noviembre 2012

Email del 30 de noviembre 2012

Louise Bourgeois, Tracey Emin, A million ways to cum, 2010

Querida:

¿Te imaginas que a todos los hombres del mundo les desapareciera el pene de repente a la misma hora del mismo día? O puestos a ser más catastróficos: ¿que les desapareciera el pene y al mismo tiempo éste brotase en lo alto de sus cabezas? Desde luego para las mujeres sería todo diversión, pues de esta forma podrían calificar y puntuar las vergas individualmente por la calle. Pero si los más vergonzosos o simplemente, los que la tienen más pequeña, doblada o llena de verrugas genitales se pusieran un sombrero para ocultar su dignidad atrofiada, sólo podrían ser catalogadas y valoradas las pichas de los que se consideran a sí mismos machos de virilidad avanzada con licencia para penetrar. Pero, ¿y si en lugar de lucir el rabo como una especie de antena teleseminal, éste se desarrollara en el coxis? Está claro que sería un verdadero problema para los fabricantes de slips y bañadores, y supongo que para tumbarse boca arriba, pero también tendría otras muchas ventajas, sobre todo para los homosexuales. Y puestos a desvariar, supongamos que en lugar de tener un falo, dispusiéramos de 32 repartidos por todo el cuerpo. En lugar de hombres o varones o incluso machos pasaríamos a ser clasificados como Gorgonos, y es casi seguro que exceptuando a algunas libidinosas incorregibles, el resto de mujeres se harían lesbianas, excluyendo a las verdaderas lesbianas que se transformarían en heterosexuales o camioneras.

Ahora vamos a dar una vuelta a la tuerca y culminar esta disertación suponiendo que son las mujeres, incluyendo a las tortilleras y camioneras, las que tuvieran 32 vaginas. ¡Los fabricantes de compresas y tampones se harían los amos del mundo y los ginecólogos se suicidarían en masa!, pero los violadores tendrían que licenciarse en matemáticas y los actores porno abrazarían el cristianismo más radical. Eso sin contar con que el resto de hombres se lo pasaría pipa introduciendo y extrayendo y volviendo a introducir y extraer. ¿Y que pasaría con los homosexuales? Supongo que nada, pues de todos es conocida la aversión que tienen a todo lo que no implique sodomía. Y hasta donde mi cerebro alcanza, es imposible sodomizar a una vagina libre y en buen estado de salud.

Desgraciadamente, el género masculino sólo posee un rabo, -algunos ni siquiera pueden usarlo sin pedir permiso a las autoridades eclesiásticas- y las mujeres no pueden disponer más que de una sola vagina. Por esta razón, el mundo está lleno de idiotas y políticos. Poco importa que el miembro viril de fulanito se llame «garbancito» o «garbanzón», el resultado siempre será el mismo. Personalmente, no creo que el hecho de poseer una morcilla nos salve de llegar a una sociedad matriarcal en el futuro. Y créeme, es lo mejor que puede pasarnos a todos.

Abrazos, besos y penes flácidos.

Email del 30 de noviembre 2012 Leer más »

Email del 29 de noviembre 2012

Julien Chaves,  Chapeau pointu,  1995

Hola:

Me acabo de enterar de que a mi abogado lo han ingresado en una institución mental; parece ser que llevaba varios días sacando a pasear con una correa a una patata joven, aunque según otras versiones no era una solanácea, sino un cucurbitáceo, para ser más exactos, un calabacín mediano. Al sacerdote de la iglesia que está más cerca de mi casa, lo detuvieron la semana pasada por ser célibe y virgen y la propietaria del estanco donde roba generalmente un colega fue pillada ayer infraganti mientras se depilaba las axilas con un cortacésped robado.

Los dos primeros chismes los he escuchado mientras hacía cola en el depósito de cadáveres esperando mi turno para adquirir uno reciente y fresco y el tercero me lo ha comentado la amante del amante de un amigo mío que se encuentra desaparecido desde que un día, hace algunos meses, salió de casa con el propósito de encerar el cráneo del hijo del quiromasajista de su abuela.

Tú me conoces bien y sabes lo poco que me gusta que me cuenten cotilleos y murmuraciones. Generalmente no concedo ni un ápice de credibilidad a estas patrañas, pero hoy me he levantado con un puntito extrovertido y como tal, me encuentro más psicótico que de costumbre. Si por algún extraño motivo tú también estás especialmente sociable, me gustaría que enviaras un email-cadena a tus 25 mejores amigos comunicándoles que he decidido donar mi cuerpo a la ciencia y mi cerebro a una carnicería.

Besos.

PD: No, no me he vuelto loco.

Email del 29 de noviembre 2012 Leer más »

Email del 28 de noviembre 2012

Mark Rothko, Untitled black, 1952

Querida:

Me siento como un adicto parapléjico al que han de inyectar su dosis diaria. A veces pienso que estoy perdiendo un tiempo precioso tratando de decodificar el lenguaje secreto de mis intenciones, que se presentan como icebergs flotando en una misma trayectoria de colisión. Por más que me arrastro, siempre me encuentro en el mismo lugar. La fuerza inercial que predetermina el movimiento en función del tiempo ha logrado paralizar por completo cada una de las partículas formadas por átomos de la masa que forma mi cuerpo. Debería tratar de optimizar esa especie de reacción redox que influye en mis deseos de desterrar para siempre el letargo inducido por la afluenza, el mal humor, la tristeza o el aburrimiento.

Dicen que siempre hay un momento reflexivo que precede a intentar un cambio, pero la transición es un proceso subjetivo que se me antoja irreal, abstracto, repleto de brumas indefinidas que ocultan el desorden disociativo y la despersonalización de mi identidad, cada vez más trastornada por la falta de sueño, el estrés y la ansiedad. Ni siquiera la fantasía convulsiva como respuesta psicológica a tantos años de traumas existenciales y procrastinación crónica ha logrado trasmitirme la fuerza que se necesita para comprender que el dialelo en el que me encuentro sumido sólo es un estado de percepción adquirido como solución a mi inusual aversión social.

