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| Caspar David Friedrich, «Monje a la orilla del mar» (1809) |
(Arthur Schopenhauer)
No es fácil oponerse a una idea cuando ésta ronda por la cabeza como una especie de invocación incesante; la complicación surge cuando después de haber sopesado las posibilidades se tiende a escoger la peor, simplemente porque es la más lógica o porque es la que se hubiera elegido en otras circunstancias más favorables. Optamos por la sensatez en lugar de la necesidad y, mientras comprendemos que todo forma parte de ese juego de los errores que pueden costar un alto precio, asumimos el riesgo porque nos parece lejano en el tiempo.
Mientras la comunicación intrapersonal se resuelve con un mismo emisor-receptor que se vende a la idea menos reconfortante de su propia paranoia, el intercambio interpersonal sufre las consecuencias de esa libertad suprema que transforma el aislamiento cenobítico en necesidad forzosa y que en cierto modo no es más que el sacrificio supremo de las mentes lúcidas.
En la vida de cada individuo, inteligente, enajenado o cenutrio, existe un momento en el que urge tomar una decisión que pueda aliviar esa pesada carga que, disfrazada de futuro, acecha en los recovecos e intersticios del espacio-tiempo. Algunos eligen lo único que conocen, la interactuación con semejantes; otros, bastante más creativos y de mente más extasiada, lo contrario, es decir, la soledad absoluta como forma de subsistencia. Tanto una como otra al final acaban en el mismo peldaño: la desesperación y la agonía; pero mientras la primera no es más que una inútil manera de prostituir la dignidad por medio de falacias y engaños inyectados directamente en las venas cerebrales, la segunda sustituye, y en algunos casos, incluso transforma, esas mentiras delirantes en confortables aunque arriesgadas apariencias.
Si tuviera que volver a nacer o reencarnarme en otra vida, preferiría hacerlo en forma de animal: ratón, liebre o cangrejo, me es indiferente; si pudiera elegir cómo pasar lo que me queda de esta, sin duda, mi elección estaría supeditada al aislamiento como forma de abstraerse de la desolación, pero eso, eso es otra historia…….
