enero 2018

Email del 31 de enero 2018

Michelangelo Merisi da Caravaggio. Narcissus (1599)

Querida:

Las diferencias entre los seres humanos y los objetos inanimados no son tan verdaderamente desmesuradas. Una de esas desemejanzas poco o nada extraordinarias, quizá la más importante, es que los Homo sapiens necesitan justificar su vacío existencial malgastando sus vidas buscando algo, y los ladrillos no. Y «algo» no es más que una jodida magnitud indeterminada. ¿Acaso tú no buscas algo también? Yo busco una crema que gracias a su avanzada y exclusiva tecnología reparadora, reduzca de forma significativa los principales signos del envejecimiento visibles. Quiero comprobar su efectividad y cómo su poderoso complejo restaurador potencia la sincronización natural de los procesos rehabilitadores de mi piel. Necesito que me deje una epidermis suave, joven y radiante, y que al mismo tiempo redefina mi óvalo facial y le devuelva la luz y esplendor que poseyó antaño. Ah, y que sobre todo esté dermatológicamente testada. Si conoces algún producto que posea una buena parte de esas características, me gustaría que me apuntaras su nombre comercial, dónde puedo robarlo, tu opinión personal tras seis meses de uso y si de alguna forma el haberlo utilizado dos veces al día (mañana y noche) ha cambiado en algo tu vida. Por último, desearía pedirte un favor. He fabricado unas chapitas redondas con una foto de mi cara -retocada con Photoshop para que parezca mucho más joven- en las que se puede leer «Greg es magnífico». Llevan un imperdible metálico mediante el cual puedes engancharlas donde quieras. ¿Podrías lucir una en tu ropa? ¿Querrías distribuir gratuitamente algunas entre tus amigos y familiares?  Me gustaría tanto salir a la calle y ver a la gente con la chapita en sus camisas, chaquetas o abrigos. Si la idea tiene éxito, podría diseñar otras con diferentes imágenes de mi rostro y distintos mensajes que destaquen mi grandeza natural. Incluso podría incrementar su tamaño y mejorar la calidad de la base y del rotograbado.

Básicamente he pasado conmigo toda la vida. Me siento muy dichoso de haberme encontrado y amado. Junto a mí he llegado a encontrar la verdadera felicidad y, quizá por ese motivo, siempre me he sentido diferente. Dios, ¡soy tan maravilloso y perfecto! Estoy tan extraordinariamente diseñado. Mi cuerpo, mi piel, mis huesos, mis vísceras. Todo en mí es supremo. Comprendo perfectamente que la gente que quiere ser como yo y no lo consigue acabe suicidándose o termine sus días como anacoreta rodeado de ganado. Y soy tan modesto, sencillo y natural. ¡Me encanta deslizar mis manos sobre mi piel para terminar arrancándome la ropa y haciéndome el amor. Soy tan sensual. ¡Además todavía conservo la pintura de fábrica!

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Email del 30 de enero 2018

William Holman Hunt. The importunate neighbour (1895)

Hola:

Soy Ramón, el vecino de Gregorio (y amigo según su conveniencia). Greg está tan perezoso que me ha pedido que sea yo quien teclee el texto que él iba a enviarle:

Yo, Greg «El nihilista de Benimaclet», confirmo mi tremebundo estado de vagancia física y dejadez anímica con el siguiente bostezo controlado: ouuuaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhh.

Que usted tenga un buen día.

Ramón

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Email del 29 de enero 2018

Cagnaccio di San Pietro. After the orgy (1928)

Querida:

