enero 2021

Email del 31 de enero 2021

 

Wassily Kandinsky. Tensión suave n.º 85 (1923)

En sus bolsillos solo se encontraron dos hojas garabateadas. La primera era una arrugada factura por la adquisición de un acotillo en la que habían dibujados un eneagrama y un eneágono en la parte inferior. La segunda era una hoja cuadriculada perteneciente a una libreta barata que contenía lo que parecía un párrafo bastante largo, inconexo y sobrecogedor. 

«Como ese legítimo y acreditado hedor que a menudo asocio con la naftalina, así has entrado en mi vida. A partir de ahora depende de mí y de la rugiente urgencia de mis impulsos cognitivos expulsarte de ella. Te trataré como a un supositorio. Plastificaré tu nombre. Transformaré tu sujetador push-up en un estrapalucio. El sol es infeliz. La luna está abuhada. Sacaré mis intestinos de cada uno de tus agujeros adulterados. Y obtendré un líquido oscuro y fétido que canjearé por la necesariamente válida abundancia que me otorgan los dientecillos puntiagudos… de la chinatera perforadora… que agujereó la máscara vudú de los santeros umbaru… con esa urgencia fragosa y no evidente, pero que de alguna extraña manera, necesita algún tipo de demostración». 

(La trabazón del recipiente de piedra) 

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Email del 29 de enero 2021

 

John A. Coughlin. Detective Story Magazine, pulp cover (1929)

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso de la habitación del culito blanco.


