Email del 29 de junio 2018
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| Gerhard Richter. Bouquet (2014) |
Hola:
¡Cómo se nota la falta de memoria a partir de cierta edad! Anoche metí una lata de Coca-cola zero en el congelador porque estaba sediento y no quedaba ninguna en el compartimento del refrigerador. Para no olvidarme del asunto me até siete metros y medio de hebras retorcidas sintéticas en el dedo meñique, pero con las ocupaciones domésticas y el devenir de la propia existencia, acabé olvidando las hebras y el refresco. ¡Hasta hace media hora! Como era de esperar, el bote ha estallado y el interior de mi congelador ha quedado de un bonito color negro-rojizo-pegajoso que me recuerda a algunas obras de Gerhard Richter. He intentado contratar a un esclavo para que me lo limpie, pero el precio que ha pedido es desorbitado, así que le he puesto la zancadilla cuando se largaba. Creo que voy a comprar otra nevera, porque tengo claro que no voy a ponerme a limpiar semejante guarrería. ¿Por qué todo es tan insoportable?
Cambiando de tema, el desodorante Nivea men 48 horas (invisible for black & white), ni dura 48 horas ni es invisible. Antes de ayer cronometré su duración y me llevé un tremendo chasco al comprobar que no llegaba ni a las 47 horas. En cuanto a su pretendida invisibilidad, yo sigo viendo el frasco perfectamente. Es más, ayer, ocho horas antes del suceso de la Coca-cola zero, estuve cinco horas seguidas mirándolo y no se volvió invisible en ningún momento. Joder, todavía no sé qué es lo que pretendo. Ni lo que exijo. Ni siquiera lo que es preferible o mejor para mí en este momento de mi vida. Supongo que existen toda clase de momentos, pero solo hay una jodida vida. Lo único que llego a comprender es que ya tengo 56 tacos y que ni siquiera jugar conmigo mismo al corro chirimbolo o al de la patata consigue que deje de aburrirme. Incluso cuando duermo me aburro. El único instante en que puedo llegar a creer que no me aburro es cuando sujeto entre mis manos y ante mis ojos mi verdadero tesoro. No es un anillo para conquistarlos a todos, ni son un montón de cheques en blanco firmados y escondidos dentro de una caja de caudales abierta. Es el ensayo sobre la musa y la luna titulado La Diosa blanca de Robert Graves. Su lectura es una de las pocas cosas por las que puedo decir que mi vida, quizá, ha valido algo la pena. Ah, y los Anales. Pero no los rectales, sino los de Tácito.
Si no sucede nada extraño, hoy terminaré el primer tomo de mi autobiografía -dividida en 64 capítulos y con tres falsos finales- titulada Teoría general de la puta mierda, escrita desde la compleja inestabilidad que provoca la profundidad de algunos recuerdos. En un principio el título original era Las babosas tienen cuatro narices, pero decidí cambiarlo por otro que sonara menos pornográfico. Supongo que nadie lo leerá, pero es lógico porque ningún editor se atreverá a publicarlo. Todavía recuerdo la cara del último que íntentó que firmara un contrato cuando le solté que su cerebro me recordaba a una miniatura de dombo fusiforme y trasijado de estraperlo. Mientras se marchaba indignado me gritó que mientras él viviera, jamás volvería a publicar nada en este país. Y así ha sido…
Greg
PD:
¡No soy capaz de doblar sin ayuda de terceros las sábanas bajeras!
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