agosto 2018

Email del 31 de agosto 2018

Mark Rothko. Untitled mural for end wall (1959)

Amiga mía:

Nadie me ha castigado, pero no puedo dejar de mirar la pared. Y digo la pared, en singular, porque de todos los tabiques que dividen o rodean mi vivienda, solo uno posee el poder de hipnotizarme. Te aseguro, amiga, que dicho poder está totalmente exento de teatralización o comedimiento. Preferiría mirar a través de una ventana, pero una fuerza me lo impide. Y cada minuto que pasa necesito acercar más mi cara a la pared. Si nadie me ayuda, quizá dentro de unas pocas horas mi rostro forme parte de ese muro. Es extraño, mientras intento oponer resistencia, mis recuerdos se apelotonan. Algunos incluso se permiten el lujo de cambiar, de trasmutarse, para aparecer como algo que no fueron, quizá porque no pudieron. Comprenden que en mis condiciones actuales no voy a ser capaz de ordenarlos, clasificarlos y arrojar lo más lejos posible a aquellos que nunca significaron nada. Tú sabes, querida, que la mayor parte de los tesoros que están enterrados en los cofres de la memoria no valen ni siquiera lo que en su día ofrecimos por ellos. Por esa razón, mientras mi cabeza se encuentra a menos de un palmo de distancia del muro que intenta engullirla, soy capaz de valorar mi posición. Mi posición física, pues estoy escribiendo este texto sobre el suelo, con el bolígrafo que siempre llevo encima, y sin posibilidad de corrección. Mi posición sobre el mundo, algo que nunca he valorado con la suficiencia necesaria y que ahora, es decir, dentro de unos instantes, dejará de atormentarme para siempre. Soy un puntito. Siempre lo he sido. Tú también. Toda la gente que hemos conocido y conocemos son puntitos. Algunos están marcados con tinta de mejor calidad, de acuerdo, pero no dejan de ser puntitos. Sin embargo se comportan como diéresis o como paréntesis. Algunos incluso como guiones dobles o asteriscos. Yo, yo soy un punto dibujado por una mina cilíndrica de grafito. Siempre he querido conocer lo que había arriba, pues el verdadero cielo para los lápices es una mano. Quizá ahora, mientras los ladrillos atraen a mi cráneo con esa fuerza descomunal succionadora, pueda llegar a conocer el resto de secretos que han hecho de mi vida una especie de caverna de osos, sin osos. Solo con algunas crines rígidas parcialmente diseminadas.

G

Email del 31 de agosto 2018 Leer más »

Email del 30 de agosto 2018

Aubrey Vincent Beardsley. Incipit vita nova (1893) 

Querida:

Hace un rato me he comido un cruasán fabricado, según la etiqueta, «por los artesanos de Consum». ¡Ahora ya sabes en qué establecimiento he comprado los víveres para los próximos dos o tres días! Pues bien, después de hacer un esfuerzo considerable para tragármelo sin arrojar la papa por medio de una brutal emesis biliosa, he llegado a la conclusión de que los artesanos de Consum tienen tanto de artesanos como yo de vieja viuda ninfómana con dos gatos. Desde luego mi hipersexualidad satirisiática (o como cojones se pronuncie y escriba) es reconocida hasta en el tercer mundo, pero de momento ni soy viudo, ni mujer, ni tengo gatos, aunque me gustaría puntualizar que sí, soy viejo. Viejo, viejo y reviejo.

Después de casi fallecer por culpa del cruasán, he sentido la necesidad imperiosa de quitarme ese gusto a acequia de la boca y he procedido a comer unas cucharaditas del arroz con leche de la marca blanca de dicho supermercado. Aunque ya han pasado cerca de 20 minutos desde que he vivido esa experiencia extrasensorial, todavía sigo convencido de que lo que me he llevado al gaznate era gravilla de tamaño mediano con leche, pero con leche de brontosauria climatérica. Al final he decidido que no voy a probar ningún otro producto de los que he adquirido. Prefiero dárselos al perro. Pero como no tengo perro, se los voy a bajar al sin techo que hace una semana me escupió en las alpargatas. El tío marrano se disculpó, he de ser sincero, dijo que le había fallado el tiro, que apuntaba hacia la Giralda de Sevilla pero erró por completo la trayectoria y el gargajo aterrizó encima de mis sandalias valencianas.

Al lado de ese Consum hay una mercería china y una funeraria albanokosobar. Supongo que en la mercería china venden bragas chinas y en la funeraria albanokosobar adecentan cadáveres frescos, sobre todo europeos, aunque no me extrañaría que hicieran un 20% de descuento a los muertos albaneses o kosovares. A la derecha de la mercería china hay un restaurante liberiano en el que, según dicen las malas lenguas, cocinan estupendamente cualquier clase de virus o bacteria, conocida o no para la ciencia. Supongo que al estar cocinadas y adobadas no serán demasiado dañinas, pero tengo un colega que 45 minutos después de comer allí una mandioca fermentada sufrió un desprendimiento de glande. Te lo juro. ¡Se le cayó al suelo el glande! Seguramente por la pernera del pantalón. Su novia tuvo que cogerlo con las manos y llevarlo al hospital junto a él para que se lo volvieran a implantar, pero lamentablemente se lo dejaron olvidado en el taxi. Ahora él trabaja de diseñador de glandes fabricados en polietileno tereftalato y su empresa pronto cotizará en bolsa.

