de los que usted me ha con-ta-do. ¡Debería hacerse gui-o-nis-ta! Le expondré lo que en rea-li-dad sucedió. Usted se encontraba re-to-zan-do con su amante en el dor-mi-to-rio cuando llegó su marido. Ob-via-men-te usted no esperaba que apareciese tan pronto, así que bajó casi des-nu-da a recibirle… o mejor, a ca-me-lar-lo para dar tiempo a su amante para que se vistiera y se es-con-die-ra en alguna parte. Pero su marido la conocía muy bien y la apartó de un ma-no ta-zo. Eso no le gustó y usted lo golpeó en la cabeza re-pe-ti-das veces con el teléfono fijo. Luego llamó a su con-cu-bi-no e intentaron subir el cuerpo al piso de arriba, pero antes de llevarlo a la ha-bi-ta-ci-ón, a su amante que sufría de la prós-ta-ta le urgió ir al lavabo, así que dejaron el cadáver donde se en-cuen-tra en estos mo-men-tos.
-Señor naranjero… eso es una tontería. ¿Por qué no lo llevamos al dormitorio cuando mi supuesto amante salió de mear?
-Señora, no soy naranjero, sino churrero y castañero. El chu-rre-ro y cas-ta-ñe-ro y detective aficionado García Pérez. No lo llevaron al dor-mi-to-rio porque su amante orinó sangre y se fue co-rrien-do en paños menores al hos-pi-tal. Y usted no podía levantar so-la los 130 kilos de Facundo Sánchez.
-Señor García Pérez. ¿Le han hecho alguna vez una mamada extraordinaria? Yo soy especialista. Si cuando venga la oli…
-¡La oli?
-Perdón, estoy nerviosa, quería decir la poli. Si cuando venga la poli, que no debe tardar ya nada, usted les comunica los hechos como yo se los he relatado, le juro que le haré una mamada espectacular cada martes y jueves de cada semana, de cada mes, de cada año, hasta que se jubile. ¡Piénselo!
-Señora de Fa-cun-do Sánchez, queda usted de-te-ni-da por el asenato de…
-¿Asenato?
-¡Yo tam-bién estoy nervoso. ¡Nervioso! No me habían o-fre-ci-do nunca un ser-vi-cio tan hú-me-do como el que usted acaba de pro-po-ner-me. ¡Queda usted detenida a-cu-sa-da del asesinato de Facundo Sánchez. ¡Escuche! ¡Oye la si-re-na? Es el ins-pec-tor Acebedes… ¡Pon-ga-se algo más de ropa, por fa-vor!
Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso Montoya.
Todas las cosas realmente importantes -o por lo menos las más interesantes- me suceden en miércoles, por esa razón no me extrañó demasiado que Fernando Carrasco, el director y propietario de la editorial Verba me telefoneara un miércoles de diciembre del año 1997 para ofrecerme un trabajito. Fernando, que es un tipo muy afable, y yo coincidimos por vez primera en una presentación literaria un lustro antes de esa fecha y desde entonces somos muy buenos amigos.
FERNANDO: Greg, ¡quiero encargarte algo!
GREG: ¡Dizpara!
FERNANDO: ¿Dizpara?
GREG: Perdona, es esta maldita prótesis dental. Tengo que llevarla hasta que me implanten dos dientes. A veces no puedo articular los sonidos como yo desearía.
FERNANDO: Ah, comprendo. ¿Dizparo entonces?
GREG: ¡Dizsspara!
FERNANDO: Vamos a editar toda la obra perteneciente a Los casos del churrero castañero ambulante García Pérez del escritor tailandés Sunan Weerasethakul y queremos que tú te encargues de las traducciones. Son 647 casos diferentes.
GREG: Coozco… ¡Mierda! Conozco a ese tipo. He leído varios de sus textos, o mejor, sus mini textos, pues ninguno de los casos que coozco, ejem, que conozco de ese detective churrero alcanza los 6000 caracteres. ¿Pero por qué yo?
FERNANDO: Bueno, él vivió en España, concretamente en Cullera, durante 35 años y tú residiste en Bangkok casi dos décadas, ¿me equivoco?
GREG: No, no te equivocas. La verdad es que me parece un trabajo interesante. ¿Cuándo murió ese tipo?