El sargento Arándano abrió la puerta y dejó pasar al churrero castañero y detective aficionado García Pérez saludándole con un movimiento espasmódico de sus ojos. Ambos se dirigieron hacia la habitación donde descansaba para siempre el coleccionista de objetos inútiles, Gabriel Garbanzo. En la puerta de dicha estancia una placa dorada daba la bienvenida a cualquiera que quisiese traspasar la línea.
—¿Ha-bi-ta-ción del culito blanco?— Preguntó García Pérez al mismo tiempo que se atusaba los pelos de la nariz que le asomaban asalvajados por las narinas.
—Sí, este tipo bautizaba todas sus habitaciones. Ahora verá por qué la llamó así.
La estancia era amplia y bastante agradable. En el centro una vitrina extraordinariamente iluminada resaltaba lo que parecía ser un culo fabricado en mármol blanco de Carrara. Sobre la base, un diminuto letrero plateado advertía que dicho trasero era una réplica fiel de las benditas y sublimes asentaderas de la señorita Mónica Repollo (sic). 
—Este cu-li-to blanco es tan de co-ra-ti-vo como un bocadillo de fuagrás- Exclamó García Pérez.
—Pues a mí me parece un trasero mirífico, claro que a mí me chiflan todos los culos. Quiero decir, los femeninos. ¡Eso que quede muy muy muy claro!- Añadió el sargento Arándano.
—¿Mi-rí-fi-co? Yo más bien diría que es om-ní-mo-do, por su tamaño. Y si me lo permite añadiría que pro-vec-to, zonzo y ve-ná-ti-co.
—Bueno, ejem, sí. Creo que debería ver al fiambre. Venga por aquí, por favor, García.
Detrás de una mampara de vidrio translúcido que separaba una parte de la extensa habitación yacía tirado sobre el suelo, Gabriel. Lo primero que le llamó la atención a García Pérez no fue la gran cantidad de sangre que rodeaba al cadáver, sino el instrumento raro que este tenía clavado en el cuello.
—Sargento A-rán-da-no, ¿qué es eso? No parece un cu-chi-llo…
—Es un… un… ¡Espere! Cabo primero Brécol, acérquese, por favor y repítame el nombre de eso que… de esa cosa…
—Mi sargento, es un tallador de Ward.
—¿Un ta-lla-dor de qué?
—Un tallador de Ward. Un instrumento odontológico, señor García Pérez.
—Muy bien, Brécol, puede retirarse y proseguir con lo que estaba haciendo.
—A sus órdenes, mi sargento.
—¿Un instrumento o-don-to-ló-gi-co? ¡Es extraño! Sargento, creo que un su-bal-ter-no suyo le está haciendo gestos con la mano.
—Ah, es el cabo Chufa. ¡Acérquese, cabo Chufa. ¿Qué quiere?
—Sargento Arándano, fuera hay una mujer que quiere entrar. Dice que necesita hablar con el comisionado Soja. 
—¿Quién cojones es ese comisionado? Jamás oí hablar de él.  
—Mi sargento, ella ha confundido al señor García con el comisionado Algarroba.
—¿Algarroba? Creí que era el comisionado Soja…
—Mi sargento, comisionado Soja Algarroba.
—¡Ca-bo Chufa!
—Dígame, señor García.
—Con el permiso del sar-gen-to Frijol, quiero decir, del sargento Gar-ban-zo, tome declaración a esa mujer, pero fuera, y si cree que algo de lo que dice tiene algún sen-ti-do y está relacionado con la víc-ti-ma, avísenos, por favor.
—Por supuesto, señor García Pérez. 
Mientras el sargento Garbanzo y el churrero castañero y detective aficionado García Pérez intentaban llegar a una conclusión que les satisficiera a ambos y fuese capaz de satisfacer a los de arriba, es decir, esa clase de gente con multitud de estrellas doradas a los cuales absolutamente nada les satisface, se escuchó un chirriar de ruedas. Estaba claro que alguien acababa de pisar el freno en la calle. Se trataba del cabo mayor Boniato, que al bajar del vehículo a toda prisa perdió el equilibrio dándose un morrazo contra el asfalto que hizo que tanto sus compañeros como las diez o doce personas que esperaban cerca de la puerta de entrada aplaudieran entusiasmadas.
—¡Menuda leche te has pegado, Boniato! —gritó el cabo Coliflor que en esos instantes estaba sentado sobre un macetero vacío.
—¡Joder! ¡Sí! ¿Dónde está el sargento Arándano, Coliflor? Tengo algo importante que decirle. ¿Dentro? Gracias.
—¡Sargento Arándano! ¡Sargento Ránadano! ¡Aran, Arándano! ¡Lo he conseguido! ¡Lo he conseguido! ¡Acabo de hablar con el dentista de la víctima! 
—¡Sacúdase el polvo, cabo! 
—Sí, mi sargento.
—¿Y bien?
—¿Y bien, qué, mi sargento? 
—¡Lo que acaba de hablar con el dentista del finado Gabriel Garbanzo, imbécil.
—¡Ah, sí! He estado conversando con el doctor Haba, el odontólogo del muerto… de la víctima. Me ha dicho que hacía más de cinco años que no había ido a su consulta. La última vez fue el 34 de marzo de…
—¿El 34 de marzo?
—Eso tengo escrito en mi libreta, sargento. Puede que escuchara mal…
—Está bien, Boniato, lárguese.
—¿A dónde quiere que me largue, mi sargento?
—Se lo voy a decir muy lentamente, como si usted fuese retrasado mental, que por supuesto no lo es. ¿Váyase a la put…   
—No se sul-fu-re, sargento Arándano. Usted, cabo Boniato, vá-ya-se a tomar una cerveza. Se la ha merecido. Sargento, debe cuidar esos cambios cog-ni-ti-vos. 
—Tiene usted razón, señor García Pérez. Mire, el cabo Chufa me hace gestos otra vez. Venga, cabo. ¿Qué quiere ahora?
—Sargento Arándano, afuera está el comisionado Soja…
—¿Otra vez la tipa loca esa?
—No, mi sargento. Esta vez es el comisionado en persona.
—¿Y qué cojones quiere? Así no se puede resolver un caso…
—Verá, mi sargento, el señor comisionado Soja busca a la mujer que antes le buscaba a él. Ya sabe, la dama que confundió al señor García Pérez con él, con el comisionado Soja Algarroba, que por cierto no se llama Soja Algarroba, sino Soja Albahaca.
—¿Ah, sí? Vaya por Dios. ¡No pienso salir! ¡Dígale que me he ido a Lourdes!
—Cabo Bo-nia-to…
—Soy el cabo Chufa, señor Arándano, perdón, quise decir, señor García Pérez.
—Cabo Chufa, quí-te-nos de en medio a ese co-mi-sio-na-do. ¿Cree que podrá ha-cer-lo?
—Delo por hecho, señor Pérez García.
—Es Gar-cía Pérez. 
La mañana siguió como había comenzado. Las interrupciones se hacían las interesantes, como si fueran rameras castas, y la paciencia del sargento llegaba poco a poco a un punto sin retorno. Como el estoicismo del churrero castañero y detective aficionado García Pérez hacía horas que se había desbordado, ambas eminencias detectivescas decidieron largarse al bar más cercano.
—Sargebto primkero. Perdón. Maldito día. ¡Sargento primero Brécol! Por favor, acérquese que le voy a dictar las órdenes para la tarde.
—¡A sus órdenes, mi safsento. ¡Mi sargento! Discúlpeme, yo también estoy mu nervoso…
—Sargento primero, hasta que vuelva, o mejor, hasta que volvamos tanto el churre… el señor García Pérez y yo, si es que volvemos, usted llevará el mando. 
—Es una gran oportunidad la que usted me brinda, señor.
—Sí, lo es. Mientras le brindo esta oportunidad, el señor García y yo estaremos brindando con dry martinis. Si sucede algo, hágase cargo usted mismo, por supuesto con la libertad a la que desde este instante le asciendo… ¡o telefoneé a ese imbécil del comisionado Altramuz o Judía o Soja o como diantres se quiera llamar!
Mientras los dos hombres se alejaban del lugar un distímico fallecía en alguna parte del mundo. Quizá algunos más. ¿Qué importa la muerte? ¿Qué importa la putrefacción líquida supurosa? Vivimos, brindamos con martinis secos y acudimos acelerados de una forma indigna al váter más cercano porque vivimos en un sueño. Que dicho sueño sea un sueño sin sueños… importa una puta mierda. 

