noviembre 2021

Email del 25 de noviembre 2021

 

Gerard Fromanger. Existe (1976)

Si como escribió Heidegger, la Nada Nadea, entonces está claro que el Todo Todea, aunque desconozco por completo si Todea todo de la misma manera que nadea nada. Para hallar una media respuesta deberíamos extraer el cuerpo de Heidegger de su nicho en el cementerio alemán de Friedhof Meßkirch y abofetearlo hasta que nos dijera algo. Sinceramente, dudo mucho que las autoridades germanas nos permitiesen sacar sus restos para pegarle una paliza, por lo que tendremos que imaginar algunas posibilidades:

A-La Nada Todea.
B-El Todo Nadea.
C-La Nada y el Todo Nadean mientras Todean.
D-El Todo Todea y la Nada le mira.
E-Ni la Nada ni el Todo Nadean o Todean.

Pero, si tanto la Nada como el Todo ni Nadean ni Todean, entonces ¿por qué me siento tan inquieto y tan vulnerable? Bueno, está claro que llevo la cafeína proporcionada por nueve cafés americanos recorriendo alegremente mis venas, y eso que todavía no son las 11 de la mañana, pero realmente no creo que ese sea el verdadero problema que cause mi angustia y me deprima hasta límites insospechados. Quizá tenga algo que ver lo que me sucedió ayer (un taxista me enseñó los calzoncillos). O lo que me sucedió antes de ayer (una panadera me vendió un kilo de anchoas). Claro que hace tres días tuve una visión hipnagógica claramente desestructurada mientras me acariciaba. No sé. A decir verdad nunca he sabido. Bueno, a menudo ha parecido que sabía, porque en realidad soy un tramposo… ¡Ahora mismo me siento tan maniático como un felino! Quizá debería nadear un rato, porque todear me saca de quicio. También podría presentarme ante mi sacerdote favorito vestido de Asmodeo. Eso me relajaría, pero tendría que rendir cuentas ante el concilio sacerdotal. ¡Me siento como una palangana! Peor, ¡me siento como un aguamanil! Creo que debería poner existencia a mi fin. O puede que al revés…

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Email del 24 de noviembre 2021

Pericles Pantazis. The writer (XIX cent.)

Es un grave error imaginar que un escritor (o escribidor) trabaje siempre de forma autobiográfica. Personalmente, en muy pocas ocasiones recurro a transcribir hechos ocultos en mi memoria, pues después de varios años camuflados con el resto de recuerdos, tienden a reescribirse y a ensancharse de una manera extraordinariamente irreal. Mi amigo Redundancio, que en realidad se llama Leocadio, está convencido de que la mejor manera para lograr que nadie piense que los textos que escribe son recuerdos, es utilizar hasta casi el paroxismo los pleonasmos y oxímoros. Yo no lo tengo tan claro. No comprendo qué tiene que ver el embellecer un texto combinando vocablos de significados opuestos o innecesarios, con que los lectores no crean lo que indudablemente puede ser increíble o no piensen lo que desean por todos los medios pensar, sobre todo porque están haciendo uso de esa doctrina que algunos denominan «libre pensamiento». 

Ayer escribí en mi otro blog una de mis famosas animaladas. Pero, mejor copio una parte:

«Recuerdo el día en que se me desprendió la nuca. Recuerdo que la cogí reverencialmente con mis manos y me fijé en el occipucio. Sin embargo elegí un mal día para examinar mi cogote desligado, porque un par de minutos más tarde se me desunieron la coronilla y la sien. Al principio pensé que me quedaría también sin la región parietal, pero afortunadamente esta siguió en su sitio sujetada únicamente por la parte lateral y un extraño pingajo en forma de hueso carnoso al que bauticé como Serendipio Undoso Pérez».

