enero 2018

Email del 20 de enero 2018

William Orpen. Le chef de l’Hotel Chatham, Paris (1921)

Holaaaaaaaaaaaa:

Algún día no me levantaré. Aguardaré en la cama a la fauna cadaverica y dejaré que me mordisqueen. Puede que incluso te dedique mi estiramiento. Estiramiento de la patita, por supuesto. Pero hasta que ese momento llegue, voy a intentar seguir siendo el cocacolainómano nihilista imperturbable que he sido desde hace cinco décadas y media. Eso significa que debo alimentar a toda costa mi susceptibilidad e irritabilidad y tratarlas como un par de regalos únicos e irrepetibles. Ya sabes lo que pienso de la gente cándida, conoces mi asco infinito hacia ellos; estoy convencido de que en el fondo de su forzosa sencillez suelen esconder un maremágnum de ideas antagónicas adormecidas. Eso quiere decir que, o están actuando continuamente, o simplemente son unas bombas de hidrógeno ambulantes. Una vez tuve un amigo candoroso al que toda la gente amaba y seguía. Ya sabes, una especie de Jesús de Nazaret, pero sin barba ni toga y natural de un pueblecito de Castellón. Un día, este tipo sencillo e inocente, se casó con una chef, se matriculó en varios cursos de hostelería y al final acabó siendo también chef. Pero cierto día su mujer se enteró de que a él le gustaba muchísimo más que le llamaran Chof que chef y se sintió tan humillada que acabó pidiendo el divorcio y adoptando un shih tzu oligofrénico. Él por su parte cayó en una depresión tan horripilante que colgó la Toque Blanche y se dedicó a asesinar a patatas jóvenes a las que descuartizaba con un cuchillo de pelar, freía con aceite de oliva extra virgen y acababa comiéndose cada uno de sus pedacitos con una delectación tan repugnante que ni siquiera soy capaz de describírtela.

Cuando contaba esta historia a la gente, nadie quería creerla y pronto comenzaron a tratarme como a un tipo raro con serios problemas de inadaptación. Por eso me vi obligado a escribir El convivium diurno de Chof  y Sollastres. Ontogenia y filogenia, mis libros sobre la gastronomía y los secretos que algunos cocineros celosamente tratan de esconder. Si rescatas el segundo de la balda más baja de tu librería de serrín compactado y lo abres por la página 276 te darás cuenta de que no existe tal página, ya que los textos finalizan en la 275, pero por lo menos habrás hecho algo de gimnasia pasiva.

Como verás, el texto de hoy, además de lamentable, vacío y forzado, sigue la tónica de mis últimos emails, es decir, glorificación absoluta a la dejadez más insoportable. Puede que algún día escriba sobre el esmero llevadero, pero por el momento tendrás que seguir aguantando mis memeces y encima poner buena cara. Es lo que pasa por tener amigos como yo. Espero que en tu próxima reencarnación hayas aprendido algo.

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Email del 19 de enero 2018

Victor Brauner. Suicide at dawn (1930)

Amiga mía:

Esta mañana olvidé las gafas encima del balafón y salí a la calle en plan Mister Magoo. Mi primer tropezón fue con un niño de unos siete años al que estuve a punto de estrangular cuando me pisó los botines Dr. Martens. Sin embargo su madre se portó maravillosamente conmigo y solo me gritó insultos elogiosos, como que yo era la cosa más asquerosa que había tropezado con ella en sus 34 años de existencia. La verdad es que el resto de mi incursión callejera fue todavía más penosa, pues en un momento dado me metí en una funeraria y pedí que me pusieran dos kilos de judías. No te voy a contar lo que sucedió después porque no quiero resultar un plañidero tremendista. Solo te diré que el regreso a mi casa duró cerca de cuatro horas porque cuanto más creía que me acercaba a mi calle, más me alejaba. Al final acabé en un barrio sucio y peligroso repleto de tipos semejantes a los delincuentes que suele dibujar Ibañez como antagonistas de Mortadelo y Filemón. Supongo que si no acabé tirado en una acequia con varias puñaladas en el tórax fue por pura suerte.