Bueno, eso es todo por hoy. Mañana te contaré de qué manera subí una cuesta que iba en descenso y al final llegué al mismo lugar donde me encontraba antes de salir.

Greg (de Geg)

Email del 30 de agosto 2018 Leer más »

Email del 28 de agosto 2018

Wassily Kandinsky. The singer (1903)

Amiga:

Acabo de componer la letra y la música de una nueva canción y he reparado en que la melodía que se supone he inventado me recuerda un montón a otra muy conocida. La letra del primer párrafo de mi canción es:

«El mayor privilegio del género humano es la posibilidad de extinción. 
Ains. Ains. La posibilidad de extinción. La posibilidad de extinción.»

Ahora entona dicha letra con la melodía de una canción que cantábamos cuando éramos pequeños y no podíamos entrar en las webs porno falsificando las edades, más que nada porque entonces no existía internet ¡Lo has adivinado! La canción a la que me refiero es Quisiera ser tan alto como la luna. ¡Inténtalo! Canta mi letra con la melodía de esa canción infantil. Si lo haces de la manera correcta el resultado debe ser algo parecido a esto:

«El mayor privilegiooooo del génerooooo humanooooo es la posibilidaaaaad de extincióoooon. 
Ainsssss. Ainsssss. La posibilidaaaaad de extincióoooon. La posibilidaaaaad de extincióoooon.» 

Vale. Supongo que ya lo has hecho. ¿No crees que mi letra y esa melodía están hechas para seguir juntas in saecula saeculorum? No estoy de coña. Vuelve a intentarlo. Pero en esta ocasión, quiero que lo hagas con sentimiento. ¡Sentimiento real! ¡Palpable! ¡Como si fueras parte de Los Amaya! ¿Recuerdas a ese dúo? Cada vez que oía sus voces necesitaba urgentemente introducirme un supositorio Rovi por el…. Pero me estoy alejando de lo que en realidad quiero obtener, que no es otra cosa que recibir tu confirmación textual manifestando que soy uno de los mejores letristas de la historia y que mi verso te ha impactado. Vuelve a cantar el primer párrafo. ¡Hazlo por mí! ¡Siéntelo!

Maravilloso. Ahora, quiero que vayas a la cocina, abras la nevera y te comas un plátano. Si no tienes plátanos, bastará con que te comas una pera. Si tampoco tienes peras, en lugar de ir a la cocina y abrir la nevera, dirígete a la cocina de algún vecino y róbale un plátano. Si no tiene plátanos, entonces róbale una pera. Si tampoco tiene peras regresa a casa nuevamente y vuelve a interpretar mi letra. Quería que comieses plátanos o peras porque dicen que ambas frutas son maravillosas para las cuerdas vocales, pero llegados a este punto de odio tenaz a las frutas, que tanto tus vecinos como tú profesáis, me contento con que vuelvas a cantar mi letra de cualquier manera. ¡Canta nuevamente mi obra maestra! ¡Demuéstrame que puedes hacerlo!

¡Otra vez! ¡Vuelve a cantar el párrafo otra vez!

¡Otra más!

¡Y otra!

¡Y otra!

¡Una vez más!

¡La última, porfa!

¡Gracias!

Greg (támbien llamado ¡Greg!)

Email del 28 de agosto 2018 Leer más »

Email del 27 de agosto 2018

Banksy. Police stop and search girl 

Querida:

Todavía recuerdo aquel viejo orificio de salida. En aquella época no estaba demasiado seguro de si en realidad era un orificio de salida o de entrada. O de entrada y de salida. Tuvieron que pasar algunos años hasta que llegué a la conclusión que aún hoy mantengo: era un orificio de salida. Nunca vi nada entrar por él. Sin embargo vi salir demasiadas cosas. Y no siempre fueron concluyentes. En ocasiones, cuando hablo con algunos de mis amigos de entonces y saco el tema del viejo orificio de salida, la mayoría finge no acordarse y el resto no quiere saber nada del asunto. Dicen que el pasado es eso, pasado. Pero yo sé, que de alguna forma, mi presente y mi futuro están irremediablemente ligados al maldito y viejo orificio de salida.