Una veintena de lectores me escribieron alarmados preguntándome si eso era cierto, y si lo era, me rogaban amablemente que por favor les diera unas recomendaciones para que no les sucediese a ellos en el futuro. Otros, sin embargo, eran un poquitín más creativos, pues solo les interesaba saber si ese proceso había sido doloroso. Generalmente escribo sobre los badulaques, aunque en muchas ocasiones lo hago sobre vacas, calcetines, concubinatos, ya sean o no, concupiscentes, sobre reacciones anales, también sobre relaciones asnales o adquisiciones vecinales. Escribo sobre cualquier cosa que se me antoje. Y mientras lo hago, me paso por donde la gente suele pasarse las cosas que están manufacturadas con el único fin de ser pasadas por ese lugar, todo lo que en ese instante no tiene que ver con mi mundo, RAE incluida. Y cuando me siento más tranquilo tras pasarme todas esas cosas por ese lugar, tiendo a pasarme todos los elementos, y si en ese instante noto que me va la marcha, me paso también todas las circunstancias y todos los deseos insatisfechos. Por supuesto todo ese ajetreo sodomita conlleva un precio, redundancia incluida. ¿Qué precio? ¿Qué precio? ¡Freedom! ¡Liberté! ¡Freiheit! ¡Sloboda! ¡Liberdade! ¡Wolność! ¡Libertà! ¡Vapaus! ¡Frihet! ¡Ñaca-ñaca!

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Email del 21 de noviembre 2021

 

Rembrandt Harmenszoon van Rijn. Two studies of the head of an old man (1626)

Cabeza, tronco y extremidades (microrrelato inacabado).

Me encontraba meditando sobre la senectud y sus miserables consecuencias, cuando llegué a la determinación de abandonar la parte física de mi propio ser. No encontraba ninguna lógica en el hecho, por poner solo un par de sádicos ejemplos, de que cuando era mucho más joven tuviera una hermosa nariz y unas orejas excepcionalmente simétricas y ahora, que casi rozaba la jodida sesentena, poseyera una morcilla y una fábrica de vellosidades respectivamente. Pero no fue hasta un poco más tarde cuando me puse a hacerme preguntas desagradables. Como además de provecto soy un pusilánime crónico, decidí dejar en suspenso las eufóbicas respuestas para más tarde y centrarme únicamente en aquellas partes del cuerpo en las que pareciese que no había pasado el tiempo. El problema es que no encontré ninguna. Ni siquiera siendo condescendiente. Justo en ese instante sonó el timbre de la puerta. Era el repartidor de Aliexpress que a pesar de su aspecto caquéctico me cayó bien al instante, pues dentro del bulto que iba a entregarme en unos segundos había un orbitoclasto, un instrumento quirúrgico por el cual había suspirado durante muchos, muchos años. Cuando tuve en mis manos el paquete la emoción corruscante me rasguñó los sentidos. Mientras desenvolvía mi tesoro una especie de fucilazo interno iluminó mi sonrisa de satisfacción eterna. ¡Por fin podría lobotomizarme!

(Continuará… supongo)

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Email del 15 de noviembre 2021

 

Craig LaRotonda. The resolution (2010)

Las palabras brotan como témpanos en curso de colisión. Ella me escupe delirios disfrazados de inquietudes. Yo le suelto sermones pasajeros. Como somos adultos, tratamos de destruir nuestros futuros como seres civilizados. Cuando le pregunto de qué sirve tener suerte, me responde con una palabra que desconozco. Intento buscarla en wordreference.com pero internet está caído. Entonces me siento sobre los talones de la misma forma que lo haría un anhedónico asintomático frente a un pastel grande y descuidado plagado de moscas, y me concentro en los dientecillos puntiagudos de un arma arpada. Al cabo de unos minutos el pronombre personal de tercera persona del singular en género femenino reaparece y recrimina mi pasividad para enfrentarme con los problemas emocionales. Yo trato de explicarle que los problemas los tiene ella, pero mi atrocidad verbal adopta una actitud parásita y se introduce en mi cuerpo. Cuando ella se retira, una sensación de paz semejante en tamaño a un cetáceo adulto me enjuaga el sudor de la frente. Intento acariciarle una teta, pero las sensaciones carecen de protuberancias glandulosas y no me queda otro remedio que entrar en el cuarto, sentarme al lado de ella y consolarla mientras intento bajarle las bragas. Entonces su rostro se contrae y por unos instantes me recuerda a una máscara hannya. Me acusa de infantil y libertino. Yo le respondo que los mejores orgasmos de su vida se los he proporcionado yo… graciosamente. Entonces cae el telón. De repente me veo en la calle. Miro al cielo y una lluvia de pertenencias del pasado cae sobre mí y sobre algunos peatones que confundidos graban con sus móviles mi derrumbamiento. Una de esos peatones es una chica de unos 17 años que me mira con asco. Le guiño un ojo y le digo que sé la manera de hacerla feliz para siempre. Entonces me cae en la cabeza mi caja metálica preferida y termino pasando los siguientes 3 meses acurrucado entra las zarzas que crecen en una acequia.

