abril 2021

Email del 29 de abril 2021

 

Piero Manzoni. Artist shit (1961)

Amiga:

Siempre he sufrido cierto grado de trastorno obsesivo, por esa razón, la primera vez que tuve una idea genital me quedé francamente asombrado. En realidad yo solo buscaba una idea genial, pero algo sucedió en mi córtex y la representación mental se transformó en una compulsión genésica que concluyó cuando me puse primero encima, y al cabo de un cuarto de hora debajo de Rocío «pusy wide open» García, la trabajadora del sexo que ofrecía sus servicios disfrazados bajo el epígrafe «vendo acumulador de orgón» en Walapop y que luego se convirtió en mi mujer, tres años más tarde en mi exmujer, y recientemente en la archienemiga que se quiere apropiar de todas mis posesiones materiales, aduciendo que su actual ocupación como maniblaj no le da para vivir dignamente. Por cierto, cuando mi abogado matrimonialista me comentó lo de su profesión actual, maniblaj, se me ocurrió contestarle «que por mí como si intentaba un triple pedicoj dentro de un troj con un cambuj en el rostro», aunque para mi asombro ni se carcajeó ni me preguntó por las definiciones de las palabrejas, que por cierto existen en el idioma castellano.

Cambiando de materia, recordarás que en algún email te he hablado de mis dos conjuntos de mierdas psicóticas: las claramente estructuradas y las claramente desestructuradas. Pues bien, me siento henchido de gozo al presentarte el nuevo conjunto al que he denominado «conjunto de mierdas psicóticas oscuramente estructuradas». Y no solo eso, actualmente estoy diseñando un cuarto conjunto de mierdas psicóticas oscuramente desestructuradas que verán la luz entre julio y septiembre. Si Dios quiere.

Greg Bundy 

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Email del 27 de abril 2021

 

Mikhail Nesterov. The hermit (1889)

El siguiente texto es, además de mortalmente aburrido, totalmente verídico.

Desde los 16 hasta los 24 años fui músico y politoxicómano. En 1987 probé por primera vez la única droga a la que me había resistido hasta entonces: la heroína. Ocurrió mientras trabajaba con serpientes venenosas en un destartalado zoo en Elche regido por un gángster psicópata. No voy a dar su nombre porque creo que todavía vive y estoy seguro de que no dudaría en mandarme a alguno de sus amigos peligrosos. Me pasé los dos siguientes años inyectándome speedball en vena hasta que ya no me quedaron conductos que taladrar. A mediados de 1989, cansado de tener que ir «a pillar» con una pistola para que no me robasen el adulteradísimo caballo, pedí ayuda a mis padres y con el refuerzo de un psiquiatra hijo de la gran puta y un montón de fármacos logré desengancharme. Desde ese día no he vuelto a probar ninguna droga. Ni siquiera el alcohol, que es el lógico sustitutivo para un exyonki. 

Han pasado más de 30 años, sin embargo en ocasiones sueño con cucharas, limones, mecheros, jeringuillas, sangre y monos. Nunca me he arrepentido de haber sido un puto heroinómano. Podría tratar de explicar la razón, pero no voy a hacerlo. ¿Por qué? ¿Por qué?

Convertirse en un adicto implica aceptar un nuevo padre, una nueva madre, una maravillosa novia y quizá el único Dios que existe. Por supuesto que solo existe en la mente del enfermo. Porque un yonki es un enfermo. Un enfermo que debe mentir, robar y amenazar para poder chutarse su dosis de jaco al 3 o 4 por ciento y mierda de diferentes procedencias al 96 o 97 por ciento. En realidad, si se analiza detenidamente, no es muy diferente de estar enganchado a una religión o a un partido político totalitario. Los religiosos se meten estupideces en el cuerpo que les producen una especie de mono asintomático, por lo menos físicamente, aunque son capaces de hacer cualquier cosa por su pequeña dosis de falsa fe que les ayude a pasar una providencial jornada entera. Los fascistas… bueno, ni siquiera voy a gastar un minuto de mi tiempo con ellos. Son escoria y deficiencia a partes iguales. ¿Por qué? ¿Por qué?

Lo que trato de explicar, si es que trato de explicar algo, es que me encuentro en una etapa en la que a menudo tengo que convencerme de que el suicidio no es una solución adecuada y mucho menos coherente. Pero tampoco lo es echarle huevos a la existencia y a los badulaques que la convierten en inexistencia. Entonces, si no desaparezco ni lucho, ¿qué diantres es lo que debería hacer? Lo que llevo haciendo desde hace poco más de una década. ¿Qué llevo haciendo desde hace más de una década?  