Me pesa tanto la cabeza. Supongo que tú no tendrás algunos arbotantes, ¿verdad? Te lo pregunto porque me siento tan recargado como una maldita bóveda de crucería gótica. Todo me resulta tan extraño, tan penoso e incomprensible. Si tuviera valor me tragaría media docena de ranas punta de flecha. Sospecho que con la mala suerte que tengo acabaría en una farmacia de guardia suplicando por un par de sobres de Almax. ¿No crees que los días y las noches humanas son como un cenote repleto de huesos sacrificiales? A veces intento sonreír, pero la mayor parte de las veces me es imposible. Otras me carcajeo sin motivo aparente. ¿Debería subir a la Penyagolosa y arrojarme al abismo? Pero si lo hago, ¿es mejor con el estómago lleno o vacío? ¿Con gafas o sin ellas? ¿Es posible lanzarse cantando? Claro que también me queda la posibilidad de seguir aguantando toda la mierda. Al fin y al cabo, he aguantado tanta que creo que si me eximieran de tragar las dosis correspondientes me volvería mucho más neurótico todavía.

Hace un rato he preparado un discurso. En realidad quería prepararme un sándwich pero no me quedaba pan de molde integral sin corteza. En dicha disertación hago un llamamiento a los dioses primordiales o exteriores de Lovecraft, sobre todo a Yog-Sothoth y a Nyarlathotep, para que se presenten lo más rapido posible en cualquier parte del planeta y lo conviertan en burbujitas de colores.

Greg

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Email del 18 de enero 2018

Vasiliy Ryabchenko. The triad (1989)

Querida:

Tú padeces, o mejor sería decir, disfrutas, de tu furor uterino con alegría e insensatez; yo, sin embargo, no siento ese sentimiento (me refiero a la alegría, no al furor uterino) desde hace varias décadas. ¡Ni siquiera tragando grandes dosis de carbonato de litio! Por eso soy el despotricador anhedónico y no el inspirador armónico. Tampoco el esmerador mutagénico o el estrujador histriónico. Y ya que mi psiquiatra no se atreve a practicarme una lobotomía transorbital, ni siquiera chantajeándolo con hacer público su disformismo sexual, he decidido salir a la calle por primera vez en ocho meses y… ¡Ese es el problema, querida! No sé qué hacer en la calle. Se me ocurre que podría callejear, pero entonces me sentiría un ser prostituido. ¡Todo el mundo callejea! Algunos incluso callejean cereando. No intentes buscar el falso verbo «cerear» porque no existe. Por eso te escribo. Necesito que me indiques qué puede hacer un tipo con trastorno tripolar como yo. Sí, ya sé que yo siempre quiero ser más, pero mi tripolaridad es verdadera. Yo la descubrí. La verdad es que fue por casualidad. Me encontraba pensando una manera factible de quitarme los calcetines sin usar las manos, cuando una voz perfectamente modulada, que en un principio creí que provenía de alguna parte de ninguna parte, pero que al final deduje que venía de la parte trasera de la parte delantera del cuartito que utilizo para planchar la ropa, me ordenó que fuera un paso por delante. Cuando me adelanté un paso, la voz se transformó en una gran mano que me sacudió un cachete en la nuca y luego volvió a convertirse en voz. Y la voz se atrevió a vomitarme que yo era el tipo más imbécil que había conocido en toda su existencia vocalizadora y que no tenía remedio. Cuando me arrodillé y le rendí pleitesía, la voz, gruñendo como un cerdo cojo, manco y ciego, se puso a entonar El Tiroliro con acento descuidado y yo me desmayé. Cuando recobré la conciencia supe que era tripolar. Entonces me puse a triscar y a trincar. Y cuando terminé de triscar y trincar, llamé por teléfono al «Club las tritonas tristonas» y solicité con urgencia dos señoritas poco triponas para intentar mi primer trío. Y mientras esperaba medité sobre las triadas y los tripletes, pero también sobre los triunfos, las tribulaciones y los trimestres. Y cuando terminé de imaginar, me dirigí a la cocina y me comí una pera trizada. Podía haberme zampado un espárrago triguero triturado, pero no quería resultar un ser trillado.

