febrero 2015

Email del 23 de febrero 2015

Fernand Leger. Wall composition (1952)

Hola:

Acabo de descubrir en la pared una pequeña mancha camuflada en el interior de otra mancha de tamaño indeterminado. Ambas son de un color ambiguo y bastante irregulares. Si las miro de cerca tienen formas extrañas, pero si me alejo hasta una distancia prudencial, soy capaz de representar sus perfectas desigualdades y aplicar un criterio conocido que me permita extraer algunas conclusiones. Ya sé que sólo son unas puñeteras manchas, quizá debidas a una salpicadura, pero no puedo dejar de admirar su perfección y belleza. Desde que reparé en ellas, ya no me interesa contemplar el tabique desnudo, pintado con prisa de color amarillo membrillo. ¡Quiero que toda la casa se llene de lamparones de similar categoría! Pero desconozco como fueron creadas y me siento incapaz de reproducir su excelsa naturaleza. He intentado estrujarme el cerebro para indagar en su origen, pero lo único que he conseguido es acabar tirado en el suelo exhausto. Creo que voy a dejarme de tonterías y empezar a comunicarme con ellas. ¡Necesito preguntarles tantas cosas! Ignoro si recibiré respuesta, pero no me importa en absoluto. Si no me contestan, me inventaré las réplicas. Porque no se puede pretender algo, cualquier cosa, sin traspasar ciertas líneas reales o imaginarias.

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Email del 20 de febrero 2015

Konstantin Somov. Open door on a garden (1934)

Amiga mía:

Esta mañana, mientras daba mi habitual paseo matutino, he sentido ganas de bailar. A lo largo de mi existencia, he adquirido multitud de conocimientos y alguna que otra enfermedad hereditaria, por eso siempre he creído que ir en contra de un deseo es una de las cosa más inútiles que un humano guapo y de asombrosa constitución física puede hacer. Por esa razón no me ha importado en absoluto mover mi esqueleto delante de algunos viandantes. Y creo que no lo he hecho nada mal, pues un par de señoras de aspecto prematuramente envejecido me han felicitado, aunque, en un momento dado, un anciano con boina raída se ha acercado a mí y me ha dicho que todavía debo mejorar mucho, ya que mis cabriolas no son demasiado artísticas y las piruetas finales producen vergüenza ajena.

Pero no me importa. Dentro de uno pocos días (o quizá antes), volveré al jardín donde las plantas florecen incluso en invierno y podré volver a contemplar esa sonrisa que todo lo ilumina. No puedo dejar de pensar en la multitud de conversaciones racionales que me esperan (Nota: debo practicar en soledad para poder estar a su altura). Cuando me acerco a sus comisuras, todo vuelve a tener sentido. Delibero y llego a conclusiones. Razono y no permito que las decisiones de mis demonios internos se transformen en aseveraciones innegables. Contemplo mi imagen reflejada en su espejo y, por primera vez en mi vida, soy capaz de ver una silueta nítida.

Necesito guardar la práctica totalidad de verdades estériles que han rondado mi cabeza durante tantos años. Ha llegado la hora de descubrir evidencias ubérrimas y alejarlas de las sombras oscilantes que proyectan la inseguridad y el cansancio anímico. Las casualidades se presentan disfrazadas y es muy difícil diferenciar las que te llevan a algún sitio de las que te acercan a ninguna parte. Cuando aprendes a distinguirlas, un Universo de materia, energía, espacio y tiempo se fusionan con las ideas accesorias que definen al Yo como una maravillosa impotencia.

Greg

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