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| Marlene Dumas, Chlorosis (1994) |
5 ejercicios de entrenamiento para la memoria…
ALFONSO
La gente tiende a cambiar con el tiempo; los que en su juventud fueron personas afables y espabiladas terminan siendo desagradables y estúpidos a los que es muy fácil venderles perca del Nilo por mero, y por el contrario, los que en su niñez más temprana eran raros, taciturnos y lindando algún tipo de enajenación pueden acabar siendo senadores o arzobispos. Hace bastantes años, cuando asistía a clases de BUP, tuve un compañero llamado Alfonso que pertenecía a este segundo grupo, el de los raritos con un cierto toque excéntrico. Su comportamiento era similar al de una pelota de ping pong: siempre estaba rebotando de la lucidez extrema a la demencia más perturbadora. Creo que estuvimos juntos durante los tres cursos y en todo ese tiempo jamás le vi sonreír, ni siquiera cuando nos enteramos de que el profesor de latín se había intentado suicidar tragándose la «Biblia Vulgata» traducida por Jerónimo de Estridón sin la inestimable ayuda de uno o dos vasos de agua.
Cierto día en que me encontraba cansado de sus cambios de humor y de su forma despectiva de interactuar conmigo, me armé de valor y le pregunté por qué se comportaba de aquella manera. Si he de ser sincero, no esperaba ninguna contestación lógica, pero por algún motivo se avino a explicarme la razón de su modo de proceder. Resulta que unos cuantos años atrás, en unas vacaciones organizadas por la OJE vivió una experiencia que casi acaba con él. Una noche, mientras dormían en las tiendas de campaña de segunda mano notó que algo le apretaba el pene y los testículos de una forma rítmica y pausada, como si alguien estuviera apretando la bomba de caucho que infla el brazalete de un tensiómetro. Cuando se incorporó para averiguar qué diantres sucedía, contempló con horror y asco que lo que le asía sus partes nobles no era otra cosa que la mano de un compañero que, ajeno a todo, seguía durmiendo plácidamente. La primera reacción de Alfonso fue rodear su cuello con las manos y apretar hasta que se pusiera azul, pero al final, y tras meditarlo brevemente, prefirió despertarlo y llamarlo marica despreciable y violador nocturno. Está claro que aquel chaval no lo hizo adrede, seguramente estaba soñando con hembras sin ropa y su mano, en lugar de acariciar un monte de Venus triangular e invertido, acabó en el lugar equivocado. Sin embargo aquel hecho se convirtió para mi amigo en un punto de inflexión del que no podía escapar. Tenía un miedo cerval a hacer verdadera amistad con cualquier chaval de su clase, pues creía que tarde o temprano alguien le agarraría nuevamente de los testículos, se los arrancaría y se los comería degustándolos con auténtico deleite.
Cuando terminamos el tercer curso nos distanciamos y no supe nada de él hasta 10 años después. Un día estaba probándome un sombrero tipo Borsalino en El Corte Ingles y coincidí con su hermana Pepa. Tras saludarnos efusivamente e intercambiar besos le pregunté por Alfonso; ella, con expresión ausente y mientras se sonaba las narices con un pañuelo de papel, me respondió que su hermano se había doctorado en medicina con la calificación Cum laude, especializándose en el aparato urogenital, pero que años después había emigrado a Argentina donde se había convertido en una estrella del cine porno gay.
MARCOS
Es curioso, cuando intento recordar algo acerca de mi adolescencia siempre voy a parar a un mismo lugar: mi pueblo, o mejor debería decir, el pueblo al que pertenece toda la línea materna de mi familia. En ese pequeño municipio de cerca de 500 habitantes viví los mejores momentos de esa etapa en la que ves las cosas de una forma totalmente distinta a como son en realidad. De todos los veranos que pasé allí, siempre recuerdo uno en especial que tanto yo como el resto de mis amigos bautizamos como «el julio de las brujas». El número de miembros de mi pandilla -¿pandilla? hacia tanto tiempo que no usaba esa palabra- era variable; todo dependía del mes y el periodo vacacional de sus progenitores, pero generalmente rondaba los 12 ó 13 chicos y otras tantas chicas. Hago está diferenciación porque aunque todos pertenecíamos al mismo grupo, este se escindía a veces dependiendo del género, sobre todo a la hora de extralimitarnos, jugar a las cartas o emborracharnos hasta perder el conocimiento.