Es posible que una psicoterapia perceptiva como la Anatheóresis pudiera ayudarme a relativizar los procesos emocionales que procrean y desarrollan algunas de mis más «preciadas» enfermedades somáticas; no obstante y después de tantos años sometido a las continuas eventualidades de mis desordenes psicosociológicos, me encuentro en una disyunción ilógica que carece de sentido práctico en relación a mi extrema falta de perspectivas futuras.

Besos y abrazos.

Email del 28 de noviembre 2012 Leer más »

Email del 27 de noviembre 2012

Katsushika Hokusai, Yurei. sXVIII

Hola:

Creo que tengo fantasmas en mi casa. Esta mañana cuando me he despertado he notado que algo me colgaba de una oreja: era un papel con un pedazo de celo en la parte superior en el que se podía leer:

De las encantadoras presencias ectoplásmicas
ningún año ha de faltar,
el saludo cariñoso,
y que os vengan a felicitar.

De casa en casa pululando
con mucha perseverancia,
vamos poco a poco asustando
con inusitada extravagancia.

Y sin esperar mucha pasta
por nuestro duro trabajo,
les saludamos con simpatía,
y con cierto desparpajo.

Después de todo lo expuesto,
no queremos continuar:
pues nuestro principal deseo
les vamos a manifestar.

Con alegría y pasión
celebrad las navidades
y el próximo año nuevo
las mejores prosperidades.

Si quieres que te sea sincero, no me molesta tener espectros rondando por las habitaciones; lo que verdaderamente me cabrea es que sean tan cursis y me feliciten las putas fiestas navideñas. Además, ¿a quién se le ocurre pegarme la felicitación en una oreja? Podían haberla fijado en un espejo o en el tablón de corcho donde anoto la relación de iglesias que tengo que incendiar. Otra cosa que me ha fastidiado ha sido su nulo talento como escritores, pues algunos versos parece que los haya compuesto un ratón almizclero al que se le han inflamado las meninges. No comprendo cómo el primero les ha podido salir tan extremadamente largo. ¿Y eso de encantadoras presencias ectoplásmicas? Podían haberlo sustituido por la palabra «fantoches» y la poesía, por llamarla de alguna forma, no se habría resentido tanto en su métrica. Si esperan que les deje un aguinaldo lo llevan claro, sobre todo adelantándose en casi un mes a la fecha.

¿Te imaginas que cada ser vivo (o muerto) que vive en mi hogar me felicitara las fiestas? Entonces tendría que repartir aguinaldos a las moscas, a mi pez Betta, a mis cerca de 200 plantas, a los pimientos y berenjenas, incluso a la gripe. Ni siquiera atracando joyerías o Mercadonas podría permitírmelo. Yo no voy por la escalera entregando felicitaciones a los vecinos, pues lo considero de mal gusto y no creo que recogiera una gran cantidad de dinero, más que nada porque mis vecinos son tan avaros y roñosos como yo, sobre todo la señora Mariana que reside en el segundo derecha, que come todos los días sardinas para no gastar demasiado. Incluso su cara va tomando un aspecto clupeiforme que asusta; pero esa no es la cuestión, creo que me estoy alejando del tema. No me extrañaría nada que Bankinter me enviara algo así: «El banco que le exprime le desea una navidad y un año nuevo dichosos.»

Llegados a este punto, sólo me queda una opción: emigrar a Australia hasta enero. Y créeme, lo haría si pudiese costearme el viaje. Prefiero estar rodeado de canguros y Taipanes antes que de gente que celebra algo que no existió, simplemente porque es una tradición. Lo que debería ser una tradición es suicidarse cuando el cociente intelectual no llega a un mínimo.

Bueno, cielo, no quiero molestarte más, sé que tienes muchas citas importantes garabateadas en tu agenda. Yo voy a tratar de imaginar que no existo. Pero antes, quiero dejarles una respuesta a los fantasmones que me han amargado el día. ¡Y pienso pegársela en los faldones con Superglue!

Un saludo.

Email del 27 de noviembre 2012 Leer más »

Email del 26 de noviembre 2012

Craig La Rotonda, Monkey gone to heaven

Hola:

Estos son algunos de mis últimos desvaríos filosóficos. Tengo muchos más, pero los guardo para mis herederos. Es lo único que puedo legarles, si exceptuamos ese montón de facturas devueltas por el banco que se amontonan encima de mi escritorio y que cubren por completo el teclado de mi ordenador. Algunas veces las uso como servilleta o pañuelo o incluso papel higiénico, pero la mayor parte de las veces me limito a mirarlas con una expresión de asco que está acabando por deformarme la cara, y lo que es peor, invalidando fisiológica y conductualmente mi sistema inmunológico y emocional.

El lloriqueo es el principal motor de la expresión humana. En el hemisferio norte del planeta, el más rico, los individuos lloran por costumbre y, sobre todo, porque nunca tienen suficiente, mientras que en el opuesto, el más miserable y pobre, lo hacen porqué siempre tienen poco y ya no esperan nada. Tanto los unos como los otros saben que no tienen futuro; la diferencia fundamental estriba en que los avasallados gimen por derecho y los desagraviados por obligación.

Si el ser humano es un ente racional y coherente, ¿cómo es que casi 1000 millones usan a diario Facebook?

La religión católica, es un establecimiento donde se despachan billetes para comprar una porción de cielo. En sus instalaciones disponen de herramientas celestiales que lavan, planchan, desinfectan, repasan y purifican el papel moneda entregado por los fieles y devotos a cambio de la salvación de sus almas. Poco importa la procedencia de ese dinero, sólo la cantidad y la ausencia total de preguntas.

