junio 2018

Email del 29 de junio 2018

Gerhard Richter. Bouquet (2014)

Hola:

¡Cómo se nota la falta de memoria a partir de cierta edad! Anoche metí una lata de Coca-cola zero en el congelador porque estaba sediento y no quedaba ninguna en el compartimento del refrigerador. Para no olvidarme del asunto me até siete metros y medio de hebras retorcidas sintéticas en el dedo meñique, pero con las ocupaciones domésticas y el devenir de la propia existencia, acabé olvidando las hebras y el refresco. ¡Hasta hace media hora! Como era de esperar, el bote ha estallado y el interior de mi congelador ha quedado de un bonito color negro-rojizo-pegajoso que me recuerda a algunas obras de Gerhard Richter. He intentado contratar a un esclavo para que me lo limpie, pero el precio que ha pedido es desorbitado, así que le he puesto la zancadilla cuando se largaba. Creo que voy a comprar otra nevera, porque tengo claro que no voy a ponerme a limpiar semejante guarrería. ¿Por qué todo es tan insoportable?

Cambiando de tema, el desodorante Nivea men 48 horas (invisible for black & white), ni dura 48 horas ni es invisible. Antes de ayer cronometré su duración y me llevé un tremendo chasco al comprobar que no llegaba ni a las 47 horas. En cuanto a su pretendida invisibilidad, yo sigo viendo el frasco perfectamente. Es más, ayer, ocho horas antes del suceso de la Coca-cola zero, estuve cinco horas seguidas mirándolo y no se volvió invisible en ningún momento. Joder, todavía no sé qué es lo que pretendo. Ni lo que exijo. Ni siquiera lo que es preferible o mejor para mí en este momento de mi vida. Supongo que existen toda clase de momentos, pero solo hay una jodida vida. Lo único que llego a comprender es que ya tengo 56 tacos y que ni siquiera jugar conmigo mismo al corro chirimbolo o al de la patata consigue que deje de aburrirme. Incluso cuando duermo me aburro. El único instante en que puedo llegar a creer que no me aburro es cuando sujeto entre mis manos y ante mis ojos mi verdadero tesoro. No es un anillo para conquistarlos a todos, ni son un montón de cheques en blanco firmados y escondidos dentro de una caja de caudales abierta. Es el ensayo sobre la musa y la luna titulado La Diosa blanca de Robert Graves. Su lectura es una de las pocas cosas por las que puedo decir que mi vida, quizá, ha valido algo la pena. Ah, y los Anales. Pero no los rectales, sino los de Tácito.

Si no sucede nada extraño, hoy terminaré el primer tomo de mi autobiografía -dividida en 64 capítulos y con tres falsos finales- titulada Teoría general de la puta mierda, escrita desde la compleja inestabilidad que provoca la profundidad de algunos recuerdos. En un principio el título original era Las babosas tienen cuatro narices, pero decidí cambiarlo por otro que sonara menos pornográfico. Supongo que nadie lo leerá, pero es lógico porque ningún editor se atreverá a publicarlo. Todavía recuerdo la cara del último que íntentó que firmara un contrato cuando le solté que su cerebro me recordaba a una miniatura de dombo fusiforme y trasijado de estraperlo. Mientras se marchaba indignado me gritó que mientras él viviera, jamás volvería a publicar nada en este país. Y así ha sido…

Greg

PD:
¡No soy capaz de doblar sin ayuda de terceros las sábanas bajeras!

