agosto 2019

Email del 30 de agosto 2019

Ferdinand Hodler. The angry one (XIX-XX cent.)

¡Hey, tú!:

He sacado la cabeza por la ventana y he mirado hacia arriba. Podría haber sacado otras partes del cuerpo más flácidas, pero he creído que no era el momento apropiado. El cielo se me ha antojado de un azul tipo «Dragón de zafiro de Kamakura» y la ventana incómoda como un féretro cuadriforme. Cuando he decidido que ya había visto suficiente me he sentado sobre una viejecita caquéctica, a la que antes había contratado como silla humana, y he meditado acerca de la existencia y los granos en el perineo. Cuando he llegado a un punto en que me ha sido imposible diferenciar un argumento ad hominem de una falacia céteris páribus, he detenido la ceremonia de meditación en el acto y he pagado a la anciana, aunque no sin antes recriminarle su aspecto decadente.

Dentro de un rato pienso sacar la cabeza por la ventana otra vez. Pero en esta ocasión miraré hacia abajo. Y si me atrevo igual me desabrocho la bragueta y saco a un invitado muy especial al que llamo Policarpo o Polonio, según mi estado de ánimo. Y si sigo con el mismo grado de osadía hasta es posible que eche una meadita sobre las cabezas de los individuos de ambos sexos que en esos momentos se encuentren a tiro. Y si después de semejante gorrinada pienso que me he quedado corto, es muy muy muy factible que me encarame de espaldas y suelte un par de morcillitas calientes sin arroz. Y si mi ánimo se transforma en euforia, puede hasta que tire a la vieja y luego me precipite yo. Porque estoy convencido de que los degenerados -y yo soy uno de ellos- no deben coexistir con más degenerados -y tres cuartas partes de la población lo son-, sino con virtuosos, para así hacerles la vida insoportable. Solo malviviendo mental y emocionalmente se alcanza Chirivirbi, que es el Nirvana de los coléricos, exasperados y encabronados.

Greg «Zeitgeist» López, el neoludita nimbado

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Email del 29 de agosto 2019

Francisco de Goya. Plaga en el hospital (1798)

Amiga:

Hace días que no escribo, me afeito o ni siquiera me acuerdo de pasar por el baño a expulsar los excrementos por el ano. Ser uno de los tres hijos de Gregorio senior es una compleja tarea. Supongo que lo será de igual manera para sus otros dos retoños y sus dos nueras (mi mujer huyó a Ganímedes hace tres décadas y según sus últimas postales allí nunca hace frío). Pues bien, ese tipo, Gregorio senior, lleva una semana hospitalizado debido a un ictus isquémico. Se supone que yo debería sentir algo de pena por él, pero lo único que siento es que me estoy convirtiendo en una ramera sifilítica desdentada. Trataré de explicártelo de la manera más sutil posible: Gregorio senior nunca fue un padre ejemplar, a decir verdad, en lo que a mí respecta, fue un maníaco pseudopsicótico que nos hizo la existencia muy difícil a todos los que tuvimos la mala suerte de estar a su lado.

Ahora, mientras doy vueltas por los pasillos del hospital me hago algunas preguntas, pero como no soy capaz de respondérmelas sin ayuda, se las lanzo traducidas a un idioma inexistente a las auxiliares de limpieza y a algunos de los tarados residentes en la planta neurológica. ¿Por qué cojones tengo que estar aquí cuidándolo de ocho a diez horas cada día? ¿Para cumplir el puto rol de hijo pródigo? ¡Yo no soy un maldito hijo pródigo! ¡Ni siquiera un maldito hijo egoísta! ¡Y esto no es una jodida parábola! ¡Esto es la realidad! Y aunque el resto de mis hermanos crean que hacen lo que deben hacer, yo no puedo dejar de pensar en el karma.