De entre todos los hábitos que emponzoñan a la humanidad hay uno que destaca por la rapidez con que es aprobado: la estupidez. El imbécil, una vez contraído el virus, ya no puede volver a razonar a voluntad, y a su vez lo contagia a los que le rodean en el preciso momento en que se atreve a abrir la boca.

La  muerte es no es un mal, es una solución práctica y coherente.

El egoísmo es el escape por el que nos sentimos poderosos. Mientras deseamos nos imposibilitamos como seres superiores. Las plantas, los animales y las piedras carecen de ambiciones, por ese motivo perdurarán incluso cuando las vísceras ensangrentadas del último de nosotros se pudran bajo la inconsistencia de la razón.

La música es uno de los pocos placeres que nos abstrae de la idea del suicidio. Gracias a esa reunión organizada de notas, silencios y compases, la civilización ha sobrevivido a sus miserias. Pero como sucede con otras formas de arte, la decadencia y la falta de talento está hundiéndola en un pozo del que no hay forma de escapar. Cuando el último de los verdaderos compositores creé su postrera obra maestra, la vulgaridad nos aprisionará entre sus tentáculos y perderemos una de las pocas justificaciones para continuar existiendo.

Si Dios existe, yo no quiero deberle nada.

XXX

Email del 26 de noviembre 2012 Leer más »

Segundo email del 21 de noviembre 2012

Alan McDonald, The ghost of saturday night. 2007

Soy yo, otra vez:

Estoy escribiendo un texto bastante extenso sobre las excusas al que he titulado «Completo tratado acerca de los subterfugios y cómo molestan cuando no los metemos en un bolsillo». Jamás olvidaré la que utilizó cierta amiga cuando la invité a yacer conmigo en la cama: -No soporto la horizontalidad, querido- ¿No crees que es sublime, dentro de su concepción forzada? Inventarse excusas que funcionen es un arte comparable a la pintura, el teatro o el descuartizamiento. Personalmente, sólo las utilizo cuando necesito ir al lavabo y me da vergüenza que la gente se entere de que tengo funciones corporales que aliviar, por eso, la mayor parte de las veces prefiero decir que voy a lavarme las manos. El problema estriba en que como mi próstata está vieja y desgastada y me obliga a ir al cuarto de baño muy a menudo, los amigos suponen que soy extremadamente limpio y por eso en mi cumpleaños me regalan jabones con clavo y aroma de canela y cremas dermatológicas para manos con piel sensible en lugar de Mercedes o Volvos.

Recuerdo una excusa que marcó un antes y un después en mi vida. Su autor fue un fontanero gordo y de aspecto pringoso que estaba cambiándome la instalación del gas. Cuando le supliqué que me hiciera un descuento, el tipo me contestó que las matemáticas no eran su fuerte, así que tragué saliva y empecé a hablar sobre Tales de Mileto y su maravillosa «Astrología náutica» hasta que su bostezo engulló el aire de la cocina y yo tuve que salir al balcón a respirar.

Existen excusas que no sirven para nada, es decir, no cumplen el propósito para el que han sido diseñadas. Un ejemplo rápido sería cualquiera de las que de adolescentes dimos a nuestras madres con el propósito de disimular una brutal borrachera. Nadie que conserve el juicio podría creerse que el olor que despide tu boca y que mata a las plantas y las moscas que están cerca se debe a una ingestión descontrolada de ajo. Y menos si corroboras dicha estupidez con el mito de que la casa está repleta de vampiros sedientos de sangre y que el ajo te protege. Desde luego, tampoco ayuda demasiado que mientras cuentas esas gilipolleces no puedas mantener el equilibrio si no es apoyándote en la cabeza de tu abuela materna que, espantada, intenta tranquilizar a su hija.

Algunas de las mejores excusas que he tenido el placer de escuchar han sido diseñadas por ex amantes. Un número muy elevado de estas rayaban la demencia y sólo serían creíbles si el receptor fuera una castaña asada. Pero por algún motivo inexplicable yo hacía como que me las creía mientras mi cerebro pensaba en las curvas de la vecina nepalí que convivía con ocho tipejos tatuados y que siempre estaba tendiendo calzoncillos.

Hasta el momento, nadie ha inventado un medicamento que cure a la gente que las utiliza. Una tía mía que era ganadera y que murió mientras se secaba el pelo con el aliento de una vaca, tenía su propia receta: escupir en el ojo del evasor y, mientras este se limpia, tratar de robarle la cartera, y si es mujer, los Tampax…

Un abrazo.

Segundo email del 21 de noviembre 2012 Leer más »

Email del 21 de noviembre 2012

Christopher Stott, Quartet, 2011

Querida amiga:

Hoy es miércoles y desde que nací han pasado 18.573 días, por lo tanto este miércoles es el número 2.652 que existo. De esos 2.652, por lo menos 2.600 han sido aburridos o simplemente una repetición de los anteriores, sin absolutamente nada reseñable y dignos de permanecer en la gran caja de cartón donde guardo lo que es inservible. Como pienso subsistir por lo menos 20 años más, al final ambas cifras, días vividos totales y miércoles soporíferos y previsibles, se dispararán hasta unos dígitos de auténtico espanto. Podría eutanasiarme ahora mismo y el letargo venidero se transformaría en 0, pero por mucho que tratara de influir en el futuro, los números que contabilizan mi inconsistente pasado seguirían siendo irrelevantes e intangibles, y el hastío soportado seguiría aplastándome como una losa de hormigón armado.

En cuanto al resto de miércoles, me refiero a los 52 días en que no he sido desgraciado o inapetente, durante aproximadamente la mitad he rechazado el contacto humano; por lo que la cifra se reduce a la cantidad de poco más de 25, en los que he sentido verdadera satisfacción por estar vivo y pertenecer al género humano. ¡25 de 2.652! No son demasiados, pero por lo menos soy sincero y no trato de maquillar los guarismos a la medida que mi ego sugiere. La mayor parte de la gente que conozco se conforma con mentirse a sí misma. Aunque sus jornadas sean tan miserables y soporíferas como las mías, prefieren arañar la memoria adornando la realidad y, mientras la engalanan, la maquillan o la acicalan, se convierten en sus propios enemigos.