A menudo me hago la misma pregunta. No siempre me respondo, pero cuando lo hago intento llegar a alguna conclusión. Lamentablemente, las respuestas nunca son demasiado sencillas y algunas veces termino golpeando al aire. Nunca he sido capaz de demostrarme lo equivocado que puedo llegar a estar. Aunque en realidad no necesito saber si me equivoco en algo y cuántas veces me equivoco al día. ¿Sabes lo que me sucedió el viernes? Estaba en una comisaría de policía esperando mi turno para que me renovaran el DNI, junto a tres mujeres y dos hombres. De repente se acercó a nosotros un poli y…

POLI: A ver. Soy el sargento orrorrotp, perdón, el sargento Orozco. Necesito que cada uno de ustedes se quite los zapatos y zapatillas y me enseñe los calcetines.
HOMBRE 1: ¿Está de broma?
MUJER 1: Debe haberle sentado mal el carajillo.
MUJER 2: Señor, tengo mucha prisa. A mi marido lo operan de hernia discal en medi…
POLI: ¡He dicho que se quiten los zapatos y las zapatillas! Quiero ver sus calcetines y sus medias. No lo volveré a repetir.
YO: Oiga usted, ¿está lo…

No pude terminar la frase. Cuando quise darme cuenta, el sargento Orozco estaba dándome puñetazos en el estómago. Algunos de mis compañeros de espera intentaron ayudarme, pero el poli se interpuso entre ellos y yo alzando los brazos como si fuera una especie de antena yagi.

POLI: ¡Deténganse o les juro por el vientre sagrado de mi anciana madre que les meto un tiro en la cabeza a todos ustedes! ¡Muy bien! Así me gusta. Ahora quiero que se quiten los zapatos y las zapatillas y me enseñen sus calcetines y medias.

Estaba claro que con ese tipo no se podía jugar y nuestros intentos de fuga estaban abocados al fracaso, pues la puerta estaba más cerca de donde se encontraba él. Mientras nos mirábamos los unos a los otros procedimos a descalzarnos tímidamente mientras la fiera del infierno nos observaba con atención.

POLI: Perfecto. Ahora levanten un poco los pies. Quiero ver de cerca sus talones.

Con la mirada tan vidriosa como un cristal de botella de Mistela de Casinos comprobó nuestros talones concienzudamente…

POLI: ¡Aaaaagggg! ¡Usted! ¡Mamarracho sucio y descuidado! ¡Mire ese orificio en su talón! ¡Soguarro!
HOMBRE 2: ¡Oh! Cuando salí de casa ambos calcetines estaban perfectos. Le doy mi palabra de ho…
POLI: Asqueroso marrano repugnante. Debería meterle dos tiros aquí mismo. ¡Póngase en aquella esquina y no vuelva a abrir la boca! El resto. ¡A ver!  Muy bien. Muy, muy bien. Sí. Todo correcto. ¡Perfecto! Ahora quiero que se quiten los pantalones y las faldas y me enseñen los calzoncillos y las bragas. Y espero que ninguno de ustedes se haya presentado ante mí con ropa interior sucia o con algún tipo de rotura.
YO: ¡Esto no puede estar pasand…

Nuevamente no pude terminar de expresar lo que sentía pues el sargento volvió a agarrarme de la camiseta con una manaza mientras con la otra me golpeaba sin cesar por todas las partes del cuerpo.

MUJER 3: ¡Es un psicópata! ¡Ese tipo es un psicópata!
POLI: Soy el sargento psicóp… quiero decir, soy el sargento Orozco. Si alguno de ustedes piensa en correr y escapar por la puerta de entrada, olvídenlo. Está cerrada con llave. Nadie va a venir a rescatarles. Ahora pórtense bien y quítense los pantalones y las faldas.

Mientras desenfundaba un pistolón del tamaño reglamentario en Brobdingnag, todos obedecimos sus órdenes. En un minuto nuestros pantalones y faldas yacían tiradas por los suelos.

POLI: Perfecto. Ahora voy a pasar revista. Ajá. Ajá. Sí. Muy limpio. Muy limpio también. ¡Eh! ¿Pero esto qué cojones es?
MUJER 2: Es, es un micro tanga, señor.
POLI: ¡Un micro qué?
MUJER 2: Un micro tanga…
POLI: ¿Un micro tanga?
MUJER 2: Sí, sí señor. No puedo llevar bragas normales, me rozan y me salen ron…
POLI: ¡Un micro tanga! ¡Bien! Por lo menos, con el tamaño que tiene es imposible que se ensucie. Veo que todos ustedes llevan la ropa interior bastante aseada. Me satisface. Ahora quiero que se la quiten y la lancen como si fueran jugadores de baloncesto sobre la parte superior de ese armario.
HOMBRE 1: Esto es un ultraje. Me da igual que me dispare. No piens…

En ese instante la puerta de entrada se hizo añicos y entraron un buen número de policias. Tantos que me fue imposible contarlos. La mitad de ellos se abalanzaron sobre el sargento Orozco y lo inmovilizaron, el resto se acercaron a cada uno de nosotros y nos cubrieron con mantas mientras intentaban tranquilizarnos. En una habitación contigua estaban amordazados tres maderos más, supongo que eran los compañeros del sargento Orozco que al verse liberados respiraron aliviados. Unos minutos después cinco agentes se llevaron al sargento Orozco totalmente amarrado mientras gritaba como un poseso no sé qué sobre la limpieza y la gallardía extrema. Cuando llegué a casa me senté sobre el suelo y mis primeros pensamientos fueron para el viejo orificio de salida.