Necesita ayuda urgentemente:

Trig López

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Email del 17 de enero 2018

Jean-Michel Basquiat. Irony of the policeman (1981)

EL NUEVO CASO DEL SARGENTO ALCÁZAR (Diálogo para una posible emisión radiofónica ilegal)

SARGENTO ALCÁZAR: Su situación, no quiero mentirle, es muy delicada. Debería contarnos la verdad. No quiero volver a escuchar más embustes. Para mí sería más cómodo llamar a un abogado que le represente y lavarme las manos. Pero quiero que se sincere con Dios.
TESTIGO OCULAR: Está bien. Le contaré todo tal y como sucedió. Verá, los forenses realizaron un descubrimiento que lo cambiaba todo, pero como en aquellos momentos todo, era simplemente algunas cosas, se callaron e intentaron falsificar el informe, aunque con las prisas se equivocaron y falsificaron el uniforme. A la mañana siguiente el uniforme fue robado de su percha por un ladrón demente que se lo vendió a un tratante de acémilas que lo usó para no mancharse su propia ropa en la época de apareamientos y luego lo arrojó a la basura, de donde fue recogido por una madre de alquiler repudiada. Esta lo lavó y planchó y se lo regaló a su proxeneta, que también era su repudiador. ¿Me sigue? Al chulo, que era un mal tipo, aunque no tanto como otros alcahuetes famosos, no se le ocurrió otra cosa que usarlo como mantel de su mesita camilla. Adoraba esa mesita desde que su anterior repudiada se lo regaló con la única intención de no volver a ser repudiada por segunda vez, pero los bolsillos molestaban e impedían que los vasos de tequila José Cuervo no acabaran derramados. Quizá por esa razón, el Maldito, que es como a él le gustaba que le llamaran, decidió deshacerse de la ropa como fuera. A veces, esta vida es extraña y cada uno de esos «como fuera» acaban siendo como son, es decir, estupideces. ¿Acaso no se puede calificar de estupidez ir a estrangular a alguien y dejarse el uniforme al lado del cadáver? Así pues, el jodido uniforme acabó por segunda vez en tres semanas en las manos de los forenses que se habían equivocado anteriormente. Y que se volvieron a equivocar. Y a los que no les quedó otra opción que falsificar las pruebas para no ser despedidos. Y las pruebas eran ese uniforme. ¡A pesar de todo, volvieron a equivocarse y falsificaron el informe! Pero no el informe inicial, sino el informe de desahucio que uno de ellos había recibido por no pagar las últimas 600 mensualidades de la vivienda que compartía con su novena amante.
SARGENTO ALCÁZAR: Continúe…
TESTIGO OCULAR: Pues al falsificar un informe que no era procedente al caso, se descubrió que ambos participaban en una competición sexual que se habían impuesto. Quizá por esa razón cometían tantas equivocaciones. El caso es que Pamela lo descubrió y…
SARGENTO ALCÁZAR: ¿Pamela? ¿Quién es Pamela?
