febrero 2013

Email del 24 de febrero 2013

Agostino Arrivabene, Self-portrait with bacterial cloud  (2010)

Sobre la ablepsia…

Al principio creí que mis gafas estaban sucias o empañadas, pero al quitármelas pude comprobar que mis ojos no enfocaban con claridad ninguno de los objetos que miraba. ¿Me estaba quedando ciego? ¿Acaso mis globos oculares estaban cansados de observar siempre las mismas cosas? Aterrorizado, corrí al lavabo y me los lavé con cuidado, pero dejando que el agua se acumulara en la córnea. Me los sequé con una toalla y dirigí la mirada al espejo. ¿Esa mancha borrosa reflejada era yo? Mi silueta parecía un cuadro nebuloso, de esos que se exponen en las salas dedicadas al arte moderno de las grandes pinacotecas y que no sirven ni siquiera para perder el tiempo buscando un posible significado. Como el asunto parecía serio, opté por sentarme en el suelo y meditar una solución. Arrancármelos hubiera sido demasiado fácil, así que decidí cerrarlos y obviar el problema. Pero incluso con los ojos cerrados seguía viendo borroso el mundo que se escondía alrededor de mí. Era como si los parpados, cansados de servir para algo, se hubieran transformado en cristales espléndidamente limpios. No me quedaba otro remedio que envolverme la cabeza con una funda de almohada, pero aun así continuaba viendo todo lo que me rodeaba velado, turbio, confuso. Corrí por el pasillo dándome golpes con las paredes y llegué al comedor, donde sabía que una gran ventana abierta me esperaba. Decidí saltar al vacío.

El fregadero de la mesa de autopsias estaba frío. Sentí cómo un cuchillo increíblemente afilado hacía una incisión con forma de «u» invertida en la piel y el tejido subcutáneo. Notaba cómo unas manos inquietas enfundadas en guantes de látex extraían la parrilla costal y hurgaban sin demasiada consideración en la cavidad torácica y en el abdomen. Cada retractor, cada separador, cizalla, tijera de disección, enterótomo o grapa grababa su huella en mi consciencia entumecida. Estaba claro que yacía muerto, pero seguía contemplando la opacidad y mordiendo un dolor que no cesó cuando diseccionaron por completo mi cuerpo e introdujeron mis extremidades en dos recipientes traslúcidos repletos de formaldehído.

Mi cabeza y tronco descansan en una fosa común al lado de otros cadáveres sin nombre pero con una historia completamente diferente a la mía. Puedo oler el aroma nauseabundo de la putrefacción diluida entre la tierra húmeda, casi mojada; puedo ver huesos blancos y horadados por las agujas del lastre que proporciona el tiempo; o lo que creo que son huesos, pues sigo viendo borroso, con imprecisión. Y me imagino que los seguiré contemplando hasta que los gusanos justifiquen su destino y se coman mis ojos.

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Email del 20 de febrero 2013

Vasily Polenov, Left hand with the index finger (1885)

Hey:

El 23 de febrero de 1989, Federico García Montes fue condenado por abusos deshonestos e intento de violación a un microondas con grill y condenado a 19 años de prisión, de los que sólo cumplió 20. Como su comportamiento fue ejemplar, a partir del tercer año de confinamiento se le permitió dormir con pijama y pronto fue ascendido de prisionero a director de celda. Durante todo este tiempo, su abogado, fallecido en 1978, intentó recurrir la sentencia con resultados negativos. Parece ser que a los jueces no les hace mucha gracia que un muerto se inmiscuya en sus sentencias. Por mucho que este adujera que su cliente sólo había introducido el pene en el electrodoméstico con el propósito de comprobar si el vaso de leche desnatada estaba caliente o simplemente tibio, el resultado siempre era el mismo: culpable. Y que el microondas tuviera una pequeña minusvalía electrónica no puso las cosas demasiado fáciles para que la condena fuera revocada.