FERNANDO: Hace varios años. Era muy viejecito. Creo que le falló el corazón.
GREG: Ezssplícame un poco qué es lo que quieres hacer exactamente.
FERNANDO: Pues eso. Quiero editar toda su obra correspondiente al churrero castañero. Aunque vivía en nuestro país, Sunan escribía en un tailandés bastante influenciado por el jemer. Vamos a presentar su obra por todo lo grande, con unas ediciones de auténtico lujo. Como tú bien decías, sus relatos son muy cortos. La mayor parte están entre los 5000 y los 12000 caracteres, aunque hay unos 50 que llegan o se quedan cerca de los 70000 caracteres. Queremos editar todos los relatos, los 447, en 10 volúmenes.
GREG: ¿De cuánto tiempo dispongo?
FERNANDO: Hasta finales de septiembre.
GREG: ¡Cuenta conmigo!
FERNANDO: Luego te llamará mi secretaria, Cristina, para informarte de algunas cosillas y para cerrar el trato.
GREG: ¡Percescto! ¡Joder!
FERNANDO: Greg, ¿puedo preguntarte algo?
GREG: Por supuesto… ¡Dizpara!
FERNANDO: ¿Es verdad eso que cuentan, que durante tu larga estancia en Tailandia estuviste enrollado sentimentalmente con un transexual camboyano?
GREG: ¡No! ¡Ya estoy harto de explicarlo! Viví con un transexual birmano, pero no era mi pareja. Yo soy heterosessxsual. Viví con él y su primo en la misma casa, pero para ahorrar en gastos. ¡Caray, cómo es la fente!
FERNANDO: ¿La fente?
GREG: ¡La fgente! ¡Puta prótesis! Se mueve muso… ¡Muso!
Sunan Weerasethakul nació en Chiang Mai en 1921. No se sabe gran cosa de él hasta que se trasladó a España en 1965. Al principio fijó su residencia en un pueblecito cercano a Toledo, pero dos años más tarde se trasladó a Cullera, en la Comunidad Valenciana, donde conoció y se casó con una cullerense que le dio 12 hijos. Mientras trabajaba en un molino y almacén de arroz, Sunan desarrolló en su cabeza algunas de las historias que le harían famoso en el mundo entero bastantes décadas después. La primera narración de su serie de El churrero castañero García Pérez fue escrita en junio de 1978 y se tituló El caso Montoya, aunque en algunos países se la conoce como El caso del inocente asno Cantabrín.
Me satisface enormemente presentar dicho texto por primera vez a los lectores españoles y emplazarles afectuosamente a que compren sus 10 volúmenes o los roben de alguna biblioteca pública. Su cerebro se lo agradecerá.
Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso Montoya.
El churrero castañero García Pérez acababa de secarse la boca con una servilleta de papel cuando se le acercó el camarero gritando.
-¡Señor García, Señor García! ¡Han matado a Fermín! Acaban de encontrarlo con la cabeza partida en dos, como si fuera un melón tendral.
-¿Quién es el señor Gar-cí-a? -preguntó el churrero castañero García Perez.
-¿Cómo dice? -contestó perplejo el camarero- ¿Usted no es el señor García Pérez? ¿El detective aficionado?
-Sí, tiene razón. Soy el señor Gar-cí-a. No me sientan bien las cervezas. Pero hijo, yo soy castañero. ¡Cas-ta-ñe-ro! ¿Ha llamado a la policía?
-Mi jefe ya lo ha hecho pero dicen que tardarán por lo menos media hora en llegar.
-Muchacho, acompáñame hasta el cadáver. ¿Está muy lejos?
-Aquí al lado. A menos de 300 metros. Sígame señor García.
El churrero castañero ambulante García Pérez siguió al camarero hasta un pequeño cobertizo fabricado con cañas y ramas bastante mal dispuestas y que parecía que hubieran sido abandonadas más que colocadas. Ambos lo atravesaron como si de una selva devastada se tratara y llegaron hasta un pequeño descampado donde un burro con aspecto aburrido y cuatro ovejas amarillentas nos miraban. Un tipo gordo y con la cara enrojecida que estaba sentado sobre el suelo se levantó y se acercó a ellos.