TESTIGO OCULAR: La mujer de uno de ellos. Cuando se enteró de que su marido era una ONG de esperma intentó que fuera procesado colocando pruebas falsas en su despacho. Pero también se equivocó, porque como era de noche y no encendió las luces para no ser descubierta y puso las pruebas en el despacho del otro forense, que era neurótico hasta el paroxismo y que estalló en sollozos cuando se enteró que una de sus amantes preferidas, es decir, la mujer de su colega, amigo y competidor, lo había traicionado.
SARGENTO ALCÁZAR: Creo que me he perdido. ¿Quiere decir que esa Pamela se acostaba con ambos forenses y quiso traicionar a su marido porque…?
TESTIGO OCULAR: Porque su marido la engañaba con todas. ¡Con todas!
SARGENTO ALCÁZAR: Verá, yo pertenezco a la generación del Baby-boom, pues nací en 1954. Los bebés baby-bomers somos un poco cortos de mollera. ¿Me está diciendo que ese tipo, ese forense era un maldito viejo semental?
TESTIGO OCULAR: Lo era. Lo era.
SARGENTO ALCÁZAR: Pero las evidencias demuestran que…
TESTIGO OCULAR: ¡A la mierda las evidencias! ¡Perdón!
SARGENTO ALCÁZAR: Puede continuar, pero como vuelva a tener otro ataquito…
TESTIGO OCULAR: ¿Continuar? Me he perdido. No para de cortarme y…
SARGENTO ALCÁZAR: Estaba en que se sintió traicionado…
TESTIGO OCULAR: ¡Eso es! Se sintió traicionado y después de poner las pruebas falsas en su despacho se fue a una orgía que tenía programada desde hacia unos meses. ¡Espere!
SARGENTO ALCÁZAR: ¿Qué?
TESTIGO OCULAR: ¡No era una orgía! ¡Era un bukake! Un bukake con con dos equipos federados de esgrimistas.
SARGENTO ALCÁZAR: Comprendo. ¿Y qué sucedió entonces?
TESTIGO OCULAR: Que ella disfrutó mucho…
SARGENTO ALCÁZAR: Me refiero a qué sucedió con los dos forenses…
TESTIGO OCULAR: Uno de ellos huyó a la Argentina y se dedicó a entrenar loros y cotorras. Creo que uno de sus papagayos quedó campeón mundial de recitamientos de salmos. Para ser exacto, del Salmo XIX. Luego, meses más tarde regresó a España y se le perdió la pista. Ustedes deberían saber dónde se encuentra. En cuanto al otro, después de quemar el edificio donde tenía el despacho para borrar las pruebas que le incriminaban, ya sabe, las que puso la furcia de su mujer, sufrió un tremendo ataque caníbal y falleió en completa soledad.
SARGENTO ALCÁZAR: ¿Falleió?
TESTIGO OCULAR: ¿Qué es falleio?
SARGENTO ALCÁZAR: ¡Usted ha dicho falleió!
TESTIGO OCULAR: ¡Yo no he dicho falleió!
SARGENTO ALCÁZAR: Dijo que sufrió un tremendo ataque caníbal y falleió en completa soledad.
TESTIGO OCULAR: ¡Falleció!
SARGENTO ALCÁZAR: Y después de fallecer en completa soledad, ¿qué sucedió?
TESTIGO OCULAR: ¿Y yo qué sé? Supongo que vería el tunel y la luz blanca…
SARGENTO ALCÁZAR: Creo que usted es un completo imbécil. Si de mí dependiera, ahora mismo lo metíamos en una habitación y le extirpábamos la memez en menos de tres o cuatro horas. Los golpes bien dados a menudo obran milagros. Sin embargo lo voy a poner en libertad. Esta sociedad necesita a los idiotas en sus calles. De esa manera, algunos podemos ganarnos honradamente un sueldecito que ayuda a mantener a nuestros hijos. Eso no quiere decir que los hijos de nuestros hijos vayan a ser tan estúpidos y cretinos como usted. Afortunadamente, el futuro es impenetrable…
TESTIGO OCULAR: O sea, ¿que no se puede follar?

