noviembre 2011

Email del 30 de noviembre 2011

Simon Schrikker, «NT» (2007)

Querida camarada:

Estarás de acuerdo conmigo en que esta letrina en la que vivimos llamada sociedad -y digo sociedad y no mundo- se auto regula constantemente por medio del miedo. Vivimos rodeados de ladrones de alto standing que diseñan el futuro según sus preferencias. El resto traga saliva de la misma forma que una ramera inconsciente tragaría semen de un auténtico desconocido, sin importarle el estado de salud del mismo. Esta inmunda colectividad de seres que se venden constantemente por acumular posesiones está condenada a la extinción más salvaje que el planeta haya conocido en sus 4500 millones de años de existencia. La culpa de todo es mía y de todo aquel que no haga algo por cambiar las circunstancias.

Nos golpean a todas horas, pero preferimos poner la otra mejilla; violan nuestra dignidad, pero creemos que es parte del precio que hay que pagar por mantenernos vivos. Nos encanta sentirnos pisoteados porque así tenemos una justificación que nos adormece, pero mientras nos pisan, las manecillas del reloj universal siguen moviéndose y cualquier día puede ser el definitivo.

¿Cómo es possible que suceda todo ésto y no nos importe su significado? Porque somos humanos, animales de la peor calaña, envilecidos a base de regalos, narcotizados por el dios dinero, capaces de descuartizar a nuestros semejantes por un mísero galón; pero no olvidemos que las medallas con que nos gusta vernos reflejados en el espejo, son impuestas por el poder de la iniquidad, el mismo que nos quiere destruir y se alimenta de nuestros lamentos.

Y para terminar con tanta desgracia planetaria, otra desgracia más pero ésta, doméstica:

Hace aproximadamente un par de horas me he clavado unos cinco centímetros de palillo en el perineo. Iba a introducírmelo en la boca para limpiar los restos de comida del almuerzo cuando mi cerebro ha cambiado por sorpresa la orden. No sé cómo voy a sentarme de ahora en adelante, pero lo que tengo claro es que no voy a ir al hospital para que me lo extraigan. No quiero que ningún médico o enfermera o ATS se descojone a mi costa durante decenios. Para quitar hierro al asunto, he pinchado una oliva rellena en el extremo del palillo que sobresale, pero ha sido una soberana tontería pues mi perro no ha parado de meter su morro entre mis piernas intentando comérsela. El problema es que al tercer intento se ha metido en la boca otra cosa que colgaba cerca y se agitaba de lado a lado mientras yo corría y saltaba desesperado intentando alejarme de sus ataques. En fin… a partir de ahora, si quedamos, ya sabes que este mundo no me gusta… y que también viene mi perro…

Besos

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Segundo email del 29 de noviembre 2011

L. Kupelwieser, «The Three Kings» (1825)

Querida:

Todavía faltan treinta y pico jornadas para llegar al día que los niños y niñas esperan ansiosos todo el año: el de los Reyes Magos. Pero como mi elevado espíritu de anticipación es mítico, he imaginado una pequeña conversación entre estos tres sabios que alegremente reparten juguetes por doquier……