Martes 27 de agosto
Estoy sentado en un sillón azul. A menos de un palmo de distancia se encuentra mi padre tumbado sobre una cama blanca. Supongo que estará sedado porque sus brazos bailan en una especie de verticalidad fantasmagórica. Hace un rato ha entrado una enfermera y le he preguntado si esa extraña danza era algo normal, pero solo me ha respondido que «las cuatro y veinte». Después de tomarle la tensión ha salido y yo he comprobado que efectivamente era esa hora, pero mi pregunta se ha quedado aplastada sobre el aire. Ahora, mientras escribo esto mi padre acaba de bostezar. Su oscitación ha chocado con el cristal de la ventana. El ruido ha asustado a un pájaro que dormitaba por la parte exterior y ha salido volando. ¡Ojalá yo pudiera salir volando! ¡O incluso pitando! O tocando el tambor como Oskar Matzerath .

Miércoles 28 de agosto
Cuando he llegado esta mañana, la habitación estaba vacía. Mi padre se encontraba en la sala de resonancias magnéticas. Desconozco cuál es el verdadero nombre de dicho lugar (¿resonanciómetro?), aunque en realidad me importa una mierda. Es gracioso, últimamente todo me importa una mierda. Incluso yo me importo una mierda. Quizá es que soy una mierda, siempre lo he sido y nunca dejaré de serlo. ¿Huelo a mierda? Uf, yo creo que sí. Pero no con más intensidad que el resto de sujetos, algunos en sus últimos estados de existencia, que pululan por los corredores o se carcajean dentro de las habitaciones.

Intento llevar un diario de todo este proceso para que en un jodido y poco deseado futuro sirva de prueba. ¿Quién sabe? Igual gracias a ese manuscrito garrapateado con una mezcla de odio y trastornos gastrointestinales a partes iguales, puedo llegar a ser tratado de una manera más condescendiente cuando (yo) la espiche y algunos piojosos santos (o hijos bastardos de esos piojosos santos), decidan si se me puede aceptar en su club, o por el contrario mi alma, esencia, espíritu o como cojones quieran denominar a esa cosa que permanece cuando lo de fuera se licúa, tiene que ser «rehabilitada» con el fuego eterno (a más de tropecientosmil grados) del averno. Mientras el tiempo pasa como si fuese un carpintero manco, mi progenitor sigue jorobándonos como si no existiera un mañana. Y mientras trato de pensar que es un pobre enfermo al que le quedan tres desayunos, no puedo dejar de sentir lo mismo que he sentido siempre, es decir, ¡algún día todo terminará! Y cuando eso suceda no tendré que suplicar de rodillas a las auxiliares de enfermería para que vayan a cambiarle el pañal!

G

P.D.
Todo me da vueltas. Incluso las vueltas me dan vueltas. ¿Vértigo postural paroxístico benigno o ajumación partogénica cósmica? ¡Me siento como Rosa Luxemburg en Berlín! Y si esa comparación te parece demasiado femenina para un heterosexual viril como yo, sustitúyela por la que se te antoje en cada momento.

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Email del 27 de agosto 2019

Colt revolver firing (author and year unknown)

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso de los escrúpulos entrecomillados .


«Alguien debería proporcionarme un motivo y un revolver. O los dos elementos bellamente empaquetados. Con la causa repararía algunos estropicios y con el arma detendría el desarrollo.
O el proceso.
Y la situación.
O esa serie de interminables letanías coercitivas.
Y las jerigonzas transmutadas en perogrulladas ungidas.
O las cursivas enfáticas…
Y los escrúpulos entrecomillados.
Pero si nadie es capaz de facilitarme un motivo y una pistola, o las dos cosas envueltas en papel de regalo,
entonces seguiré recreándome en esta absoluta y maravillosa imposibilidad que en ocasiones me penetra como un falo enfurecido.»