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Email del 27 de junio 2018

Giotto. Necedad  (1306)
Querida:
Todas las mañanas, después de tomar una ducha reconfortante y devorar un desayuno equilibrado, suelo sentarme a escribir en mi diario. Obviamente me dedico a redactar todo lo que me sucedió el día anterior, pero como lo hago a la antigua usanza, es decir, en una libreta de anillas y con un bolígrafo en la mano, utilizo una jerga codificada que solo yo soy capaz de comprender. Sirvan de ejemplo un par de líneas de la entrada correspondiente al domingo:
«-Día 24 de junio 2018:
Donga husga-husga du «tomate con perejil» ir randamious inde resatisa. Safababa su condonbilio im maserifado arkai Vicente ir José. Duste futimio indo fasamili su wina sodidonces unda ragarriba. ¡Satanasisa ir bodoremine! ¿Ir bodoremine? Nagas, nagas… ofroto nisula ik mandaremunia.»
Generalmente no dedico más de cinco minutos a esta tarea. Mi vida es tan aburrida y predecible que incluso podría hacerlo en menos de dos minutos. Una vez he considerado que no queda nada reseñable que anotar, me levanto de un salto atlético y suelo caerme al suelo. Hasta este momento, quiero decir, hasta que me levanto del morrazo contra el gres, he ido completamente desnudo por la casa, así que entro en mi habitación y me dirijo a la esquina que hace de vestidor y allí me pongo unos calzoncillos y una camiseta y me miro al espejo. Como suelo encontrarme aborrecible, me traslado a otra de las esquinas, la que hace de desnudador, y me vuelvo a quedar en pelotas. El problema es que a menudo tengo que salir a la calle a hacer ejercicio caminando de un lado hacia el otro, y si lo hiciera sin ropa llamaría demasiado la atención de los sodomizadores. Por esa razón vuelvo a la esquina vestidor y me atavío por completo. 
Ayer creí ver un ovni, pero al final resultó ser un abejorro. Más tarde me senté sobre la barriga de un albañil al confundirla con una silla. Creo que me estoy quedando ciego. Claro que también puede deberse a mi decisión de obviar las gafas por completo. Con ellas parezco un mancebo caquéctico y algolágnico cuya última transverberación mística ha terminado en un perentorio fracaso. Creo que debería dejar de intentar parecer un tipo viril y ser yo mismo. Hace años fui él mismo durante algunos meses y la cosa no terminó del todo bien. ¡Pero la culpa la tiene esta inmunda sociedad donde un jodido «like» es más importante que un abracito! Por cierto, ¿sabes lo que me ocurrió una vez que intenté dar un abracito a mi pareja de entonces? ¡Se desmayó! Cuando le pregunté si estaba enferma, me respondió que no, pero que como ese había sido el primer abrazo que le daba en nueve años, no había podido resistir la emoción. A partir de ese instante le di una media de 47 abrazos cada dos horas, con lo que acabó largándose con un cuidador de octópodos que trabajaba en el Oceanogràfic de la Ciutat de les Arts i les Ciències. Más tarde me enteré de que había dejado a este y ahora rondaba los platos de calamares a la romana de cierto bar de la capital.
No tengo nada más que contarte. Podría inventarme algo y de esa manera llenar varias páginas de Word, pero debo dinero a Microsoft. También debo dinero a Avast y a Carmencita. Carmencita debe un pastón a Joaquín. Joaquín no quiere cancelar sus deudas con Esteban. A Esteban le ha salido un bulto en el cuello. El cuello de Esteban es incompatible con las camisas francesas. Las camisas francesas siempre serán camisas francesas, a menos que empiecen a fabricarlas en Sudán. 
Suda mucho,
Greg

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Email del 25 de junio 2018

Ripollés (quizá el peor pintor de la historia). La chica de la manzana (fecha desconocida, pero la verdad es que me la refanfinfla)

Hola:

¡Hoy ha muerto Estellés! Pese a que nadie le hizo demasiado caso en vida, algunos ya comienzan a sentirse culpables. Recuerdo su sonrisa etérea y contagiosa y el brillo de sus ojos que iluminaba cualquier estancia. ¡Pero también recuerdo la vez que vomitó sobre mi espalda! En aquel instante no me importó demasiado porque unos pocos minutos antes ya me habían vomitado en el mismo lugar tres personas cuyos nombres soy incapaz de recordar en este momento. ¿Quién sino él sería capaz de modelar una figurita de un buda sonriente con el sicote recolectado de sus pies durante un año y donarla al centro social de Hatha Yoga del barrio? Todavía descansa sobre una vitrina. Puedes ir y comprobarlo. Aunque si quieres que te sea sincero, a mí quien me importaba realmente era su hermana. Todos la llamaban «la estellesa» y era tan guapa que hasta se me hace un nudo en la garganta cuando la recuerdo. Murió muy joven. Algunos dicen que de guapura talasémica, otros están convencidos de que todo fue un bluff y que no solo no murió, sino que ni siquiera existió y que todos los que se enamoraron de ella son unos pobres enfermos repletos de alucinaciones perceptivas y delirios cognitivos . Puede ser.