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Email del 16 de enero 2018

Paul Klee. Contemplation (1938) 

Hace un rato me he puesto a practicar yoga, pero como jamás en mi vida había intentado hacer una asana, lo que me ha salido sería perfectamente denominable como churro-yoga. En un momento dado, mientras intentaba pasar el cuello por detrás de la oreja y deslizar el coxis a través de la rodilla izquierda, he escuchado una especie de ruido semejante al que produce con las fosas nasales un experto en álveos cuando va a buscar uno y encuentra dos, además, bifurcados. Como vivo solo y el último perito en lechos fluviales que conocí se hizo el harakiri un mes después de que alguien le asegurara que la vida es una autentica mierda, deduje que eran mis huesos quienes producían esos crujidos lamentables. Pero no entiendo por qué te cuento esto. Tú también eres vieja y debes escuchar sonidos extraños. En realidad quería expresarte la alegría que siento por haber podido acabar la primera frase de mi nuevo libro. Te la pego:

«En algún momento después de la medianoche, un carpintero disfrazado de prostituta abrió la puerta de su taller y encontró un pintalabios y medio kilo de serrín».

Como observarás, es una oración contundente que no deja ninguna duda sobre a qué clase de público está destinada su lectura. Claro que al paso que pienso parte de la trama y la transcribo al papel, para cuando termine de escribir el relato, el público preparado para entender mis textos ya estará listo para comprender a Baruch Spinoza, o incluso a James Joyce. Algunas veces me habrás escuchado decir que escribir es tan doloroso y frustrante como untar con crema la fisura anal de una hiena. Pues sigo pensando lo mismo, pero cambiando al hiénido por un marsupial dasiuromorfo de la familia Dasyuridae. Sin embargo, ¿qué sucede cuando dejo de escribir? Pues que tengo más tiempo para mirarme al espejo y salivar. Y tiendo a masturbarme menos. No quiero decir que el hecho de contemplarme reflejado en un espejo haga menguar los increíbles deseos de proporcionarme placer a mí mismo, sino que me la «maravillo» menos porque dedico ese tiempo a contemplarme. Y cuando me contemplo, nada que no sea contemplarme tiene valor. Porque cuanto más me contemplo, más necesito contemplarme. Y solo contemplándome llego a conclusiones sinceras, como que los abrevaderos naturales son una trampa mortal para las hembras en celo.

Por paradójico que pueda resultar si se mira sin lentes, mis conclusiones no me resultan contraproducentes. Te lo volvería a repetir para que lo entendieses mejor, pero si quieres que te sea sincero, deberías repetírmelo tú a mí porque no tengo ni idea de lo que pretendía decir. Y si además pudieras explicármelo con ejemplos y diagramas, el barrizal que ahora es mi vida se transformaría en un lodazal.

Te quiere (cuando no se contempla):

Greg

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Email del 14 de enero 2018

Eric Fischl. Birthday boy (1983)

Querida:

Ayer por la tarde estuve en una frutería paquistaní; en cierto momento, me acerqué a su dependiente y le aseguré que mañana -es decir hoy- era mi cumpleaños, que cumplía nada más y nada menos que 56 y que era lo suficientemente inteligente como para no celebrar nunca ningún jodido aniversario. También le comenté que la verdadera edad está en el interior de cada uno y que tener buenos amigos es lo más importante en esta jodida y alienada existencia. Cuando terminé mi dramática ponencia, él simplemente me contestó, eso sí, con mucha determinación, «2 euros el kilo», así que le pagué por el kilo de nada y me largué a otro ultramarinos.

Recuerdo el día que cumplí 18, pero también recuerdo la noche en que un matón tabernario me robó el mechero. Aunque no sirva para hacer avanzar el texto, te diré que era un mechero Bic de color siena pálido que al mismo tiempo era mi talismán. A partir de ese momento ya nunca tuve suerte. Y la prueba de ello es que ya tengo demasiados años, una gilipollofobia que va en aumento, y esa maldita lítost que me acompaña con tesón de acémila silvestre a todos los lugares.

Espero que NO me felicites.

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Email del 13 de enero 2018

Raphael Kirchner. Fables (1903) 

Querida:

Hay una historia vallisoletana que narra el encuentro entre un vallisoletano y una vallisoletana. El vallisoletano, que buscaba respuestas profundas a sus preguntas interiores, se acercó a la vallisoletana, que tenía fama de pitonisa profunda, y le preguntó cuál era el camino verdadero para llegar a alguna parte. La vallisoletana se sentó en el suelo de una forma reverencial, se ajustó un pecho que se le había desajustado al sentarse de esa manera tan reverencial y se sonó las narices, también de una forma bastante reverencial. Mientras se guardaba el pañuelo repleto de flemas profundas y reverenciales y se desajustaba el otro pecho, que para llevarle la contraria a su gemelo se había ajustado por su cuenta, soltó una serie de frases tan profundas, arriesgadas, luminosas y sinceras que hicieron que la persiana de una ventana que hasta el momento había permanecido enrollada se desenrollase y se volviera a enrollar. El vallisoletano pensó que eso era un mensaje o incluso una especie de milagro del más allá y se marchó de la casa cargando felicidad, conocimiento y la persiana al hombro, por lo que la gurú vallisoletana no tuvo más remedio que denunciar al vallisoletano por hurto y falso bienestar y este acabó entre rejas y siendo sodomizado a regañadientes casi a diario.