 

«Al pasar los cuarenta años, todo hombre que posea alguna capacidad intelectual, es decir, todo hombre que tenga un poco más de inteligencia que la concedida por la naturaleza a las cinco sextas partes de la humanidad, difícilmente dejará de presentar algunas señales de misantropía.»
(Arthur Schopenhauer) 

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Email del 19 de abril 2021

Luc Tuymans. Suicide (1975)

Nadie sabe lo que es capaz de hacer hasta que lo hace. Yo intento hacer planes que invariablemente se irán a la mierda. Otros hacen lo que pueden mientras pueden, sin darse cuenta de que todo terminará de la misma forma que comenzó, es decir, de una manera absurda, ilógica o banal. Mientras trato de transformar todo lo que me resulta insólito y excepcional en una especie de larga exhortación destinada a enardecer mi desgalichada inseguridad, o mejor, mi aveloriado desequilibrio, el tiempo pasa… 

Me encontraba sentado en un banco municipal rodeado de acerifolias, araucarias, casuarinas y eucaliptos. Mi rabelesiano, aunque malhadado cerebro trabajaba de lo lindo, y la prueba irrefutable es el párrafo anterior. Sin embargo el sonido de la existencia me abrumaba. El ruido que hacían las personas y los coches al pasar a unos pocos metros de mí me recordaba que nadie en todo el país sabía que yo existía. De repente un mirlo saltó desde una rama hasta un círculo dibujado por alguien en el suelo y comenzó a danzar como si fuera un derviche enajenado. Mi reacción fue claramente ojiplática y cuando me repuse de la hipnosis visual me entraron ganas de llorar. Pero no lo hice. En realidad no sé por qué me reprimí. Quizá porque en esos instantes me sentía una piltrafa hipotónica con un grado medio de esquizoafectividad producida por la autoimpuesta interacción social.

Mientras caminaba hacia mi casa los pensamientos que se arremolinaban en mi sesera comenzaron a pesar y mi cabeza se ladeó hacia la derecha. Cuando subía las escaleras me crucé con alguien que me saludó con una risita. Abrí la puerta. Entré dentro. Cerré la puerta. Abrí un cajón. Saqué un cuchillo. Cerré el cajón. Abrí una gran vena. La sangre cayó al suelo. Me entró un ataque de risa…

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Email del 7 de abril 2021

 

Kiril Kolev. The penis of God (21st century)

«¿Quieres tener la polla más grande? Con la ayuda de Dios lo conseguirás». Cuando me fijé en el inmenso anuncio y leí su mensaje explícito me quedé realmente atónito. Lo primero que pensé es que si ese altísimo numero de paletos y borregos que seguían las leyes de aquella escisión religiosa habían llegado al punto de usar el nombre de su deidad inexistente -que tanto dolor había proporcionado a los corazones de muchos hombres y mujeres- entonces, ¿qué es lo que serían capaces de vender en sus siguientes reclamos comerciales? Sin embargo, mientras trataba de permanecer pluscuamperfectamente desapasionado de arriba a abajo, sobre todo en la parte superior, que es donde se esconde ese órgano denominado cerebro, algo en forma de vocecita absurda e irracional empezó a taladrar mis pensamientos. «¿Y si es verdad?». «¿Y si por el mero hecho de creer en algo superior, ese algo más o menos superior y omnímodo me concede algunos de mis deseos más fehacientes?». «Estoy seguro de que con la minga más grande se me rifarían las mujeres». «¡Pero también los hombres!». «Quizá es mejor seguir como estoy, aunque tengo entendido que la bisexualidad…». «Joder, sí, quiero tener la polla más grande». 

Y de esa forma inicié mi camino espiritual hacia ninguna parte. Sin embargo, aun desconociendo el emplazamiento exacto de dicha parte, fui totalmente capaz de alcanzar el final mucho antes de lo esperado. Por supuesto, después de darme cuenta de que en realidad todo formaba parte de una idea compleja y equivocada, decidí que lo mejor que podía hacer era plasmar mis experiencias en un libro. Por eso escribí El calzoncillo encantado y su versión corregida y aumentada exclusivamente para el público anglosajón, I’m fed up, ambos actualmente descatalogados y bastante complicados de encontrar. 

Ahora, debido al inexorable paso del tiempo, soy más inteligente. Mi polla sigue del mismo tamaño pero por lo menos he aprendido a no seguir dioses. Intento justificar mi vida jugando al ewale con la familia de nigerianos que viven en una tienda de campaña plantada en la azotea. Nunca gano, pero eso es algo que no me importa demasiado. Cada vez que me despido de ellos me suena el estómago. Y a menudo esos mismos borborigmos acentúan mi impresión de que voy a morir pronto. Cuando eso suceda pienso legar mi polla a la Facultad de Medicina de Valencia, pero no para que la estudien, sino para que la cuelguen en la pared con una chincheta justo al lado de los esófagos fabricados con gutapercha. 

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