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| John A. Coughlin. Detective Story Magazine, pulp cover (1929) |
Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso de la habitación del culito blanco.
El sargento Arándano abrió la puerta y dejó pasar al churrero castañero y detective aficionado García Pérez saludándole con un movimiento espasmódico de sus ojos. Ambos se dirigieron hacia la habitación donde descansaba para siempre el coleccionista de objetos inútiles, Gabriel Garbanzo. En la puerta de dicha estancia una placa dorada daba la bienvenida a cualquiera que quisiese traspasar la línea.
—¿Ha-bi-ta-ción del culito blanco?— Preguntó García Pérez al mismo tiempo que se atusaba los pelos de la nariz que le asomaban asalvajados por las narinas.
—Sí, este tipo bautizaba todas sus habitaciones. Ahora verá por qué la llamó así.
La estancia era amplia y bastante agradable. En el centro una vitrina extraordinariamente iluminada resaltaba lo que parecía ser un culo fabricado en mármol blanco de Carrara. Sobre la base, un diminuto letrero plateado advertía que dicho trasero era una réplica fiel de las benditas y sublimes asentaderas de la señorita Mónica Repollo (sic).
—Este cu-li-to blanco es tan de co-ra-ti-vo como un bocadillo de fuagrás- Exclamó García Pérez.
—Pues a mí me parece un trasero mirífico, claro que a mí me chiflan todos los culos. Quiero decir, los femeninos. ¡Eso que quede muy muy muy claro!- Añadió el sargento Arándano.
—¿Mi-rí-fi-co? Yo más bien diría que es om-ní-mo-do, por su tamaño. Y si me lo permite añadiría que pro-vec-to, zonzo y ve-ná-ti-co.
—Bueno, ejem, sí. Creo que debería ver al fiambre. Venga por aquí, por favor, García.
Detrás de una mampara de vidrio translúcido que separaba una parte de la extensa habitación yacía tirado sobre el suelo, Gabriel. Lo primero que le llamó la atención a García Pérez no fue la gran cantidad de sangre que rodeaba al cadáver, sino el instrumento raro que este tenía clavado en el cuello.
—Sargento A-rán-da-no, ¿qué es eso? No parece un cu-chi-llo…
—Es un… un… ¡Espere! Cabo primero Brécol, acérquese, por favor y repítame el nombre de eso que… de esa cosa…
—Mi sargento, es un tallador de Ward.
—¿Un ta-lla-dor de qué?
—Un tallador de Ward. Un instrumento odontológico, señor García Pérez.
—Muy bien, Brécol, puede retirarse y proseguir con lo que estaba haciendo.
—A sus órdenes, mi sargento.
—¿Un instrumento o-don-to-ló-gi-co? ¡Es extraño! Sargento, creo que un su-bal-ter-no suyo le está haciendo gestos con la mano.
—Ah, es el cabo Chufa. ¡Acérquese, cabo Chufa. ¿Qué quiere?
—Sargento Arándano, fuera hay una mujer que quiere entrar. Dice que necesita hablar con el comisionado Soja.
—¿Quién cojones es ese comisionado? Jamás oí hablar de él.
—Mi sargento, ella ha confundido al señor García con el comisionado Algarroba.
—¿Algarroba? Creí que era el comisionado Soja…
—Mi sargento, comisionado Soja Algarroba.
—¡Ca-bo Chufa!
—Dígame, señor García.
—Con el permiso del sar-gen-to Frijol, quiero decir, del sargento Gar-ban-zo, tome declaración a esa mujer, pero fuera, y si cree que algo de lo que dice tiene algún sen-ti-do y está relacionado con la víc-ti-ma, avísenos, por favor.
—Por supuesto, señor García Pérez.
Mientras el sargento Garbanzo y el churrero castañero y detective aficionado García Pérez intentaban llegar a una conclusión que les satisficiera a ambos y fuese capaz de satisfacer a los de arriba, es decir, esa clase de gente con multitud de estrellas doradas a los cuales absolutamente nada les satisface, se escuchó un chirriar de ruedas. Estaba claro que alguien acababa de pisar el freno en la calle. Se trataba del cabo mayor Boniato, que al bajar del vehículo a toda prisa perdió el equilibrio dándose un morrazo contra el asfalto que hizo que tanto sus compañeros como las diez o doce personas que esperaban cerca de la puerta de entrada aplaudieran entusiasmadas.
