Email del 20 de enero 2018
![]() |
| William Orpen. Le chef de l’Hotel Chatham, Paris (1921) |
Holaaaaaaaaaaaa:
Algún día no me levantaré. Aguardaré en la cama a la fauna cadaverica y dejaré que me mordisqueen. Puede que incluso te dedique mi estiramiento. Estiramiento de la patita, por supuesto. Pero hasta que ese momento llegue, voy a intentar seguir siendo el cocacolainómano nihilista imperturbable que he sido desde hace cinco décadas y media. Eso significa que debo alimentar a toda costa mi susceptibilidad e irritabilidad y tratarlas como un par de regalos únicos e irrepetibles. Ya sabes lo que pienso de la gente cándida, conoces mi asco infinito hacia ellos; estoy convencido de que en el fondo de su forzosa sencillez suelen esconder un maremágnum de ideas antagónicas adormecidas. Eso quiere decir que, o están actuando continuamente, o simplemente son unas bombas de hidrógeno ambulantes. Una vez tuve un amigo candoroso al que toda la gente amaba y seguía. Ya sabes, una especie de Jesús de Nazaret, pero sin barba ni toga y natural de un pueblecito de Castellón. Un día, este tipo sencillo e inocente, se casó con una chef, se matriculó en varios cursos de hostelería y al final acabó siendo también chef. Pero cierto día su mujer se enteró de que a él le gustaba muchísimo más que le llamaran Chof que chef y se sintió tan humillada que acabó pidiendo el divorcio y adoptando un shih tzu oligofrénico. Él por su parte cayó en una depresión tan horripilante que colgó la Toque Blanche y se dedicó a asesinar a patatas jóvenes a las que descuartizaba con un cuchillo de pelar, freía con aceite de oliva extra virgen y acababa comiéndose cada uno de sus pedacitos con una delectación tan repugnante que ni siquiera soy capaz de describírtela.
Cuando contaba esta historia a la gente, nadie quería creerla y pronto comenzaron a tratarme como a un tipo raro con serios problemas de inadaptación. Por eso me vi obligado a escribir El convivium diurno de Chof y Sollastres. Ontogenia y filogenia, mis libros sobre la gastronomía y los secretos que algunos cocineros celosamente tratan de esconder. Si rescatas el segundo de la balda más baja de tu librería de serrín compactado y lo abres por la página 276 te darás cuenta de que no existe tal página, ya que los textos finalizan en la 275, pero por lo menos habrás hecho algo de gimnasia pasiva.
Como verás, el texto de hoy, además de lamentable, vacío y forzado, sigue la tónica de mis últimos emails, es decir, glorificación absoluta a la dejadez más insoportable. Puede que algún día escriba sobre el esmero llevadero, pero por el momento tendrás que seguir aguantando mis memeces y encima poner buena cara. Es lo que pasa por tener amigos como yo. Espero que en tu próxima reencarnación hayas aprendido algo.
Email del 20 de enero 2018 Leer más »