No se puede luchar contra la verdad; no se puede cambiar lo que está escrito. El tiempo es una magnitud física que nos permite ordenar los acontecimientos. No importa que estos no se hayan correspondido con lo que nuestros progenitores y verdaderos culpables, por habernos concebido, pudieran haber soñado. Podemos medirlo, dilatarlo, cronometrarlo e incluso relacionarlo con el aumento de entropía, pero nos es imposible cambiarlo, mejorarlo o retrasarlo. Poco importa que nos rodeemos de relojes de sol, de pared, de bolsillo, clepsidras o nucleares: nada ni nadie será capaz de detener la absoluta persistencia de la existencia finita.

Besos y abrazos.

Email del 21 de noviembre 2012 Leer más »

Segundo email del 20 de noviembre 2012

Nabi Price, Untitled tv painting.

Hola otra vez:

Acabo de mantener una conversación con un mendrugo seco de pan integral, hasta que ha llegado un momento en que el diálogo se ha desvirtuado y ha alcanzado ese punto en que cualquier palabra está de más. Al final, he agarrado el trozo de pan y lo he lanzado con furia por la ventana, con tan mala fortuna que ha aterrizado sobre la cabeza de un asesino en serie que en esos momentos pasaba por allí y que después de recogerlo del suelo se lo ha comido con placentera delectación. Por eso no es extraño que tras dos minutos de meditar sobre el tema haya llegado a la conclusión de que el pan integral en barra o incluso en rebanadas posee un instinto de dominación sádica que hace de su consumo algo tremendamente peligroso. A partir de mañana voy a sustituirlo por el de centeno, que según dicen es más vital y no se siente despreciado cuando alguien lo mastica, ni siquiera si ese alguien utiliza dentadura postiza, desodorante en roll-on o crecepelo de marca blanca. De todos es sabido el desprecio que la masa elaborada con harina de cereales, sal y agua siente por la estética personal. Pero creo que es inútil que razone sobre este tema sin antes haber reparado el bidé, ese elemento indispensable en cualquier cuarto de baño moderno y que, entre otras cosas, sirve para poner en remojo los pies con agua y sal, para apoyar el portátil mientras defecamos o como escurridor de paraguas mojados.

Cambiando de tema: llevo varios días escribiendo una pequeña obra de teatro en dos actos y con dos únicos interpretes, los mandos a distancia de una tv y un video. La acción se desarrolla de noche, mientras los humanos que viven en la casa están durmiendo y ambos mandos mantienen una conversación. Como estoy seguro de que nadie en su sano juicio se atrevería a representarla, he decidido destruirla con una de esas máquinas que transforman documentos en tiritas finas, aunque como está escrita en un archivo Word antes debería imprimirla en papel.

Por ser una de mis mejores amigas vas a tener el placer de leer el principio del primer acto, en el que el mando de la tv en un monólogo largo y complicado analiza su existencia y el diálogo posterior que se desarrolla a continuación. Espero que te guste o por lo menos, si no te gusta, que tengas el valor de mentirme y decirme lo extasiada que te ha dejado su lectura.

Un comedor de un hogar normal. Dos mandos a distancia reposan en una mesa baja, al lado de un cenicero abarrotado y una planta moribunda. Ambos se encuentran preocupados y desorientados.

MANDO TV: ¿Para qué sirve todo esto? Quiero decir, ¿cual es la razón por la cual he sido construido? Sé que soy un dispositivo electrónico que sirvo para realizar operaciones remotas y que, gracias a mí, la mayor parte de los seres humanos y algún que otro chucho demasiado listo y domesticado con ese propósito- pueden llevar al límite una fantasia perezosa sin dar explicaciones. En estos cuatro años de existencia, he sido pisoteado, estampado contra la pared, manchado de aceite de oliva, ketchup e incluso semen, mordido y restregado entre algunas entrepiernas; pero jamás a nadie se le ha ocurrido usar una gamuza húmeda para limpiarme o…
MANDO VIDEO: Oh, ¡Cállate ya! Me pones de los nervios con tus estúpidas lamentaciones. ¿Sabes cuándo fue la última vez que me limpiaron?
MANDO TV: ¿Cuándo?
MANDO VIDEO: Cuando el imbécil dueño de la casa vomitó sobre mí varios litros de cerveza mezclada con bilis y su mujer me metió en un cubo de agua con lejía. ¿Acaso de que te crees que son esas manchas blancas que puedes advertir entre mis números?
MANDO TV: No deberías quejarte, al fin y al cabo tú eres el culpable de que todos los días tenga que ser presionado sin consideración por unas manazas simiescas.
MANDO VIDEO: ¿Te refieres a cuando el idiota al que pertenecemos pone películas porno?
MANDO TV: No me lo recuerdes, por favor, ¿Te acuerdas del título de la de ayer?
MANDO VIDEO: ¿Cómo iba a olvidarlo? se llamaba «Mojaditas en secano».
MANDO TV: No; te equivocas, esa fue la del miércoles, ayer vió «Manifestación anal II» y mañana nos espera «La gran sodomización».
MANDO VIDEO: No se titula así, es «La gran evasión» y no es una porno sino un gran film bélico…
MANDO TV: Vaya, una peli que no es porno. Eso es una novedad.
MANDO VIDEO: Claro, mañana él trabaja en el turno nocturno y es su mujer, esa especie de cotorra frígida, la que ha elegido la película.
MANDO TV: Por lo menos no tendré que escuchar jadeos…

Ya sé que no es un gran arranque, aunque te aseguro que el final iba a ser grandioso. Pero como no lo voy a escribir lo guardaré en la memoria y lo utilizaré en otro momento. Puede que lo inserte en una tesis sobre «El razonamiento intelectual con tos» que tengo planeado escribir en un futuro y que creo puede llegar a ser un auténtico bombazo.