-Este es el señor Montoya, hermano del fallecido- exclamó el camarero tratando de representar lo que realmente no era- Señor Montoya, le presento al señor García, churre…
-Buenos días señor Mon-to-ya -prosiguió García- O mejor triste día. Usted acaba de perder a su hermano. Le acompaño en el sen-ti-mi-en-to.
García se arrodilló sobre la víctima y se dio cuenta de que su dedo índice había intentado escribir sobre la arena antes de fallecer lo que parecía el inicio de un nombre.
-Um, parece una C ¿No te parece, muchacho?
-No sé señor, yo solo soy camarero.
-¿Cómo se llama usted, señor Mon-to-ya? -preguntó el castañero al hermano del muerto que no dejaba de llorar ni por un momento.
-Carlos. Carlos Montoya Galán. Para servirle a usted.
-Carlos, ¿cuánta gente suele trabajar o venir por aquí normalmente?
-Pues yo, mi hermano Fermín… pobrecito, mi otro hermano, Calixto, su hijo, Cosme y un señor que nos ayuda con la faena.
-¿Cómo se llama ese señor?
-Carmelo, creo que Carmelo Cienfuegos.
-Vaya, todos los que pasan por aquí habitualmente tienen nombres empezados por C. ¿Cuál es el nombre del burro y de las ovejas?
-Las ovejas no tienen nombre, señor García, pero el burro se llama Cantabrín, pues fue adquirido en un cambio por dos cerdos en Santander.
-¿En Santander, eh?
El castañero García se alejó diez metros de la escena del crimen y se puso a meditar. No pasaron ni tres minutos cuando de repente se sintió satisfecho de sí mismo y volvió a acercarse junto al camarero y a Montoya, que como estatuas mal trabajadas solo se movían para rascarse.
-Señor Mon-to-ya, ¿cómo se llamaba su hermano?
-Fermín. Fermín. Mi pobre hermano Fermín… Montoya…
-Ya sé quién es el asesino de Fermín Mon-to-ya.
Tanto el camarero como el señor Montoya dibujaron sobre sus rostros unas líneas mal definidas que manifestaban extrañeza y asombro a partes iguales.
-Señor Mon-to-ya. Y tú, mu-cha-cho. ¿No os habéis preguntado la razón por la cuál la víc-ti-ma, el señor Fer-mín Mon-to-ya, tratante de animales de granja lleva el cinturón des-a-bro-cha-do? ¿Y por qué una de sus manos está tan cerca de su pen… quiero decir de su mi-em-bro? Os contaré cómo sucedió todo: Fermín, su hermano, y tu vecino, muchacho, -prosiguió el detective aficionado y churrero castañetero mirando alternativamente a uno y otro- quiso be-ne-fi-ci-ar-se a Cantabrín, el burro que fue obtenido hace varios años por dos cerdos en un tru-e-que más o menos legal. ¡Observad cómo nos mira Cantabrín! ¡Fermín! Fer-mín Mon-to-ya, llevado por la arrebatadora fuerza sexual que destila ese pequeño borrico intentó acallar sus ins-tin-tos, seguramente como ya había hecho en varias ocasiones, pero esta vez con tan mala fortuna que -seguramente- cayó al suelo y fue pateado, desde luego sin querer, por Cantabrín. Mientras se le escapaba la vida, su hermano, su vecino, intentó escribir el nombre de su a-se-si-no, pero no pudo pasar de la letra C. Así es como sucedió todo y así es como se lo relataré a los agentes de po-li-cí-a cuando aparezcan. Yo, el chu-rre-ro castañero ambulante Mon-to-ya, perdón, quiero decir, García Perez… Yo, el churrero castañero ambulante García Pérez he resuelto el caso en menos de veinte mi-nu-tos.
-Es usted mi héroe, señor García Pérez -confesó el camarero- Por cierto, ¿Por qué separa algunas palabras al pronunciarlas?
-¿Quieres que te sacuda un ca-che-te, chaval? No seas in-so-len-te.
