![]() |
| Mark Rothko. Untitled mural for end wall (1959) |
Amiga mía:
Nadie me ha castigado, pero no puedo dejar de mirar la pared. Y digo la pared, en singular, porque de todos los tabiques que dividen o rodean mi vivienda, solo uno posee el poder de hipnotizarme. Te aseguro, amiga, que dicho poder está totalmente exento de teatralización o comedimiento. Preferiría mirar a través de una ventana, pero una fuerza me lo impide. Y cada minuto que pasa necesito acercar más mi cara a la pared. Si nadie me ayuda, quizá dentro de unas pocas horas mi rostro forme parte de ese muro. Es extraño, mientras intento oponer resistencia, mis recuerdos se apelotonan. Algunos incluso se permiten el lujo de cambiar, de trasmutarse, para aparecer como algo que no fueron, quizá porque no pudieron. Comprenden que en mis condiciones actuales no voy a ser capaz de ordenarlos, clasificarlos y arrojar lo más lejos posible a aquellos que nunca significaron nada. Tú sabes, querida, que la mayor parte de los tesoros que están enterrados en los cofres de la memoria no valen ni siquiera lo que en su día ofrecimos por ellos. Por esa razón, mientras mi cabeza se encuentra a menos de un palmo de distancia del muro que intenta engullirla, soy capaz de valorar mi posición. Mi posición física, pues estoy escribiendo este texto sobre el suelo, con el bolígrafo que siempre llevo encima, y sin posibilidad de corrección. Mi posición sobre el mundo, algo que nunca he valorado con la suficiencia necesaria y que ahora, es decir, dentro de unos instantes, dejará de atormentarme para siempre. Soy un puntito. Siempre lo he sido. Tú también. Toda la gente que hemos conocido y conocemos son puntitos. Algunos están marcados con tinta de mejor calidad, de acuerdo, pero no dejan de ser puntitos. Sin embargo se comportan como diéresis o como paréntesis. Algunos incluso como guiones dobles o asteriscos. Yo, yo soy un punto dibujado por una mina cilíndrica de grafito. Siempre he querido conocer lo que había arriba, pues el verdadero cielo para los lápices es una mano. Quizá ahora, mientras los ladrillos atraen a mi cráneo con esa fuerza descomunal succionadora, pueda llegar a conocer el resto de secretos que han hecho de mi vida una especie de caverna de osos, sin osos. Solo con algunas crines rígidas parcialmente diseminadas.
G