Federico salió libre de la prisión el 19 de marzo del 2009. Algunos meses después coincidí con él en una tienda de electrodomésticos mientras trataba de adquirir otro microondas. Después de saludarnos efusivamente nos dirigimos a un bar donde, entre trago y trago de cerveza, me contó lo mal que lo había pasado en la cárcel. En un momento dado, mientras yo me rascaba una pierna, su teléfono sonó.
-¿Diga? Ah eres tú. Bueno a las seis me viene bien. Ajá. Vale, pues hasta la tarde-.
Cuando colgó el móvil me miró fijamente y me dijo:
-Era la proctóloga. Viene a verme a las 6.
-Caray qué lujo. Los médicos te visitan a domicilio ¿Estás malo?- pregunté.
-Que va tío. La proctóloga es una puta. La llamo así porque me gusta que me meta el dedo en el culo mientras leo una revista- me respondió sin demasiada emoción.
-Ah, entiendo. Es como una especie de sanadora rectal a sueldo ¿no?
-Bueno sí- respondió al mismo tiempo que se fijaba en el trasero de una chica que en esos instantes jugaba con la tragaperras. -¡Vaya culo! El proctólogo se pondría las botas.

Pasaron por lo menos siete u ocho meses hasta que volví a coincidir con él. Esta vez fue en una farmacia. Mientras esperábamos a que nos atendieran me cogió por las solapas de la cazadora y me llevó a un lado.
-Mi madre era uróloga y mi padre, su paciente. Ambos se enamoraron en la consulta y se casaron al año siguiente. Antes de morir, mi vieja me confesó que desde el día en que le practicó el primer examen rectal, jamás volvió a lavarse el dedo.
-Vaya, pues me alegro, chico- le contesté pasmado.
-Cuando murió, mi padre quiso que le amputaran ese dedo para quedárselo como reliquia pero las autoridades no se lo permitieron.
-Debió ser un gran golpe para tu viejo- inquirí.
-Sí, pero se sobrepuso pronto y se casó con Susana, la proctóloga.

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Email del 11 de febrero 2013

Michael Sowa, Sharks of suburbia

Querida:

Estoy escribiendo un cuento que se titula «Tengo unas piernas muy bonitas» que trata sobre un gavial de la India, ya sabes, esa especie de cocodrilo con el morro en forma de barra de pan de cuarto, que para combatir la soledad que experimenta en el río Brahmaputra se suicida tragándose a sí mismo. El título no tiene nada que ver con los hechos que se desarrollan en el argumento, pero estoy seguro que desconcertará a los posibles lectores. Hoy en día si quieres vender más de tres ejemplares tienes que ser inteligente y llenar cada una de las páginas con sexo gratuito y violencia húmeda o buscar un buen título rompedor. Al principio dudé entre el escogido y «Mis glúteos me pertenecen porque son míos», pero después de meditarlo durante unos minutos, y mientras me preparaba un ajo-aceite sin ajo ni aceite, me decidí por el primero. Lo he releído varias veces y estoy seguro de que es de lo mejor que he escrito en años, pero me preocupa su longitud, pues sólo ocupa dos líneas y media y no es suficiente para llenar ni siquiera una página. Claro que podría romper la hoja por la mitad y obligar a los editores a que lo comercializaran de esta manera junto al resto de relatos que lo acompañan. No me negarás que como truco publicitario es bastante bueno. A nadie se le ha ocurrido nunca vender la mitad superior de un libro de cuentos. Incluso podríamos llegar más lejos todavía y no vender nada por algo de dinero. El mundo está repleto de papanatas con un CI que ni siquiera alcanza los 70 y creo que serían unas víctimas perfectas. Pero antes tendría que mentalizarme. Exceptuando una vez que cambié un chicle masticado por un BMW de color rojo, nunca he intentado timar a nadie y no estoy muy seguro de cómo reaccionaría mi bondad natural. Pero esta vida es bastante dura y sólo viven bien los que desalojan los buenos sentimientos de su corazón ablandado. Si tengo que convertirme en una especie de piedra sin conciencia para poder seguir comprando croissants y pagar con cierta regularidad a mis acreedores, lo haré sin que me tiemble el pulso. Al fin y al cabo los malos siempre sobreviven, mientras que los buenos tienen que prostituir a sus mascotas para llegar a fin de mes.