¡Hoy ha muerto Estellés! Ayer murió una tal Eufemia en un pueblecito de la Safor y mañana morirá alguien que se llame Fructuoso, Eliodoro o Policarpo. Y si no te lo crees compra los periódicos La Vanguardia o el ABC. Son repugnantemente fachas pero todavía publican esquelas. ¿Sabes? Estoy convencido de que la muerte constituye un serio inconveniente para practicar algún deporte. Estellés era un hincha fanático del Real Madrid y siempre que podía lo demostraba acercándose a alguien en completo silencio y gritándole en la oreja «¡goooooooooooool en el Bernabéuuuuuuu!». Algunas de sus víctimas quedaron sordas, pero la mayor parte se hicieron ascéticos o invirtieron en empresas auditivas.

¡Hoy ha muerto Estellés! Ojo, no te confundas con Ripollés. Estellés jamás llevó flores en la barba, básicamente porque nunca se dejó barba. Él siempre decía que los pelos en la cara son para los megaterios. Ripollés no es un megaterio pero sus pinturas y sus esculturas sí parecen hechas por un animal extinguido y con serios problemas de coordinación espacial. Un día que asistimos juntos -Estellés y yo, no Ripollés y yo- a la inauguración de una sardinería, me confesó que nunca se había acostado con una mujer. Cuando le contesté que ser gay afortunadamente ya no era un pecado, me agarró con fuerza por las solapas (algo que todavía no he llegado a comprender, porque era pleno mes de agosto y yo llevaba una camiseta de manga corta) y me escupió en la cara con asco que él no era un jodido manflorito. Nunca se había acostado con un humano. Le interesaban las gallinas. Igual daba que fueran Babcock, Ross o Wyandotte. Siempre que pertenecieran al género Gallus, le servían.

¡Hoy ha muerto Estellés! Por supuesto después de recibir la extremaunción de manos del padre Bardomiano, perteneciente a la diócesis de Alboraya. En principio Estellés debía haber sido sacramentado por el tonsurado Petrolino, pero a última hora este necesitó ir a la barbería eclesiástica de urgencias, pues su coronilla se asemejaba a un monte de venus revuelto y poco cuidado. Exceptuando al padre Bardomiano, Antonio García Ferreras y yo, nadie más asistió a su final. Ni siquiera sus hermanas Eliboria y Pantaleona Estellés, ni su sobrina preferida, Silvestra. Me gustaría que estas líneas sirvieran para recordar a un amigo que nunca volverá a vomitarme encima. ¡Te quiero Estellés!

G

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Email del 24 de junio 2018

Paul Gauguin. Landscape with two goats (1897)

Amiga:

«Algún día no me levantaré. 
Todo es demasiado aburrido cuando estoy despierta.»

Los dos versos anteriores pertenecen a un poema bastante extenso escrito a pezuña por la cabra Teresa en 1956 y que forma parte de un poemario titulado Balidos chuchurridos, sensaciones ajadas y forraje marchito. La cabra Teresa se hizo famosa en la década de los ´50 por ser el único artiodáctilo capaz de escribir sus emociones. Deberías leer su magistral libro en prosa titulado En el monte solo hay aliagas escrito en 1959, tres meses antes de que se despeñase desde una quebrada. Aunque para muchos estudiosos de su obra, su muerte fue un claro y premeditado suicidio, para su pastor, «el tío Camuñas», se trató de un accidente fortuito que no guardaba ninguna relación con los demonios interiores que la atormentaban día y noche. Según Camuñas, el fatídico día de su deceso Teresa estaba bastante animada y su rostro resplandecía sobre el horizonte. La última vez que la vio saltaba indolente por el pastizal de la dehesa (sic).

En realidad, la cabra Teresa perteneció a un linaje de artistas que comenzó con su tatarabuelo, el cabrón Aurelio, quizá el cantautor más contradictorio que ha existido. Se dice que Aurelio compuso más de 300 canciones repletas de balidos, recriminaciones y desesperanza. Todavía recuerdo el día que escuché una versión de su Jotica desequilibrada. ¡Dios, cuántas sensaciones recorrieron mi cuerpo en tan poco tiempo! Y qué puedo decir de Los grillos de las eras no tienen pilila o de El sonido de la montaña muda. Mañana te enviaré por correo ordinario una especie de «Grandes éxitos» recopilado por mí, por supuesto, interpretados por cabras modernas, que aunque están muy lejos de las supuestas versiones originales, todavía tienen el poder de hacer que nuestros corazones se estremezcan por la pasión, por el delirio y el entusiasmo que un pobre chivo imprimió a sus vivencias más personales.

