Email del 30 de Septiembre 2011
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| Otto Dix, «El vendedor de fósforos» (1920) |
Querida:
Me han ofrecido un trabajo de susurrador de centollos y no sé si debería aceptarlo. Aunque de todos es conocida la claridad y perfecta vocalización de mi laringe, no estoy convencido de que sea un curro con futuro. Aunque a decir verdad, y tal como está hoy en día la coyuntura laboral, me pregunto si aparte del oficio de enterrador o chapero existe alguno que tenga porvenir. Por una parte, me excita musitar palabras de aliento en la oreja de un crustáceo, pero por otra, no creo que ningún cangrejo, por grande que sea, merezca tal suplicio. Y menos si el bisbiseo es para convencerlo de que se deje freír en una caldera de agua hirviendo.
Como te conozco más que tu madre y tu ginecólogo juntos, estoy seguro de que para ti es mejor un trabajo deshonesto antes que uno inexistente; es preferible poder pagar las facturas con dinero ganado penosamente antes que dedicarse a atracar ancianas en la calle, más que nada porque las abuelas no llevan más que rosarios y escapularios en el bolso y, hoy por hoy, no existe una casa de empeños que te pague más de 1.50 euros por uno, por muy antiguo que sea o exquisitamente trabajado que esté.
Imagínate por un momento que de repente la crisis desaparece y hay siete millones de puestos de trabajo vacantes; cada uno de nosotros puede elegir entre un sinfín de profesiones, aunque nadie esté demasiado cualificado para ejercerlas. ¿Qué profesión elegirías tú? Después de meditar semejante imbecilidad he llegado a la conclusión de que donde mejor destacarían mis dotes musicales y mi innata actitud abierta y conductual sería trabajando como afinador de birimbaos con lengüeta de acero.
Pero dejemos por un momento de soñar despiertos; estamos en crisis y ésta ha venido para quedarse durante un par de décadas. ¿Cuál es la solución para poder comer alubias un par de veces a la semana sin tener que robarlas en el mercado central? La respuesta es realmente difícil, incluso creo que cualquier tipo con dos dedos de frente preferiría emplumarse con brea antes de tener que contestarla. Personalmente, creo que la única solución factible es el auto-envenenamiento con sosa cáustica, pues hasta que algún valiente opine lo contrario, la muerte te exime de complicaciones y sobre todo de facturas indeseadas.
No recuerdo en estos momentos qué filósofo escribió que la vida era semejante a acostarte con una puta desdentada; aunque la cita me parece un poco denigrante para las prostitutas sin dientes, creo que en el fondo es correcta y esencialmente sincera. Poco importa la dignidad o el pundonor cuando constantemente uno se pregunta: ¿y mañana qué?
Un besazo sifilítico
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