Voy a ponerte unos cuantos ejemplos:

Marcial Coz Giménez (con G) secuestró un pato con alzheimer en 1978 y pidió un rescate que lo sacó para siempre de la vida delictiva y la pobreza. Años después, se nombró a sí mismo Emperador y escribió sus memorias sobre un queso gruyere.

Vicente Perneras Jiménez (con J) le pegó tal paliza a su pantalón vaquero que este tuvo que ser hospitalizado con desgarros múltiples en un hospital de confección. Los hechos sucedieron en la primavera de 1977, pero para el verano de 1999 ya era asquerosamente rico. Las malas lenguas dicen que se forró chantajeando a la camiseta de poliéster de su amante masculino, pero estos hechos todavía no están comprobados.

Estefanía Sumacárcel Himen era una monja perteneciente a la orden de las Clarisas en pantuflas, pero se sentía tan sucia debido a su segundo apellido que un día soleado de abril de 1965 decidió asesinar a 25 tartamudos. Cuando todavía estaba degollando al tartaja número 22 perdió la cuenta y volvió a comenzar con su macabro jueguecito. Cuando llegó la noche había descuartizado a 64 infelices disfémicos. Varias semanas más tarde fue detenida y juzgada, pero para que el asunto no fuera del dominio público y estallara un escándalo, el alto clero la envió a la tumba con todos los gastos pagados de por vida.

Hugo Turbio Érice, alias «el sabadaba» roció con gasolina un campo de alcalchofas y arruinó a su propietario. Aunque existen varias versiones sobre lo que realmente sucedió. Una de ellas, la más pintoresca, sostiene que lo que realmente quemó fue al propietario del campo y él se casó con un kilo de alcachofas, tuvieron varios retoños que crecieron sanos y felices e incluso uno de ellos llegó a ser nombrado hijo pródigo en su pueblo.

Marcial Coz Alabarda fue el hijo del secuestrador de patos que encabeza esta lista que sirve de ejemplo. Como tenía fobia a los anseriformes, y sobre todo para seguir con la tradición familiar, se hizo secuestrador de churros y durante unos años sembró el terror en las churrerías de su localidad en Navidad.

El verdadero problema que implica volverse malvado de un día para otro radica en la indisponibilidad itinerante. No me preguntes qué es lo que he querido decir, porque lo desconozco, pero es una buena frase para despedirme de ti hasta mañana a la misma hora o hasta dentro de 24 horas. Lo que suceda primero.

Abrazos, besos, churros, patos y piernas bonitas.

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Email del 10 de febrero 2013

Julian Chaves, Hommes d’esprit (2004)

Te escribe Greg el loco.

Tengo una fisura en la cabeza que me arropa por las noches y tengo una fisura en el trasero que me desnuda por las mañanas. Ambas son prácticamente idénticas, pero la primera ronronea mientras hace su trabajo. Y lo suele hacer bien. A veces la segunda me recuerda que estoy vivo, pero cuando quiero llorar, se comporta como un padre insensato con su hijita retrasada. Me insulta y me pega, pero mientras lo hace, clama a los dioses por su ingrato proceder. Constantemente me recuerda que soy el hijo de la tierra, y que sólo la mano dura puede hacer que despierte del letargo con el que los susurros y caricias de su hermana antagónica me han narcotizado. Pero yo quiero a las dos. Una me produce paz de mente; la otra profetiza en lo que me convertiré en un futuro: una alimaña rabiosa sedienta de sangre.

Cuando vuelo, mis pensamientos intentan decidirse por alguna de las dos. Cuando aterrizo, allí está la facción ojerosa y dura como el diamante de la verdad desencajada esperándome con un látigo. Y por alguna razón, no echo de menos a la otra. ¡Sí! Está claro que pienso con el culo, pero ¿acaso no todos tenemos el cerebro ahí?

Un abrazo.