Pero no quiero enrollarme tontamente. Aquel mes de julio, creo que era el año 1978, se distinguió por un calor insoportable que invitaba a perderse entre el alcohol y la nicotina. Nuestro pasatiempo preferido, una vez que las féminas se iban a dormir, era asaltar el cementerio y acostarnos en las tumbas a beber litros y litros de Skol y contar relatos de terror. Aquellas historias generalmente eran inventadas aunque a mí me recordaban a viejas películas en blanco y negro. Una de esas noches, Marcos, que era uno de mis mejores amigos, nos relató un incidente real que le sucedió a él y a su hermano cuando eran unos críos, en las mismas calles del pueblo al que teníamos que regresar cuando nos entrara el sueño. La crónica, según la recuerdo sucedió más o menos así: sobre las 11 de la noche, los dos hermanos se dirigían a casa a un paso bastante veloz, pues casi habían superado la hora límite impuesta por sus padres. Para acortar unos cientos de metros y evitar una bronca fenomenal decidieron regresar por un callejón bastante largo, oscuro y estrecho que comunicaba directamente la plaza con la calle en la que residían. Cuando iban por la mitad del recorrido y a unos 30 metros de donde se encontraban, divisaron débilmente una figura extraña que emitía unos sonidos semejantes a estertores. Y por supuesto les entró el pánico, pero ya habían andado la mayor parte del camino y decidieron seguir aunque fuese tragando saliva y armándose de valor. Mientras llegaban a la salida del callejón, la figura empezó a andar hacia ellos con los brazos extendidos en posición suplicante y llegó un punto en el que la pudieron ver totalmente. Según contaban, lo que vieron les alarmó tanto que retrocedieron sobre sus pasos corriendo y gritando como posesos. Al fin llegaron a casa y se metieron en la cama de un salto. Al día siguiente el hermano de mi amigo, que era dos años más joven que él, bautizó a la criatura como «La butona» y a partir de entonces siempre hubo una butona en su vida; hasta tres años más tarde cuando falleció en un accidente con la bicicleta, en ese mismo pueblo y en aquel mismo callejón sombrío y angosto. Mientras Marcos nos contaba el relato y la cerveza se instalaba en nuestra sangre, un grito repentino y entrecortado surgió de algún lugar. Es posible que procediera del pueblo, transportado por el aire, pero en aquel instante hubiéramos jurado que su origen no era otro que la garganta de un muerto. Así que hicimos lo único que podíamos hacer: correr entre las tumbas buscando la parte del muro que estaba medio destruida y por donde entrábamos y salíamos normalmente. Cuando al final la encontramos, intentamos saltar todos al mismo tiempo con tan mala fortuna que el muro cedió y cayó sobre un pequeño panteón destrozándolo completamente, o por lo menos eso nos pareció en aquel momento. Mientras intentábamos recomponernos para volver a saltar, alguien aseguró que veía una mano inerte y esquelética entre el estropicio ocasionado en la tumba. Eso nos asusto todavía más y salimos pitando del camposanto con los rostros desencajados.
Pasaron un par de días y ya no nos acordábamos del extraño suceso; de hecho, estábamos felices porque los padres de Marcos iban a ausentarse un tiempo y su casa sería toda nuestra. Esa misma noche jugamos a las cartas y bebimos como cosacos en su habitación hasta que se nos acabó el tabaco. Como alguien tenía que ir al bar a comprar un paquete, decidimos jugárnoslo a los chinos y perdí yo. Cuando volví con los cigarrillos, mis colegas se encontraban inmersos en una vorágine etílica, pero agradecieron las provisiones y salimos a la terraza a fumar y a contemplar las estrellas. Cuando empezamos a aburrirnos con el cosmos, decidimos largarnos a gamberrear un rato. Mientras limpiábamos los restos de bebida desparramados por el suelo, me apeteció otro cigarro, pero el paquete no aparecía por ningún lado. Lo buscamos durante dos horas, pusimos patas abajo todos los enseres de la casa e incluso y porque ya no nos fiábamos de nadie, nos desnudamos para ver quién había sido el bromista o ladrón que se lo había apalancado. Pero fue inútil, el paquete de Winston había desaparecido.