Pero, ¿qué es lo que vi? ¿Qué es lo que vi saliendo del viejo orificio de salida? No creo que deba contártelo. Supongo que no estás preparada para escuchar esa historia. Pero te aseguro que lo que emergió de ese viejo orificio de salida nunca volverá a aparecer en ningún otro lado. Fuera lo que fuese, pertenecía a ese mismo instante. Supongo que cada momento debe tener un recuerdo particular y, ¿por qué no?, quizá hasta un viejo orificio de salida. ¿Qué más da? Bueno, a mi no me importan el resto de orificios de salida, ya sean viejos o nuevecitos de trinki. Lo único que en realidad necesito es… ¿Qué es? ¿Qué es?

G

Email del 27 de agosto 2018 Leer más »

Email del 26 de agosto 2018

Vincent van Gogh. Two rats (1884)

Hola:

«-¿Así que todo fue un accidente? Un jodido accidente, ¿no es así? -preguntó el inspector al tipo que estaba tirado sobre el suelo y sollozaba desconsoladamente.
-Le juro por mis hijos que fue un accidente. Yo no quería que todo terminase de esa manera. Mi intención era matar un solo mosquito, pero se me fue la mano y acabé con la vida de dos mosquitos.
-Se comprometió a matar a un mosquito. Uno no es lo mismo que dos. Conozco a los tipos como usted. He lidiado con ellos desde el comienzo de mi carrera, cuando solo era un policía de barrio. ¡Míreme a los ojos! No se va a salir con la suya. Pienso acusarle y encerrarle.
-Estaban tan juntos. No pude hacer otra cosa. ¡Lo siento! ¡Lo siento tanto!
-Naturalmente que estaban juntos. Es la época de apareamiento. Pero a usted eso le da igual. Quería matar varios mosquitos de la manera que fuese. Luego pensaba esconder los cadáveres del resto y dejar un cuerpo para que pasase el control. ¿Se cree que somos imbéciles?
-¡Es cierto! ¡Lo hice! Lo hice a propósito. ¿Y qué? ¿Me van a condenar por eso?
-No. Usted conoce las normas. O por lo menos, debería conocerlas. No será condenado por eso. ¡Pero le condenaremos por cualquier otra cosa! Todo el mundo debe ser condenado.
-Usted forma parte de todo el mundo.
-Yo ya fui condenado tres veces. Ahora le toca a usted. Desconozco cuántos años deberá cumplir, pero le aseguro que cuando salga de la cárcel su vida será diferente.»

El pasaje anterior pertenece a un relato corto titulado Supuración, que junto a otros cinco relatos, entre ellos Yo sodomicé a Mojo Jojo o Esmegma y satori conforman el volumen Narraciones orinientas que acabo de enviar a mi editor. En realidad mi editor falleció hace ocho años pero yo sigo remitiéndole todo lo que escribo. Es una cuestión de honestidad. La tipa que dirige su empresa en la actualidad me envía toneladas de cartas, emails y paquetes certificados recordándome en 18 idiomas que mi valedor ya no se encuentra en este mundo, y que a ella mis textos le recuerdan a las arrugas epidérmicas que suelen aparecer alrededor de los anos de ciertas especies de paquidermos. Pero no me importa. Yo no escribo para ella. Ni siquiera para cualquier tipo de público. Yo escribo para mí. Si intento que se publiquen mis trabajos es porque tengo dos cajones llenos de sobres y sellos a los que necesito dar salida.

Escribir es relativamente sencillo, por supuesto, siempre que uno no sea una especie de cruce entre chimpancé y calzoncillo. Lo verdaderamente complicado es tejer una historia que, aunque tenga o no sentido, se pueda leer sin llegar a desencajar la mandíbula de un bostezo. Supongo que mucha gente estará en contra de las dos afirmaciones anteriores, pero me importa una vaina extraterrestre pluricelular lo que puedan pensar. Ya tengo suficiente con controlar mis impulsos parasiticidas o a las anchoas cerebrales que dirigen mis cotarros, como para tener que preocuparme por pensamientos ajenos y totalmente alejados de la realidad. Mi realidad (o por lo menos, la única que me interesa).