En 2007, Eduardo Campos, que ya había intervenido en tríos, cuartetos, quintetos y sextetos sexuales, intentó su primer octeto con tres hombres y cinco mujeres. El encuentro fue tan satisfactorio que diez minutos después de terminar la orgía ya estaba planificando su próxima tentativa, un noneto compuesto por ocho mujeres y él mismo. Pero además, y para otorgar mayor realismo gratuito al desenfreno, los nueve harían el amor encima de un carrito de Mercadona empujado por la mujer de Eduardo. La bacanal se filmaría en 35 milímetros y color Doble-X de Kodak y se proyectaría en todos los cines dedicados a la religión y la pornografía de Europa. Como cortometraje antes del film, que se titularía Nueve que no compran nada, se emitiría el documental de 27 minutos de duración La vida del Papa Francisco contada por su peluquera. Pero antes de comenzar la preproducción, Eduardo debía escribir el guión y para ese menester se encerró en una casa de dos pisos bastante desvencijada que había pertenecido a dos hermanos guarnicioneros fusilados por los falangistas en 1937 y se hizo rodear de coñac Napoleón, tequila Patrón, whisky Bagpiper United Spirits y 45 mujeres completamente vestidas.

A finales de marzo del 2007 el guion estaba terminado y el rodaje a punto de comenzar. A última hora Eduardo cambió el título previsto por el de Bacanal en Mercadona y ofreció una rueda de prensa anunciando que el rodaje comenzaría el 17 de abril a las 16:30 y finalizaría el mismo día sobre las 17:25 aproximadamente. Tras acabar el encuentro con los periodistas Eduardo invitó a todos los presentes a unas cervezas en la cafetería Lúnula pero se marchó sin pagar y se dirigió a la cadena de televisión La catorceava, donde repartió invitaciones para presenciar el rodaje y después desapareció sin despedirse de nadie.

Nunca pudo rodarse el octeto. A decir verdad fue lo mejor que pudo pasarle a Eduardo, a su mujer, al carrito, al cine X y por extensión a la Tierra, porque el día 16 de abril, justo 24 horas antes del inicio del rodaje, un meteorito con forma de mama tuberosa con pezón ectópico impactó sobre el planeta segando de un tajo la vida para siempre.

Te he contado la historia de Eduardo Campos porque me ha salido de donde suelen salirme las necedades, las incoherencias y las flemas. Podría haberte contado la historia de su padre, Eduardo Campos senior, mucho más jugosa y menos sicalíptica y concupiscente, pero entonces no me hubiera puesto a 100. ¡Me gustaría tanto ser capaz de escribir sobre cosas normales! Ya sabes, florecillas silvestres, amores desgarrados, tormentas que azotan los muelles, incluso sobre el Far West o la Guerra Civil Española. Pronto tendrás noticias mías, así que con permiso del bardo inglés, «echa dinero en tu bolsa»

Greg Jeremy Holmes

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Email del 28 de enero 2018

Edouard Manet. The suicide (1880)

Amiga:

Sería una simpleza pensar que mi próximo proyecto de suicidio no va a ser el definitivo. Sí, ya sé que lo he intentado en 146 ocasiones y que la vez que más cerca estuve de la extinción total de la vida fue cuando me doblé una uña, pero esta vez tengo depositadas un montón de esperanzas en el método elegido y por eso me encuentro tan excitado. No te voy a decir la forma en que voy a poner fin a todo por si te vas de la lengua y alguien lo copia y lo lleva a cabo antes que yo, pero te aseguro que hablarán de mí y de mi auto eutanasia hasta en Murcia o Ciudad del Vaticano. Mi último intento fue un enorme fracaso, lo admito, pero no lograrías hacerte una idea de lo difícil que puede llegar a resultar  intentar suicidarse lamiendo a un fiscal. Así que esta vez he decidido ir a por todas, pero sin saltarme demasiado eso que, algunos que las cumplen, llaman leyes.

Mañana te enviaré vía correo electrónico un completo listado de mis pertenencias y mis últimas voluntades. Puedes hacer con el email lo que te parezca, no así con mis pertenencias y voluntades. Las pertenencias deben ser limpiadas perfectamente con TotalCare y devueltas a mi hermano Sergio, mi único heredero y uno de los tipos mas vagos que existen, el cual agradecerá enormemente el saneamiento e higienización. En cuanto a mis últimas voluntades quiero que hagas todo lo posible para que sean cumplidas al pie de la letra. Si no puedes cumplirlas al pie de la letra me bastará con que las cumplas de la misma manera que un SS-Untersturmführer obedecería a un SS-Oberstgruppenführer.