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Email del 24 de enero 2021

 

Giorgio de Chirico. El mal genio de un rey (1915)

Querida:

Ranfanfanfan, a veces también llamado Fanranranran, Ranfan o Fanran, es un tipo bastante peculiar, tanto físicamente como en su manera de comportarse cara a la galería, pues me consta que en la intimidad de su habitación, cada una de las diferencias propias que de alguna forma marcan su infinita extravagancia se transforman en lo que la mayoría de personas, más o menos ordinarias, calificarían de comportamiento social, ético y moral. En resumidas cuentas, cuando Ranfanfanfan no actúa, se sitúa. Todo lo contrario a como proceden los sujetos como tú o como yo, que nos creemos los adalides de la conducta determinada, espontánea y connatural. ¡Fanranranran es único! Y como ser singular tiene la capacidad de transmutarse en cenutrio cuando está con badulaques, en astuto cuando se codea con los pocos organismos perspicaces que quedan en el planeta, o en venerable y virtuoso santurrón cuando quiere sacar provecho de alguien.  

He traído a colación el ejemplo de Ranfan porque he llegado a ese punto en el que pienso que sería más feliz o, como mínimo, me sentiría menos miserable y desgraciado, si comenzase la transformación a HGP (es decir, hijo de la grandísima puta) que me pide el cuerpo. El problema estriba en que hasta para mutar a bastardo y malnacido se necesita poseer una cierta categoría de la que carezco por completo. Y no es que me sienta triste o deprimido por no llegar ni siquiera al mínimo de condición -o mejor, rango- que existe, el de paria de barrio, sino que me enorgullezco de representar a todos los Dx4 (desarraigados, delusivos, deletéreos y, por qué no, deicidas) de mi comunidad autónoma from Spain.