Un rasgo común a todos los escritores (y escribidores), pertenezcan a un sexo u otro, es su incapacidad casi total para emitir valoraciones objetivas sobre las propias mierdas que escriben. Porque no existe en el mundo ningún autor que entre un trabajo y otro, más o menos correctos, no garrapatee verdaderas bazofias vergonzantes. Exceptuándome a mí. Pues soy capaz de escribir historias vergonzantes concatenadas. No necesito presentar mis textos malos disimulados entre los que yo -o cualquiera- pueda llegar a pensar que son buenos. Por esa razón creo que merezco un lugar en la historia. O mejor, la historia merece un lugar en mí. O tanto la historia como yo merecemos un lugar en otro lugar. Pero existen tan pocos lugares. Casi todos los lugares son el mismo lugar o una imitación perfecta del lugar que todos quieren que sea su lugar. Mi lugar es un nido de ratas. Por él corretean las más lustrosas mientras el resto se tienen que contentar con cequetas y azarbes. Y mientras todo lo que creemos que debería significar el vocablo «creación» se alimenta con los detritus de la ignorancia y el desconocimiento, mi hígado empeora de una manera alarmante.

Heno de Pravia es el aroma de mi hogar. Pero si has leído atentamente el párrafo anterior habrás advertido que mi hogar es una acequia. Si alguna vez me entero de que Heno de Pravia es el aroma de tu hogar, o del hogar de otros, entonces, Heno de Pravia dejará de ser el aroma de mi hogar y buscaré otra marca para que aromatice mi acequia. Pero si por alguna extraña coincidencia, Heno de Pravia también es el aroma del hogar de Elvira Lindo, en lugar de cambiar de producto, quizá me atreva a pedirle que venga a vivir conmigo a mi acequia. Con la bendición de su cónyuge, of course.

Greg Pez

Email del 26 de agosto 2018 Leer más »

Email del 23 de agosto 2018

Henri Matisse. Open door (1896)

Amiga:

Me encontraba practicando la asana de yoga denominada Adho Mukha Svanasana, aunque quizá puede que fuese la postura Ardha Matsyendrasana, Setu Bandha Sarvangasana o Utthita Hasta Padangustasana, no lo recuerdo bien, cuando sonó el timbre de la puerta falsa que no tiene salida. En mi casa tengo 30 puertas. Cada una posee su propio timbre. Algunas de esas entradas son falsas y solo existen porque necesito demostrarme a cada instante que mi excentricidad no es una maldita pose. Cada vez que suena el timbre de una de esas puertas, ya sean simuladas o perfectamente funcionales, suelo dejar lo que en esos momentos estuviera haciendo y me dirijo por el pasillo estrecho a la habitación desde donde se pueden desconectar los timbres de las 30 puertas. Pero no los desconecto. Simplemente los miro, los limpio con un trapito y me doy la vuelta. La verdad es que no sé por qué en esas ocasiones utilizo el pasillo estrecho teniendo otros siete pasillos, la mayor parte de ellos más anchos y espaciosos. Quizá porque soy un tipo de costumbres. Resulta tan fácil acomodarse a un hábito. Tan sencillo como inventar un sonido. Recuerdo cuando era un poco más joven que ahora. Siempre he sido más joven que ahora, pero ahora me resulta menos doloroso recordar que siempre he sido más joven que ahora, y por esa razón ya no siento ese terrible sudor frío con forma de brinicle recorriéndome el espinazo y soy capaz de recordar que fui mucho más joven sin sentir que en realidad ahora soy más viejo. Porque soy más viejo. Por lo menos más que cuando era más joven. Podría haber sido más viejo cuando era más joven, pero entonces todas esas pequeñas cosas que ahora carecen de sentido seguirían careciendo de sentido. Por esa razón, me entretengo practicando yoga. Para que cada uno de los sinsentidos que aletean alrededor de mí, sigan careciendo de su sentido primario. Porque cuando me doy cuenta de que todo, o casi todo, vuelve a tener sentido, siento que ya no son necesarias tantas puertas, timbres y pasillos. Y cuando cada una de esas puertas, esos timbres y esos pasillos dejan de pertenecer al mundo que trabajosamente he manufacturado, pues eso, no le des más vueltas, simplemente dejan de pertenecer al mundo que trabajosamente he manufacturado. Así de simple.

Greg

Email del 23 de agosto 2018 Leer más »

Email del 21 de agosto 2018

Caravaggio. Canestra di frutta (1596)

Hola:

Mi frutera preferida es una señora con mucha personalidad.
-¿Se ha decidido ya? ¿Quiere kiwis variedad Allison o variedad Gracie? -me pregunta.
Mientras yo trato de tomar una decisión, ella acerca su cara a cinco centímetros de la mía y el olor de cerveza que sale expedido de su boca casi me tira al suelo.
-No tengo todo el día. Si todos mis clientes fueran tan indecisos como usted acabaría alcohólica.
Mientras señalo con un dedo que prefiero la variedad Allison no puedo dejar de pensar en si en realidad es factible que alguien que es alcohólico pueda llegar a convertirse en más alcohólico todavía.
-Cuántos kilos le pongo? Dígame algo por Dios. Es usted tan callado y miedoso.
Llegados a este punto, saco de mi bolsillo la capa de la invisibilidad que le robé a Doraemon en cierta ocasión que vino desde el futuro a visitarme, me la echo por encima y salgo de la tienda sin que nadie repare en ello.