Este texto, sin tilde en la «e» del pronombre demostrativo (a mí no me digas nada, habla con la RAE), se autodestruirá en 400 años, y no por una mini bomba estilo Mision: Imposible, sino debido al inexorable paso del tiempo.

Greg

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Email del 26 de enero 2018

Adolf Wölfli. Die psychiatrische klinik Waldau (1921)

Hay momentos en que me gustaría ser de verdad. No es que crea que en realidad no existo o que soy de mentiras, pero me parece que me estoy convirtiendo en una especie de esencia desnaturalizada, aunque todavía no he empezado a echarle la culpa a nadie. ¡Tengo tanto tiempo para pensar e inventar víctimas! Una vez le preguntaron a mi otra personalidad qué sentía al ser relegado continuamente al papel de segundón, pero no pudo contestar porque yo, el personaje dominante, se lo prohibí por medio de una señal en forma de espasmo intramuscular. Aunque no me gusta la palabra dominante, prefiero preponderante o principal. Cuando llegamos a casa y nos acomodamos en la cama azucé a mi otro yo para que respondiera a la pregunta, ahora que no había nadie que pudiera escuchar su respuesta. Y su contestación fue que «todos tienen que arrastrar su propio staurós» y que ya se había acostumbrado a ser un puto auxiliar que hace las veces de suplente. Cuando le respondí que siempre sería eso, un auxiliar, un suplente, y que lo mejor para su subsistencia como ser distópico sería que dejara a un lado los pensamientos revolucionarios, ni siquiera se dignó a contestar y se limitó a abrir la boca y lanzar una pedorreta. Eso me enfureció y no tuve más remedio que tirarlo al suelo y golpearlo con la fusta. Estuve maltratándolo durante lo que me parecieron un par de horas pero que en realidad fueron una hora y 55 minutos. Y después le pedí perdón. Él, es decir, yo, se puso a relinchar. Supongo que por atizarle con la fusta. Eso me desquició definitivamente hasta llegar al punto de agarrar ese amasijo ensangrentado y lanzarlo por la ventana.

Me desperté en el hospital. Unos días más tarde me visitaron un poli y un loquero. Me querían acusar de intento de suicidio. Desde luego no iba a ir a la cárcel, pero podía terminar visitando psiquiatras y psicólogos durante parte del resto de mi vida. En un momento dado el psiquiatra me preguntó por qué lo hice. Cuando le contesté que no entendía nada, me hizo el gesto de lavarse las manos y se largó en compañía del policía. Media hora después ambos fueron pillados in fraganti manoseándose y besándose en el despacho de la enfermera jefe, mientras esta, excitada, intentaba hacerse un cunnilingus a ella misma. En el transcurso de las semanas siguientes, los tres fueron despedidos y a mí me dieron el alta. Nada más salir a la calle intenté ponerme en contacto con mi otra identidad, pero no contestó. Deprimido, entré en una tortillería y pedí una pechuga de pollo a l’ast. El camarero me indicó amablemente que en una tortillería se hacen tortillas y no carne. Entonces le pedí una tortilla de pechuga de pollo y él llamó al gerente, que me cogió con fuerza por las solapas de la camisa y me arrojó a la calle. Me levanté y me limpié la suciedad, pero pronto me di cuenta de que en posición horizontal se estaba mejor y volví a tirarme, esta vez en la acera, por lo que la gente que caminaba por ella tuvo que aprender a saltar fardos de carne.

Me gustaría evitar declararme loco. Podría llegar a la conclusión de que no estoy bien, que es un término más aceptable. Pero de momento quiero pensar en otras cosas. ¿Qué cosas? ¿Que cosas? ¡Yo que sé!

