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| Paul Gauguin. Landscape with two goats (1897) |
Amiga:
«Algún día no me levantaré.
Todo es demasiado aburrido cuando estoy despierta.»
Los dos versos anteriores pertenecen a un poema bastante extenso escrito a pezuña por la cabra Teresa en 1956 y que forma parte de un poemario titulado Balidos chuchurridos, sensaciones ajadas y forraje marchito. La cabra Teresa se hizo famosa en la década de los ´50 por ser el único artiodáctilo capaz de escribir sus emociones. Deberías leer su magistral libro en prosa titulado En el monte solo hay aliagas escrito en 1959, tres meses antes de que se despeñase desde una quebrada. Aunque para muchos estudiosos de su obra, su muerte fue un claro y premeditado suicidio, para su pastor, «el tío Camuñas», se trató de un accidente fortuito que no guardaba ninguna relación con los demonios interiores que la atormentaban día y noche. Según Camuñas, el fatídico día de su deceso Teresa estaba bastante animada y su rostro resplandecía sobre el horizonte. La última vez que la vio saltaba indolente por el pastizal de la dehesa (sic).
En realidad, la cabra Teresa perteneció a un linaje de artistas que comenzó con su tatarabuelo, el cabrón Aurelio, quizá el cantautor más contradictorio que ha existido. Se dice que Aurelio compuso más de 300 canciones repletas de balidos, recriminaciones y desesperanza. Todavía recuerdo el día que escuché una versión de su Jotica desequilibrada. ¡Dios, cuántas sensaciones recorrieron mi cuerpo en tan poco tiempo! Y qué puedo decir de Los grillos de las eras no tienen pilila o de El sonido de la montaña muda. Mañana te enviaré por correo ordinario una especie de «Grandes éxitos» recopilado por mí, por supuesto, interpretados por cabras modernas, que aunque están muy lejos de las supuestas versiones originales, todavía tienen el poder de hacer que nuestros corazones se estremezcan por la pasión, por el delirio y el entusiasmo que un pobre chivo imprimió a sus vivencias más personales.
Aproximadamente cinco años después del fallecimiento de Teresa, su sobrina Pascualita se dedicó a la escultura. Y no debió hacerlo nada mal porque a los ocho meses ya exponía en algunos prados. Su mecenas, un carnicero que residía en un pueblo cercano y que acabó sus días defendiendo las verduras como verdadera fuente de alimentación sana, siempre creyó que Pascualita era la reencarnación animal de Auguste Rodin. Algunas fuentes destacan que aunque Sento, que es como se llamaba el chacinero, nunca intentó propasarse con la escultora de cuatro patas, estaba profundamente enamorado de ella. A su mujer no le hacía demasiada gracia que representara a Paulina, pues consideraba que era una pérdida de tiempo total y estaba completamente convencida de que todas las cabras deberían estar en su cazuela. Poco o nada se conoce sobre las obras de Paulina. Según el historiador de ganado, Riquelme Gonzalez, Paulina esculpió varios cientos de estatuas, tallas, relieves y torsos, aunque en la actualidad solo se conserva medio.
Se dice que uno de los antepasados del cabrón Aurelio fue traductor del caprino al bovino, del bovino al caprino, del caprino norteño al caprino sureño, del caprino sureño al bovino de las tierras bajas y del bobino de llanura al caprino montano, aunque este dato no está suficientemente contrastado. Se pueden escuchar todo tipo de historias, la mayoría embustes, sobre la familia de Teresa. Lo que está claro es que ese clan produjo algunas de las mentes más preclaras de nuestra ganadería nacional. Por esa razón te cuento lo poco que sé de ellos. Espero que mi texto te ayude a comprender la nimiedad humana. Ahora me despido de ti con unos pocos versos de Teresa…
«Hoy me siento magnífica,
miro el horizonte que tambíen es magnífico,
y siento magníficas ganas de desaparecer,
para siempre,
pero de una forma magnífica.»
Greg