En bastantes ocasiones me entran ganas de enviar a la puta mierda a alguien, pero en lugar de eso suelo enviarlos al jodido carajo. No sé si la puta mierda y el jodido carajo están cerca o si en realidad son el mismo lugar, pero por lo menos hago caso al espíritu de un antepasado mío que cada vez que se materializa me aconseja ser más amable cada día, sonreír a todas horas y masticar mucho los alimentos.

Me encuentro en otra frutería. Su dueño, un paquistaní de unos 27 años tiene un aspecto decidido y un rostro que demuestra que es un tipo cortés y comprensible. Cuando le pregunto a qué precio están los kiwis se descuelga del mostrador como si fuera un langur plateado y aterriza a menos de cuatro centímetros de lo que yo, hasta ese momento, había creído que era mi espacio personal.
-Kivis bonitos para cagar. 2.70 euros kilo.
Cuando le pregunto si son neozelandeses, se separa de mí como si de repente hubiera comprobado que me ha abandonado el desodorante y regresa a su banqueta, donde por momentos se deja llevar en una especie de meditación termohalina para acabar protruyendo su espíritu hasta elevaciones insondables…
¿Qué es nezalondese?
Intento explicarle que neozelandés es el nacido en Nueva Zelanda. Entonces, de repente se pone a reir como un poseso y acaba repitiendo su mantra…
-Kivis bonitos para cagar. 2.70 euros kilo.

Recuerdo que cuando era pequeño todos los mayores me recordaban que realmente era pequeño. Ahora que soy mayor, todos los que son más mayores que yo, me recuerdan que son más mayores. Y de la misma manera, los que son más pequeños que yo me recuerdan que son más pequeños que yo. Supongo que cuando esté muerto, todos los demás muertos me recordarán que ellos murieron antes. ¡La existencia me recuerda al óxido de deuterio! No me preguntes por qué he llegado a esa conclusión, porque no podría responderte, pero te juro por Gilles de Rais que es una sensación real. A veces me gustaría poder convertirme en hadromasa y vivir tranquilamente descomponiendo la madera. Sin humanos alrededor. Todo lo más algún bichito xilófago mordisqueando pausadamente por la ventura.

-Ha llamado a la frutería online. Dígame qué desea, por favor…
-¿Tiene kiwis?
-Pues claro que tenemos kiwis. Y pitahayas, carambolas, tamarillos, nanjeas, torombolos, pineberrys, guavas, mangostanes, salaks, alquejenjes, kumquats, anones, frutipanes, yacas, halas, copoazús, akebias, tunas, gacs, jaboticabas, achiotes, gunábanas cimarronas, marangs, zaptes, pequis, uchuvas, longanas, platonias, ackees, bananitos, duriones, malangas, lulos, mameys, papayones, mamoncillos, tirabeques..
-Perdone. Luego le vuelvo a llamar para hacer el pedido de kiwis. Es que mi hijo de dos años se acaba de tragar un pañal.
-Espero su llamada…

Voy a sacar la cabeza por la ventana. Necesito que la luz natural y los rayos solares purifiquen mi alopecia, pues cada vez que mi calva se siente henchida de refulgencia y ardentía, es cuando más capaz soy de emitir respuestas a todo ese montón de preguntas que me agreden día y noche. Todavía no comprendo cómo existe gente que está convencida de que la vida, tal y como la conocemos, es un regalo único e irrepetible. Claro que yo siempre he recelado de los regalos únicos e irrepetibles. Las únicas dádivas que soy capaz de aceptar sin sentir que el tipo o tipa que me las ofrece lo único que quiere es parte de mi cuerpo, o la totalidad de este sin pagar un euro, son las bolsas de plástico que, hasta hace un par de meses regalaban en los comercios.

Greg

PD:
Greg eleison.
Gloria in excelsis Greg.
Per omnia saecula saeculorum.
Laus tibi, Greg.
Credo in unum Greg.

Email del 21 de agosto 2018 Leer más »

Email del 20 de agosto 2018

Kurt Schwitters. Something or other (1922)

Querida amiga:

Hace muchos muchos años, un príncipe malvado… ¡Joder, no! Lo intentaré de nuevo. Hace muchos muchos años, cuando todavía no era un adulto y veraneaba en el pueblo de mi madre, vi un ovni trazando movimientos extraños sobre el cielo. Bueno, eso me pareció en ese instante, aunque para mi abuelo Vicente lo que yo había confundido con un objeto volador no identificado no era más que un pájaro grande con serios problemas de motricidad. ¡Y puede que tuviera razón!. Lo primero que hacía todas las mañanas nada más levantarme era abrir la ventana de mi habitación y contemplar a los estorninos, las grajillas y los cernícalos primilla volando majestuosamente. Ahora, es decir, desde que vivo en la capital, solo veo gorriones, pero no me desagrada en absoluto. Amo a los gorriones y a las gorrionas. Y a los gorrioncillos, que son los polluelos de los gorriones y las gorrionas adultas. Y también me amo a mí. Y amo a mis plantas y a mis bichos. Y hasta puede que incluso a mis padres, hermanos y a unos pocos amigos. Sin embargo, estoy convencido de que amar es marrar. Excepto cuando amas a cualquier ser vivo que no te ame a su vez, ya sea porque no está predispuesto genéticamente a perder el tiempo con paparruchadas pueriles o porque en esos instantes tiene algo mucho más importante que hacer.