La esencia de esta pequeña parábola vallisoletana nos recuerda que no se puede entrar en cualquier hogar para llevarse una persiana enrollable sin pedir permiso a sus propietarios. Ni siquiera una celosía. Espero que esta bonita fábula te enseñe cuál es el derecho primordial de las personas de bien y de qué manera se puede trastocar la propia existencia si uno se excede, se propasa o se extralimita por no coger el coche y hacer una visita a Leroy Merlin.

Te quiere

Greg

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Email del 12 de enero 2018

Max Ernst. Human form (1931)

¿Quién soy yo? Ni siquiera soy capaz de definirme. ¿Quizá un merodeador enfermizo, excéntrico y culpable? Si de verdad alguien cree que soy culpable de algo, me gustaría que definiese el término de una manera cognoscible. Soy responsable de mis actos, de acuerdo, pero no de la totalidad absoluta de estos. Mis movimientos son únicos y propios, pero no me pertenecen por completo. ¡Algo vive en mi cabeza! Noto como se inquieta cuando trato de ser lógico. Por esa razón a menudo hago cosas absurdas, me meto en líos demenciales y pienso en términos disparatados y contradictorios. Pero no creas que estoy loco. He escrito que algo vive en mi cabeza, no que ese algo me hable o me dicte órdenes. Te pondré un ejemplo que seguramente comprenderás. Supón que te duele la barriga y por eso expedes una flatulencia. ¿Quién es el culpable de que importunes a los que te rodean en ese instante -por pocos que sean- o a tu perro que te sigue a todas partes como un virus, o a ti misma repleta de inconvenientes y desventajas, con los efluvios desprendidos por esa especie de pre-hez no solidificada y que antecede a una verdadera mierda, retenida por prudencia, vicio o falta de ánimos? No, por supuesto que este ejemplo no tiene nada que ver con mi disquisición pero, ¿acaso mis argumentos han sido en algún momento razonables? Simplemente quería que el texto se volviese sucio y mugriento como la sociedad a la que sirvo. Y que te ahogaras leyendo esa frase tan larga, mal redactada y con las comas fuera de lugar. Te pondré otro ejemplo que nada tenga que ver con lo que, vete tú a saber, quiere exhalar esta especie de locución conjuntiva no representativa. Ahí va: un tipo sin nombre compra un detergente con fórmula de doble acción para envenenar a su madre y así heredar toda su fortuna. Supone que la doble acción de la fórmula ayudará a matarla dos veces o, por lo menos, la fulminará con doble poder asesino. Mientras vierte algunos centímetros cúbicos en el vaso de leche de la infortunada, piensa en el número de ocasiones en los que ha realizado la misma acción en sueños. El número es tan alto que le produce un repentino mareo y se desploma desmayado. La madre escucha el sonido de su caída y se acerca. Contempla a la sangre de su sangre inerte. Asustada intenta revivirlo a besos y repara en el vaso de leche. Lo coge, lo acerca a los labios de su retoño, y este, confuso, lo bebe.