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Email del 13 de noviembre 2021

 

Edouard Vuillard. Woman with black eyebrows (1910)

La secreción uniforme de fluidos oscuros y fétidos que al mezclarlos con agua se transformaban en algo semejante a légano viscoso, y la neblina nublada y aterradora que emanaba de esa especie de báratro arcano que se levantaba en medio de la mayestática nada, me hizo pensar que todas las mujeres estaban locas. Sí, me encontraba sentado, con aspecto de haber participado en un velatorio, esperando que le hicieran un microblading de cejas a Nuria Nosequé. Pero incluso esperando a alguien que apenas conocía, y a la que por encima de todo quería follarme, era totalmente capaz de percibir las atmósferas espeluznantes, la paranoia y el miedo, las vibraciones deconstructivas, el aturdimiento vacío aunque al mismo tiempo elidido y exorbitante que recorrían los rostros de todas las mujeres presentes. Algunas esperaban su turno. Otras esperaban a las que esperaban su turno, y las menos, se transformaban en hechiceras deicidas mientras daban órdenes y manejaban unos utensilios tan extraños que me hicieron preguntarme si un jodido polvo era suficiente para mantenerme allí. Pero pronto todo cambió. Una flatulencia ruidosa de esas que no avisan se escapó de mi vientre y acabó acrisolando el ambiente. Nuria se giró y me clavó los ojos en la yugular. Las que esperaban su turno o esperaban a las que esperaban su turno se giraron y en sus rostros percibí una maldad como nunca había sentido. Una de las hechiceras, quizá la gran bruja ramera, me gritó que era un marrano y me invitó a largarme de su cementerio ritual. 

Una vez afuera del centro de belleza y estética, una sensación innombrable de liberación se incrustó en mi corazón y otra en mi trasero. De repente abrí la boca y un atávico y singular «yupiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii» salió disparado. 

Gregoy Lovecraft

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Email del 10 de noviembre 2021

 

Leonardo da Vinci. Bust of a man in profile with measurements and notes (1490)

Lo llamaré Sumrrarra Rarra. Es la única forma de expresar lo que siento por él sin experimentar miedo a posibles represalias. Rarra es un tipo que escribe, y no en los muros, sino en Word. Y aunque su estilo me parece delicuescente, egótico y desopilante, ya ha publicado siete libros, los cuales, todos menos uno, han sido en mayor o menor medida éxitos de ventas. Todavía recuerdo la sensación de asco y empalago que me produjo su primera obra editada, Exaltación infusa, una especie de ensayo biográfico largo (2356 páginas) en el que trata de clarificar qué es lo que sucedió en las tres horas y media siguientes a su concepción.  

«Mi padre acarició a mi madre en la mejilla y después se acarició a él mismo. Como la sensación de bienestar era tan inmensa, terminó acariciando a varios vecinos y al administrador de la finca. Luego los invitó a unos vasitos de vino blanco Don Simón, un caldo repugnante que acababa de ser lanzado al mercado del tetrabrik, y les echó un sermón sobre su hijo recién concebido, es decir, sobre mí, que parece no llegó a terminar porque se quedó completamente dormido». 