Aproximadamente cinco años después del fallecimiento de Teresa, su sobrina Pascualita se dedicó a la escultura. Y no debió hacerlo nada mal porque a los ocho meses ya exponía en algunos prados. Su mecenas, un carnicero que residía en un pueblo cercano y que acabó sus días defendiendo las verduras como verdadera fuente de alimentación sana, siempre creyó que Pascualita era la reencarnación animal de Auguste Rodin. Algunas fuentes destacan que aunque Sento, que es como se llamaba el chacinero, nunca intentó propasarse con la escultora de cuatro patas, estaba profundamente enamorado de ella. A su mujer no le hacía demasiada gracia que representara a Paulina, pues consideraba que era una pérdida de tiempo total y estaba completamente convencida de que todas las cabras deberían estar en su cazuela. Poco o nada se conoce sobre las obras de Paulina. Según el historiador de ganado, Riquelme Gonzalez, Paulina esculpió varios cientos de estatuas, tallas, relieves y torsos, aunque en la actualidad solo se conserva medio.

Se dice que uno de los antepasados del cabrón Aurelio fue traductor del caprino al bovino, del bovino al caprino, del caprino norteño al caprino sureño, del caprino sureño al bovino de las tierras bajas y del bobino de llanura al caprino montano, aunque este dato no está suficientemente contrastado. Se pueden escuchar todo tipo de historias, la mayoría embustes, sobre la familia de Teresa. Lo que está claro es que ese clan produjo algunas de las mentes más preclaras de nuestra ganadería nacional. Por esa razón te cuento lo poco que sé de ellos. Espero que mi texto te ayude a comprender la nimiedad humana. Ahora me despido de ti con unos pocos versos de Teresa…

«Hoy me siento magnífica,
miro el horizonte que tambíen es magnífico,
y siento magníficas ganas de desaparecer,
para siempre,
pero de una forma magnífica.»

Greg

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Email del 23 de junio 2018

Edvard Munch. Dance of life (1899-1900)

Querida:

Si has leído, o mejor, si has visto la trilogía ESDLA, habrás observado que la vara de Gandalf -por lo menos en las secuencias de Minas Moria- lleva incrustada en la parte superior una bombilla Osram de 60 vatios. Yo esta mañana también he tenido una bombilla flotando sobre mi cabeza. Es una lástima que no haya apuntado esa maravillosa idea, pero a veces me fío de mi memoria y suceden ese tipo de catástrofes. ¡No sé para qué diantres me compré el cuaderno Moleskine! Ahora mismo descansa debajo de la pata de una mesa vieja que cojeaba. Yo también cojeo, aunque es debido al peso del lado derecho de mi cerebro que, como en cualquier ser humano, controla la parte izquierda de mi cuerpo. ¿Me imaginas caminando con un cuaderno Moleskine o incluso Rhodia Webnotebook debajo del pie zurdo? Una vez caminé con una compresa pegada debajo de un zapato. No recuerdo en estos instantes si era del derecho o del izquierdo. El asunto sucedió hace muchos años. Tampoco recuerdo la marca de la compresa y cómo llegó a pegarse a mi suela, pero te juro por mi reencarnación anterior que todo lo que te he contado en el pasado, lo que te cuento en el presente y lo que pueda llegar a contarte en el futuro es verdad. Excepto cuando te cuento alguna mentira, hecho que sucede bastante a menudo. Según un estudio de mi antepenúltima expareja publicado en Scientist Spanish, miento más que respiro. ¡Y se supone que respiro entre 1000 y 1200 veces por hora! Por lo cual debo mentir entre 1201 y un número indeterminado de veces en 60 minutos. Pero tampoco considero que mentir sea falsear la realidad. Una mentira es una verdad desenredada, corregida y metodizada. Y salpimentada. Y amasada con rítmicos movimientos de las caderas, tipo Elvis, ya sabes… ¿Qué cojones vas a saber, si ni siquiera yo sé qué es lo que estoy escribiendo? A veces se me va la olla. Según el mismo estudio de mi ex, se me va la olla tres veces cada diez minutos, con lo que tenemos un total de 567.923 veces cada 75 años. Una cantidad considerable, pero muy baja comparada con las cifras alcanzadas por Karlos Arguiñano, por poner un ejemplo. Además, ¿que yo sea un sujeto inestable, mentiroso y totalmente corroído por la envidia me resta puntos como persona? Yo creo que no, por esa razón nunca pude llegar a comprender al hijo de mi antepenúltima ex, la del estudio en Scientist Spanish, cuando proclamaba berreando que yo, junto a Calígula y Atila el Huno, formábamos la gran triada perfectible y defectible de la especie Homo sapiens.

