
Graymalkin, mi gato callejero de pelo blanco y negro, me regaló una bonita y lánguida sonrisa. Aunque a diario me llenaba todo el cuerpo de ellas, yo sabía que ésta era especial, porque era la última. Media hora más tarde su cuerpo reposaba inerte sobre la mesa del veterinario. A su lado, un catéter con unas pocas gotas de Tributame. Mientras mis ojos barrían la consulta, intentando obviar la imagen de la muerte, tan perfecta e inadmisible, mis lágrimas se apretujaban en una especie de masa incolora y se rebelaban por saltar al vacío. Lo impedí mientras pude, pero al salir a la calle resbalaron por mi cara y se deslizaron hasta el suelo. Como éste estaba mojado, supongo que por gotas de sollozos anteriores, no fui capaz de recogerlas.
Ahora estoy frente a una ventana. Intento mirar hacia afuera, pero es de noche y la oscuridad dificulta la percepción de lo que se esconde detrás. Recuerdo que hace bastantes años mi padre me regaló algo que para él era muy importante. Ese algo era de color corriente y llevaba una pequeña etiqueta con el precio pegada en un lateral. Cuando se largó despegué la etiqueta, me la guardé en el bolsillo y arrojé aquél algo por la ventana. Mientras pensaba en lo fácil que es comprar el afecto, decidí bajar a la calle y buscar el algo. Lo encontré sin dificultad y lo arrojé a la papelera. Cuando volví a subir a casa, saqué del bolsillo la etiqueta y me la pegué en la punta de la nariz. Fui con ella clavada en la cara durante tres días y cuando se cayó lloré porque no había cumplido mis deseos, que no eran otros que mi padre se fijara en ella.
Entre esa etiqueta que arranqué del algo y las lágrimas que se desecaron en el suelo pasaron casi dos décadas. Durante ese periodo de tiempo lloré diecinueve veces, supongo que una por año. De todo ese montón de lamentos, cuatro resultaron inútiles, seis lograron avasallar las emociones de los receptores y el resto no fueron verdaderamente importantes, o por lo menos no sirvieron para los propósitos que habían sido concebidos.
La verdad es que no sé por qué escribo sobre el pasado. Quizá en un vano intento por arrastrar hacia la nada ese maldito círculo de simulación que siempre acaba por comprometerme. ¿O es una especie de comodín que la mayor parte de las veces me exime de poner los dedos entre las fauces de lo que es real y lo que es inventado?
Creo que pese a todo, sigo huyendo…