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| Henri Matisse. My room at the beau-rivage (1918) |
Badabadúm badúm badúm badúm badero.
Cuando era jovencito me la comía yo solito, [1]
ahora que soy grandecito, que me la coman me cuesta un dinerito [2]
(Adagio del sesentón célibe)
En mi habitación todo es «anti». Los muebles son «anti», mi cama es «anti». Las láminas sujetadas en las paredes con chinchetas son «anti». El escritorio y la silla ergonómica también lo son. Y por supuesto, el ordenador y el equipo de sonido. ¿Quizá te preguntes, y desde luego con todo el derecho del mundo, por qué uso el prefijo «anti», que implica oposición, con semejante ligereza. La respuesta es tan simple que me produce cosquillas cuando lo pienso detenidamente. Lo hago por dos sencillas, aunque extraordinarias razones: porque puedo y porque me sale de los dídimos. Claro que también puede ser porque de joven me golpeé accidentalmente la cabeza y me lesioné la glabela. Sea lo que fuere, el caso es que en mi habitación, tal y como he escrito en la primera línea, todo es «anti». Y cuando estoy en ella, me siento el perfecto unigénito, aunque en realidad soy un antiprimogénito [3]. Y cuando antidios se me aparece lo envió a la puta antimierda. Que es el lugar donde se cuidan de mi furia todos los jodidos antihumanos que han puesto en duda mi anticordura. Y que aunque no lo parezca, es de capi capi dura.
[2] Quizá no debería entrar en detalles.
[3] Aunque esta frase no tiene sentido en este texto, la he utilizado por los dos mismos motivos por los cuáles utilizo con tanta ligereza el prefijo «anti», es decir, porque puedo y porque me sale de los dídimos. Claro que también puede ser porque de joven me golpeé accidentalmente la cabeza y me lesioné la glabela.