Las noches siguientes fueron incluso más alucinantes en casa de Marcos. Luces que se apagaban y encendían solas, ruidos extraños que procedían del tejado y un sinfín de hechos anómalos. Llegó un punto en que teníamos que acompañar a su inquilino a casa armados con palos y cuchillos de cocina. Cuando regresaron sus padres y todo volvió a la normalidad.
Varios años después, un día Marcos me confesó que la desaparición del tabaco había sido cosa suya. El muy cabrón lo escondió en el saco del pan, que fue el único lugar que no registramos, pero juró por su honor, o por lo poco que le quedaba en ese instante, que no tuvo nada que ver con las luces, los ruidos y el resto de sucesos anormales.
VICTOR
Siempre me han gustado las serpientes y los reptiles en general. He criado esa clase de bichos desde mi mayoría de edad y, durante varios años, trabajé como cuidador de serpientes venenosas en varios zoos y safaris. En uno de esos zoos conocí a Víctor, un tipo increíble que durante muchos años fue mi mejor amigo y mi ayudante con los ofidios. Generalmente, cuando acabábamos la jornada y el público había abandonado el reptilario, sacábamos de su terrario a una cobra escupidora verdaderamente grande y agresiva, la soltábamos en el recinto y jugábamos a ver quién terminaba más sudado de correr y sobre todo, más manchado de veneno. A veces, teníamos mala suerte y la serpiente nos escupía en los ojos, pues no nos poníamos ni gafas ni ninguna clase de protector, y nos tocaba poner la cabeza bajo un chorro de agua para limpiarlos de ponzoña, pero generalmente, la cobra al cabo de un rato se cansaba de gastar veneno de primera calidad y se parapetaba detrás de algún terrario. ¿Por qué hacíamos esa estupidez? Está claro: éramos jóvenes e idiotas y nos gustaba notar la adrenalina zumbando en nuestros cuerpos. Un día, mientras corríamos como locos delante de la serpiente enfurecida, riendo como imbéciles y admirándonos mutuamente por nuestra valentía, ésta decidió que ya estaba harta de reptar tras un par de cretinos y se escondió en una de las cajas de la instalación eléctrica, que por algún motivo estaba abierta, y se negó en redondo a ser desalojada. Mientras tratábamos de convencerla para que saliera, entró en la nave el dueño del zoológico y, viendo el terrario abierto y sin inquilino en su interior. nos preguntó qué era lo que estaba pasando. Podíamos haberle contestado que estábamos limpiando su «vivienda» o que la cobra estaba enferma y la estábamos curando, pero no se nos ocurrió otra cosa que decirle que había muerto, para evitarnos un despido fulminante por poner en peligro tontamente nuestra vida y la del resto de empleados.
Como se suponía que la cobra estaba muerta, no tuvimos más remedio que esconderla para que nuestra mentira se sostuviese. Al principió la alojé en mi habitación, en el mismo zoo, que no era más que una antigua oficina de taquillas reconvertida y repleta de mis reptiles propios en sus respectivos terrarios. Cada cierto tiempo el jefe me hacía visitas rápidas para hablar sobre nuevas adquisiciones y cuando esto sucedía tenía que sacarla de su cubil y esconderla en un cajón o el armario. Como esta situación era demasiado peligrosa y estresante para ella y para mí, Víctor se ofreció a llevársela a su casa, por lo menos mientras decidiéramos qué hacer con ella. Que viviera con su madre y tres hermanos no pareció importarle porque tanto él como su familia estaban acostumbrados a las serpientes inofensivas. Al principio todo fue de maravilla; Víctor le dijo a su madre que era una falsa cobra, una culebra inofensiva y tranquila, parecida a las falsas corales y serpientes rey que mantenía en su habitación. Hasta que cierto día, cuando regresó a su casa después del trabajo, encontró a su madre con cara satisfecha y aspecto presumido con la cobra en la mano, enseñando lo bonita y mansa que era a unos vecinos.
La razón por la cual aquel reptil se comportó como si fuera un osito de peluche sigue siendo una incógnita; lo que no deja de ser hasta cierto punto lógico fueron la serie de lipotimias y desarreglos emocionales que sufrió la madre de Víctor cuando, algunos días más tarde, este le explicó con detalle la clase de animalito con el que había estado jugando.