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Email del 25 de enero 2018

Nicholas Roerich. The dead city (1918)

Amiga mía:

Ya sé que es algo que hace casi todo el mundo, pero yo lo llevo a extremos demencialmente coherentes. Me refiero a meditar sobre la vida y la muerte. Siento volver con lo mismo una y otra vez, pero por más que lo intento no puedo llegar a conseguir entender de qué sirve nacer para acabar muriendo. Siempre me han encantado las cosas absurdas, quizá por esa razón no dejo de darle vueltas y vueltas. O puede que me haya dado cuenta de que realmente soy viejo y que ya no puedo hacer nada para invertir el juego. Ni siquiera mentirme a mí mismo. Nacemos y morimos, entre medio de esos dos momentos decisivos contraemos enfermedades y sufrimos accidentes. Un número muy elevado de esas enfermedades y accidentes acaban fatalmente y si por una de esas casualidades del destino no palmamos, siempre podemos caer bajo el cuchillo o la pistola de un psicópata o bajo las ruedas Pirelli o Goodyear de un mal conductor. Y encima se supone que debemos sentirnos dichosos por el obsequio que se nos ha entregado. ¿Acaso yo pedí regalitos? Odio los regalitos. Si deseo algo me lo compro. Y si no tengo dinero, me aguanto. ¿Por qué tengo que esperar algo que me ha sido impuesto? La muerte es una imposición. Y mientras espero a esa jodida mierda, tengo que ver cómo enferman y mueren mis familiares y mis amigos. Y las mascotas de mis familiares y amigos. Y las mascotas de los familiares y amigos de mis familiares y amigos. ¡Es absurdo! ¿Dónde está la lógica?

Hace un rato, mientras iba en el autobús, me he entretenido mirando por la ventana a toda la gente que caminaba por las aceras. ¿Cuántas de esas personas estarán vivas dentro de 10 años? ¿O dentro de 25 años? ¿Cuántos tendrán la posibilidad de reír, llorar, vomitar o defecar dentro de 100 años? ¿Morirá alguno de ellos sintiendo que ha valido la pena nacer, tener hijos, mantener a los hijos, aguantar a los hijos, prestar dinero a los hijos y fallecer mientras sus hijos hacen surf en Manu bay o Bundoran beach? Al bajar en mi parada, un viejecito me ha mirado fijamente. Pero el viejecito era yo reflejado en un escaparate. Supongo que mis circunstancias no andarían demasiado lejos, pero no pude verlas. Tampoco es que me importara demasiado en ese momento, pero ahora, en casa y sentado sobre un puff otomano pienso de forma diferente. ¡Me gustaría tanto golpear a esos putos sucesos accidentales hasta que solo quedara un amasijo informe de sustancia condicionada!

Habrás observado que desde hace unas semanas he cambiado mi tema favorito, la estulticia humana, por la gerontología. Supongo que estoy harto de perder amigos. Todos se mueren. Y yo veo como después de sus partidas todo sigue igual. Es como si no hubieran existido. Quizá alguna lágrima forzada, pero no mucho más. Es posible que en algunas conversaciones futuras salgan sus nombres y alguien se atreva a decir que fueron los mejores y que no pasa ni un día en que no sean recordados. ¡Menuda gilipollez! Vomitaría si no fuese porque acabo de vomitar. La muerte es el único final. Oscuridad. No creo en pasillitos y lucecitas. Para eso ya tenemos al moñas de Spielberg. Solo creo en lo que veo. Y lo que veo no me gusta. Lo que imagino tampoco. Lo que tu ves me importa un pimiento y lo que puedan imaginar el resto, no cambiará ni sus coyunturas ni mi repugnancia.

Gog (de Magog)

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Email del 24 de enero 2018

Remedios Varo. Banqueros en acción (XX cent.)

