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| Caspar David Friedrich, «Arco Iris sobre un paisaje de montaña» (1809-1810) |
Bérénice (La canción del eremita. Parte II)
De todas las migajas del cielo roto, destruido por los rayos, truenos y relámpagos que yo mismo he forjado, de la mitad de los lamentos ambulantes repletos de blancos y punzantes remordimientos, de cada una de las sonrisas necias y ruines que he dibujado en la arena ficticia de mis ensueños verdaderos, en todos esos momentos, he aspirado esa mezcla de fluidos sin moléculas que podrían matar a los angustiados, a los atormentados, a los avasallados. Pero, en mi caso, sólo han servido para crear un monstruo irreal que arremete contra los engendros y endriagos que maldicen ocultos en mis adentros.
No soy un cobarde. Es posible que lo fuera en otra existencia, es posible que lo sea en mi próxima reencarnación. No soy un cobarde. No soy un cobarde, pero de entre toda la mierda y la suciedad que comprimen mis pensamientos, hay uno anclado en alguna parte de la irrealidad absoluta que, con ojos sangrantes clama ante el temor a que un dios creado por los hombres diseccione mi ilusión menguante. Nadie puede tapar el grito de mi imprudencia; nadie puede llamarme perturbado mientras sonríe; nadie puede señalarme con un dedo vesánico cubierto de bilis que maceraba en el caldero de una bruja. Puedes escupir en mi rostro, puedes arañar mis opiniones, pero no puedes llamarme cobarde. No soy un cobarde. No soy un cobarde.
En algún lugar de ningún sitio existe una pequeña sonrisa; la guardo allí porque es mi tesoro más preciado. Algún día la desenvolveré con cuidado y la llevaré conmigo a todas partes. Pero hasta que suceda, ese milagro pertenece a un personaje de ficción llamado Bérénice Einberg. Ella tenía razón. Ella tenía razón. No soy un cobarde. No soy un cobarde.