— ¿Pero qué narices es esto?
— Es una especie de poesía, mi sargento. La encontramos relativamente cerca de la víctima.
— ¿Relativamente? ¡Nunca he entendido ese término!
Cuando el agente salió de la habitación, el sargento Quilez y el churrero castañero ambulante y detective aficionado García Pérez se miraron brevemente, pero al cabo de unos pocos segundos ambas vistas volvieron a posarse sobre el cadáver femenino que yacía sobre la cama. A su alrededor la sangre y algunos trozos de papel componían una escena espeluznante. En un momento dado se escuchó un trueno y García Pérez se acercó a la ventana.
—¡No pa-re-ce que vaya a llover! ¿Usted cree que lo hará, sar-gen-to Quilez?
— No sé. ¡Nunca he entendido a la naturaleza!
— Supongo que al final alguien le pro-por-cio-nó un revolver. ¡Por lo menos una bala de re-vol-ver!
— ¿Cómo dice?
— Me re-fe-ría a esta pobre tipa y a la poesía o lo que diantres fuese lo que ponía en esa hoja de li-bre-ta.
— Desde luego. Me hubiera gustado encontrar el casquillo. Y ya puestos, que cualquiera de los que estamos en estos momentos aquí me explicase qué cojones quiere decir esa mierda de… ¿poesía?
De repente un grito triunfal hizo que tanto el churrero castañero García Pérez como el sargento Quilez giraran sus cabezas.
— ¡Mi sargento, hemos encontrado el casquillo! ¡Vengan todos a la cocina!
— Supongo que ten-dre-mos que ir…
— Nunca he entendido por qué tengo que hacer lo que me ordena un subordinado. ¡Vayamos!
La cocina estaba inmaculadamente limpia. Sobre la última baldosa del lado oeste descansaba un casquillo reluciente. Después de que fuese fotografiado, el sargento Quilez acercó su bigote a unos 30 centímetros de él y luego se incorporó.
— Todavía huele. Nunca he comprendido por qué los olores permanecen…
— ¿Se refiere a los o-lo-res meramente fo-ren-ses o a cualquier clase de olor?
— Me refiero a cualquier clase de olor. El olor, querido García Pérez, es como el dolor. Aparte de su facilona rima… ¿Qué es ese jaleo?
— ¡Mi sargento, acaban de encontrar otro casquillo en un armario!
— ¿Otro cas-qui-llo? Creía que a la víc-ti-ma le habían des-ce-rra-ja-do un solo tiro…
— Yo También, García. Vayamos a ver…
Mientras se acercaban al armario que estaba situado en las antípodas de la cocina se escuchó otro grito que provenía de la terracita.
— ¡Mi sargento, acabamos de descubrir otro casquillo y otra poesía!
Y luego otro.
— ¡Mi sargento, dentro de un cajón de uno de los muebles del aseo hay otra poesía! ¡Pero no hay casquillo!
Y otro.
— ¡Mi sargento, he descubierto otro casquillo en el comedor! ¡Debajo del televisor de 72 pulgadas Samsumg! ¡Perdón, quería decir, Samsung!
Tanto el sargento Quilez como el churrero castañero y detective aficionado García Pérez se sentaron sobre un sofá que estaba situado enfrente de la cama de la muerta y se encendieron un pitillo.
— Me gusta el Winston. Siempre me ha gustado. García, cuando era joven fumaba Ducados.
— Yo cuando era un cha-va-lín fumaba Celtas cortos y Pe-nin-su-la-res.
— ¡Mi sargento, hay otro casquillo y tres poesías debajo de la cama en la habitación contigua al aseo!
— Puf, nunca he entendido cómo había gente que era capaz de fumar Peninsulares.
— Pues yo lo hacía. Me fu-ma-ba de dos a tres ca-je-ti-llas al día.
— ¡Mi sargento, hemos encontrado dos casquillos y media poesía dentro del cajón de los cubiertos!
— ¡Mi sargento, hay un casquillo en la alacena!
— Siempre he pensado que fumar es como hacer el amor, es decir, algo primordial. No puedo imaginarme mi trabajo sin los cigarrillos.
— Cuando trabajaba en la chu-rre-ría, que también era una cas-ta-ñe-ría, me fumaba casi cinco ca-je-ti-llas de Benson & Hedges cada día…
— ¿No ha dicho hace un momento que se fumaba de dos a tres cajetillas de Peninsulares?
— ¡Mi sargento, otro casquillo y otra poesía en el cuarto de los niños! ¡La poesía está escrita en siamés!
— Cuando fumaba dos o tres ca-je-ti-llas de Celtas y Pe-nin-su-la-res era un cha-va-lín. Luego crecí y monté la chu-rre-ría castañería Pérez García. Allí es donde me fumaba las cinco ca-je-ti-llas de Benson & Hedges.
— Nunca he comprendido por qué fumar es tan importante, pero es tan importante…
— ¡Mi sargento, siete casquillos, cinco poesías y medio dónut mordisqueado en la salita!
— García Pérez, amigo mío, le invito a un Martini.
— Y yo se lo a-cep-to, sargento Quilez. ¿Cogemos su coche o el mío?
— ¡Mi sargento, acabo de encontrar el otro medio dónut! ¡Pero está sin mordisquear!