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Email del 15 de enero 2021

Kathe Kollwitz. Old man with noose (1923)

 

Cuando miro a Dodurio me parece un cruce entre un cadáver reviviscente y un doppelgänger con ureterocele. Recuerdo cuando todavía era feliz, y cómo lo demostraba en cualquier ocasión que se le presentase dando saltitos como una cacatúa dipsomaníaca. Y me acuerdo de su mujer Parajatalia, a la que todos llamaban Parajatali para acortar. Y de Fujinia y Soluci, que eran las abatatadas hermanas de Dodurio. Y de Magalda y Frutino. Y de Hujilo, Franiso y Padrila. Y de Sofrifrosa y Mogovulturin. Y de Sopotimia, Nonomonoran y Fragalasa. En realidad recuerdo a todos y a todas como si fuera ayer y hubiese ocurrido algo.   

Sin embargo todavía intentamos olvidar lo que no sucedió esa fatídica noche. Incluso Jolomio, que en aquellos instantes se encontraba a varios miles de kilómetros de distancia, y Quenineo, que todavía no había nacido, divagan a menudo con lo que podría haber llegado a ser el futuro familiar si hubiese sucedido algo, cualquier cosa, por insignificante que fuese o pareciese. 

Todos conocemos al poeta Gogopi. Algunos todavía hoy están convencidos de que en realidad se trataba de Nonomonoran disfrazado con un alias. En su magistral La conspiracion de los sucesos no acontecidos, Gogopi (o Nonomonoran) relató con toda precisión el cambio sufrido por Dodurio la noche en que no sucedió nada. Son mundialmente famosos los versos 34, 35, 36 y 37.

Nada, la nada, de nada.
Nada, para nada, por nada.
Carencia, ausencia, inexistencia.
¿De ninguna manera? ¡En absoluto!  

Cuando Dodurio dibuja una sonrisa forzada y hueca, un escalofrío me recorre la espina dorsal. A menudo intento que se sienta reconfortado con mi presencia, pero pocas veces soy capaz de conseguirlo. Aunque es un anciano, Dodurio quiere estar solo. Ni siquiera el silencio y la negación que envuelven como una losa negra los sucesos pretéritos ayudan a que desaparezca la tristeza de su rostro marchito. Ese rostro que en una ocasión esperó que sucediese algo…

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Email del 14 de enero 2021

 

Ilya Repin. State Council Hall (XIX-XX cent.)

Yo, Gregorio López Pérez, extremista nato con clara intencionalidad incomunicativa y residente en la calle Choricitos número 24, acepto libremente ser enculado por uno de los sodomizadores autorizados, regidos y administrados por el Estado. El decreto será ejecutado el próximo viernes 26 de abril siendo la administración gubernamental la encargada de dar por finalizado el acto. 

Fdo:

Don Gregorio López Pérez

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Email del 11 de enero 2021

 

Henri Matisse. My room at the beau-rivage (1918)

Badabadúm badúm badúm badúm badero.
Badabadúm badúm badúm badúm badero.
Cuando era jovencito me la comía yo solito, [1]
ahora que soy grandecito, que me la coman me cuesta un dinerito [2] 

(Adagio del sesentón célibe)

En mi habitación todo es «anti». Los muebles son «anti», mi cama es «anti». Las láminas sujetadas en las paredes con chinchetas son «anti». El escritorio y la silla ergonómica también lo son. Y por supuesto, el ordenador y el equipo de sonido. ¿Quizá te preguntes, y desde luego con todo el derecho del mundo, por qué uso el prefijo «anti», que implica oposición, con semejante ligereza. La respuesta es tan simple que me produce cosquillas cuando lo pienso detenidamente. Lo hago por dos sencillas, aunque extraordinarias razones: porque puedo y porque me sale de los dídimos. Claro que también puede ser porque de joven me golpeé accidentalmente la cabeza y me lesioné la glabela. Sea lo que fuere, el caso es que en mi habitación, tal y como he escrito en la primera línea, todo es «anti». Y cuando estoy en ella, me siento el perfecto unigénito, aunque en realidad soy un antiprimogénito [3]. Y cuando antidios se me aparece lo envió a la puta antimierda. Que es el lugar donde se cuidan de mi furia todos los jodidos antihumanos que han puesto en duda mi anticordura. Y que aunque no lo parezca, es de capi capi dura. 

