Email del 31 de julio 2015
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| Avigdor Arikha. A dead leaf (2002) |
Según unos documentos que no tengo derecho a rechazar, yo nací de padres mortales, luego no soy divino. Al no ser sobrehumano, mis pies pueden tocar el suelo y los rayos del sol no pueden herirme. Espero que después de esta recusación categórica no seré acusado de abrazar un procedimiento de mitología ridículo y absurdo. No soy el protagonista de ningún relato acunado por la religión, la cultura o la sabiduría, pero estoy vivo. Afortunadamente la gente que camina por la calle o ilumina o ensombrece la totalidad de mis días y mis noches tampoco forman parte de la tradición o la leyenda. Pero, si tanto ellos como yo somos perecederos, temporales, fugaces como un rayo de luz que se apaga cuando llega la noche, ¿por qué extraña razón somos tan impredecibles? ¿Por qué necesitamos personificar las fuerzas del Universo? ¿Por qué somos tan crueles y vengativos? ¿Tan volubles, caprichosos e inconstantes?
Miro una flor. Contemplo embelesado su estambre y su pistilo, es decir, la parte masculina y femenina respectivamente. Pero si me fijo detenidamente en ambas, soy capaz se distinguir la antera y el filamento, el estigma, el estilo, y el ovario. Ya estoy cansado de admirar los pétalos o los sépalos. Quiero profundizar en los entresijos de la Creación, es decir, la obtención de algo a partir de la nada. Ya no me interesan los colores, las formas, ni siquiera si la inflorescencia se ha originado en el ápice del vástago principal o en alguno de las ramas laterales.
Si un dios es un ser sobrenatural al que se le atribuyen poderes significativos, entonces, una flor es una diosa. Lo mismo puedo decir de cualquier otro vegetal o animal, excluyendo la alimaña humana. Las piedras y las rocas son omnipotentes. El cielo, las estrellas y los planetas son omniscientes. Todo lo que existe y puede ser visto y no visto son partes de un ser supremo. Excepto tú y yo. Excepto tus hijos, mis padres, sus padres, sus hijos, los padres de los padres y los hijos de los hijos. Ellos, al igual que tú y yo somos carroña. Fuimos, somos y seremos nefilims y seguiremos revelándonos, cuestionando y cayendo, mientras nos sometemos al libre albedrío, a la lujuria, a la vanidad.
No puedo recordar si cuando vine a este mundo hice feliz a mis progenitores. Tampoco es que me importe demasiado. Aterricé en esta cloaca en que hemos convertido al mundo, porque no existían otros sumideros cercanos -a años luz quiero decir-. Desde que cumplí los cuatro años sé que no pertenezco a nadie. Por la misma razón, tengo absolutamente claro que nadie ni nada me pertenece a mí. Ni siquiera las flores. Pero soy un dios, por lo menos cuando estoy solo en en el cubículo que me sirve de habitación. Y allí hago y deshago a mi antojo. Dicto órdenes injustas y someto a mis vasallos. Pero mis súbditos son ceniceros, figuritas de metal o una pila de cajas de madera, bellamente trabajadas, probablemente compradas para satisfacer mi instinto huidizo o la insatisfacción personal.
A veces, mientras dejo que mis ideas mesiánicas vuelen a su antojo, mis ojos reparan sobre un libro que descansa en un anaquel. Es un tomo bastante voluminoso con un lomo de color negro. Y aunque me gustaría quemarlo, y con él todas las copias existentes, no puedo dejar de sentir una especie de alegría maligna recorriéndome la espina dorsal. Por supuesto se trata de mi libro. Lo escribí hace algunos años, aunque quizá debería decir que no fue escrito, sino vomitado. Lo regurgité para sentirme en paz conmigo mismo. Pero nunca pude conseguir ni un ápice de sosiego. Supongo que algunos simplemente nacemos para desarrollar el concepto de fatalidad y elevarlo a la enésima potencia.
Según unos documentos que no tengo derecho a rechazar, yo nací muerto…
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