Tengo un sueño recurrente que hace que me despierte con fuertes erecciones. Voy por la calle y me encuentro a un grupo de chirigoteros cantando esas sandeces destinadas a fundir el cerebro de animal invertebrado de algunos humanos. De repente levanto los brazos, invoco a un dios imaginario y le obligo a que decapite a los que entonan peor. La fuerza vengadora figurada cercena las cabezas de los 21 cenutrios con una fuerza tan potente y desoladora que es escuchada en el lago Issyk-Kul por un pescador, que años después escribirá un ensayo literario sobre sus vivencias ese fatídico día. Camino sobre las cabezas ensangrentadas, me siento sobre una, saco del bolsillo del pantalón un plátano y me lo como por la oreja. Hasta aquí el sueño. Ahora, un poco más de realidad. Y la realidad es que todo lo que hace la gente lo pueden hacer los monos, posiblemente mucho mejor. Todo lo que dice la gente, lo puede decir un loro gris, seguramente con una dicción más clara y un mensaje oculto más directo. Lo que quiero expresar es que no sé lo que quiero expresar. Solo sé que todo lo que tenga que ver con el ser humano, me deshumaniza. De la misma manera que todo lo que tenga que ver con un ser rumano me desrumaniza. Ayer un tipo rumano se acercó a mí mientras paseaba, me cogió con fuerza de las solapas y me gritó que yo era un tío feo, feo de verdad, y que no comprendía como en Spania (sic) dejaban a los tíos feos, feos de verdad, salir a la calle. Después de darle unas palmaditas en el hombro y zurcirlo a cuchilladas me dirigí a mi casa, me lavé la sangre de las manos y me miré en el espejo. El puto rumano tenía razón. Soy feo. Feo de verdad. Pero en otra época fui muy hermoso. Hermoso de verdad. Tan hermoso que las mariposas me seguían drogadas por el aroma a néctar fresco que desprendía cuando caminaba y las flores de diente de león dirigían sus pétalos y sépalos hacia el lugar donde vine al mundo. Ahora esa carretera que lleva a la casa donde nací no es más que un camino abrupto y polvoriento infestado de cardos, ajonjos y cardenchas.

Mientras te escribo esta retahíla de lamentos escucho unos golpes en una de las paredes del salón. Los vecinos están de obras. Estoy seguro de que esos mismos golpes escuchan a su vez a otros golpes. No quiero decir que un golpe sea una esencia viva, por Jesús, lo que intento expresar es que cada golpe proviene de un golpe anterior en el espacio-tiempo. Posiblemente un golpe consanguíneo o emparentado. Pero nunca, y recalco el adverbio nunca, de un linaje separado o independiente. ¡Sí! creo tanto en los golpes. Y en los choques. Sin embargo abomino de los impactos y los leñazos. Ya sabes, cada uno es como es. Tú eres tierna y compasiva y yo soy un grandioso y extraordinario HUMANISTA.

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Email del 10 de enero 2018

Kuzma Petrov-Vodkin. Still life with letters (1925)

Queridísima confidente:

Una amiga me ha enviado un email mandándome al carajo. En realidad me ha enviado a la mierda, que está todavía mas lejos que el carajo; y todavía no comprendo cuál ha podido ser la razón. Un rato antes de recibir su excremental invitación le había mandado un texto en forma de saludo. No es un saludo demasiado mainstream pero tampoco creo que sea como para cortar con una preciosa relación de amistad que duraba un día. Te pego dicho saludo textual para que lo leas minuciosamente, lo analices con detenimiento y, después, me envíes tus conclusiones.

Hola, Maribel:


Hace 30 segundos exactos que me encontraba medio minuto más alejado del lugar donde me encuentro ahora. En estos momentos estoy sentado en el sofá del comedor con el gato encima de las rodillas, pero hace 27 segundos me encontraba 15 baldosas de gres en dirección contraria. Eso es, más o menos, a tres cuartas partes de la totalidad del dormitorio según se traspasa la puerta de entrada, seguramente entre la quinta y la sexta baldosa empezando a contar desde la pared contraria, es decir, la de la ventana pequeña que no cierra bien. Pero lo que realmente me asombra -además de no tener gato- es que solo hace 14 minutos y medio que me encontraba a 320 metros de distancia saboreando un julepe de nanjea en una coctelería. Y hace 32 minutos estaba orinando en el lavabo para el personal autorizado de la «Mercería Akanke, Fatimah y Sah», pues mi próstata es una consentida. Esa mercería está situada a 794 metros de la coctelería donde, haciendo honor al nombre del establecimiento, tomaba ese combinado tan calórico del que te hablaba antes, con lo que tenemos que la mercería esta a 1114 metros de mi comedor. ¿Qué hacía en una mercería? Comprando cintas elásticas blancas y suaves para coserlas en la cintura a los calzoncillos y de esa manera evitar que me aprieten demasiado. Pero no quiero desviarme del asunto que me interesa. La mercería, atendida por tres mujeres de origen africano, importa la ropa interior de Asia Central, lo que me parece una auténtica majadería. Y me parece todavía más estúpido que además de ropa interior vendan también ropa exterior y batatas y mazorcas.