[1] La minga, por supuesto. Entonces era un tipo muy flexible.
[2] Quizá no debería entrar en detalles.
[3] Aunque esta frase no tiene sentido en este texto, la he utilizado por los dos mismos motivos por los cuáles utilizo con tanta ligereza el prefijo «anti», es decir, porque puedo y porque me sale de los dídimos. Claro que también puede ser porque de joven me golpeé accidentalmente la cabeza y me lesioné la glabela.

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Email del 7 de enero 2021

 

Nicholas Roerich. The dog has gone (1895)

Arrítmias.

Me encuentro sentado en una terraza. La mascarilla me oculta casi tres cuartas partes de la cara. Mejor así. He de admitir que no estoy envejeciendo homéricamente. Un perro se pasea alrededor de mi mesa. Miro su culo y me parece ver en él una imagen de la Geperudeta. Por supuesto se trata de un claro ejemplo de pareidolia. Estoy a punto de santiguarme cuando de repente recuerdo que soy ateo militante y apóstata. Aparto al chucho suavemente con un pie y doy un trago a mi cortado descafeinado de máquina con leche natural y sacarina. El perro vuelve y me chupa los zapatos. Intento fotografiar su trasero para subir la imagen de la Virgen del ojete a Facebook, Twitter e Instagram, pero me es imposible porque en ese mismo instante alguien me saluda. Le miro fijamente pero no logro saber quién es. Le pido que se baje la mascarilla durante un microsegundo y me suelta un sermón de cojones sobre la seguridad y el jodido COVID 19. No reconozco su voz, así que le insto a que se identifique. Me mira fijamente, ladea la cabeza hacia la izquierda y luego se disculpa. Me ha confundido con otro. Se larga de la misma forma que apareció mientras yo experimento un pensamiento manifiestamente homicida. Giro la cabeza buscando al tuso de la Virgen pero este ha desaparecido. Guardo el teléfono móvil en el bolsillo y escucho un ladrido. Me levanto para ver si ha sido producido por el perro del culo santificado e inmaculado cuando noto que no soy capaz de guardar el equilibrio. Me desplomo sobre el suelo. Cuando me recupero y me incorporo siento una especie de calor suave y húmedo que baja desde las rodillas hasta los pies. Inclino la cabeza y allí esta él con aire satisfecho. El mismo aire satisfecho que percibe cualquier bestia o humano cuando ha meado. Me cago en su puta madre y me responde con un «arf arf» que me deja estremecido. Me pongo detrás de él y fotografío a la Virgen. Sin pompas y bajo la misma circunstancia que define cada hecho. El can me vuelve a lamer los zapatos empapados con su orina aunque con lengüetazos arrítmicos. Luego da la vuelta y se larga. Yo también me doy la vuelta y me largo.

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Email del 6 de enero 2021

Jackson Pollock. Number 5 (1948)

Querida:

Este es la canción del cinco. ¿Cuántos son cinco?
(Ábrete, Sésamo)

1-Debajo de una maceta que alberga un ejemplar mediano de drácena escondo mi última lista con ejemplos de oximorones revisada y ampliada el 23 de febrero del año pasado. Podría haber utilizado varias páginas de Word, pues la relación es bastante extensa, pero entonces me hubiera asemejado a un tipo normal y corriente. Ya sabes cuánto me esfuerzo para tratar de no ser confundido con un sujeto anodino del montón, de esos que hacen las mismas cosas a las mismas horas día tras día y que terminan cada jornada dando un disruptivo beso tan frío como la muerte a su pareja sentimental. ¡Quiero ser raro! ¡Raro de cojones! Más raro que un caramujo descoritado. O por lo menos tan raro como madame de Meuronwith. 