Hola:

El único pastelito que no mancha las manos y en el que realmente creo es en el «financier». En realidad es un bizcocho almendrado de origen francés cuya historia es tan fabulosa como su sabor. Pero no te escribo para advertirte del enorme peligro que supone para la adicción probar uno de estos «orgasmitos», sino para lloriquearte una vez más. Y es que los malditos financieros -los de carne y hueso- están acabando con las ganas de mantenerme vivo hasta que llegue el día en que Cloto, Láquesis y Átropos, las tres hermanas infernales, decidieron como fecha de mi deceso. Uno de ellos, el director del banco que me tiene agarrado por los dídimos (aka huevos), me llama todos los días por teléfono, se carcajea y cuelga. En algunas ocasiones es su secretaria la que hace la llamada, pero ella en lugar de reírse, me susurra con una especie de gruñido sibilante y mefistofélico «pronto serás nuestro, pronto serás nuestro». Incluso la señora de la limpieza que trabaja para ellos me telefonea, aunque no me amenaza, sino que intenta convencerme para que contrate a su hijo somnofílico como asistente de limpieza y planchado. La verdad es que me estoy planteando seriamente contratar a un asesino de masas para que acabe con todos los directores de banco (y sus secretarias) que existen en mi comunidad autónoma. Y si todo sale de una manera más o menos adecuada, quizá podría ampliar la escabechina bursátil a otras comunidades y más tarde a otros países europeos. Podría llamar a mi empresa homicida «Progromo S.L.» o incluso «Amok company«. Pero creo que estoy divagando. Supongo que en lugar de dispersarme debería responsabilizarme, que también termina en «arme». Responsabilizarme de mis desgracias financieras. Y de paso, dejar de emberrenchinarme y comenzar a autocontrolarme. O quizá sería más prudente metamorfosearme en mosca de urinario (familia Psychodidae) y salir pitando, o mejor volando, de esta sociedad putrefacta y llegar a un lugar donde el ganado salvaje sea el único mamífero predominante. Allí, me cambiaría el nombre de Greg a Heidi y comenzaría una nueva vida repleta de leche de cabra, pastos increíblemente verdes y montañas nevadas permanentemente.

Para terminar, me gustaría expresarte el desasosiego persistente que, aterrado, se oculta en alguna parte de mi interior. Si se escondiera envalentonado todo el mundo podría escucharlo cantando canciones protesta de los años 70. La causa es que por más que intento ver el lado bueno de las cosas, más me duele el cuello. Me descojonaría si no estuviese de luto. Ayer murió alguien en alguna lugar. Seguramente murieron muchos en demasiados lugares. La mayor parte de esos tipos y tipas se largaron de nuestro mundo felices y con una alegría inusitada por la mierda que dejaban atrás, pero algunos, no sé, me imagino que unos cuantos más unos pocos, se marcharon llorando por lo que no pudieron llevarse consigo. A unos y otros, les dedico mi negligencia hemisférica.

Greg

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Email del 23 de enero 2018

Rene Magritte. The musings of the solitary walker (1926)

Querida:

Tienes razón, últimamente solo escribo sobre la senectud en sus diversas manifestaciones, pero, seamos serios, a mi edad no creo que pudiera escribir sobre la nubilidad. Y si por alguna insólita e irreflexiva razón me atreviese, no creo que pudiera ser demasiado objetivo. Tengo 56 años, pero me pesan como si tuviera 735 o 736. Y eso que bebo agua Font Vella todo los días e intento pensar en positivo. Incluso tengo todas las paredes de la casa empapeladas con mensajes tipo: «sonríe», «la vida es bella», «hoy es un día para tener un gran día» o «recuerda ocultar el cadáver y deshacerte de las pruebas». A menudo pienso en la ventana de mi habitación. No es que sea diferente al resto de ventanas de mi casa, pero es la que me pilla más cerca para saltar por ella o para vomitar encima de la gente que camina por la calle. Lo que todavía no he llegado a entender es por qué pienso en esa ventana y no en media docena de mujeres en microkini. Quizá es que ya no me interesan las mujeres con tanta ropa encima, o puede que sea un tipo de conjuntos. Sea lo que fuere, en estos instantes de mi vida solo me interesa una cosa: el aguachirle. Cuando me trago cuatro o cinco litros en menos de cinco minutos, ya no me importan ninguna de las pequeñas cosas que hacen que me sienta inseguro, inestable y terroríficamente sexy cuando no voy ajumado. Pero no nos equivoquemos, vaya o no vaya tajado, el resultado siempre es el mismo: singultus.