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Email del 9 de febrero 2013

Simon Schrikker, (2010)

Amiga:

Hoy todo me sale mal. Incluso al caminar, en lugar de ir hacia delante, voy hacia atrás. La gente me mira de una forma extraña, seguramente no están acostumbrados a ver a alguien andar de esta manera. Si todo sigue igual, pronto acabaré donde algunos empiezan. Me siento tan raro que no me extrañaría que antes de acabar el día volviera a revivir mi propio nacimiento, por segunda vez en cinco décadas. Pero si esto sucede, te aseguro que estoy preparado. En un bolsillo del pantalón guardo un memorándum que explica muy claramente cómo he de ser eutanasiado. Espero que les resulte sencillo leerlo, pues lo he escrito por medio de jeroglíficos. Ya no soporto la libre interpretación del lenguaje, hablado o escrito, y la forma en que se corrompe cuando los receptores se sienten demasiado humanos.

He dirigido la mirada a sol, esperando que la repentina miosis de las pupilas me recordara que hacerlo es un sacrilegio. En un instante, un millar de lágrimas, espesas como el material con el que se fabrican las ensoñaciones más perturbadoras, me han vuelto a arrojar de bruces a la realidad. Y la realidad es huera, siniestra como la celda de un reformatorio, irreal, difícil de soportar sin sentir una mezcla de asco y miedo. Debería armarme de valor y ocultarme para siempre en el nicho de mis antepasados, pero algo muy dentro de mí me recuerda que hay otras soluciones. ¿Solución? Esa palabra me da escalofríos. Nunca he podido soportarla; no es más que un montón de mierda fabricada para narcotizar momentáneamente los deseos más oscuros y que, de alguna forma, se alejan de la razón. Yo no pierdo el tiempo razonando. Soy un animal y muerdo cuando me bloquean la salida.

Saludos.

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Email del 8 de febrero 2013

Eric Fischl, A visit to a visit from the island (1983)

Hola:

He reparado el reinicio de mi cerebro restaurando el sistema neurotransmisor a una fecha anterior, pues al levantarme todo estaba oscuro, así que ahora estoy en ayer, que es la fecha elegida por Neuronium 7, el conjunto de programas que gestiona los recursos de hardware que posibilitan cada uno de los pensamientos y movimientos de mi cabeza y de mi cuerpo. Supongo que ahora todo volverá a funcionar correctamente; si no es así no tendré más remedio que reinstalar otra vez el Neuronium con el riesgo de perder recuerdos y valores que afectarían de una manera significativa a la comunicación verbal. Es decir, si esto sucede, es posible que en lugar de expresarme con la característica velocidad racional, que tan pasmados de envidia deja al resto de mortales, acabe hablando como nuestro querido presidente del gobierno, lo que no me convertiría en un ser especialmente interesante y mis posibilidades de acostarme con alguien del sexo opuesto que no perteneciera al partido que conduce el país a la ruina disminuirían considerablemente.

El problema fundamental de vivir hoy como si fuera ayer reside básicamente en que he perdido un día y una noche completos de vida, y con ellos un orgasmo matinal verdaderamente sublime y todos los insultos e imprecaciones contra el resto de seres humanos que había fabricado a primeras horas de la mañana con esmero, delicadeza y grandes dosis de mala leche. Lamentablemente, no hice una copia de seguridad del orgasmo ni de los improperios por lo que la situación podría llegar a convertirse en insostenible para mi orgullo; eso sin contar con que mi dignidad quedaría gravemente debilitada. De momento todo funciona perfectamente, aunque hace diez minutos intenté pensar en negativo, como es inherente a mí, y lo único que pude visualizar fue un campo de girasoles mecidos por el viento. Supongo que es algo normal después de un proceso como el que he tenido que pasar, pero no puedo dejar de dar vueltas a la idea que en estos momentos me ronda la cabeza: ¿y si me he convertido en un puto ente epistemológicamente positivista? ¿Y si en lugar de defecar sobre cada uno de los ciclos de la existencia, me dedico en el futuro a buscar el porqué de las cosas, transformando la bilis, líquida, verde y amarga, en empiriocricticismo monista florido, rancio y afectado?