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Email del 25 de agosto 2019

Yiannis Tsaroychis. Espíritu alado abotonando sus calzoncillos (1966)

Estoy convencido de que las conversaciones estúpidas me anulan por completo. Y solo se pueden calificar de esa manera a la práctica totalidad en las que me veo implicado desde hace unos cuantos años. Yo solo quiero seguir siendo lo que soy, aunque en ocasiones ni siquiera tenga muy claro qué es lo que se supone que soy. Ayer (por ejemplo) me desperté persuadido de que era el propietario de una calzoncillería de lujo y hoy lo he hecho creyendo que era un simple calzoncillo de barrio deprimido. Si esto sigue así es muy probable que mañana solo se levanten mis testículos en ascensión.

Quizá alguien crea que con esta clase de pensamientos y sueños que manufactura mi sesera no puedo ser un tipo normal. No sé si soy un tipo normal. Tampoco sé cómo definir una supuesta normalidad humana. Lo único que sé es que la mayor parte de mis pensamientos son sobre calzoncillos. Nunca he comprendido a la gente que piensa en sus hijos, en sus coches o en sus seres queridos. Creo que todo comenzó en septiembre de 1999. Para ser más exactos el día 14 sobre las 11 de la mañana, más o menos. Caminaba por el centro de la ciudad mirando escaparates cuando de repente vi una tienda en cuyo rótulo se podía leer «Reparamos calzoncillos. Abiertos las 24 horas». Decir que me quedé perplejo es atomizar tanto mi expresión exterior como mi condición interior, así que decidí entrar a echar un vistazo. No había traspasado ni dos baldosas rojiverdes cuando uno de los asalariados se dirigió hacia mí con cara de especialista en boxers. Como no me apetecía huir, simplemente le pregunté si también arreglaban bragas, a lo que el tipo respondió que no, pero que si salía a la calle, giraba a la izquierda y cruzaba dos manzanas vería un local donde se dedicaban en exclusiva a restaurar la ropa inferior femenina. Me despedí de él con un «ohhh, huuu, gracicicias» y me puse a caminar hacia la izquierda. Efectivamente, dos bloques después apareció ante mí un comercio donde, a menos que uno fuera ciego o poco o nada hispanoparlante, se leía con rotunda claridad «Reparamos bragas. Abiertos los 365 días del año». Como soy un tipo curioso por naturaleza entré y me dirigí hacia un expositor grande cubierto de bragas, bragazas y braguitas. A su lado una chica con cara de propietaria o hija de propietaria me preguntó qué es lo que deseaba. Esta vez mi pregunta fue algo parecido a una obra maestra…
— Por favor, ¿reparan también sujetadores?
— No, lo siento. Solo nos dedicamos a las bragas y los tangas, pero si sale por la puerta, cruza el paso de cebra y luego se dirige a la derecha unos 125 metros, verá un sitio donde se dedican a cualquier cosa que tenga que ver con los sujetadores.
— Comprendo. Muchas gracias.
— Ha sido un placer ayudarle.
— Perdone otra vez…
— Dígame.
— ¿Cree que allí tendrán sujetadores masculinos?
— No. Es una tienda exclusivamente femenina. Si desea que le restauren algún sujetador de hombre tendrá que coger el autobús 19, bajarse en la parada de la calle Roncesvalles y dirigirse al número 345. Allí seguro que le recomponen sus sujetadores masculinos.
— Mu… muchas gracias.
— A usted caballero. Ha sido un placer.

Por supuesto no me dirigí a esa calle. En su lugar me fui directo a la avenida Encabronamiento número 25 que es el lugar donde preparan los mejores mojitos de Valencia. Después de tomarme 25 seguidos el dueño me felicitó efusivamente  y me permitió graciosamente chuparle la joroba a su amante filipino.