MELCHOR: Este balcón es realmente peligroso, casi me rompo una pierna.
GASPAR: Pues te mueves como si tuvieras rotas las dos.
MELCHOR: ¿Dónde se ha metido Baltasar?
GASPAR: Ahí llega. Lo oigo quejarse.
BALTASAR: ¡Mimi ni mzee sana kupanda kama tumbili!
MELCHOR: ¿Qué es lo que dices?
BALTASAR: Que ya estoy viejo para trepar como un mono.
MELCHOR: ¿Dónde habéis dejado los dromedarios?
BALTASAR: En el parking de ahí abajo, ¿Dónde querías que los dejase?
MELCHOR: Bien, vamos a ver, ¿cómo se llama el crío que vive aquí?
GASPAR: Hum, se llama, a ver…. Carlitos González
MELCHOR: ¿Y qué es lo que quiere?
GASPAR: Una muñeca Barbie
MELCHOR: ¿Cómo que una muñeca Barbie?
GASPAR: Es lo que pone aquí. Una muñeca Barbie.
BALTASAR: ¿Una muñeca Barbie?
GASPAR: Si, una muñeca Barbie
MELCHOR: No puede ser. Léeme su carta.
GASPAR: «Queridos Reyes Magos de oriente, como he sido bueno y he sacado buenas notas quiero que me traigáis una Barbie y….»
BALTASAR: ¿Una Barbie?
MELCHOR: No empecemos…continúa.
GASPAR: «….una Barbie y a su novio Ken, una cocinita mágica y un maletín de enfermera.»
MELCHOR: ¿Y se llama Carlitos? ¿Cuántos años tiene?
GASPAR: Creo que cinco.
BALTASAR: Por lo menos no ha pedido el bebé glotón…
GASPAR: Sí lo ha pedido, no me habéis dejado acabar de leer.
MELCHOR: ¿Pero esto qué es?
GASPAR: ¿Y estos son los niños que salvaran al planeta en los próximos años?
MELCHOR: No me seas homófobo ahora, todos sabemos que tu primo Ezequiel babea mientras mira a los beduinos sudorosos descargar sus camellos.
BALTASAR: A ver si se llama Carlitas y se equivocó al escribir.
MELCHOR: ¿Carlitas? Mejor cierra la boca estúpido im…..
GASPAR: No lo pagues con él. Hemos de tomar una decisión. Le dejamos lo que nos ha pedido o actuamos por cuenta propia y…
MELCHOR: Podríamos dejarle una nota diciendo que las Barbies se han agotado y que le dejamos una metralleta.
GASPAR: ¿Y los Ken También? ¿Y las cocinitas mágicas?
BALTASAR: No os olvidéis del bebé glotón….
MELCHOR: ¿Qué podemos hacer?
GASPAR: Le dejamos un balón de futbol y un tanque teledirigido por control remoto.
MELCHOR: Espera. ¿Qúé es eso? ¿No escucháis un ruido extraño?
BALTASAR: Son los dromedarios que se están peleando otra vez.
GASPAR: O eso o los acaban de atropellar.
MELCHOR: ¡Mierda! ¿Qué es esto? Me he puesto perdido.
GASPAR: Enciende la luz y lo verás….es una palangana llena de agua.
BALTASAR: Para que beban los dromedarios…..
MELCHOR: Estúpidos críos. Se creerán que vamos a trepar con los bichos a la espalda…..
GASPAR: Nos estamos evadiendo del tema que nos interesa….
BALTASAR: Y se nos está haciendo tarde.
MELCHOR: ¡Vale! Vamos a hacer una cosa. Le dejamos un balón y el bebé glotón.
BALTASAR: Vaya, te ha salido un bonito pareado.
MELCHOR: ¿Sabéis lo que os digo?… ¡A la mierda!, vamos a dejarle lo que pidió y dejarnos de chácharas moralizantes. Venga Balta, saca los juguetes….
BALTASAR: ¿No traías tú el saco?
MELCHOR: ¿No me digas que te lo has dejado abajo?
GASPAR: Pues yo paso de volver a bajar para subir otra vez.
BALTASAR: Y yo.
MELCHOR: Que le den morcillas a este aprendiz de sarasa. Sea como sea acabará en Chueca.
GASPAR: ¿Quien es ahora el homófobo despreciable?
MELCHOR: Sí, claro….oigo a los camellos otra vez. ¡Vámonos!
BALTASAR: ¡Son dromedarios!

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Email del 29 de noviembre 2011

Dan Wiz, «Lotus lounge» (2010)

Querida:

Llevo varios días canturreando para mis adentros el tema principal de la serie de dibujos animados «David el gnomo»; por alguna razón no puedo quitármela de la cabeza. Ya sabes, esa que decía: «Soy un gnomoooooo». Si esto sigue así tendré que hacerme visitar por un especialista en desordenes de la memoria. Incluso en la ducha no he dejado de cantarla, aunque como no me sé la letra la he ido inventando «al vuelo». Cuando la estrenaron en tv yo tendría unos veinte años, así que desconozco la razón de semejante déjà vu. Es posible que añore esa época libre de ataduras morales o emocionales, en las que lo único que realmente me importaba era arrancar bragas con la boca y donde los verdaderos problemas estribaban en la forma de disimular una borrachera cuando llegaba a casa.