En mi casa hay una habitación. En realidad hay tres habitaciones, pero en una de ellas es donde sucede todo. Allí oculto látigos, fustas medievales, vergajos y flagelos. Nadie está autorizado a entrar en ese cubículo sin una autorización sellada y firmada por Dios, Padre todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra. Pero como Dios, Padre todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra no existe, no puede emitir ninguna clase de permiso, visado o salvoconducto. Ni siquiera su retoño, Hijo de David e Hijo del Hombre -también un personaje inexistente al que sus adoradores llaman Jesús de Nazaret- puede hacer nada al respecto. Por lo tanto, salvo cacos despistados o apariciones ectoplasmáticas de última hora, yo soy la única fuerza de la naturaleza capaz de sacar partido a todo lo que se encuentra guardado en cada cajón, cada armario o cada vitrina del «aposento donde no puede existir amor», que es como llamo a dicha estancia.

Los cocineros artistas, esos que se creen reencarnaciones gastronómicas de Caravaggio, Mozart o Shakespeare, suelen decir que la cocina está llena de amor. Me imagino que no es más que una boutade, un hibris, una gilipollez sin sentido. Ellos saben bastante de sinsentidos, pues solo algunos humanos pertrechados a partes iguales con prepotencia, memez e ignorancia son capaces de denominar a sus platos con nombres kilométricos que no significan absolutamente nada. Yo creo que en el único sitio del planeta donde realmente puede existir amor es en ningún lugar. Y creo que sé de que hablo, pues he convivido en innumerables lugares, donde si mirabas bien, enseguida te dabas cuenta de que ese lugar no era un lugar. Puede que fuera algo, pero algo no es demasiado. Se necesitan más pistas para poder ser capaces de inventar un nombre para cualquier cosa. Cualquier cosa eres tú, yo, el príncipe malvado de la primera línea, mi abuelo Vicente, cada uno de esos inútiles cocineros artistas e incluso Dios, Padre todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra y su retoño, Hijo de David e Hijo del Hombre, también llamado Jesús de Nazaret. Sin embargo, Caravaggio, Mozart o Shakespeare, por nombrar solo a tres extraordinarios extraterrestres, representan a un Todo inconmesurable que está por encima de lo que el resto puede llegar si quiera a imaginar con la ayuda de un hongo psicotrópico. Orson Welles tenía razón cuando dijo que el mundo ha seguido rodando gracias a 1000, 2000 personas increíbles, y que el resto, es manada.

Creo que me estoy poniendo metafísico, quizá incluso un poco escolástico. Y siempre que me pongo así, termino diciendo sandeces. Pero, ¿qué es una sandez? Una sandez es algo. Y ya sabemos, pues lo he escrito unas líneas más arriba, que algo no es demasiado. Es un poco, en ocasiones un poco más que un poco, pero la mayor parte de las veces, es casi nada. Y en mi estado emocional, casi nada debería ser casi todo, pero no deja de ser casi nada.

Greg

PD:
Me encanta escribir con la televisión encendida y con el volumen bajado a tope. De esa manera cuando levanto la mirada de la pantalla del ordenador puedo ver lo que en esos momentos están emitiendo, que por lo general suele ser nefasto para la salud mental, y me obligo a volver a la dichosa hoja de Microsoft Word. Hace un rato, cuando intentaba terminar el cuarto capítulo de  mi Introducción breve a la geografía anal, un ensayo que estoy escribiendo sobre las columnas de Morgagni, he reparado en que en el canal que tenía sintonizado estaban poniendo una peli japonesa de monstruos, realizada seguramente para exaltar intelectualmente a los millones de anormales que pueblan este sufrido planeta. El título del film era Gamera, el guardian del universo, pero igual hubiera dado que se llamara Gamera en Formentera. Gamera es el nombre de una tortuga gigante que mide 70 metros de altura y que en numerosas ocasiones ayuda a los hijos del sol naciente a luchar contra el resto de monstruos descomunales que la tienen tomada con Japón, y que representan al mal en todas sus formas posibles.