No obstante, todo se vuelve confuso cuando medito sobre el miedo que tengo a la vida y a la muerte. Aunque mi determinación es inquebrantable, a menudo me niego a sentir algo por alguien. El problema de sentir algo por alguien es que si siento algo por alguien, perderé todo lo que tengo y acabaré quedándome solo con ese alguien y sin el algo, que al cabo del tiempo suele salir disparado por cualquier resquicio o hendidura. Y no quiero acabar mis días y mis noches con un alguien -sin algo- que come bombones a todas horas mientras se rasca el culo con gran deleite y vomita sobre mí lo mucho que me quiere, sobre todo cuando atraco bombonerías y le consigo bombones. Los bombones, hasta donde yo sé, no tienen ese algo. Ese algo que quizá ni existe y no es más que una etiqueta utópica que nos sirve para no perder el hilo de nuestras propias imperfecciones existenciales. Yo te quiero, tú quieres a otro. Ese otro está coladito por otra, que a su vez se acuesta con otro y otra al mismo tiempo. Uno de esos otros y otras, no importa cuál, tiene una relación seria con otro y ese mismo otro sueña con tener sexo anal con otra. Todo en esta vida son «otros» y «otras». Y entre un «otro» y otro «otro», otro «otro» saca partido a cada una de sus míseras circunstancias. Y al final solo queda ese recuerdo transmutado, ese conjunto de apariencias adulteradas, ese caminar a todos los lados sin saber que cada lado es el mismo lado.

Greg

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Email del 21 de junio 2018

Lucian Freud. Leigh on a green sofa (1993)

Querida:

El sofá de mi comedor debería estar en un contenedor de basura, sin embargo, todavía sigue apoyado sobre la pared donde ha permanecido los últimos 35 años. Te escribo esto con mis martirizadas nalgas asentadas sobre uno de sus flácidos y pastosos asientos forrados con bucaram o retorta. Podría escribirte desde una silla o tumbado en la cama, pero no tengo fuerzas ni para levantarme. Mi único pasatiempo es escuchar las notas de los borborigmos que escapan de mis tripas mientras intento evadirme de este consuetudinario y letal «Todo». Quizá parte de la culpa de la apatía que me tupe sea debida al jodido calor que azota al sector sur de mi barrio, pero también es probable que no se trate más que de otro ataque de miserabilidad existencial. Suelen darme un par cada tres meses y sus duraciones nunca sobrepasan los 12 días. No sé. Es como una especie de menstruación disfrazada de niebla de advección, que debilita mis ya de por sí debilitados estados de ánimo y que me impide ver cualquier atisbo de positividad en cualquier cosa o cualquier lado. Ni siquiera imaginar que todos los humanos del mundo -excepto el que escribe este email- padecen de purgaciones, me alegra durante un exiguo lapso de tiempo. Creo que debería llamar por teléfono a mi doctora en psicología clínica, pedirle perdón por haber comparado su cara con un plato de sopa de pene de toro y suplicarle que vuelva a tomar las riendas de mi aniquilación. Con ella como terapeuta, mi autodestrucción era mucho más ordenada.