Hace un par de días, cuando caminaba meditabundo por el Saler, un pescador me llamó «ternerito». Cuando me acerqué a él con el propósito de partirle el cráneo en varios pedazos del mismo tamaño, pudo verme mejor y entonces me dijo que le perdonara, que se había equivocado, que me había confundido con «otra». Eso le salvó de una muerte segura, pero no de que media hora después, aprovechando su ausencia le quemara la barca, el coche, la casa, el chalet de montaña y su bar preferido con todos sus clientes dentro. Y si no prendí fuego a toda la dehesa y sus pueblos circundantes es porque me quedé sin cerillas. Recuerdo que cuando caminaba de vuelta a mi barrio pensé que había sido un día perfecto y me puse a tatarear la canción del mismo título de Lou reed. Sin embargo, me equivocaba, pues cuando llegué a mi casa tenía una nota pegada con celo en el marco de la puerta que decía:

«Soy la oreja negra. Tienes tres días para pintarme de blanco»

Bueno, amiga, ahora debo meditar sobre ciertos sucesos que me impiden dormir de lado. Y no creo que sean flatos. Mañana volveré con más lamentos. Si no dispongo de lamentos intentaré conseguir sollozos o gimoteos.

Te aprecia, aunque casi nunca se acuerda de ti:

G

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Email del 22 de enero 2018

Man Ray. Return to reason (1921)

Cielo:

Soy un maestro eludiendo mis propias interpelaciones. Ni siquiera necesito hacerme trampa con los enunciados o las réplicas. No en vano provengo de una gran estirpe de eludidores profesionales que se remonta hasta el gran Amasvindo Lope Hinojosa que nació, vivió y murió hace 5 siglos en un pequeño municipio cerca de Valencia. Casado y con 9 hijos, Amasvindo regentaba una espartería mientras su esposa, Auxibia, se ganaba la vida como partera y, a veces, como plañidera, por lo que en más de una ocasión tuvo que asistir al nacimiento y al entierro de un mismo individuo. Pero no creas que disfruto interpretando el papel de un perito esquivador porque en realidad lo que me gustaría ser es un intrépido afrontador. Pero cada uno es como es. Y yo soy cobarde con todo lo que tenga que ver con la realidad o, por lo menos, lo que yo creo que es la realidad. Claro que ese todo que compone el mundo real es muy irreal. Y esa subjetiva irrealidad es a su vez real. Ya sé que es un tremendo lío, pero yo lo veo así. Por lo menos lo veo así la mayor parte de las horas del día, porque si hago el pino, lo veo todo cambiado, es decir, todo es irrealmente irreal, excepto la realidad real que es real e irreal al mismo tiempo. Por esa razón me gusta vivir en posición horizontal siempre que las condiciones mentales y corporales me lo permiten. En posición yacente no veo la realidad ni la irrealidad porque me duermo. Y dormido solo existe la oscuridad, que puede ser sombría o luminosa. La realidad sombría es bastante caliginosa, mientras que la oscuridad luminosa puede llegar a afectar a los nervios oculares si se mira con ojos inquisitivos. Así pues, y para resumir lo anteriormente desembrollado, la realidad causa verdaderos problemas a todo aquel que crea que lo sabe todo, mientras que la irrealidad no tiene efectos secundarios porque, básicamente, no tiene ganas de meterse en problemas y prefiere seguir rondando a su opuesta sufriendo sus devaneos en silencio.

Dentro de 15 minutos la realidad será diferente a lo que es ahora. Quizá porque en estos instantes mi realidad es circunstancial y espera cualquier atisbo de racionalidad para saltar por la ventana y largarse para siempre. Mientras espera algo que pueda trocar su propia realidad -todas las realidades tienen sus realidades y sus irrealidades- medita sobre sus cositas íntimas y sobre todo lo que pudo haber llegado a ser de haber nacido como una acción, o incluso reacción, y no como una maldita y poco efectiva sustantividad episódica. Y mientras los acontecimientos saltan y rebotan, las circunstancias ni se inmutan. Están demasiado ocupadas estrechando su propio espacio. Tienen que hacer sitio a esa barbaridad denominada ética, que no es más que una reunión ilegal de costumbres morales pasadas de moda.

