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| Los golfos apandadores (The beagle boys). Carl Barks (20th century) |
Querida:
Recuerdo el día en que mi padre me gritó que estaba hasta los cojones de mis banderas «serp i molot» mientras me acusaba de ser más rojo que la muleta de un torero. Cuando le contesté que mi vida era mía, él me respondió que sí, efectivamente, pero que la casa era suya, así que el mismo día que cumplí los 18 metí parte de mis pertenencias en un saco de arpillera y me fui a vivir con mi amiga Elena Vladímirovich Kolontái, bisnieta de Alexandra Kollontái, una bolchevique de los pies a la cabeza que era 10 años mayor que yo y ciudadana española desde mediados de los setenta. Con ella aprendí a cantar la canción patriótica Lenin es joven de nuevo y a saludar con el puño cerrado.
Alexandra era bajita pero su cuerpo era tan grácil como un arado estrellado. Su cráneo dolicocefálico estaba magníficamente sujeto, y a ambos lados de su extraordinaria nariz discurrían unos surcos nasogenianos tan marcados como las vías del ferrocarril que unía Moscú a Vladivostok. Normalmente se recogía el pelo en un moño que me recordaba a una oca ampurdanesa y cuando bebía más vodka barato de lo normal terminaba soltando insultos personales que picaban más que cualquier curry de Madrás.
Un día desapareció de mi vida. Por alguna razón, soy incapaz de recordar cómo sucedió, aunque no me importa demasiado. Siempre he creído que hay que dejar vía libre a los acontecimientos sin intentar dotarlos de una o varias conclusiones, seguramente adulteradas por la emoción, los sentimientos, la razón o el tiempo. Por eso cuando entró en mi vida cierta sonrisa densa pegada a un rostro tan blanco como una página virgen, llegué a creer que al fin y al cabo, eso de existir, es decir, lo que sincategoremáticamente se entiende por existir, no estaba tan mal como siempre había creído.
Se llamaba Floribundina. Floribundina Macaseno. Nunca le pregunté de dónde procedía, aunque a juzgar por su acento, de algún planeta situado a millones de años luz de la Tierra. En menos de unos pocos meses Flori se incrustó en mi cabeza y permaneció parapetada en mi cerebro durante dos años. Me costó más de cinco desincrustarla de allí y cuando al fin lo conseguí todo me importaba una mierda. Supongo que a ella también, pues varios meses más tarde consiguió que uno de sus muchos intentos autolíticos tuviera éxito y al fin consiguió lo que más anhelaba: desaparecer para siempre.
A partir de esa última relación, cualquier intento por permanecer impasible desencadenaba automáticamente una reacción de temor que transformaba mis casi inexistentes sonrisas en algo parecido a muecas inflamadas que se arqueaban cada vez que que necesitaban convencerme a mí mismo sobre los beneficios de un nuevo amorío. Y ese nuevo enamoramiento, obviamente solo por mi parte, llegó cuando vi una foto de una actriz erótica en posición de litotomía en una web para adultos que hizo que cada una de mis abyectas células se apretujaran en una especie de burujo oopart. Lamentablemente, Kati Salvaje, que era el nombre de batalla de mi nuevo amor, vivía en un pueblecito situado en las laderas del monte Tamalpais, a más de 6000 kilómetros de distancia y supongo que rodeada de machos viriles totalmente enfebrecidos por sus aromas íntimos.
En alguna parte he leído que actualmente hay cerca de 7000 millones de personas vivas pululando alegremente sobre el planeta. Y que alrededor de 107.000 millones de personas vivieron alguna vez desde que un jodido y apesadumbrado mono se convirtió en humano. En todo ese tiempo, tanto los hombres como las mujeres han intentado elevarse emocionalmente copulando los unos con los otros con relativo éxito. Y esta asombrosa afirmación me lleva a pensar en mi abuela Rufina y en su beata favorita, santa Rita de Casia, la sagrada e inviolable santa de los casos imposibles. Pero, ¿qué sucede con los casos inservibles? O con los casos irreprimibles. O los incomprensibles, prescindibles, intangibles, discutibles, irrebatibles, y al mismo tiempo auténticamente cargantes.
Como un gas absolutamente irrespirable se extiende mi olor corporal masculino repleto de hormonas persuasoras. Es una pena que en mi barrio solo vivan mujeres desposadas, con sus papeles de desposamiento en regla y firmados por la Sagrada Orden Sacramental Comunitaria de Desposamientos. Quizá podría intentar (des)desposar a cualquiera desposada y llevármela conmigo a mis dominios, pero entonces el esposo de la (des)desposada a la fuerza intentaría por todos los medios dispuestos a su alcance (des)desposar a otra desposada. Y así sucesivamente hasta que se vieran obligados a intervenir los malditos Golfos Apandadores (Des)desposeadores (GAD) secundados por «las fuerzas del mal que quieren controlarnos con el chis, chis, chis».