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Email del 24 de agosto 2019

Alexandre Marie Colin. Tres brujas de Macbeth (1827)

Sinceramente:

Estoy convencido de que soy capaz de volar. Quiero decir… podría ahora mismo subir las escaleras que condujesen al lugar más elevado del planeta y lanzarme hacia delante con mucho estilo. Porque hasta para abandonar el cuerpo y el planeta, amiga mía, hay que demostrar cierta jodida clase. Y si durante más de las tres cuartas partes de mi existencia esa maldita naturaleza ha estado oculta tras una especie de dosel opaco, creo que no ha sido porque no existiese (la naturaleza, no yo), sino porque no pretendía enfurecer a nadie demostrando mi indefinida superioridad o mi intrascendente inferioridad, o quizá ambas a la vez. Y mientras trato de dilucidar si las tres sombras que juguetean reflejadas en el vidrio de la noche, representan a las tres hermanas fatídicas de Macbeth o las tres vampiras de Stoker, mi cabeza gira como la de la niña de El exorcista. Y cada vez que completa una vuelta, algo o alguien lo apunta en una libreta imperceptible de la marca Rubio, que son las que utilizaba cuando creía que todo lo que podía ver, tocar o imaginar era realmente importante.

G

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Email del 23 de agosto 2019

Joan Miró. Hombre y mujer frente a un montón de excrementos (1935)

1-La escisión interior. 
Estoy bastante harto de deslizarme cuesta abajo. No es que pretenda rodar cuesta arriba, pero conozco a alguien que se quedó paralizado en el mismo lugar durante años hasta que, de repente y sin previo aviso, se volvió a poner en movimiento. Y a partir de ese inesperado reencuentro con la movilidad aparente, el tipo siguió deslizándose, o rodando, o como diantres quieras llamarlo durante casi una década, sin querer o poder o necesitar contenerse. Cuando al fin se detuvo, lo primero que hizo fue acercarse a una cantina, pedir un cocoroco doble y volverse invisible.

Nota:
Nadie sabe cuanto tiempo permanecerá en estado comatoso-etéreo pero los propietarios de la bodega han señalizado el lugar donde se encuentra su cuerpo para que nadie tropiece.

2-Melodía de mediodía.
Naaaaa nanananaaaaaa.
Naaaaa nanananaaaaaa.
Lalalala la la.
Lalalala la la.
Naaaaa nanananaaaaaa.
Naaaaa nanananaaaaaa.

3-Soy soso.
Alguien me regaló un maniquí femenino hace algunos años. Cierto día lo vestí con unas bragas caladas de algodón perlé adornadas con lacitos. Unos segundos más tarde se las bajé. Y se las subí. Y se las bajé. Y se las volví a subir. Y se las volví a bajar. Y se las subí. Y se las bajé. Y se las subí. Y se las volví a bajar. Y a subir. Continué bajándoselas y subiéndoselas durante unas cuantas horas hasta que me di cuenta de que lo mejor era contratar a alguien que no tuviera dinero ni para comer para que asumiera el gasto energético, mientras yo dirigía cada uno de los dos movimientos principales. Pero no lo hice porque desgraciadamente me desperté…¡Mierda!

4-Prière du couteau sanglant.
Querido cuchillo de mi vida,
eres frío como yo,
por eso te quiero tanto,
y te doy mi corazón.
Tómalo, tómalo,
tuyo es, mío no.

5-Capítulo 1.
El miccionador de Benimaclet había vuelto a hacerlo. La prueba era una buganvilia joven y empapada. En uno de los despachos del cuartel de los picoletos del barrio, un joven sargento llamado Saturnino Espada miraba por la ventana. Al mismo tiempo, su compañero el sargento primero Ataulfo Florete, hijo de inmigrantes italianos, se atusaba el gran mostacho pseudonacionalfranquista mientras un gorrión los observaba con aspecto interesado desde el alfeizar. A ambos los llamaban «Los filosos» debido a sus apellidos. De repente entró por la puerta el capitán Torcuato Tizona y tanto los dos suboficiales como el ave paseriforme se cuadraron con una gallardía que rozaba la virilidad estentórea.
— A ver, ¿qué passsssa aquí?
— ¡Nada, capitán Tizona!
— Sargento Espada, me gusta que siempre sucedan cosas…
— ¡Sí, capitán Tizona!
— Y usted, sargento primero Florete. ¿No tiene nada que decir?
— ¡No, capitán Tan! Quería decir… ejem, capitán Tizona.
— Y tú, Passer domesticus, ¿tampoco tienes nada que manifestar?
— Piu, piu, piu…