2-Voy a resolver esto. Debería haberlo solucionado hace dos o tres décadas, pero en aquellos tiempos solo me preocupaba de que me la chuparan como mínimo un par de veces cada 24 horas. Sí, sé que con mis palabras me estoy delatando, o por lo menos determinando cómo era yo en el espacio de tiempo que abarcó desde que tenía veintipocos hasta que cumplí los treintaymuchos. ¡Recuerdo cada una de las felaciones que me han hecho desde que Dámasa «la felatriz tricotilomaníaca» me proporcionó el primer orgasmo de mi vida! Sin embargo me es francamente dificultoso rememorar cómo, cuándo, y a qué afortunada le ofrecí la primera corrida, aunque a veces creo que nunca he proporcionado una corrida que pudiera ser tildada de mítica. Más que nada porque no creo que existan los orgasmos supremos, y mucho menos asíncronos, sobre todo si uno o una intentan llegar al éxtasis mientras piensan que esta puta vida es absolutamente finita y el dolor extraordinariamente supremo. 

3-La última vez que caminé por un ventisquero casi no lo cuento, pues la nieve me llegaba hasta por encima de la rodilla y el pueblo más cercano se encontraba a más de 12 kilómetros. Lo curioso del caso es que aunque todo es una burda patraña, pues sucedió en un pesadillesco sueño, todavía siento que estuve en peligro realmente. Y cuando relato mi falsa aventura a cualquier incauto, por supuesto adornada con un sinfín de perifollos, entonces, es cuando realmente siento que si existen los mentirosos es nada más que para complacer a los cándidos. No puedo llegar a imaginarme cómo sería la existencia de estos últimos, y hay un número escalofriante de ellos pululando felices e indolentes por todas partes, si no tuvieran uno o varios hijos de puta farsantes rondándoles como espectros avanzados del Hic et nunc.

4-En mi opinión, o mejor debería decir, en opinión de alguna de las innumerables personalidades que viven dentro de mí (34 hasta el momento), nadie es lo que cree que es. Ni siquiera lo que cree que no es. Todos somos nadie y nadie es nada, por lo tanto todos somos nada. Si la nada implica vacío, entonces, el vacío, que no es más que una puta y desdentada carencia, es una característica meramente humana. Necesitamos sentirnos huecos, porque de esa manera experimentamos la maravillosa desocupación emocional que tantas alegrías nos suministra. Si fulanito no quiere, o por lo menos no lo demuestra, a menganito, este puede irse a un puticlub y gastarse la paga de cuatro años en una orgía descomunal. Sin embargo, si fulanito quisiese de verdad y con todo su corazón a menganito, bueno, podrían suceder dos cosas: primera, que menganito no fuese al puticlub porque se sentiría, de alguna forma, chantajeado emocionalmente. Segunda, que fulanito convenciese a menganito para que le acompañase al puticlub, y entre los dos dilapidar las pagas futuras correspondientes a un lustro y medio y los ahorros de toda la vida, en una inmensa bacanal repleta de sexo sucio y brebajes con más de 85 % de graduación alcohólica volumétrica.  

5-Odio admitirlo, pero siempre que me siento marcadamente confuso, me siento marcadamente confuso.

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Email del 2 de enero 2021

 

Boris Grigoriev. Thief and prostitute (1917)

Me encontraba sentado sobre el suelo. Debajo de mí el hormigón vivía su propia vida. A varios metros por encima de mi cabeza, un número indeterminado de vigas de madera pretendían sentirse seguras. Desde la distancia que me proporcionaba mi posición traté de escudriñar cada uno de los cristales bellamente trabajados de las ventanas y los colores que vivían mimetizados en las paredes. Sin embargo, pronto me cansé y decidí levantarme e inspeccionar el resto de la casa. El espacioso y magníficamente situado salón me había dejado anonadado, pero el resto de la vivienda no se quedaba atrás en cuanto a belleza y disposición. De repente me entraron ganas de defecar, pero me encontraba lo suficientemente cansado como para ponerme a buscar un lavabo, así que decidí plantar el pino donde me encontraba. La mala suerte hizo que pisara las vainas con forma de aguja del pino y me pringara los botines. Como no se me ocurría nada, anduve por el corredor intentando encontrar algo que me sirviera para limpiarlos. Obviamente dejé la superficie de gres hecha una asquerosidad, pero necesitaba volver a tomar las riendas de mi propia existencia como caco, y en ese instante, como dueño y señor de un domicilio que no me pertenecía. 