No te voy a contar cómo arrancaba las prendas interiores a mordiscos, ni la cara de satisfacción que ponían sus propietarias cuando eso sucedía, pero sí algunas historias sobre mis cogorzas más representativas. Recuerdo un día…..Recuerdo que debido a la curda fenomenal que arrastraba, perdí los dos tacones de las botas camperas, que entonces estaban muy de moda. Imagínate la película que tuve que inventar para tratar de convencer a mi madre de que la causa fue una caída estúpida mientras bailaba una danza cosaca subido en una mesa. Otra vez, igualmente borracho en Begís, el pueblo de mis antepasados, entré medio zombi en la habitación de mis padres y oriné en el armario de la ropa mientras ellos dormían. Al día siguiente le eché las culpas al perro, que fue castigado sin miramientos a dormir atado durante el resto del verano. «Orson» -así lo llamabamos- jamás me lo perdonó y lo demostró devorando mi colección de medicamentos antidiarreicos: a partir de entonces, nadie de la familia volvió a verlo defecar.

En una pequeña aldea situada a dos kilómetros escasos del pueblo, vivía un anciano catalán que destilaba absentas y orujos con una graduación alcohólica que rozaba los noventa grados. Allí cogí una de las melopeas más salvajes que puedo recordar. Todo empezó con una apuesta tonta entre amigos, pero acabó con tres hospitalizaciones por intoxicación etílica comatosa y un servidor discutiendo acaloradamente con un almendro sobre anfibologías polisémicas. El único que no acabó totalmente ebrio se fue llorando a su casa y convenció a su familia sobre la utilidad de cambiar de lugar de residencia.

Está claro que fueron tiempos mejores, aunque no me cambiaría por entonces. Particularmente me siento a gusto con mi edad, mi cuerpo y mi cerebro, aunque echo de menos la abundancia de sonrisas. Lo que no me gusta tanto es la forma en la que una gran cantidad de conocidos envejece; y no lo digo por las arrugas o el diámetro de sus barrigas, sino porque sus mentes están agotadas y enfermas. ¡Vivir puede ser peligroso!

La mayor parte de mis amigos íntimos murieron hace bastantes años; en su día no asistí a sus funerales, pero les lloré en la soledad inmensa de mis recuerdos. A veces, incluso me atrevo a desempolvar el álbum de fotos y advierto que sus figuras ya no están en el lugar que ocupaban; una mancha blanca y borrosa las sustituye pero, sinceramente, no creo que a ellos les importe en absoluto.

Besos (desde la inutilidad absurda del pasado golpeando…)

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Segundo email del 28 de noviembre 2011

Michael Sowa, «Hotler’s Pig»

Hola nuevamente:

Esta es la historia real de Jesucristo:

Una vez, alguien me regaló un cerdo vietnamita al que bauticé con el nombre de Jesucristo. Eso desató las iras de la parte más reaccionaria de mi familia pero en su momento no me importó lo más mínimo. Jesús, como lo llamaba para abreviar, era un cerdito vigoroso y muy afable. Le encantaba morderme los zapatos y lamerme la cara; por supuesto no siempre se lo permitía. Cuando cumplió su primer año de vida le regalé una cruz de juguete a la que demostró su amor descuartizándola en menos de diez minutos. Lo recuerdo como si fuera ayer y recuerdo sus cabriolas alegres mientras le preparaba la tarta de aniversario, a la que no hizo ningún caso, pues prefería alimentarse de biblias y antiguos testamentos.