6-Liturgia.
Recuerdo un riñón… ¿Pero cómo voy a recordar un riñón? Recuerdo un rincón. ¡Un rincón! Recuerdo un rincón. Bueno la verdad es que no recuerdo un rincón. Recuerdo varios rincones. Algunos de ellos eran húmedos y estaban repletos de telarañas. Lo curioso es que no recuerdo a las arañas. Siempre que hay una telaraña hay una araña. En este caso no era así. Como ya he dicho anteriormente, era un rincón húmedo repleto de telarañas sin arañas. El suelo estaba cubierto de hojas agujereadas, sin embargo no había rastro de fauna agujereadora. Ni siquiera árboles. El pino más cercano se encontraba a 23 kilómetros de distancia. Está claro que los kilómetros implican distancia, no anchura o altura, pero quiero que todo en este recuerdo sea perfectamente comprensible para poder ser analizado bajo cualquier tipo de circunstancia. A menudo… A menudo acudía a los rincones con una bolsa de chinchinchones. Nunca he sabido que era un chinchinchón, pero estaban buenos y rimaban con extrema facilidad con el sinónimo menos agradecido del plural del vocablo «testículo». Un chinchinchón proporcionaba una energía de 234 calorías. Dos chinchinchones 468 calorías. Tres chinchinchones 702 calorías. Cuatro chinchinchones 936 calorías. Cinco chinchinchones 1170 calorías. Seis chinchinchones 1404 calorías. Siete chinchinchones 1638 calorías. Ocho chinchinchones 1872 calorías. Nueve chinchinchones 2106 calorías. Suficientes para investigar cada uno de los recovecos, vueltas y recodos que conformaban las paredes alabeadas de las esquinas, aristas y salientes.

7-Ciclo de Jespersen.
¡Schützenhaus!
¡Schützenhaus!
¡Schützenhaus!
¡Schützenhaus!
¿Florecilla?
¡Schützenhaus!
¡Schützenhaus!
¡Schützenhaus!
¡Schützenhaus!

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Email del 21 de agosto 2019

Enji Torei. Enso (The image presents itself, nothing more) (XVIII cent.)

Hola:

Si estás en la calle, intenta imaginarte una envoltura lisa de color negro. ¿Te sientes capaz de hacerlo? Ahora rellénala con unas cuantas ambigüedades concisas que encuentres tiradas sobre el suelo. La gente arroja cualquier cosa, ya lo sabes. Vuelve a repetir todo el proceso pero mirando hacia arriba. ¿Ves el cielo rojo? ¿Notas el cielo flojo? Podría caerse encima de tu cabeza en cualquier instante. Y si eso sucediese, todas las líneas que trazaste hace tiempo acabarían convertidas en puntitos afilados. 

Es lo único que sé.

Greg

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Email del 19 de agosto 2019

Jean-Michel Basquiat. Now’s the time (1985)

Existen varias fórmulas para comenzar un relato que trate sobre el pasado. Las dos más utilizadas por los escribidores son «Hace mucho tiempo» y «Había una vez», por supuesto con todas sus numerosas variantes. Ambas han sido empleadas desde el principio de los tiempos (pseudoliterarios) y una, la segunda, prácticamente se hizo el harakiri a sí misma después de ser envilecida hasta un punto sin retorno en la canción infantil «El barquito chiquitito», ya sabes, esa que trata sobre una embarcación pequeñaja que no sabe, o no sabía, no sabía, que no sabía navegar.  Sin embargo, desde hace unos ocho o nueve años (más o menos los que yo llevo administrando y ejerciendo de paladín sideral en este blog) ha vuelto a resurgir con fuerza la clásica conjugación del verbo hacer a la que me refería como la primera fórmula, y desde entonces, para bien o para mal, los nuevos intentos de arranque se han vuelto a convertir en viejos y desdentados para siempre. Pero mejor te pongo unos cuantos ejemplos:

