Email del 25 de agosto 2019

Yiannis Tsaroychis. Espíritu alado abotonando sus calzoncillos (1966)

Estoy convencido de que las conversaciones estúpidas me anulan por completo. Y solo se pueden calificar de esa manera a la práctica totalidad en las que me veo implicado desde hace unos cuantos años. Yo solo quiero seguir siendo lo que soy, aunque en ocasiones ni siquiera tenga muy claro qué es lo que se supone que soy. Ayer (por ejemplo) me desperté persuadido de que era el propietario de una calzoncillería de lujo y hoy lo he hecho creyendo que era un simple calzoncillo de barrio deprimido. Si esto sigue así es muy probable que mañana solo se levanten mis testículos en ascensión.

Quizá alguien crea que con esta clase de pensamientos y sueños que manufactura mi sesera no puedo ser un tipo normal. No sé si soy un tipo normal. Tampoco sé cómo definir una supuesta normalidad humana. Lo único que sé es que la mayor parte de mis pensamientos son sobre calzoncillos. Nunca he comprendido a la gente que piensa en sus hijos, en sus coches o en sus seres queridos. Creo que todo comenzó en septiembre de 1999. Para ser más exactos el día 14 sobre las 11 de la mañana, más o menos. Caminaba por el centro de la ciudad mirando escaparates cuando de repente vi una tienda en cuyo rótulo se podía leer «Reparamos calzoncillos. Abiertos las 24 horas». Decir que me quedé perplejo es atomizar tanto mi expresión exterior como mi condición interior, así que decidí entrar a echar un vistazo. No había traspasado ni dos baldosas rojiverdes cuando uno de los asalariados se dirigió hacia mí con cara de especialista en boxers. Como no me apetecía huir, simplemente le pregunté si también arreglaban bragas, a lo que el tipo respondió que no, pero que si salía a la calle, giraba a la izquierda y cruzaba dos manzanas vería un local donde se dedicaban en exclusiva a restaurar la ropa inferior femenina. Me despedí de él con un «ohhh, huuu, gracicicias» y me puse a caminar hacia la izquierda. Efectivamente, dos bloques después apareció ante mí un comercio donde, a menos que uno fuera ciego o poco o nada hispanoparlante, se leía con rotunda claridad «Reparamos bragas. Abiertos los 365 días del año». Como soy un tipo curioso por naturaleza entré y me dirigí hacia un expositor grande cubierto de bragas, bragazas y braguitas. A su lado una chica con cara de propietaria o hija de propietaria me preguntó qué es lo que deseaba. Esta vez mi pregunta fue algo parecido a una obra maestra…
— Por favor, ¿reparan también sujetadores?
— No, lo siento. Solo nos dedicamos a las bragas y los tangas, pero si sale por la puerta, cruza el paso de cebra y luego se dirige a la derecha unos 125 metros, verá un sitio donde se dedican a cualquier cosa que tenga que ver con los sujetadores.
— Comprendo. Muchas gracias.
— Ha sido un placer ayudarle.
— Perdone otra vez…
— Dígame.
— ¿Cree que allí tendrán sujetadores masculinos?
— No. Es una tienda exclusivamente femenina. Si desea que le restauren algún sujetador de hombre tendrá que coger el autobús 19, bajarse en la parada de la calle Roncesvalles y dirigirse al número 345. Allí seguro que le recomponen sus sujetadores masculinos.
— Mu… muchas gracias.
— A usted caballero. Ha sido un placer.

Por supuesto no me dirigí a esa calle. En su lugar me fui directo a la avenida Encabronamiento número 25 que es el lugar donde preparan los mejores mojitos de Valencia. Después de tomarme 25 seguidos el dueño me felicitó efusivamente  y me permitió graciosamente chuparle la joroba a su amante filipino.