LINI
Lini caminaba a cuatro patas y con el rabo apuntando al cielo porque era un perro y uno de mis mejores amigos en una época pasada de mi vida. Por aquellos días yo tocaba en una banda de música que se llamaba Bornis. Como el local donde ensayábamos se quedaba vacío algunas noches, sobre todo porque los cuatro integrantes preferíamos ir a dormir a nuestras respectivas casas, decidimos adoptar un chucho para que cuidara de nuestros instrumentos. En estos momentos no puedo recordar cómo llegó ese ser especial a nuestras vidas; es posible que alguien nos lo regalara o que lo encontráramos por la calle en una de nuestras correrías; poco importa eso ahora, el caso es que apareció en un momento particular y nos alegró los días durante los cuatro años que estuvo con nosotros.
Una de las cosas que más le gustaba a Lini era largarse del local unos 20 minutos antes de que se fuera el último humano. Supongo que adoraba ser buscado, pero a día de hoy todavía no he llegado a comprender cómo sabía que iba a quedarse solo. En algunas de sus escapadas nos lo ponía verdaderamente difícil y nos costaba encontrarlo. La primera vez que se largó pensamos que lo habíamos perdido para siempre, pero a los cuatro días de evasión y en una calle a bastante distancia del local de ensayo, nuestro batería encontró a Lini pasándoselo bomba mientras era toreado con una camiseta harapienta por varios hippies.
Durante su periodo de convivencia con nosotros, Lini desapareció otras cinco veces y otras tantas fue localizado por algún miembro de la banda, en la misma calle y capeado por los mismos melenudos. A menudo nos preguntábamos si habíamos adoptado un toro de Lidia. Lo curioso del caso es que únicamente se dejaba torear por aquellos desarrapados. Más de una vez intenté darle un pase por chicuelina y este se negó en redondo a embestir, prefiriendo saltar sobre mis hombros o morderme la bufanda, algo que le fascinaba hacer cuando accedía a olvidarse de los misterios de la tauromaquia.
La última vez que escapó, acudimos rápido a buscarlo a su lugar favorito. Pero no estaba allí. Preguntamos a los hippies y estos nos respondieron con tristeza que hacía meses que no lidiaban a Lini y que le echaban de menos. Lo buscamos por toda la ciudad, incluso nos colamos en la plaza de toros, pero no pudimos dar con él. Sin su presencia, los ensayos nos parecían aburridos y exasperantes, así que decidimos separarnos. Yo me casé y dejé la música para siempre, el resto decidió seguir en diferentes bandas y con diferentes perros, pero al final todos y cada uno de ellos se retiraron igualmente. Lo único que puedo decir en este momento es que desde entonces no ha pasado ni un sólo día en que no piense en aquel perro, aunque detesto con todas mis fuerzas a los toreros y el mundo de asesinato y sangre que les rodea.
LIDIA
Cuando tenía 14 años me enamoré perdidamente de una chica de mi misma edad que se llamaba Lidia. Recuerdo que le regalaba arañas y escorpiones vivos que, como es natural, le daban auténtico pavor y le producían pequeños ataques epilépticos. Quizá fuese aquella la razón por la que siempre me rehuía. Incluso me dedicó una canción compuesta por ella misma que decía algo así: «Gori-gorila es un coti-cotilla que no tiene pili-pilila». Desde luego, pilila sí tenía yo: si no ¿por qué iba a ir tras ella como un idiota? Como notaba que mis presentes no eran suficientes para conquistar su corazón, intenté otros métodos alternativos que tuvieron incluso menos éxito, como subirle la falda cuando estaba con sus amigas o estirarle del pelo con unas tenacillas. El caso es que cada día que pasaba, yo notaba que Lidia me cogía más asco, así que, en un arrebato de locura, para provocar sus celos decidí perseguir a su mejor amiga, que era tan atractiva como un pejesapo y lucía un incipiente bigote negro. Esta última, a su vez , se enamoró de mi mejor amigo. El problema era que mi amigo estaba locamente colgado por la prima de su profesora de equitación, que a su vez le echaba los trastos al hermano de mi colega. El hermano de mi colega, que era un poco mayor, salía con la nieta de la estanquera y con la sobrina de la dueña del bar, aunque esta última le ponía los cuernos con el hijo del alcalde, que acababa de casarse con la biznieta del tío Camuñas, el anciano más longevo del lugar. Todo esto sucedió en el pueblo de mis antepasados y a pocos kilómetros de una aldea en la que vivía un tipo que levitaba cuando alguna oveja le miraba a los ojos fijamente.