Abrí la puerta y me encontré algo semejante a un inmenso estafermo muy antiguo y de un valor indudable. Seguí abriendo puertas, manchando el suelo con caca oscura y encontrándome tesoros maravillosos. El tipo que me había dado el soplo no se equivocaba, esta casa era en sí misma un botín excelente. Al final encontré un baño y lavé los botines. Aproveché para orinar y para escupir dentro del inodoro. Mientras me enjuagaba las manos pensé que no debía haber dejado el tacatá en el coche. También pensé en Serafina, la prostituta de 18 años que me reconfortaba habitualmente por menos de 100 euros. Supongo que seguí pensando, pensando y pensando, porque en un momento dado el agua comenzó a rebosar y caer al suelo. Me costó mas de 15 minutos encontrar un cubo y un mocho en la jodida casa, pero al fin dejé el váter hecho un solete. 

Desde uno de los suntuosos dormitorios telefoneé a Pancracio para que viniera con la furgo, pero no me cogió el aparato nadie. Luego llamé a Nicanor, a Apolonio, a Evelio y a Restituto, con idénticos resultados. Mientras intentaba hallar una forma de salir de allí con el máximo número de antigüedades posible comenzó a dolerme el brazo izquierdo y el corazón. El dolor se intensificó hasta convertirse en una tortura y caí al suelo. No podía respirar. No podía enfocar la vista. Me estaba muriendo. Traté de incorporarme pero fue inútil. De pronto escuché voces y todo se puso negro.

Lo primero que pude ver cuando volvió la luz fue un escudo de la Policía Nacional pegado con velcro a un hombro. El hombro estaba unido, y no con velcro precisamente, a un cuerpo, y el cuerpo finalizaba por la parte superior con una cabeza y un rostro que expresaba cansancio y cabreo a partes iguales. Estaba claro que me encontraba en la cama de un hospital y un madero me vigilaba a dos o tres metros de distancia. Cuando le pregunté si me encontraba en el cielo, más que nada porque siempre es lo que se suele preguntar en estos casos, él me respondió muy educadamente que no, que no estaba en el cielo, sino detenido. Luego me contó que seguía vivo gracias a que otros ladrones (tan imbéciles como yo, aunque un poco más jóvenes) me encontraron tendido en el suelo echando espumarajos por la boca. También me explicó que esos otros ladrones (tan imbéciles como yo, aunque un poco más jóvenes) estaban igualmente detenidos porque cometieron el error de comportarse como seres humanos y me trajeron a la clínica. Luego me dijo que llevaba 2 días encamado eligiendo si me moría o si vivía y que desde entonces habían intentado atracar la casa en 17 ocasiones, pues era un domicilio trampa ideado por los peces gordos de la poli para atrapar ladrones (tan imbéciles como yo, y de cualquier edad posible). Todo el tiempo que permanecí en la jodida vivienda estuve monitorizado por 23 cámaras de alta resolución y 32 micrófonos dinámicos inalámbricos. Incluso me soltó que como no encontraba el cubo y el mocho, y ya que mi velocidad era la misma que la de una tortuga con una o dos patas amputadas, tuvieron que dejar, con cuidado y en el más absoluto silencio, apoyados sobre el lugar donde los encontré, un sofá de estilo isabelino en madera tallada a mano y un tapizado repleto de flores de Damasco.

Cuando entró el médico, el poli y yo todavía nos reíamos como si fuéramos hienas tratadas con óxido nitroso… 

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