Pero si Exaltación infusa es terrible, su continuación, Exaltación elidida, es mortal de necesidad. En él, el autor (¡ja!) repasa su nacimiento, sus primeros meses como humano y las sensaciones perturbadoras que sintió cuando reparó en que era un ser superior y un genio. Y para contar todas esas patrañas sin sentido necesitó 2700 paginas, o lo que es igual, 2.160.000 vocablos repletos de pedantería, retórica simiesca, pobreza léxica y clichés antediluvianos. 

«Mamá era una santa. Y me cambiaba los pañales como lo haría una obsecuente virtuosa. Sin embargo mi padre prefería jugar con Orozco, un gato verdiamarillo inexistente, que ponerse a retirar mis mierdas, también verdiamarillas y licuadas. Y eso enfurecía al dios que yo llevaba dentro. Un día, mientras intentaba ponerme polvos de talco en el perineo le provoqué un dolor rectal con el poder de mi mente que le impidió andar de una manera varonil durante cinco semanas». 

Tras Exaltación infusa Sumrrarra Rarra entró en una fase estajanovista y escribió en siete meses tres continuaciones y una aberración novelada tituladas respectivamente Exaltación telúrica, Exaltación venática, Exaltación írrita y Exaltación de Piruja. La primera se centra en los ocho primeros años de vida de su autor, haciendo hincapié en algunos personajes familiares a los que culpa de injerencias arbitrarias y trivialidad serendípica continuada.

«Mi tío Caciano era incapaz de sentir empatía por los diminutos lepismas y a menudo los perseguía por las paredes con un encendedor de mecha en una mano y una caja de cerillas de la marca «Tres estrellas» en la otra. Un día Caciano desapareció mientras limpiaba un kilo de sardinas y mi tía, tras comerse los osteíctíos cupliformes rebozados, le echó la culpa a los pececillos de plata. La verdad es que mi tío se largó con una creyente piadosa iconófila que vendía estampitas de fray Leopoldo de Alpandeire los sábados y domingos en la Plaza Redonda».

Exaltación venática comienza en el punto donde finalizó la anterior exaltación y continúa hasta la fecha en que el protagonista cumple la mayoría de edad.  

«Mientras me reflejaba en el espejo llegué a la conclusión de que mi magnífico primer bigote rompería un sinfín de corazones femeninos, y por qué no, también de algunos masculinos. Cada vez que me atusaba mi «fridakahloniano» mostacho sentía que el hogar de mis progenitores se me había quedado pequeño y que debía abandonar el nido lo antes posible. Sin embargo también tenía claro que largarme implicaría verme obligado a pagarme, tanto el alquiler de una vivienda digna, como algunos vicios impropios».

Y llegamos al último tomo biográfico hasta la fecha, Exaltación írrita, que además de ser irritante, es un ejercicio de autocomplacencia que se extiende hasta la fecha en que decide enamorarse de Piruja. Sin embargo será en el siguiente compendio de necedades donde de alguna forma dedicará su amor a esta tipa, o dama, o señora, quizá bruja. 

«Indubitadamente estoy enamorado de Piruja, pero también estoy loco por mí. Si tuviera que elegir no sabría decidirme. Afortunadamente soy libre para amarme hasta el desquicio y libre para querer a Piruja. Sí, hay una gran diferencia entre amar y querer. Lo sé. Y me admiro por saberlo. Pero de la misma manera que soy incapaz de quererme a mí mismo soy incapaz de amar a Piruja. Amo a su perro. Amo su sonrisa. Amo y adoro las cosas que dice que hará cuando se sienta fuerte, pero no la amo a ella, solamente la quiero. No quiero a su gato. No quiero a su sonrisa. No quiero ni adoro las cosas que dice que hará cuando se sienta fuerte».  

Exaltación de Piruja, un librito extraordinariamente largo incluso para los estándares de Sumrrarra Rarra, y que al principio se tituló La cuantificación del caos, trata sobre la posesión. En sus 5398 páginas divididas en 4 tomos habla sobre la fruta, sobre el amor, sobre la jerga y las entrañas. Sobre la humanidad y sobre los acrocordones. Y sobre la incapacidad, la anosognosia, la gehena, la medrosía… ¡Y sobre Piruja! 