—¡Menuda leche te has pegado, Boniato! —gritó el cabo Coliflor que en esos instantes estaba sentado sobre un macetero vacío.
—¡Joder! ¡Sí! ¿Dónde está el sargento Arándano, Coliflor? Tengo algo importante que decirle. ¿Dentro? Gracias.
—¡Sargento Arándano! ¡Sargento Ránadano! ¡Aran, Arándano! ¡Lo he conseguido! ¡Lo he conseguido! ¡Acabo de hablar con el dentista de la víctima!
—¡Sacúdase el polvo, cabo!
—Sí, mi sargento.
—¿Y bien?
—¿Y bien, qué, mi sargento?
—¡Lo que acaba de hablar con el dentista del finado Gabriel Garbanzo, imbécil.
—¡Ah, sí! He estado conversando con el doctor Haba, el odontólogo del muerto… de la víctima. Me ha dicho que hacía más de cinco años que no había ido a su consulta. La última vez fue el 34 de marzo de…
—¿El 34 de marzo?
—Eso tengo escrito en mi libreta, sargento. Puede que escuchara mal…
—Está bien, Boniato, lárguese.
—¿A dónde quiere que me largue, mi sargento?
—Se lo voy a decir muy lentamente, como si usted fuese retrasado mental, que por supuesto no lo es. ¿Váyase a la put…
—No se sul-fu-re, sargento Arándano. Usted, cabo Boniato, vá-ya-se a tomar una cerveza. Se la ha merecido. Sargento, debe cuidar esos cambios cog-ni-ti-vos.
—Tiene usted razón, señor García Pérez. Mire, el cabo Chufa me hace gestos otra vez. Venga, cabo. ¿Qué quiere ahora?
—Sargento Arándano, afuera está el comisionado Soja…
—¿Otra vez la tipa loca esa?
—No, mi sargento. Esta vez es el comisionado en persona.
—¿Y qué cojones quiere? Así no se puede resolver un caso…
—Verá, mi sargento, el señor comisionado Soja busca a la mujer que antes le buscaba a él. Ya sabe, la dama que confundió al señor García Pérez con él, con el comisionado Soja Algarroba, que por cierto no se llama Soja Algarroba, sino Soja Albahaca.
—¿Ah, sí? Vaya por Dios. ¡No pienso salir! ¡Dígale que me he ido a Lourdes!
—Cabo Bo-nia-to…
—Soy el cabo Chufa, señor Arándano, perdón, quise decir, señor García Pérez.
—Cabo Chufa, quí-te-nos de en medio a ese co-mi-sio-na-do. ¿Cree que podrá ha-cer-lo?
—Delo por hecho, señor Pérez García.
—Es Gar-cía Pérez.
La mañana siguió como había comenzado. Las interrupciones se hacían las interesantes, como si fueran rameras castas, y la paciencia del sargento llegaba poco a poco a un punto sin retorno. Como el estoicismo del churrero castañero y detective aficionado García Pérez hacía horas que se había desbordado, ambas eminencias detectivescas decidieron largarse al bar más cercano.
—Sargebto primkero. Perdón. Maldito día. ¡Sargento primero Brécol! Por favor, acérquese que le voy a dictar las órdenes para la tarde.
—¡A sus órdenes, mi safsento. ¡Mi sargento! Discúlpeme, yo también estoy mu nervoso…
—Sargento primero, hasta que vuelva, o mejor, hasta que volvamos tanto el churre… el señor García Pérez y yo, si es que volvemos, usted llevará el mando.
—Es una gran oportunidad la que usted me brinda, señor.
—Sí, lo es. Mientras le brindo esta oportunidad, el señor García y yo estaremos brindando con dry martinis. Si sucede algo, hágase cargo usted mismo, por supuesto con la libertad a la que desde este instante le asciendo… ¡o telefoneé a ese imbécil del comisionado Altramuz o Judía o Soja o como diantres se quiera llamar!
Mientras los dos hombres se alejaban del lugar un distímico fallecía en alguna parte del mundo. Quizá algunos más. ¿Qué importa la muerte? ¿Qué importa la putrefacción líquida supurosa? Vivimos, brindamos con martinis secos y acudimos acelerados de una forma indigna al váter más cercano porque vivimos en un sueño. Que dicho sueño sea un sueño sin sueños… importa una puta mierda.