No tardó mucho tiempo en convertirse en una mole de cuarenta kilos que santificaba las fiestas intentando copular con cualquier cosa que se moviera, incluida a Sor Graciana, una monja repudiada por su congregación que se prostituía en el chalet de al lado. A esta señora cansada de vivir le fascinaba contemplar el pene rojizo que Jesús arrastraba casi por el suelo y llegaron a hacerse buenos amigos. Su amistad duró cuatro años, hasta el día en que, desbordada por los recuerdos de misales e incienso, puso fin a su vida ahorcándose con un cilicio.

Como la pasión desenfrenada de Jesús no conocía límites,  tuve que comprar una cerdita a la que llamé María; tenía catorce meses y era regordeta, aunque tan bonita que uno no podía sino perdonar su obesidad y cantar alabanzas. Pronto, ambos se enamoraron, aunque María a veces se escapaba y se iba a tontear con el setter irlandés de los vecinos, los que ocuparon la casa de la monja ramera fallecida. Al principo no concedí demasiada importancia a los coqueteos de la cerdita, pero cuando éstos se ampliaron a todas las mascotas masculinas del perímetro vecinal, el asunto empezó a ponerse feo. Y no se arregló demasiado cuando Maria se quedo preñada y parió un engendro demoniaco que murió a las pocas horas. Tenia cuerpo de marrano, cabeza de perro y rabo de gato.

María se triscaba todo lo que tuviera pene y alguna vez incluso aunque no lo tuviera. Llegó un día en que los vecinos, hartos de mi cerda promiscua y de que sus animales de compañía empezaran a volverse paranoicos esperando su visita, me pusieron entre la espalda y la pared y me vi obligado a deshacerme de ella. Jesús no pudo soportar pasar ni un día sin María y se inmoló ahogándose en la piscina.

Todo esto sucedió realmente y no me lo he inventado. Los nombres reales de los personajes no han sido cambiados porque no necesito proteger a los inocentes. Cualquier similitud con el nombre o la historia de alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia y no intencionada.

Besitos.

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Email del 28 de noviembre 2011

Camille Pisarro «A field in Varengeville» (1899)

Hola:

Se me acaba de ocurrir una buena idea para un cuento corto: Una iglesia repleta de fieles y el cura oficiando la santa misa, de repente en medio de la homilía, la estatua de Jesús clavado en la cruz cobra vida y arrancando uno de sus manos del clavo que lo fija a la madera y señalando a la gente que atónita lo mira exclama: ¡sois todos un atajo de imbéciles! ¡Despertad de una vez! Al pronunciar estas últimas palabras las figuras de la virgen y las de todos los santos que se encuentran levantadas por todos los rincones comienzan a reír con esa clase de risa musical y argentina que hiela la sangre. La gente corre despavorida y sale a trompicones del santuario, todos excepto una vieja que yace en el suelo con los ojos en blanco y echando espumarajos por la boca. ¡Jesús se ha convertido en un asesino!

Cambiando de tema, pues no quiero hablar sobre las religiones, estoy pensando muy seriamente en largarme al campo a vivir. El problema es que no tengo dinero para comprar una casa rural, pequeñita pero acogedora y con un poco de huerta. Pero creo que dejando de pagar algunas facturas podría alquilar una. Necesito alejarme de la ciudad o acabaré de hundirme en la mierda urbana que destroza y corrompe. ¡Quiero ver vacas pastando, ovejas balando y cualquier clase de animal domestico que me haga tener un poco de esperanza! Me siento tan oprimido que creo que no voy a poder soportar ni un año más de vida, si ésta continúa igual. El grimorio que durante tantos años he adorado ya no tiene sentido; voy a preparar la pira; quiero ver arder la inmunda teúrgia en que se ha convertido mi vida.

Las pequeñas cosas, los extraños sucesos, sólo tienen sentido cuando los contemplamos desde cierta distancia, anteponiéndonos a su significado, haciendo prevalecer la prudencia por encima de la insensatez y el desacierto. Pero lejos de usar la determinación como vehículo redentor, preferimos duplicar la lógica absurdamente profanada con maléficos e inaceptables mensajes en los que se ensalza una palabra tan ruin y vacía como «sacrificio» hasta límites inverosímiles. ¿Cual es el precio que debemos pagar por la salvación?