Sinceramente, no me veo como el adalid del verstehen en una sociedad que sólo busca almacenar posesiones y Dioses en trasteros forrados con la piel despellejada, a base de mentiras y traiciones, de una utopía espectral, donde cada uno vale según lo que ha podido robar, y donde sólo se merece verdadero respeto si luce grandes anillos de oro en los dedos de las manos y diamantes o esmeraldas engarzados en piercings de titanio en los testículos o en el clítoris.

Las víboras se asolean en los riscos y no en las sucursales bancarias. Algo no funciona como es debido. Mientras permitamos que esto suceda, difícilmente podremos considerarnos algo más que esclavos. Y mientras el poder y la justicia nos someta a continuas vejaciones y se juegue a un envite nuestras propias indecisiones, esta forma de vida que conocemos, y en ocasiones amamos, no será más que un continuo fluir incomprensible de cohesión, adhesión, viscosidad, tensión superficial y capilaridad, hacia ninguna parte.

Saludos.

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Email del 7 de febrero 2013

Rembrandt, Mujer vieja leyendo (1650)

Hola:

He estado haciendo el pino y en esa en esa posición he escrito un micro relato sobre el tiempo. Preferiría haber intentado la posición del roble, pero no sé cómo se hace. Como para hacer el pino se necesitan los dos brazos, he tenido que escribirlo con la boca. No puedes llegar a imaginarte lo difícil que resulta. Pero al final lo he conseguido, aunque ha quedado tan dramático o pseudopoético que los pelos urticantes de la procesionaria en mi cabeza no han parado de irritar la totalidad de mi cuerpo. Te lo pego:

«Se puso a llorar. Se puso a llorar. La anciana se puso a llorar y sus lágrimas se dirigieron al río más cercano. De poco sirvió que sus hijos trataran de consolarla o que sus nietos la cubrieran de besos. Lloraba. Y en sus ojos húmedos se podía leer un libro. El libro de la rueda del tiempo. A veces se tranquilizaba un poco y sus recuerdos se escapaban por la ventana. Mientras huían se desfragmentaban en hebras de oro. Y cada hilillo dorado mecido por el viento susurraba una canción. Algunas eran tristes y pesaban la mitad del total de un pensamiento difuso; otras sucumbían ante la claridad de la imposición y acababan por equilibrar la autonomía de sus propios movimientos. Pero cada uno de ellos le pertenecía. Eso nadie podría cambiarlo. Ni siquiera el punzante e impreciso dolor producido por un millón de respuestas ante una única pregunta: ¿ha merecido la pena?»

¿Sabes? Esta mañana he meditado sobre algo que no me dijo alguien en ningún lugar, y he llegado a la conclusión de que llevaba toda la razón, aunque para seguir en paz conmigo mismo he fabricado una pequeña cara de resignación y la he adorado durante diez minutos largos. Como siempre sucede cuando uno se auto exalta, he sentido la necesidad de vomitar sobre un cristiano, pero como vivo en un barrio rojo y ateo, he pensado que quizá no valiese la pena salir a la calle a buscar uno y aprovechando que la vecina de enfrente se había dejado la puerta abierta, he entrado y regurgitado sobre el cadáver desnudo y embalsamado de la única hija de su padre, que era agnóstica y aciduriometilmalónica.

Un saludito…

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Email del 5 de febrero 2013

Sabin Balasa, Freedom in the aquarium (s. XX)


