Email del 27 de abril 2021

 

Mikhail Nesterov. The hermit (1889)

El siguiente texto es, además de mortalmente aburrido, totalmente verídico.

Desde los 16 hasta los 24 años fui músico y politoxicómano. En 1987 probé por primera vez la única droga a la que me había resistido hasta entonces: la heroína. Ocurrió mientras trabajaba con serpientes venenosas en un destartalado zoo en Elche regido por un gángster psicópata. No voy a dar su nombre porque creo que todavía vive y estoy seguro de que no dudaría en mandarme a alguno de sus amigos peligrosos. Me pasé los dos siguientes años inyectándome speedball en vena hasta que ya no me quedaron conductos que taladrar. A mediados de 1989, cansado de tener que ir «a pillar» con una pistola para que no me robasen el adulteradísimo caballo, pedí ayuda a mis padres y con el refuerzo de un psiquiatra hijo de la gran puta y un montón de fármacos logré desengancharme. Desde ese día no he vuelto a probar ninguna droga. Ni siquiera el alcohol, que es el lógico sustitutivo para un exyonki. 

Han pasado más de 30 años, sin embargo en ocasiones sueño con cucharas, limones, mecheros, jeringuillas, sangre y monos. Nunca me he arrepentido de haber sido un puto heroinómano. Podría tratar de explicar la razón, pero no voy a hacerlo. ¿Por qué? ¿Por qué?

Convertirse en un adicto implica aceptar un nuevo padre, una nueva madre, una maravillosa novia y quizá el único Dios que existe. Por supuesto que solo existe en la mente del enfermo. Porque un yonki es un enfermo. Un enfermo que debe mentir, robar y amenazar para poder chutarse su dosis de jaco al 3 o 4 por ciento y mierda de diferentes procedencias al 96 o 97 por ciento. En realidad, si se analiza detenidamente, no es muy diferente de estar enganchado a una religión o a un partido político totalitario. Los religiosos se meten estupideces en el cuerpo que les producen una especie de mono asintomático, por lo menos físicamente, aunque son capaces de hacer cualquier cosa por su pequeña dosis de falsa fe que les ayude a pasar una providencial jornada entera. Los fascistas… bueno, ni siquiera voy a gastar un minuto de mi tiempo con ellos. Son escoria y deficiencia a partes iguales. ¿Por qué? ¿Por qué?

Lo que trato de explicar, si es que trato de explicar algo, es que me encuentro en una etapa en la que a menudo tengo que convencerme de que el suicidio no es una solución adecuada y mucho menos coherente. Pero tampoco lo es echarle huevos a la existencia y a los badulaques que la convierten en inexistencia. Entonces, si no desaparezco ni lucho, ¿qué diantres es lo que debería hacer? Lo que llevo haciendo desde hace poco más de una década. ¿Qué llevo haciendo desde hace más de una década?  

 

«Al pasar los cuarenta años, todo hombre que posea alguna capacidad intelectual, es decir, todo hombre que tenga un poco más de inteligencia que la concedida por la naturaleza a las cinco sextas partes de la humanidad, difícilmente dejará de presentar algunas señales de misantropía.»
(Arthur Schopenhauer)