¡Ojalá las neveras pudieran dirigirse hacia el lugar donde completamente extenuados descansan sus amos y señores! Porque yo no tengo el suficiente arrojo como para poder levantarme y dirigirme hacia ella. Y necesito beber líquido para hidratarme y alejar esos negros y terribles pensamientos. Si tú me apreciaras de verdad, vendrías a toda velocidad con un coco fresquito abierto por la mitad. O mejor, contratarías a una prostituta de lujo, joven y con proporciones escandalosas, para que me trajera el coco fresquito abierto por la mitad. Y yo me bebería la leche de una mitad mientras la escort derramaba la otra sobre mis musculosos pectorales y los lamía. ¡Maldito puto karma! ¿Por qué he sido un tipo tan vil y despreciable todos estos años? Pues básicamente, porque no tenía otra cosa que hacer. Resulta más reconfortante comportarse como un hijo de la gran puta (con Ford Escort o sin él) que como un virtuoso, bondadoso y soso mortal. Y además resulta más barato. Y como no existe ningún Dios que nos las vaya a hacer pasar canutas cuando palmemos…

Un día se me ocurrió que si intentaba que no se me ocurriesen ideas, no tendría que analizarlas y llevar a cabo las que hubiesen pasado las pruebas. Y después de que se me ocurriera esa fantástica idea, se me ocurrió que si me doblaba, eso sí, muy muy lentamente, como si fuera un libro que intenta cerrarse, podría hacerme una fellatio a mí mismo y me ahorraría un dineral en Fords escorts y en escorts sin Fords. Más tarde, mientras siete médicos y nueve enfermeras intentaban desdoblarme a mi posición natural sirviéndose de rodillas, ganchos, grasa de litio y varias estampitas de Nuestra Señora de Loreto, deduje que cualquier ocurrencia que pudiera tener, estaba predestinada al fracaso total. Por esa razón me senté en este maldito sofá y dejé de preocuparme de cualquier mierda que volara sobre mi sesera.

Greg

PD:
He aprovechado un corte de media hora de duración en el suministro eléctrico para escribir tres libros.

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Email del 20 de junio 2018

Sam Francis. Untitled (Holy hole) (1984)

Hola:

Y ahora, supongamos que lo tapo. Como siempre, lo hago con un único propósito: que tú lo destapes. Sin embargo tengo miedo de que pases por delante y no te des cuenta de que existe. Sin una mirada no hay un motivo, por lo tanto no lo destaparías. Ni siquiera cuando instantes después reparases en ello. ¿Quizá ahora prefieras tapar también? Si es así, entonces yo me pondré a destapar. Imagina si los dos destapáramos y no hubiese nadie para tapar. ¿Recuerdas cuando a mí me dio por no tapar ni destapar? Pasamos los peores momentos de nuestras existencias, por esa razón es importante que acordemos las secuencias. Si tú destapas, yo seguiré tapando, pero si por el contrario necesitas iniciar unos nuevos movimientos que te arranquen del sopor de los anteriores, y crees que tapando conseguirás sentirte un poco más realizada, yo destaparé todo lo que tú tapes sin ningún problema. Ya sabes que aunque no es lo mío, puedo llegar a ser un destapador bastante adecuado. Claro que también podríamos poner en marcha lo que durante tantos años hemos pensado y por algún motivo nunca nos hemos atrevido a realizar: contratar un destapador y dedicarnos a tapar juntitos, tú y yo. O al contrario, dejar que el contratado o la contratada disponga de control total a la hora de destapar todo lo que nosotros tapemos. Juntitos o de forma separada. Existen innumerables variaciones, pero si me dejas elegir, lo ideal sería que yo tapara mientras tú y la nueva adquisición -prefiero una hembra- os dedicaseis a destapar. No sé, podríais turnaros, o incluso hacerlo a cuatro manos. Esto último me daría mucha seguridad. No quiero que pienses que si elijo tapar es por el mero hecho de facilitarme la existencia, porque está demostrado que es mucho más sencillo destapar que tapar. Hay un montón de estudios que lo avalan. Deberías consultarlos. De todas formas lo más importante es que lleguemos a un acuerdo y no perdamos un tiempo irrecuperable en disquisiciones y discusiones estériles.

Espera tu respuesta,

Greg

Email del 20 de junio 2018 Leer más »

Email del 19 de junio 2018

Vlad Tepes. Autor y fecha desconocidos.