Si mi carne no estuviera contaminada por los achaques del tiempo y mi cabeza pudiese asimilar el empirismo como una forma aceptable de escape, no tendría ningún reparo en santificar la raza y la creación. Pero los años no han pasado en vano y he aprendido a esconderme de la manipulación que ejercen los poderes espirituales o terrenales y a desconfiar de cualquier tipo de sonrisa afable que quiera iluminar mi camino. Yo elijo la senda, yo elijo el camino.

Hace casi cincuenta años que me pregunto «¿Cómo?», aunque sólo hace unos pocos meses que conozco la respuesta.

Besos y abrazos

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Email del 27 de noviembre 2011

Gerhard Richter, «Candle» (1982)

Hola:

Nacer es cuestión de suerte, morir necesidad; entre estos dos pasos pasos biológicos del ciclo de vida y muerte, adquirimos la facultad de razonar y, gracias a esa peligrosa y temible capacidad, desarrollamos una estúpida justificación existencial que nos permite negar la inutilidad del proceso. Pero mientras nos enfrentamos a la evidencia, el tiempo pasa….

Algunos viven porque no son saben cómo morir y los hay cobardes que prefieren transformar el dolor en placer, autoconvenciéndose día a día de que la vida es un regalo inapreciable y no una tortura recurrente, aunque por otra parte se muestran incapaces de alabar el contrasentido y sinsentido de la realidad que les atormenta. Su mayor y único aliado aliado en este juego de perdedores eternos es la razón. La razón, sí, esa palabra obscena que atosiga nuestros sentidos; ese vocablo procaz que sugiere y organiza los bajos instintos; ese término perfecto que inmoviliza con falacias complacientes.

Sólo tenemos que mirar a nuestros ojos reflejados en un espejo y sedados por los innumerables recuerdos registrados en nuestro dañado procesador, para percibir con absoluta certeza que estamos solos. Una palmada estimulatoria nos da la bienvenida a la soledad cuando nacemos y una oración aislada nos despide de ella.

Besos (de un trozo de carne ibuprofenado y paracetamolecido)

Pd: Hoy no me encuentro para escribir emails graciosos. He descubierto un montón de lamentos disfrazados de identidad irreal y como tú eres mi amiga, de alguna manera, estás obligada a llorarlos conmigo.

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Segundo email del 26 de noviembre 2011

 Van Gogh, «Un par de zapatos» (1887)

Hola otra vez:

Llevo media mañana buscando el zapato del pie izquierdo pero no logro encontrarlo. Ayer los dejé a los dos juntitos debajo de mi cama, como siempre, y esta mañana sólo he podido encontrar uno. He tenido que ir a echar la primitiva saltando a la pata coja y por el camino un renco me ha insultado por intrusismo. ¡Es increíble! ¿Habrá entrado un ladrón a robar mientras dormía y viendo que no había nada de valor ha optado por llevarse un zapato, quizá para usarlo de cenicero? Una cosa está clara, el calzado no tiene vida biológica y mucho menos capacidad para jugar al escondite, además hasta donde yo sé  es incapaz de desmaterializarse sin la ayuda de un desmaterializador de rayos Gamma, y estos, de momento, sólo se fabrican y comercializan en Urano. Podría sacarle partido a esta alucinante historia escribiendo un cuento que se titulara «El misterio del zapato italiano de marca desaparecido», «The shoe is missing» si lo quiero publicar exclusivamente para los lectores angloparlantes o «Wangu wa kushoto kiatu» si lo quiero publicar en Zimbabue, Uganda, Mozambique, Congo, Ruanda, Burundi, Somalia, Tanzania y Kenia.

Te preguntarás la razón por la cual un vulgar zapato me saca de mis casillas, pero si te digo que lo compré (junto a su compañero que aún no me ha abandonado) en El corte inglés y que me costaron 134 euros y un ataque de pánico, pues el vendedor era disléxico mental, quizá te respondas a ti misma. De momento ignoro cómo voy a salir a la calle esta tarde, a no ser que me ponga las pantuflas y encadene la vergüenza a la bajante del fregadero. Tengo más pares, desde luego, pero están tan pasados de moda que si me atreviese a usarlos podría ser deportado a la Favela da Antiga Fazenda Botafogo en Río de Janeiro.