El principio de todo
![]() |
| William Hogarth. The madhouse (1735) |
Queridísima:
Acabo de terminar la segunda historia perteneciente a un futuro ciclo de novelitas detectivescas a las que he titulado Los casos del churrero castañero ambulante García Pérez. El primer texto el que inagura la serie, se titula La tortilla de patatas con cebolla inficionada y la continuación, que como acabo de explicarte ha sido finiquitada esta misma mañana con relativo éxito, posee un título bastante explícito:García Pérez y la cuñada del electricista con personalidad psicopática. No creo que el protagonista de ninguno de los dos relatos entre en el top de los detectives famosos de la historia del thriller criminal, pero tampoco sería desacertado pensar que la saga pueda llegar a convertirse en un pequeño éxito de ventas sin precedentes. Claro que primero necesito encontrar un editor lo suficientemente alcoholizado y falto de ética como para que las publique sin dilación. Intentaré esbozarte la trama de ambas sin alargarme innecesariamente y, sobre todo, sin destripar demasiado su argumento. En la primera, nuestro héroe el churrero castañero García Pérez trata de poner al descubierto una trama de asesinos sin escrúpulos pertenecientes a una logia de asociales intratables denominada Los eremitas arteros que se dedica a envenenar tortillas de patata con cebolla de la marca blanca Sabrosita, mnnnnn. Durante cuatro meses la asociación criminal envenena a 87 personas y a un número indeterminado de mascotas y logra crear una alarma social que termina de forma trágica cuando al jefe supremo le diagnostican Síndrome de Cotard, justo el mismo día y a la misma hora que a su mujer la intervienen quirúrgicamente de una endometriosis benigna, y tres días después de que su tesorero sufra severas complicaciones debidas a la escoliosis que padece desde hace décadas. La segunda entrega, que desarrolla un guión bastante caracoleante en sus 768 páginas, intenta manipular al lector haciéndole sufrir angustia y terror en forma de ronchitas dérmicas somáticas de color sonrosado desde la página 767 hasta el final de la narración.
Supongo que en un plazo de tres o cuatro días comenzaré a desarrollar la próxima entrega. Aunque me gustaría escribir la séptima novela de la saga antes que la tercera para que, cuando se edite la quinta, el público se sienta totalmente confundido y, después de la sexta, los pocos lectores que pudieran quedarme se manifiesten airados delante de la editorial con pancartas agresivas y yo tenga irremediablemente que recurrir a los ansiolíticos. Porque, no te equivoques, me encanta doparme con estupefacientes legales que resultan mucho más económicos, pero mi médico, ese maldito alienista zonzo y atafagado, se niega a recetármelos aduciendo que estoy perfectamente cuerdo. ¿Acaso un sujeto sensato o juicioso sería capaz de dedicar su tiempo a un detective aficionado como el churrero castañero ambulante García Pérez? Ayer mantuve una conversación extremadamente interesante sobre enaguas y combinaciones con una ratoncilla. ¿Podría un tipo totalmente equilibrado hablar con ratoncillos y ratoncillas durante horas sin sentir que algo dentro de su sesera no funciona correctamente? Pero no quiero que llegues a pensar que sufro un desvarío auto-coaccionante, porque no me he puesto a escribir novelas disfuncionales para que se me trate como a un perturbado tan maniático como una pantera negra distrófica, sino para hacer un llamamiento al mundo exterior, es decir, ese que solo funciona cuando abro la puerta o las ventanas de mi pisito de soltero y que no cree en roedores parloteantes.
Tampoco quiero que comiences a preocuparte. Te doy mi palabra de honor de que a partir de marzo no volveré a enfadarme ni a sentir lástima de mí mismo. Y que daré siempre las gracias y seré tan amable con la gente como lo soy con los ratoncillos. Sonreiré, meditaré y comeré alimentos más sanos. Ah, y hablaré lo menos posible y me dedicaré a escuchar, que es como se aprende verdaderamente. Y me trataré los callos neuro-vasculares. Y no volveré a testificar contra mi personalidad distópica en un futuro juicio paralelo. Y santificaré las fiestas entonando cánticos y salmos. Y después de hacer el amor conmigo mismo me mentiré y gritaré que ha sido algo inconmensurable. Y si me quedo embarazado no abortaré, pero tampoco puedo prometer que no renuncie a educarlo yo mismo. Y que nunca más me carcajearé cuando alguien sufra un prolapso, ya sea cistocele, rectocele, enterocele, uterino o de cúpula vaginal.
G. L.