«Me como una pera ercolina. Me como otra pera ercolina. Me como una tercera pera, pero esta vez no es ercolina, sino conferencia. Se acerca Piruja y me pide que le escupa la carne de la fruta medio masticada sobre su cara. Luego me pide que le haga el amor. Mientras la penetro me suplica que la llame puta. Yo la llamo soputa, pero se enfada y me repite que la palabra clave era puta o ramera, sin prefijos».

Tras editar Exaltación a Piruja, Sumrrarra desaparece durante 8 años. Cuando al fin sale de su escondite, en lugar de garrapatear otra de sus insufribles exaltaciones compone las letras para una ópera rock semipornográfica, Vicisitudes de una ubre, donde destacan los temas, Esmegma rock, también llamado Un día en la vida de una recolectora de esmegma y Caca intensiva, un himno dedicado a la coprofagia muy mal recibido en la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha y en el Principado de Asturias. Desde entonces, solo se deja ver en su nictofílico canal de Youtube, Intuición_hiphiphipnagógica, despotricando sobre todos los que confabularon, confabulan o confabularán contra él.

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Email del 4 de noviembre 2021

 

Avigdor Arikha. Thonet chair and carpet (1991)

«El aire que entrará por un resquicio mecerá a las piltrafas. Algunas se deslizarán levemente, pero otras terminarán dispersas entre los hilos de la alfombra. Mientras eso suceda, yo estaré en la ducha limpiando mi cuerpo de los desechos corporales salinos procedentes de varios actos genésicos consentidos con una misma persona. A mi lado estará esa persona limpiando de su cara cierto fluido blanquecino, y sobre el lavabo, esperando su turno, un utensilio plástico con forma de miembro curvo cubierto casi por completo por flujo. Así sucederán los hechos y así os lo cuento. 
Conozco el desenlace porque soy un estudioso de las piltrafas y los residuos».   

(El libro de las acciones excéntricas. Párrafo CCXLVIII. Gregorio «Estroma» López)

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Email del 01 de noviembre 2021

 

Gregorius Lopezziano Vagabundis. Calcetín sanpaku (1962)

La conversación se estaba volviendo tan estúpidamente seria que decidí largarme antes de que se me escapara un bostezo caballuno. Me despedí con falsa cara de pena de «los cinco de siempre» y me largué a casita. Después de quitarme la ropa y quedarme en gayumbos, me tumbé sobre el cadáver momificado de Francesc Eiximenis y viajé hacia Kapteyn b. ¡Joder!, soy un ergótico abaldonado, pero necesito estar elevado la mayor parte del tiempo. Solo de esa forma puedo adormecer mis deletéreos instintos asociales, antisociales y disociales. 

Recuerdo que acababa de terminar el último párrafo de mi serie de parágrafos sin conexión titulada Lúes, cuando alguien golpeó en mi puerta. Sin hacer el menor ruido me deslicé hacia la mirilla y pude ver que al otro lado estaban «los cinco de siempre», es decir, los gemebundos tocapelotas de los cojones. Supongo que habían agotado los temas profundos y habían decidido venir a que les insultara un poco. Sin embargo yo tenía otros planes. Tras amenazarlos con desmembrar sus cuerpos y arrojar los pedazos a mis hamsters, terminé conformándome con enviarlos a la gran mierda pura, íntegra y refulgente. Afortunadamente se tomaron mis coacciones en serio y se largaron mientras discutían sobre paralogismos. Me asomé a la ventana y los vi dirigirse hacia la parada del metro. Ahora que estaba seguro de que nada ni nadie me molestaría decidí coserme la patata del calcetín. Se me caía la baba porque de alguna extraña manera estaba seguro de que si lograba enhebrar el hilo a la aguja, el resultado sería que dejaría de arrastrar los juanetes.

¡La operación fue todo un éxito! Ensarté el ojo de la aguja a la primera y zurcí el soquete. De repente me sentí tan henchido de dicha que casi se me saltaron las lágrimas. Tras ponerme el calcetín reparado en su pie correspondiente lo acerqué a un espejo bajo y estuve más de cuatro horas contemplando su extraordinaria belleza. 

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