Un día, mientras me pinchaba al besar a la bigotuda y esta me confesaba la nueva vuelta de tuerca de su corazón hacía mi, ya que el sujeto al que ella perseguía la rechazaba continuamente, Lidia me guiñó un ojo y yo sufrí una mini-embolia y empecé a sentirme como un idiota. A partir de aquel instante decidí que no pararía hasta ganarme los favores de aquel ángel con forma corpórea. Como antes debía mandar al carajo a la portadora del mostacho, decidí regalarle una maquinilla de afeitar para que me enviara a la mierda, pero en lugar de aquello me abrazó con una fuerza descomunal y me susurró a los oídos que era el mejor regalo que le habían hecho en toda su vida. Amargado por la inútil tentativa, soborné con 100 pesetas a uno de mis amigos para que se la ligara, pero aunque lo intentó con todas sus ganas, que supongo serían pocas, fracasó estrepitosamente. Llegados a ese punto no me quedaba más remedio que pasar al plan B, que no era otro que emperifollarme cuando rondaba a Lidia y emborracharme cuando el espantajo peludo me rondaba a mí. Pero el plan B no daba el resultado que yo esperaba, ya que resultaba extremadamente difícil alejar de mí a la mujer velluda; así que no tuve más remedio que convencer a mis padres para que nos fuéramos unos días a la capital y así poner en orden mis ideas. Mientras pasaba calor en la ciudad no podía dejar de pensar en Lidia, pero por las noches soñaba con un inmenso superbigote con brazos metálicos que volaba gracias a los poderes de una capa mágica y que me secuestraba, me ataba a una silla y me besuqueaba…
Al cabo de un par de semanas regresamos al pueblo. Yo ardía en deseos de volver a ver a mi amada y ese pensamiento me empezaba a pasar factura. El mismo día que llegamos, cuando ni siquiera había bajado del coche, pude ver a lo lejos un mostacho que venía hacia mí y temí lo peor… Pero resultó una falsa alarma. El bigote pertenecía al tío Camuñas, el matusalén de la zona, que quería hablar con mi padre. Por la tarde, recién duchado y embadurnado de la cabeza a los pies con colonia barata me dirigí a casa de Lidía, pero su abuela me contó que se había marchado a una excursión con los compañeros del colegio y que no volvería hasta dentro de 10 días. Mi primera reacción fue querer dejar de respirar durante media hora, pero si dejaba de respirar tanto tiempo, seguramente moriría y ya nunca podría volver a ver a Lidia. ¡Ah, Lidia!
Los días siguientes me los pasé intentando dar esquinazo a Lady Peluda, que es como bauticé a la bruja que me deseaba. Pero no siempre lo conseguía y a veces me tocaba hablar con ella y soportar su aliento a morcilla de cebolla que me repugnaba, actuando como en una especie de cuento de terror duro. Pasaron los días y por fin llegó el ansiado momento en que esperaba volver a contemplar la belleza de esa hada que me hechizaba. La esperábamos de vuelta a las seis de la tarde, pero a las cuatro mi abuelo se cayó al suelo desde una escalera, se fracturó tres costillas y lo ingresaron en el hospital de la capital, a 85 km del pueblo y de Lidia.
Las costillas de mi abuelo tardaron en recuperarse más de lo normal y aquel año ya no volví a ver Lidia. Al año siguiente mis padres compraron un chalet en otra zona y pasaron al menos nueve hasta que volví a encontrarla. El tiempo la había cambiado por completo. Ya no era la diosa que recordaba, unos cuantos kilos se habían instalado en su cuerpo y su cara pintarrajeada me recordaba a la de un payaso o una furcia; sin embargo, Lady Pelusa se había transformado en un bombón… Ignoro qué fue de su mostacho atezado y renegrido, pero cuando la mirabas de arriba a abajo te daban ganas de raptarla. Intenté volver a camelármela pero fue en vano, ella y Lidia mantenían una relación sentimental a escondidas y yo volví a sentirme como un idiota.