Lo que más me altera de esta situación kafkiana es pensar que el zapato que falta era mi preferido del par. A él le daba los mimitos que le negaba al otro; con él usaba plantilla de devor-olor cada dos meses, mientras que con su colega nunca utilicé ni una de cuero de fabricación casera. En el fondo estoy totalmente convencido de que algún día volverá arrastrándose e implorando el perdón cual zapato pródigo, pero entonces yo lo rechazaré con actitud firme mientras acaricio y estimulo a un calzador de plástico.

Te cuento todo esto para que no malcries a tus botas de cremallera con tacón grueso.

Un abrazo

Nota: Email patrocinado por el gremio de zapateros españoles.

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Email del 26 de noviembre 2011

Tom Wesselmann, «Great American Nude No. 97» (1967)

Buenos días:

Son las seis de la mañana y el silencio total va ser profanado, pues tengo que sonarme o moriré de asfixia. Este resfriado me está jorobando un montón y los efectos del ibuprofeno y paracetamol cada ocho horas son inexistentes, así que he decidido curarme a base de cigarrillos continuados y caladas profundas. Ya no me importa que los oídos me silben los últimos hits, ni siquiera que al tragar saliva el dolor me haga visitar Neptuno sin reserva ni billete. Voy a curarme siguiendo las recomendaciones del doctor Greg y a dejarme de paparruchadas. Exceptuando a mi prostituta favorita, nadie conoce mi cuerpo como yo mismo, ¿por qué debería confiar en los matasanos? Casi nunca aciertan y las pocas veces que lo hacen es de pura chiripa. A estas alturas el único consuelo que me queda es comprobar que un tanto por ciento muy elevado de la población de mi barrio está igual o peor que yo. Y me imagino que lo mismo sucederá en todos los distritos, excepto en El Botànic, pues allí ya están todos muertos.

Estoy cansado de pensar y de escribir, creo que debería tomarme un respiro y dedicar mi tiempo a insultar a la gente desde mi ventana o desde el balcón, que me da más ángulo de visión. Con un poco de suerte me encerrarían unos cuantos años en la cárcel o en el manicomio, o quizá en ambos sitios a la vez y eso me aseguraría la manutención y el lavado, planchado y secado de la ropa. Por cierto, la ropa interior me queda un poco apergaminada y a veces me molesta y sobre todo me rasca, de ahí ese andar típico mío. ¡Ahora ya entiendo por qué los albañiles y poceros me silban! Antes de ayer uno incluso me gritó: «¡ese andar respingóóóón y con lereleeeee!» ¿Podrías darme un buen consejo acerca de los suavizantes y la forma correcta de dosificarlos para sacarles un verdadero partido? He usado prácticamente todos los del mercado, desde las marcas blancas hasta Vernel o Mimosín y el resultado siempre es el mismo.

Querida, voy a dejarte, necesito pintarme las uñas de los pies y no se dónde está  mi pintauñas fucsia satín de Margaret Astor. En realidad lo aborrezco, pues tiene la punta en diagonal y usarlo resulta dificultoso, pero maquilla las uñas muy bien y no deja rayas, además es de secado ultra rápido y no se descascarilla hasta pasadas varias semanas.

Besazos

PD: Acabo de descubrir tres cosas terribles:

1) Tengo 38.50 de fiebre.
2) El dueño del bar de la esquina se acuesta con su mujer.
3) No soy lo que parezco, aunque lo intento con todas mis fuerzas.

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Email del 25 de noviembre 2011

Ivan Shishkin, «Bench at the mail» (1872)

Hola:

Hoy es viernes, el día que los cristianos utilizan para comer pasta, huevos o verdura, aunque conozco a algunos que se atiborran de chuletas de cordero porque saben que con una penitencia de treinta Credos o Ave Marías la absolución les deja el cajetín donde se guardan las blasfemias limpito y reluciente. Hasta dónde puedo recordar, yo sólo me confesé una vez, cuando tenía 8 años, justo después de tomar la primera comunión, aunque no recuerdo el castigo que me fue impuesto.