Ahora tengo que dejarte; la farmacia cierra a las ocho y tengo un par de recetas de ansiolíticos que están a punto de caducar.

Un abrazo afectuoso.

Segundo email del 20 de noviembre 2012 Leer más »

Email del 18 de noviembre 2012

Marlene Dumas, Chlorosis (1994)

5 ejercicios de entrenamiento para la memoria…

ALFONSO

La gente tiende a cambiar con el tiempo; los que en su juventud fueron personas afables y espabiladas terminan siendo desagradables y estúpidos a los que es muy fácil venderles perca del Nilo por mero, y por el contrario, los que en su niñez más temprana eran raros, taciturnos y lindando algún tipo de enajenación pueden acabar siendo senadores o arzobispos. Hace bastantes años, cuando asistía a clases de BUP, tuve un compañero llamado Alfonso que pertenecía a este segundo grupo, el de los raritos con un cierto toque excéntrico. Su comportamiento era similar al de una pelota de ping pong: siempre estaba rebotando de la lucidez extrema a la demencia más perturbadora. Creo que estuvimos juntos durante los tres cursos y en todo ese tiempo jamás le vi sonreír, ni siquiera cuando nos enteramos de que el profesor de latín se había intentado suicidar tragándose la «Biblia Vulgata» traducida por Jerónimo de Estridón sin la inestimable ayuda de uno o dos vasos de agua.

Cierto día en que me encontraba cansado de sus cambios de humor y de su forma despectiva de interactuar conmigo, me armé de valor y le pregunté por qué se comportaba de aquella manera. Si he de ser sincero, no esperaba ninguna contestación lógica, pero por algún motivo se avino a explicarme la razón de su modo de proceder. Resulta que unos cuantos años atrás, en unas vacaciones organizadas por la OJE vivió una experiencia que casi acaba con él. Una noche, mientras dormían en las tiendas de campaña de segunda mano notó que algo le apretaba el pene y los testículos de una forma rítmica y pausada, como si alguien estuviera apretando la bomba de caucho que infla el brazalete de un tensiómetro. Cuando se incorporó para averiguar qué diantres sucedía, contempló con horror y asco que lo que le asía sus partes nobles no era otra cosa que la mano de un compañero que, ajeno a todo, seguía durmiendo plácidamente. La primera reacción de Alfonso fue rodear su cuello con las manos y apretar hasta que se pusiera azul, pero al final, y tras meditarlo brevemente, prefirió despertarlo y llamarlo marica despreciable y violador nocturno. Está claro que aquel chaval no lo hizo adrede, seguramente estaba soñando con hembras sin ropa y su mano, en lugar de acariciar un monte de Venus triangular e invertido, acabó en el lugar equivocado. Sin embargo aquel hecho se convirtió para mi amigo en un punto de inflexión del que no podía escapar. Tenía un miedo cerval a hacer verdadera amistad con cualquier chaval de su clase, pues creía que tarde o temprano alguien le agarraría nuevamente de los testículos, se los arrancaría y se los comería degustándolos con auténtico deleite.

Cuando terminamos el tercer curso nos distanciamos y no supe nada de él hasta 10 años después. Un día estaba probándome un sombrero tipo Borsalino en El Corte Ingles y coincidí con su hermana Pepa. Tras saludarnos efusivamente e intercambiar besos le pregunté por Alfonso; ella, con expresión ausente y mientras se sonaba las narices con un pañuelo de papel, me respondió que su hermano se había doctorado en medicina con la calificación Cum laude, especializándose en el aparato urogenital, pero que años después había emigrado a Argentina donde se había convertido en una estrella del cine porno gay.

MARCOS

Es curioso, cuando intento recordar algo acerca de mi adolescencia siempre voy a parar a un mismo lugar: mi pueblo, o mejor debería decir, el pueblo al que pertenece toda la línea materna de mi familia. En ese pequeño municipio de cerca de 500 habitantes viví los mejores momentos de esa etapa en la que ves las cosas de una forma totalmente distinta a como son en realidad. De todos los veranos que pasé allí, siempre recuerdo uno en especial que tanto yo como el resto de mis amigos bautizamos como «el julio de las brujas». El número de miembros de mi pandilla -¿pandilla? hacia tanto tiempo que no usaba esa palabra- era variable; todo dependía del mes y el periodo vacacional de sus progenitores, pero generalmente rondaba los 12 ó 13 chicos y otras tantas chicas. Hago está diferenciación porque aunque todos pertenecíamos al mismo grupo, este se escindía a veces dependiendo del género, sobre todo a la hora de extralimitarnos, jugar a las cartas o emborracharnos hasta perder el conocimiento.