Ainsssss:

En ocasiones recurro a la fascinación que me produce fantasear con lo que nadie se ha atrevido jamás a imaginar. Supongo que no sería demasiado descabellado pensar que cada representación o cada imagen que se proyecta en el interior de lo que alguna vez fue un cerebro sano y vital, pero que hoy es un órgano estropeado, pertenece a Bankia. Pues ellos controlan mi existencia y deciden sobre lo que debo o no hacer. Hasta que no liquide la deuda que tengo contraída no seré libre, ni siquiera para elegir el tapizado para las sillas de mi comedor. Porque cada vez que necesito algo he de calcular el coste y preguntar al director de mi sucursal si la compra es factible, aunque sé de antemano su respuesta:

-No, de ninguna manera.
-Nos debe miles de euros, señor Gregorio.
-Usted en realidad es libre de tomar sus propias decisiones, pero mi humilde consejo es que siga las normas establecidas.

Las normas. Las normas. Esos preceptos mórbidos y patológicos que me despiertan todas las noches. Quizá, si fuera un tipo más osado, podría juntarme con unos cuantos cientos de extorsionados audaces y formaríamos un gran grupo de ataque con ramificaciones en todas las capitales del país. Es una lástima que no crea en el ser humano como fuerza arrebatadora que tiene el poder de enfrentarse a cada entuerto. ¡Cómo me gustaría sumirme en un sueño autoinducido de una duración igual o superior a los 430 años! 430 años son 5.160 meses. Y toda esta tira de meses representan 154.900 días. Un día es una mierda, por lo que 154.900 días son más mierdas de lo que un bello durmiente sería capaz de resistir, aunque fuese para escapar del mal.

-Sus deudas, señor López, son nuestras futuras piscinas climatizadas.
-Piense que cada accionista tiene varios hijos, mascotas y amantes que dependen enteramente de usted. ¡Debería sentirse feliz!
-El mes pasado fui condescendiente con sus números rojos, pero por favor, no piense que soy un maldito badulaque.

No, el badulaque soy yo. Y lo soy por vender mi alma a semejante hermandad de vampiros. Y todo para poder acumular más pertenencias. Las mismas que hoy me importan un jodido pito. Claro que soy un badulaque. Y un estúpido, un necio y un demente. Solo un retrasado hipotecaría un futuro que todavía no le pertenece por un puñado de exclamaciones de admiración provenientes de amigos y conocidos todavía más vendidos a la sociedad que yo. ¡Debo clavar una estaca en el corazón del jefe supremo vampiro! Pero lo haré más tarde. Ahora debo telefonear a mi agente bancario para preguntarle si puedo comprar una bolsa de 40 gramos de almendras de la marca «El Manisero» que cuesta un mísero euro. Me gusta asomarme a la ventana y ver pasar al resto de víctimas mientras mastico frutos secos.

-Sé por lo que está pasando, señor López, pero francamente, yo debo rendir números a mis superiores. Y todos esos números deben ser de un bonito color verde tropical.
-No me llore, don Gregorio. Debería haber sospesado los pros y los contras antes de arrodillarse lloriqueando para que le concediéramos su crédito.
-¡Seguridad!¡ Saque a este perdedor fuera de la oficina!

Entre mi grupo de amigos, hay uno al que todos llamamos «Inteligencia brutal Pepe», pues se llama José y es el único que no debe nada a los bancos. Es un tipo listo. Todo lo que debe está a nombre de Magdalena, su mujer, por lo que es ella la que está experimentando cómo se consume su vida. Él se limita a pasear por las calles con rostro altanero y un crucifijo colgando de su cuello. Algunos dicen que también suele llevar ajos en los bolsillos del pantalón. Ojalá yo tuviese el suficiente dinero para comprar una ristra o un único kilo de ajos. Llegados a este punto de miseria, poco me importaría que fuesen recién traídos de la huerta o disecados.

Greg van Helsing

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Email del 18 de junio 2018

Vincent van Gogh. Young slave (1887)

Querida amiga:

He creado un algoritmo que me avisa cuando algún agregado mío se hurga las narices.