Los viernes es el día de mercadillo en mi barrio, desde mi habitación puedo escuchar el ruido que hace la gente mientras compran o roban los productos que los comerciantes tienen a la venta. Algunas veces incluso oigo el sonido de disparos,  sirenas de policía y gritos de los paramédicos intentando salvar una vida. Las pocas veces en las que me digno recorrer las calles atestadas de gente descontrolada por adquirir artículos baratos o gangas made in China es para comprar alguna planta, maceta de terracota o fertilizante con altos contenidos de nitrógeno, fósforo y potasio. Bueno, si quieres que te sea sincero, hace años compré una funda de edredón por doce euros que se rompió al tercer día de usarla. ¡Y eso que suelo cortarme las uñas de los pies!

Invariablemente, mañana será sábado y supongo que no haré grandes cosas; quizá me dé una vuelta por la parte vieja de la ciudad y acabé sentado en un banco público observando a la gente. No sabes lo beneficioso para la salud que puede llegar a ser ejercer de mirón pues mientras escudriño, medito sobre el comportamiento humano y su forma de proceder cuando están convencidos de que ningún ojo les contempla. Supongo que mi entretenimiento no es muy ético, pero qué diantres, ¿a quién le importa la ética?

Los días de la semana transcurren como siempre, aburridos, pero a una velocidad increíble. No hace prácticamente nada yo era un chaval y ahora rozo la cincuentena. Es posible que en todos estos años haya aprendido bastantes cosas pero también que me haya hecho más germánicamente insensible y que parte de mis ideas rayen la intolerancia, pero envejecer implica ciertas bagatelas. Hay que pagar un precio por cada año que se cumple y el mío no es ni más alto ni más bajo que el de cualquier humano asqueado.

Espero que el paso del tiempo no influya en tus decisiones y que éstas, lejos de ser una repetición de anteriores, sean el comienzo que sigue a cada pequeño final.

Besos.

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Segundo email del 24 de noviembre 2011

Anselm Kiefer, «Sternenfall» (1995)

Hola por segunda vez en un momento diferente:

En algún punto de la irrealidad estéril que trabajosamente diseño, existe un anverso proyectado que lo difumina todo. Cuando intento tocarlo se desvanece y entonces es cuando me doy cuenta de que no soy más que un color desechado que busca impaciente una paleta donde asentarse. Mientras escudriño posibles superficies, el artista supremo me rechaza y con la espátula determinante me devuelve al tubo, un trabajo dificultoso pero que para él tiene una apropiada recompensa.

Camino por la calle mojada de lluvia y los adoquines de piedra desgastada cobran vida, se lamentan de su desdichado destino y lloran lágrimas duras que comprendo, concibo, interpreto; las recojo y las guardo en el bolsillo; algunas se niegan a ser sujetadas y se desvanecen ante mis ojos, pero la mayor parte aceptan su destino.

Ya no soporto el peso de las muecas transparentes y concibo el espacio como parte de mi Lebensraum particular. Me dirijo hacia ese lado porque no puedo comprender que exista otro lado y me acuesto en el único catre en el que nadie se atreve a yacer.. El hedor a tierra quemada puede olerse durante los momentos en que no existo, porque básicamente:

Soy mis días y mis noches, mi sonrisa escondida y mi lamento perpetuo; soy como una hoja sin estípulas y a veces vuelo y me traslado con el viento. Soy alguien que nadie desearía ser, que se acurruca mientras soporta un desmesurado aguacero. Soy la mitad del contenido total de los sueños más inútiles y a veces me deslizo entre los intersticios que aparecen en el horizonte aparente. Soy como una piedra consumida por una corriente; soy esa pequeña salpicadura que ensucia las perspectivas isométricas. Soy mi propio doctor, mi psicólogo, mi amante y cuando muera, será porque habré sido mi propio asesino.

Besos desiguales, pero inventados de la misma manera.

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