Pero no quiero enrollarme tontamente. Aquel mes de julio, creo que era el año 1978, se distinguió por un calor insoportable que invitaba a perderse entre el alcohol y la nicotina. Nuestro pasatiempo preferido, una vez que las féminas se iban a dormir, era asaltar el cementerio y acostarnos en las tumbas a beber litros y litros de Skol y contar relatos de terror. Aquellas historias generalmente eran inventadas aunque a mí me recordaban a viejas películas en blanco y negro. Una de esas noches, Marcos, que era uno de mis mejores amigos, nos relató un incidente real que le sucedió a él y a su hermano cuando eran unos críos, en las mismas calles del pueblo al que teníamos que regresar cuando nos entrara el sueño. La  crónica, según la recuerdo sucedió más o menos así: sobre las 11 de la noche, los dos hermanos se dirigían a casa a un paso bastante veloz, pues casi habían superado la hora límite impuesta por sus padres. Para acortar unos cientos de metros y evitar una bronca fenomenal decidieron regresar por un callejón bastante largo, oscuro y estrecho que comunicaba directamente la plaza con la calle en la que residían. Cuando iban por la mitad del recorrido y a unos 30 metros de donde se encontraban, divisaron débilmente una figura extraña que emitía unos sonidos semejantes a estertores. Y por supuesto les entró el pánico, pero ya habían andado la mayor parte del camino y decidieron seguir aunque fuese tragando saliva y armándose de valor. Mientras llegaban a la salida del callejón, la figura empezó a andar hacia ellos con los brazos extendidos en posición suplicante y llegó un punto en el que la pudieron ver totalmente. Según contaban, lo que vieron les alarmó tanto que retrocedieron sobre sus pasos corriendo y gritando como posesos. Al fin llegaron a casa y se metieron en la cama de un salto. Al día siguiente el hermano de mi amigo, que era dos años más joven que él, bautizó a la criatura como «La butona» y a partir de entonces siempre hubo una butona en su vida; hasta tres años más tarde cuando falleció en un accidente con la bicicleta, en ese mismo pueblo y en aquel mismo callejón sombrío y angosto. Mientras Marcos nos contaba el relato y la cerveza se instalaba en nuestra sangre, un grito repentino y entrecortado surgió de algún lugar. Es posible que procediera del pueblo, transportado por el aire, pero en aquel instante hubiéramos jurado que su origen no era otro que la garganta de un muerto. Así que hicimos lo único que podíamos hacer: correr entre las tumbas buscando la parte del muro que estaba medio destruida y por donde entrábamos y salíamos normalmente. Cuando al final la encontramos, intentamos saltar todos al mismo tiempo con tan mala fortuna que el muro cedió y cayó sobre un pequeño panteón destrozándolo completamente, o por lo menos eso nos pareció en aquel momento. Mientras intentábamos recomponernos para volver a saltar, alguien aseguró que veía una mano inerte y esquelética entre el estropicio ocasionado en la tumba. Eso nos asusto todavía más y salimos pitando del camposanto con los rostros desencajados.

Pasaron un par de días y ya no nos acordábamos del extraño suceso; de hecho, estábamos felices porque los padres de Marcos iban a ausentarse un tiempo y su casa sería toda nuestra. Esa misma noche jugamos a las cartas y bebimos como cosacos en su habitación hasta que se nos acabó el tabaco. Como alguien tenía que ir al bar a comprar un paquete, decidimos jugárnoslo a los chinos y perdí yo. Cuando volví con los cigarrillos, mis colegas se encontraban inmersos en una vorágine etílica, pero agradecieron las provisiones y salimos a la terraza a fumar y a contemplar las estrellas. Cuando empezamos a aburrirnos con el cosmos, decidimos largarnos a gamberrear un rato. Mientras limpiábamos los restos de bebida desparramados por el suelo, me apeteció otro cigarro, pero el paquete no aparecía por ningún lado. Lo buscamos durante dos horas, pusimos patas abajo todos los enseres de la casa e incluso y porque ya no nos fiábamos de nadie, nos desnudamos para ver quién había sido el bromista o ladrón que se lo había apalancado. Pero fue inútil, el paquete de Winston había desaparecido.

Las noches siguientes fueron incluso más alucinantes en casa de Marcos. Luces que se apagaban y encendían solas, ruidos extraños que procedían del tejado y un sinfín de hechos anómalos. Llegó un punto en que teníamos que acompañar a su inquilino a casa armados con palos y cuchillos de cocina. Cuando regresaron sus padres y todo volvió a la normalidad.

Varios años después, un día Marcos me confesó que la desaparición del tabaco había sido cosa suya. El muy cabrón lo escondió en el saco del pan, que fue el único lugar que no registramos, pero juró por su honor, o por lo poco que le quedaba en ese instante, que no tuvo nada que ver con las luces, los ruidos y el resto de sucesos anormales.

VICTOR

Siempre me han gustado las serpientes y los reptiles en general. He criado esa clase de bichos desde mi mayoría de edad y, durante varios años, trabajé como cuidador de serpientes venenosas en varios zoos y safaris. En uno de esos zoos conocí a Víctor, un tipo increíble que durante muchos años fue mi mejor amigo y mi ayudante con los ofidios. Generalmente, cuando acabábamos la jornada y el público había abandonado el reptilario, sacábamos de su terrario a una cobra escupidora verdaderamente grande y agresiva, la soltábamos en el recinto y jugábamos a ver quién terminaba más sudado de correr y sobre todo, más manchado de veneno. A veces, teníamos mala suerte y la serpiente nos escupía en los ojos, pues no nos poníamos ni gafas ni ninguna clase de protector, y nos tocaba poner la cabeza bajo un chorro de agua para limpiarlos de ponzoña, pero generalmente, la cobra al cabo de un rato se cansaba de gastar veneno de primera calidad y se parapetaba detrás de algún terrario. ¿Por qué hacíamos esa estupidez? Está claro: éramos jóvenes e idiotas y nos gustaba notar la adrenalina zumbando en nuestros cuerpos. Un día, mientras corríamos como locos delante de la serpiente enfurecida, riendo como imbéciles y admirándonos mutuamente por nuestra valentía, ésta decidió que ya estaba harta de reptar tras un par de cretinos y se escondió en una de las cajas de la instalación eléctrica, que por algún motivo estaba abierta, y se negó en redondo a ser desalojada. Mientras tratábamos de convencerla para que saliera, entró en la nave el dueño del zoológico y, viendo el terrario abierto y sin inquilino en su interior. nos preguntó qué era lo que estaba pasando. Podíamos haberle contestado que estábamos limpiando su «vivienda» o que la cobra estaba enferma y la estábamos curando, pero no se nos ocurrió otra cosa que decirle que había muerto, para evitarnos un despido fulminante por poner en peligro tontamente nuestra vida y la del resto de empleados.