ARQUETIPO PROTOTÍPICO NÚMERO 1
Hace mucho tiempo, o mejor dicho, un día de hace mucho tiempo cuando todavía vivía con mis progenitores, sentí la necesidad imperiosa de medirme el pene. Y lo hice, pero con tan mala suerte que mi madre abrió la puerta justo cuando trataba de enfocar la vista sobre la rayita de los centímetros del metro blando que había cogido de la cesta de la costura. ¡Obviamente olvidé echar el pestillo de mi cuarto! Por supuesto cuando mi progenitora vio lo que se cocía dentro cerró la puerta de una manera terroríficamente automática y salió disparada corriendo por el pasillo. A partir de ese día sucedieron dos cosas: la primera fue que mi madre cambió la alta costura por la baja escultura, y la segunda que cualquier cachibache que sirviera para medir, calcular, calibrar o incluso determinar, fueron prohibidos bajo pena de expulsión eterna de mi casa.

ARQUETIPO PROTOTÍPICO NÚMERO 2
Hace aproximadamente 165 millones de años, una saurópsida sauropterígida perteneciente al orden Plesiosauria intuyó (con la pequeña parte de su cerebro dedicada en exclusividad a presentir) que los tiempos iban a ponerse más jodidos de lo que estaban en esos momentos. Quizá por ese motivo Bartola -que es como llamaremos a nuestra protagonista para hacer el relato más cercano a lo que Erasmo Palonte Pérez-López denominó CEF (cercanía existencial furibunda)- se dedicó a comer sin recato durante tres meses hasta que su cretácico hígado hizo «Ploooong proooong faz faz» y explotó esparciendo pedazos de clado vertebrado a los cinco vientos (Nota: en aquella época la expresión «a los cuatro vientos» se consideraba demasiado adelantada a su tiempo).

ARQUETIPO PROTOTÍPICO NÚMERO 3
Hace un lustro que no me lavo. Quiero experimentar cuáles son las reacciones específicas relativas a la suciedad y sus misterios. Hasta el momento todo me parece normal, bueno casi normal si exceptuamos que he sufrido el desprendimiento de una axila. Todo lo que me sucede, lo que no me sucede y lo que debería sucederme pero no me sucede está anotado en varias libretas de tapa dura. A partir de mañana todo será escrito en libretas de tapas blandas, pues las de tapas duras se me han terminado y no me atrevo a salir a la calle a comprar nuevas libretas de tapas duras porque la ausencia de un sobaco puede parecer repugnante al resto de congéneres. Hay que ser empático. O por lo menos hacer que se es sin serlo, o sin serlo hasta un punto que te convierta en algo similar a un pardillo blando. Porque toda blandidez -y digo blandidez y no flacidez- será castigada por el Gran Hulgu, dios de los castigos inmisericordes. Una deidad nueva pero con un grandísimo futuro.

ARQUETIPO PROTOTÍPICO NÚMERO 4
Hace una semana yo era un tipo más joven que hoy. Por lo menos siete días más joven. Ahora, mientras escribo esto, me siento 168 horas más cansado y maduro. Bueno, no es que me importe demasiado sentirme así, pero creo que no es justo. Conozco multitud de gente que no envejece, quizá es porque están muertos, vale, pero el tiempo y sus derivados caústicos-mordientes-corrosivos ya no les afectan. Y no solo eso, sino que no tienen que reírse frente a chistes verdaderamente malos o ir a comprar cada cuatro días a Mercadona y escuchar los lloriqueos del encargado, de los reponedores o de las cajeras. Realmente es mejor estar muerto que vivo, aunque solo estando vivo se puede querer estar muerto. No conozco a ningún muerto que quiera estar vivo. Y eso es algo que nos debería hacer pensar un  poco. Aunque la verdad es que conozco a varias personas vivas que quieren seguir estando vivas para siempre. Claro que también conozco muertos que quieren estar muertos sine die. Incluso conozco a un vivo que quiere seguir estando muerto, claro que su cerebro no funciona a un nivel, digamos como el mío.