Greg


PD.
Las mazorcas tenían un color extraño y una textura gomosa que me recordaba a los supositorios de glicerina que fabricaba la empresa Rovi. Cuando se lo comenté a Sah, que es la hermana de Akanke y la cuñada de Fatimah, dibujó un extraño gesto con la mano mientras gritaba una especie de lamentación en fa sostenido. De repente, salieron de la trastienda cuatro negrazos del tamaño de una montaña, me agarraron con fuerza por las cinco extremidades (ahora ya sabes cuántas tengo) y me arrojaron fuera del establecimiento.

Hace algunos años me sucedió algo similar con un tipo que quería comprarme el coche. Horas después de cerrar la venta y chocar las manos le envié un mensaje por el móvil que decía más o menos:

Por favor, no te demores en ingresarme la pasta porque me buscan por un asesinato y cuatro intentos de homicidio. En realidad los hechos son justo al revés y deberían buscarme por cuatro asesinatos y un intento de homicidio, pero ya conoces como trabajan los funcionarios. En cuanto a nuestra pequeña transacción, he de decirte que ha sido un placer tratar contigo. ¿Puedo tomarme la libertad de invitarte a que vengas a verme de vez en cuando a la trena? Por supuesto, si al final esos botarates del juzgado me encuentran.


Greg

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Email del 9 de enero 2018

Vincent van Gogh. Orphan man with cap and walking stick (1882) 

Hola:

Mis ejemplares de Ambystoma, Neocaridina, Triturus, Cynops y Pleurodeles se encuentran en perfecto estado, así como el número total de plantas que me acompañan cada día. El que no está bien soy yo. Bueno, estoy bien en exuberancia adversativa, pero no anímicamente. La culpa de mi abatimiento la tiene… ¿Quién la tiene? Alguien se debería comer el marrón. A Dios ya le he echado la culpa en numerosas ocasiones, al igual que al género humano utilizándolo como una grandiosa y degenerativa generalidad. Creo que hasta llegué a culpar de mis infortunios a una funda de sofá en cierta ocasión. ¡Necesito víctimas nuevas! O por lo menos alguien que, fascinado por mi modo tremendista de tomarme cualquier situación, se ofrezca desinteresadamente para que descargue sobre su cuerpo y alma toda mi capacidad de síntesis negativista.

Mi desayuno me mira. Pero no me contempla como una serie de alimentos que van a ser devorados de forma brutal y sin contemplación, sino como una sucesión de manjares que van a ser saboreados hasta la delectación y el éxtasis. Y eso me pone enfermo. Ni siquiera produzco miedo en los objetos que me rodean. Hasta hace unos pocos años la gente se santiguaba cuando me veían paseando por la calle. Ahora se descojonan. ¿Algo ha cambiado en mi manera de andar? Puede que el salero. Sí, ahora que lo pienso debe ser la maldita donosura. Ya no piso con garbo. Puede que la culpa sea del relicario, no sé. Claro que caminar con donaire está totalmente reñido con caminar renqueante o con tacatá. Pero es lo que tiene la edad.

Estoy pensando seriamente en quitarme de en medio. Claro que también podría quitarme de enmedio. Lo decidiré cuando lo haga la RAE. De momento voy a levantarme y entonar algunas canciones espirituales con el objeto de que caiga un chaparrón, pues estoy haragán y hoy toca asperjar.

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