Como se suponía que la cobra estaba muerta, no tuvimos más remedio que esconderla para que nuestra mentira se sostuviese. Al principió la alojé en mi habitación, en el mismo zoo, que no era más que una antigua oficina de taquillas reconvertida y repleta de mis reptiles propios en sus respectivos terrarios. Cada cierto tiempo el jefe me hacía visitas rápidas para hablar sobre nuevas adquisiciones y cuando esto sucedía tenía que sacarla de su cubil y esconderla en un cajón o el armario. Como esta situación era demasiado peligrosa y estresante para ella y para mí, Víctor se ofreció a llevársela a su casa, por lo menos mientras decidiéramos qué hacer con ella. Que viviera con su madre y tres hermanos no pareció importarle porque tanto él como su familia estaban acostumbrados a las serpientes inofensivas. Al principio todo fue de maravilla; Víctor le dijo a su madre que era una falsa cobra, una culebra inofensiva y tranquila, parecida a las falsas corales y serpientes rey que mantenía en su habitación. Hasta que cierto día, cuando regresó a su casa después del trabajo, encontró a su madre con cara satisfecha y aspecto presumido con la cobra en la mano, enseñando lo bonita y mansa que era a unos vecinos.

La razón por la cual aquel reptil se comportó como si fuera un osito de peluche sigue siendo una incógnita; lo que no deja de ser hasta cierto punto lógico fueron la serie de lipotimias y desarreglos emocionales que sufrió la madre de Víctor cuando, algunos días más tarde, este le explicó con detalle la clase de animalito con el que había estado jugando.

LINI

Lini caminaba a cuatro patas y con el rabo apuntando al cielo porque era un perro y uno de mis mejores amigos en una época pasada de mi vida. Por aquellos días yo tocaba en una banda de música que se llamaba Bornis. Como el local donde ensayábamos se quedaba vacío algunas noches, sobre todo porque los cuatro integrantes preferíamos ir a dormir a nuestras respectivas casas, decidimos adoptar un chucho para que cuidara de nuestros instrumentos. En estos momentos no puedo recordar cómo llegó ese ser especial a nuestras vidas; es posible que alguien nos lo regalara o que lo encontráramos por la calle en una de nuestras correrías; poco importa eso ahora, el caso es que apareció en un momento particular y nos alegró los días durante los cuatro años que estuvo con nosotros.

Una de las cosas que más le gustaba a Lini era largarse del local unos 20 minutos antes de que se fuera el último humano. Supongo que adoraba ser buscado, pero a día de hoy todavía no he llegado a comprender cómo sabía que iba a quedarse solo. En algunas de sus escapadas nos lo ponía verdaderamente difícil y nos costaba encontrarlo. La primera vez que se largó pensamos que lo habíamos perdido para siempre, pero a los cuatro días de evasión y en una calle a bastante distancia del local de ensayo, nuestro batería encontró a Lini pasándoselo bomba mientras era toreado con una camiseta harapienta por varios hippies.

Durante su periodo de convivencia con nosotros, Lini desapareció otras cinco veces y otras tantas fue localizado por algún miembro de la banda, en la misma calle y capeado por los mismos melenudos. A menudo nos preguntábamos si habíamos adoptado un toro de Lidia. Lo curioso del caso es que únicamente se dejaba torear por aquellos desarrapados. Más de una vez intenté darle un pase por chicuelina y este se negó en redondo a embestir, prefiriendo saltar sobre mis hombros o morderme la bufanda, algo que le fascinaba hacer cuando accedía a olvidarse de los misterios de la tauromaquia.

La última vez que escapó, acudimos rápido a buscarlo a su lugar favorito. Pero no estaba allí. Preguntamos a los hippies y estos nos respondieron con tristeza que hacía meses que no lidiaban a Lini y que le echaban de menos. Lo buscamos por toda la ciudad, incluso nos colamos en la plaza de toros, pero no pudimos dar con él. Sin su presencia, los ensayos nos parecían aburridos y exasperantes, así que decidimos separarnos. Yo me casé y dejé la música para siempre, el resto decidió seguir en diferentes bandas y con diferentes perros, pero al final todos y cada uno de ellos se retiraron igualmente. Lo único que puedo decir en este momento es que desde entonces no ha pasado ni un sólo día en que no piense en aquel perro, aunque detesto con todas mis fuerzas a los toreros y el mundo de asesinato y sangre que les rodea.

LIDIA

Cuando tenía 14 años me enamoré perdidamente de una chica de mi misma edad que se llamaba Lidia. Recuerdo que le regalaba arañas y escorpiones vivos que, como es natural, le daban auténtico pavor y le producían pequeños ataques epilépticos. Quizá fuese aquella la razón por la que siempre me rehuía. Incluso me dedicó una canción compuesta por ella misma que decía algo así: «Gori-gorila es un coti-cotilla que no tiene pili-pilila». Desde luego, pilila sí tenía yo: si no ¿por qué iba a ir tras ella como un idiota? Como notaba que mis presentes no eran suficientes para conquistar su corazón, intenté otros métodos alternativos que tuvieron incluso menos éxito, como subirle la falda cuando estaba con sus amigas o estirarle del pelo con unas tenacillas. El caso es que cada día que pasaba, yo notaba que Lidia me cogía más asco, así que, en un arrebato de locura, para provocar sus celos decidí perseguir a su mejor amiga, que era tan atractiva como un pejesapo y lucía un incipiente bigote negro. Esta última, a su vez , se enamoró de mi mejor amigo. El problema era que mi amigo estaba locamente colgado por la prima de su profesora de equitación, que a su vez le echaba los trastos al hermano de mi colega. El hermano de mi colega, que era un poco mayor, salía con la nieta de la estanquera y con la sobrina de la dueña del bar, aunque esta última le ponía los cuernos con el hijo del alcalde, que acababa de casarse con la biznieta del tío Camuñas, el anciano más longevo del lugar. Todo esto sucedió en el pueblo de mis antepasados y a pocos kilómetros de una aldea en la que vivía un tipo que levitaba cuando alguna oveja le miraba  a los ojos fijamente.