Y ahora me voy a lavar la nariz y las orejas. Son los únicos lugares de la cabeza en los que todavía mantengo el pelo.

Greggggggggggggg

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Email del 21 de enero 2018

Jose Gutierrez Solana. «Dibujo para El fin del mundo» (1932)

Tus contrademostraciones pronto serán rebatidas por mis contraargumentaciones, así te dejaré un poco de espacio para que prepares tus contraindicaciones o contraproposiciones, lo que te apetezca en ese instante. Mientras, yo contrarrestaré ciertas contramanifestaciones vertidas por cierto tipo correveidile al que contradije por mostrarse contrario a mis contradicciones. No pienses que las dos anteriores frases son parte de un trabalenguas creado por un escanciador psicótico, porque no lo son. Simplemente trataba de escribir algo gracioso para ver si podía llegar a descuajaringarme un poquitín. Tengo un verdadero problema: ya nada me hace reír. Ni siquiera cuando medito sobre la edad que tengo o la que tendré dentro de 30 años. A veces me pregunto qué es lo que pensarán mis padres sobre el tiempo. Sobre el tiempo relativo a la duración, no a la metereología. Podría ir a su casa y preguntárselo a cada uno, pero entonces tendría que volver de nuevo a la mía y eso es una estupidez. Por esa razón ya no me muevo. ¡No me río, no me muevo!, ¿qué otra cosa podría intentar? Quizá dejar de oponerme a todo, pero entonces estaría firmando mi sentencia de muerte. Claro, que si llegara el caso podría dejar de morirme y seguir viviendo hasta que la mitad de la población mundial más uno dejaran también de morirse: entonces me moriría con una ferocidad y un tesón difícilmente imaginable en un ser tan independiente dependiente. Pero no quiero que creas que para mí la vida es más importante que la muerte, porque entonces estarías cometiendo un error de dimensiones colosales. Amo la muerte (olé), pero también la odio porque es dolorosa la mayor parte de las veces. Amo la vida, sobre todo cuando estoy borracho, pero al mismo tiempo me produce cierta repugnancia sensual difícilmente explicable. También amo a todos los que me aman, pero dejo de amarlos cuando dejan de amarme, sin embargo no odio a todos los que me odian, aunque tampoco los amo. Digamos que no existen para mí. Tampoco existen en mi entorno emocional los que me odian y aman al mismo tiempo, pero sí los que me odian más de lo que se odian a sí mismos. Odiar es sencillo, amar es una peligrosa gilipollez. Si tuviera que amar a cada uno por sus méritos, terminaría odiándolos por sus intereses. Al final siempre es lo mismo: se ama porque es tendencia, se odia por prudencia. Algunos aman para que se les ame, otros para que se les odie, pero todos los que odian lo hacen porque les pone a cien. Odiar produce unas sensaciones que no se pueden llegar a conseguir amando. ¡Esa sensación de sofoco tan maravillosa! Pero no el sofoco causado por la menopausia o la andropausia, sino por tomar conciencia de que uno es un hijo de la gran puta. En el pasado he odiado. En el presente, amo y odio, ya lo he comentado unas pocas líneas más arriba. En el futuro amaré a todos con un sentimiento tan suave, sencillo, tierno y real que seré recordado (pero no amado) por generaciones. Por las mismas generaciones que odiarán a todos mientras se aman y se follan a ellos mismos. ¡Y las fábricas de preservativos quebrarán! ¡Y Dios bajará de los cielos ataviado con un taparrabos y un hacha de filo aguzado! ¡Y la sangre correrá formando charcos, ríos y lagos! ¡Y todos los que hoy santifican las fiestas terminarán sodomizados por los cuatro jinetes! ¡Y los siete sellos se fundirán en un amasijo de carne quemada y proyectos inacabados sofritos! Todo volverá donde comenzó y el final será otro principio, ya que si el final fuera otro final, aunque fuera totalmente diferente, no tendría gracia.

Michel de Greg

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