Greg

PD:
¡Me encanta la mistela! Pero de igual manera me seducen la botella de la mistela y el tapón. Con la mistela cojo algunas maravillosas cogorzas que hacen que me olvide por unas horas de que soy un jodido humano de mierda. Con la botella -recargada y kitsch hasta el paroxismo- hago música al rasgarla arriba y abajo con la navaja que utilizo para rajar cenutrios, y el tapón, me sirve de recipiente donde mezclar el tinte de cejas con el fijador del color. Ahora mismo, mientras te escribo esto, me estoy tomando el tercer chupito. Claro que al mismo tiempo que me tomo el tercer chupito y te escribo, Vicente Brey, mi esclavo a sueldo, me está lavando los pies con agua de rosas. Vicente Brey es un cretino que hace cualquier cosa por dinero. Y como a mí me fascina ver hasta dónde puede llegar para embolsarse unos pocos euros, hoy le he puesto a adecentar mis extremidades. Podría haberle mandado que adecentara mis testículos, pero no soporto que me los toqueteen con las manos. Ni siquiera con guantes de látex.

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Email del 12 de junio 2018

Ion Tuculescu. Portrait of my grandfather (XX cent.)

Hola:

Mi nueva vida ha durado menos de 15 minutos, pues me gustaba demasiado la vieja. Te explico: ayer mientras estaba tumbado con el cuerpo plácidamente doblado en la chaise longue, decidí que quería ser lo más parecido a un tipo corriente. Ya sabes, reír las gracias de la gente (aunque en el fondo me produzcan ganas de vomitar), llevar a mis sobrinos a la feria, invitar a mis amigos a comer en mi casa una pitanza preparada por mí con infinitas dosis de amor y todo ese tipo de cosas. Te juro por mis proteínas Tau que no sufrí un repentino ataque psicótico, simplemente quería integrarme de lleno en la sociedad y convertirme en un referente comunitario-benéfico-cebollino-marujo, o para ser más específico, una especie de cruce entre Florinda Chico, el Sultán Tipu y Dora, la exploradora. ¡Y casi lo consigo! Incluso me bajé de Internet un manual que explicaba las pautas a seguir para dejar de ser un solitario asocial, egoísta y excéntrico. El autor del texto, un tal A. L. M. (¿A La Mierda?) enumeraba en 2.700 puntos la manera de llevarlo a cabo sin sufrir uno o varios pólipos en la vesícula biliar. El tratado, por llamarlo de alguna manera, me pareció escrito en un lenguaje similar al que utilizaban los cabreros del siglo XIX en las Hurdes y me costó un montón llegar al punto 34, el último que leí antes de decidir que ser un solitario asocial, egoísta y excéntrico era una maravillosa y alternativa forma de ser y que siendo así no hacía daño a nadie. Por supuesto, a nadie que no quisiese hacerse daño a sí mismo tomándome a mí y a mis absurdidades patafísicas demasiado en serio.

Recuerdo a mi abuelo Vicente Pérez, que era un tipo dadaísta, multivitamínico y asocialmente descentrado y asilvestrado. Y recuerdo que cada vez que le preguntaba para qué cojones sirve integrarse en la colectividad (AKA sociedad humana, AKA repelencia arredrante, AKA zurullo aguachinado) siempre me respondía que le dejara de hacer preguntas estúpidas, ya que él odiaba pensar, que lo mejor que podía hacer era preguntárselo a los caballos, ya que al tener la cabeza mas grande, eran los candidatos perfectos para responder cualquier tipo de cuestiones. Y debo decirte que tenía toda la razón. Nadie que esté en su sano juicio sería capaz de reseñar las ventajas de pertenecer a la raza humana, también llamada raza superior o «esos malditos hijos de la gran puta». Yo por lo menos no soy capaz, aunque tengo un amigo que dice que es capaz de deletrear las palabras «fimosis guachindonga» sin fruncir el ceño. Hace algunos años, alguien me regaló un libro que se titulaba Garbancito de la Mancha nunca existió de un tal Francisco Haba Frijol. En él leí algo que cambió mi vida por completo. En la página 239, párrafo tres, línea octava, el señor Haba Frijol proclamaba que el ser humano era tan humano como podía serlo un ectoparásito hematófago (sic) y que si en lugar de desarrollar el cerebro y el pene, hubiera incrementado el tamaño de la nariz, el planeta Tierra quizá todavía tendría alguna oportunidad (sic).

Greg

PD:
Los gases me producen Coca-Cola.

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