Un día, mientras me pinchaba al besar a la bigotuda y esta me confesaba la nueva vuelta de tuerca de su corazón hacía mi, ya que el sujeto al que ella perseguía la rechazaba continuamente, Lidia me guiñó un ojo y yo sufrí una mini-embolia y empecé a sentirme como un idiota. A partir de aquel instante decidí que no pararía hasta ganarme los favores de aquel ángel con forma corpórea. Como antes debía mandar al carajo a la portadora del mostacho, decidí regalarle una maquinilla de afeitar para que me enviara a la mierda, pero en lugar de aquello me abrazó con una fuerza descomunal y me susurró a los oídos que era el mejor regalo que le habían hecho en toda su vida. Amargado por la inútil tentativa, soborné con 100 pesetas a uno de mis amigos para que se la ligara, pero aunque lo intentó con todas sus ganas, que supongo serían pocas, fracasó estrepitosamente. Llegados a ese punto no me quedaba más remedio que pasar al plan B, que no era otro que emperifollarme cuando rondaba a Lidia y emborracharme cuando el espantajo peludo me rondaba a mí. Pero el plan B no daba el resultado que yo esperaba, ya que resultaba extremadamente difícil alejar de mí  a la mujer velluda;  así que no tuve más remedio que convencer a mis padres para que nos fuéramos unos días a la capital y así poner en orden mis ideas. Mientras pasaba calor en la ciudad no podía dejar de pensar en Lidia, pero por las noches soñaba con un inmenso superbigote con brazos metálicos que volaba gracias a los poderes de una capa mágica y que me secuestraba, me ataba a una silla y me besuqueaba…

Al cabo de un par de semanas regresamos al pueblo. Yo ardía en deseos de volver a ver a mi amada y ese pensamiento me empezaba a pasar factura. El mismo día que llegamos, cuando ni siquiera había bajado del coche, pude ver a lo lejos un mostacho que venía hacia mí y temí lo peor… Pero resultó una falsa alarma. El bigote pertenecía al tío Camuñas, el matusalén de la zona, que quería hablar con mi padre. Por la tarde, recién duchado y embadurnado de la cabeza a los pies con colonia barata me dirigí a casa de Lidía, pero su abuela me contó que se había marchado a una excursión con los compañeros del colegio y que no volvería hasta dentro de 10 días. Mi primera reacción fue querer dejar de respirar durante media hora, pero si dejaba de respirar tanto tiempo, seguramente moriría y ya nunca podría volver a ver a Lidia. ¡Ah, Lidia!

Los días siguientes me los pasé intentando dar esquinazo a Lady Peluda, que es como bauticé a la bruja que me deseaba. Pero no siempre lo conseguía y a veces me tocaba hablar con ella y soportar su aliento a morcilla de cebolla que me repugnaba, actuando como en una especie de cuento de terror duro. Pasaron los días y por fin llegó el ansiado momento en que esperaba volver a contemplar la belleza de esa hada que me hechizaba. La esperábamos de vuelta a las seis de la tarde, pero a las cuatro mi abuelo se cayó al suelo desde una escalera, se fracturó tres costillas y lo ingresaron en el hospital de la capital, a 85 km del pueblo y de Lidia.

Las costillas de mi abuelo tardaron en recuperarse más de lo normal y aquel año ya no volví a ver Lidia. Al año siguiente mis padres compraron un chalet en otra zona y pasaron al menos nueve hasta que volví a encontrarla. El tiempo la había cambiado por completo. Ya no era la diosa que recordaba, unos cuantos kilos se habían instalado en su cuerpo y su cara pintarrajeada me recordaba a la de un payaso o una furcia; sin embargo, Lady Pelusa se había transformado en un bombón… Ignoro qué fue de su mostacho atezado y renegrido, pero cuando la mirabas de arriba a abajo te daban ganas de raptarla. Intenté volver a camelármela pero fue en vano, ella y Lidia mantenían una relación sentimental a escondidas y yo volví a sentirme como un idiota.

Email del 18 de noviembre 2012 Leer más »

Email del 16 de noviembe 2012

Albert  Maignan, La Muse Verte.1895

Querida:

Me he pasado media noche corrigiendo un texto sobre cinco amigos de mi juventud y en estos momentos estoy al borde del colapso. Si hay algo que odio en esta vida es escribir aunque, por otra parte, una necesidad interior me obliga a hacerlo; pero corregir es incluso más horrible si cabe. Corregir implica releer cientos de veces y yo no soporto releer lo que escribo, pues me parece malo de solemnidad y más digno del cerebro de una capibara venezolana que del de un ser humano. Sólo de pensar que aún me quedan un montón de horas hasta que llegue a un punto en que crea que leer el texto no provoca esquizofrenia ni ninguna clase de desórdenes mentales me produce escalofríos. Debería dedicarme a coleccionar esquelas o latas de cerveza y olvidar mis inútiles intentos literarios, pero por alguna razón, no puedo. Hace un rato me he mirado en el espejo y mis ojos estaban sampaku. Creo que voy a enloquecer; de momento siento una imperiosa necesidad de intentar una Adho mukha svanasana en el alfeizar de la ventana pues mi desasosiego actual es del tamaño del cráter de Chicxulub.

Necesito unas dosis de setralina; daría un pedazo de testículo por una caja de Zoloft o Altruline o por lo menos por un par de litros de tila mezclada con astringentes. Me pica todo el cuerpo y me están empezando a salir unas ronchas desagradables. No me extrañaría que fuera Morgellons. Siento que mi espíritu abandona mi cuerpo y que en el camino se detiene en un bar a tomarse una Fanta de naranja. Necesito ayuda psicológica o a una masajista terapéutica semidesnuda debajo de mí.

Acabo de escuchar un ruido muy extraño. Estoy seguro de que la Parca viene a buscarme, así que te dejo; detesto hacer esperar a alguien que maneja tan bien la guadaña.

Saludos.

Email del 16 de noviembe 2012 Leer más »