Querida:
Había una vez una palabra que la mayor parte de las veces no significaba absolutamente nada. Y a nadie parecía incomodarle que permaneciera en algún lugar perdido del subconsciente, pues ya se habían acostumbrado a otras mucho más vistosas fonéticamente y que les proporcionaban todo lo que necesitaban o lo que podían desear. Sabían que alguna vez había simbolizado algo, pero ya no les interesaba demasiado el concepto que representaba y la mayor parte de las veces se encogían de hombros cada vez que escuchaban algo relativo a ella. Algunos incluso llegaban más lejos y disfrutaban estirando cada uno de sus grafemas, hasta que llegaba un punto en que el absurdo y la incoherencia no dejaba ninguna duda sobre sus intenciones. Otros, simplemente jugaban a obtener la mayor parte posible de anagramas sin significado real a partir de la raíz inicial. Esa palabra mágica permanecía en el limbo sin que pareciera importarles en absoluto, hasta que cierto día, un sujeto de aspecto apagado y taciturno pensó en ella y en la satisfacción que sentía al deletrearla. Pero aunque una fuerza poderosa recorría su sangre cada vez que la pronunciaba de forma tímida y en la oscuridad húmeda y penetrante de su rincón favorito donde él era su propio Dios y donde ningún otro ser podía escucharla, la palabra decidió seguir oculta. No creía que el momento de su resurrección hubiese llegado todavía y decidió transmutarse en deseo. Y ese deseo insatisfecho se perdió entre la suciedad que lentamente fabrica el discurrir del tiempo. Y a partir de entonces, ya nada volvió a ser igual.
Esa palabra, amiga mía, es el mejor regalo con que jamás nos obsequió la razón. Estoy casi seguro de que sabes cuál es, pero por si acaso dudas entre varias, he decidido despojarla del aura de misterio mítico con el que se emperifolla y transcribírtela, pero no en castellano, ya que en nuestro país nadie se decide a rescatarla y además me produce cierta vergüenza observar el estado en que se encuentra, sino en ocho idiomas diferentes que, por lo menos para mí, de momento, no significan nada porque no los hablo y, obviamente, ni siquiera los entiendo.
VAPAUS
WOLNOŚCI
ÖZGÜRLÜK
SZABADSÁG
СВОБОДА
FREIHEIT
ΕΛΕΥΘΕΡΊΑ
LIBERTÉ
Mientras no admitamos a voces que somos víctimas de la inconsciencia, esa palabra no volverá a representar un verdadero peligro para los depravados que diseñan nuestro futuro y esconden nuestras esperanzas en receptáculos manufacturados con las inmundicias que destila su afán de poder absoluto y su desmedido anhelo posesivo. Y entretanto, nuestros sueños de supervivencia quedarán relegados al olvido y con ellos nos estaremos acercando peligrosamente a las tinieblas del medioevo, y por consiguiente, al suicidio colectivo.
Un abrazo.

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Email del 4 de febrero 2013

Alan McDonald, Prophet of doom (2008)

Hola:

He descubierto que si a un imbécil le ensucias un ojo se vuelve inteligente. No me preguntes cómo he llegado a esa conclusión, pero es la pura verdad, puedes hacer la prueba si quieres. Pero asegúrate que lo haces correctamente, pues si en lugar de un ojo le ensucias una oreja, en menos de diez minutos el individuo en cuestión puede transformarse en un pomelo maduro o un traficante de licuadoras. ¿Recuerdas cuando revelé a la comunidad científica que dentro de cada átomo de agua vive una ballena divorciada y dos de sus pequeñines? Me tacharon de chalado e incluso alguno se atrevió a decir que yo no era científico, sino terrorífico. Supongo que lo mismo pensarían del tipo que en un arrebato de lucidez extrema inventó el vaso agujereado, pero ahora se venden incluso jofainas sin fondo, y se venden muy bien. El mayor fabricante del mundo tiene su sede central en Bangkok y factura al año catorce euros de beneficios, por supuesto sin descontar los gastos totales de producción y distribución. De todas formas, no pienso dejar de investigar sobre la razón, el cerebro y las agujetas; y menos porque un atajo de investigadores a sueldo de las grandes multinacionales me insulten o me envíen tarjetas de felicitación navideña en agosto. Yo soy yo, que no es poco, aunque a veces mis trastornos cutáneos quieran llevarse todos los méritos. Te prometo que no pienso cambiar; ya tengo suficiente con cambiarme de calzoncillos cada vez que Saturno, Venus y Mercurio se alinean sobre las pirámides de Egipto.

Saludos.

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