Email del 20 de agosto 2018 Leer más »

Email del 18 de agosto 2018

Giorgio de Chirico. Las vejaciones del pensador (1915)

Hola:

Si alguien me preguntara cuál es el numerónimo de mi vida, le contestaría que es un pedante de mierda. ¿A quién se le ocurre utilizar un vocablo así? ¿Numerónimo? Suena a emperador romano de la dinastía Flavia. Claro que tras cuatro o cinco vituperios manifiestamente específicos, supongo que me tranquilizaría y hasta es posible que me colocara en la posición física que utilizo para razonar. Todos los humanos, ciertos vegetales y algunos animales -aunque a veces se haga difícil diferenciar entre unos y otros- conocen mi insólita fobia a eso que cierta clase de aberraciones prototípicas disfrazadas de Homo sapiens denominan «pensar». De los cerca de 7450 millones de personas que pueblan el planeta, solo existen 34 individuos (e individuas) que están en disposición de poder elaborar y relacionar conceptos en la mente. Yo soy uno de ellos, aunque me disgusta hasta el paroxismo tener que demostrarlo.

Pero respondiendo a la pregunta que inició el texto: mi numerónimo, o por lo menos el que marcó mi vida es 17A, que corresponde al 17 de abril (de 1976) que es la fecha del día en que me dejé mi primer y hermoso bigote chevron, aunque según mi tía Casilda López, la hermana de mi padre, me confundo. El 17 de abril de ese año es el día en que ella me enseñó a pespuntear. Sea lo que fuere, por el motivo que fuese, ese número y esa letra corresponden a uno de los momentos existenciales que me hicieron desconfiar de la biología embriológica y evolutiva. Bueno, amiga mía, eso es todo de momento. Por cierto, ¿sabes que «momento» rima con «excremento»? Pero también puede asonantar con barboquejo, solo es cuestión de tupir un poco las consonante fricativas linguointerdentales sordas. En algún momento de alguno de mis futuros miércoles te enseñaré a hacerlo. Solo soy capaz de adoctrinar prosélitos los terceros días de cada semana.

Se despide de ti, con molestos aleteos palpebrales,

Greg «Doliente espiritual» López

Email del 18 de agosto 2018 Leer más »

Email del 17 de agosto 2018

Rembrandt. A bust of an old man (1633)

Querida:

A veces pienso en el tiempo que he dedicado a intentar comprender de qué va todo esto. Para ser exactos, 55 años, pues la primera anualidad de mi existencia la dediqué a patalear. No me entiendas mal, todavía pataleo, pero ahora lo hago con la seguridad que proporciona la ajadez y la erudición reflexiva. Si tuviera que definir con un vocablo lo que para mí significa existir creo que utilizaría el término «uf», pero no el «uf» que sirve para definir la millonésima parte de un faradio, sino el «uf» interjectivo que expresa alguna impresión repentina e imprevista o una sensación trascendente y con serias consecuencias. Claro que también podría ponerme en plan erudito y determinar que todo lo que hemos sido y somos, no es más que una colección de despropósitos inútiles que solo sirven para que (algunos) seamos capaces de tomar conciencia de la gravedad que supone razonar. Yo, desde luego, ya hace años que no razono, o mejor dicho, razono menos tiempo, pues prefiero dedicar varias horas de cada jornada a beber Coca-cola y zampar Bollycaos. Llegados a este punto supongo que te preguntarás por qué estúpida razón hago eso. Pues porque no tengo una pistola. Si tuviera un arma de fuego, todo sería más sencillo. ¡O puede que no!

Hablando de dedicar, ayer dediqué parte del día a tomar conciencia sobre mi contribución a la historia de la memez humana. El resultado fue 2-0. En el intermedio perdí un poco la concentración y me costó bastante entrar de nuevo en el partido. Al final logré clasificarme para los cuartos de final y actualmente estoy negociando el traspaso de un nuevo cerebro. Supongo que te tendré informada de las negociaciones. Aunque la verdad es que nunca se me ha dado bien mantener a alguien informado, ya sea de negociaciones como de transacciones, purgaciones o putrefacciones. ¡Y es que soy tan poco dado a demostraciones! Por favor, ¿alguien podría argumentarme las ventajas de las satisfacciones? ¡Soy un tipo tan anhedónico! Y tan patognomónico, malencónico y plutónico. Debería darme pena, pero por el contrario me produzco júbilo, algazara y satisfacción. Y aunque estoy convencido de que soy un ejemplo a seguir, prefiero que nadie me siga, pues no troto ni trocho de una manera demasiado elegante.

Y aunque camino por la senda de las eternas insatisfacciones, siempre tendré en cuenta que gracias al espermatozoide campeón que fui, mis progenitores tuvieron un instante de gozo sexual y quizá un pequeño orgasmo. Luego ese pequeño orgasmo se trastocó y solo sirvió para producirles grandes y terribles dolores de cabeza. Actualmente, pese a que todavía conservo la cara de gameto dominador, prefiero mantenerme al margen. Por supuesto, en ocasiones, también soy capaz de mantenerme al borde, al costado, en la frontera o incluso al límite.

Greg

Email del 17 de agosto 2018 Leer más »