ARQUETIPO PROTOTÍPICO NÚMERO 5
Hace horas que me roza la sisa. La sisa. Me roza. Me roza la sisa. No, no es la letra de una canción de Paco Ibañez o incluso de Chicho Sánchez Ferlosio, sino la pura realidad. ¡La que escuece! ¿De qué sisa estamos hablando? De la sisa de los calzoncillos. He cambiado de marca y este es el resultado. No puedo salir a la calle con rozamientos. ¡Me provocarían retorcimientos! Y si me tuerzo o retuerzo sin un volante firmado por un médico especializado, alguien terminaría pensando que soy demasiado blando. Y cuando alguien piensa que soy un jodido blandengue tiendo a poner cara de componente obsoleto o suprimido, tipo poliaspartato potásico (E-456). Anteriormente (o en vidas anteriores) me han rozado muchas sisas, pero esta puta sisa es insoportable.

(Más tarde)
Alguien se ha acercado a mí y me ha dicho que las sisas son cosas de las mangas o algo parecido. No le he comprendido bien porque me seguía rozando la sisa (o lo que sea) de los calzoncillos. Una cosa es cierta, no se trata de rozaduras ocasionadas por la pretina, pues esta se sitúa sobre la cintura y a mí me roza cerca de la portañuela. No voy a seguir manteniendo que la culpable de todo sea la sisa, pero ¡algo me roza! ¿Y si no es la sisa? ¿Entonces qué es?

ARQUETIPO PROTOTÍPICO NÚMERO 6
Hace un montón de décadas un tal Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo y se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto…

Greg

Email del 19 de agosto 2019 Leer más »

Email del 18 de agosto 2019

Jamie Wyeth. Bale (1972)

Querida amiga:

Hace algunos años, para responder a una pregunta de mi psicólogo me definí como un simpático malandrín egótico y pundonoroso. Cuando él me respondió que mi contestación estaba compuesta por términos antagónicos le recriminé su réplica y cambié de psicólogo. Desde entonces ejerzo como mi propio comecocos y tengo un cuidado extraordinario con las preguntas que me disparo. Y es que aunque en un principio pueda parecer que estoy psicológicamente preparado para afrontar esa jodida realidad disfrazada de movilidad psíquica que me abofetea cuando menos lo espero, también es cierto que mis esfuerzos desesperados por sobrevivir me están pasando factura. Y ya no lo digo por la cara Ahegao que en ocasiones dibujo para complacer a mis allegados y que está manufacturada por las zonas más anecúmenes de mi cerebro, sino porque de alguna manera me siento como una especie de desviación heterótrofa ecotónicamente desestructurada. ¿Comprendes lo que quiero decir? Si realmente lo comprendes me gustaría que me lo explicases pues yo no entiendo una mierda.

A menudo me palpo las zonas menos palpables de mi cuerpo. No lo hago para demostrar mi interés en mí mismo o como un singular proceso de ajuste terminal, sino para intentar llegar al éxtasis supremo. Estarás de acuerdo conmigo en que lo único interesante de la existencia es el maldito orgasmo. Es posible que a los anorgásmicos mi afirmación les parezca una boutade pero, ¿a quién le importa lo que digan un puñado de inorgásmicos tarados? Aunque… bueno… en realidad no sé por qué hablo de los orgasmos cuando mi proyecto fundamental era dedicar por completo este segundo párrafo a la zona afótica del subconsciente donde fabricamos ese concepto denominado Dios. Quizá vuelva a intentarlo mañana. O puede que mañana sea tarde. Incluso es posible que hoy todo sea una especie de ayer o antes de ayer. O que ayer fuera mañana o pasado mañana. Es un lío. Pero es mi lío. Claro que un lío también es un envoltorio. Por esa razón estaríamos hablando de mi envoltorio o de mis bultos, fardos, hatos o embalajes.

Trastulo Greg

Email del 18 de agosto 2019 Leer más »

Email del 13 de agosto 2019

Pisanello. Apes (1430)

Amiga:

La inusual gorilización de Greg es el título de mi esperada autobiografía. En un principio iba a llamarse Cómo sobreviví a la última simialización gorilizante pero me pareció demasiado antropoidal. Acabo de enviar una copia a mi editor y otra al cuidador jefe de cuadrumanos del parque zoológico de Valencia.

Greg

Email del 13 de agosto 2019 Leer más »