mayo 2018

Email del 29 de mayo 2018

Pierre Alechinsky. Seen in Profile, Sticking Out Tongue (Tireur de langue profilé) (1964)

Hola:

La opacidad privativa del Yo (sin el Mí y el Mío) suele degenerar en algo similar a una especie de luminosidad aherrojada, pero armónica y suntuosa al mismo tiempo. Sin embargo, estoy totalmente convencido de que aunque lo intentara durante treinta o más días, sería incapaz de reescribir una memez como la anterior, por eso me siento satisfecho. Soy el campeón de las locuciones vacías y sin sentido. ¡Y mejoro con el entrenamiento! Mi intención era construir cinco o seis frases de ese estilo, enviártelas y salir corriendo, pero he decidido salir por la claraboya.

Greg

PD:
Si te apetece venir a mi casa a barrer y fregar el suelo, quitar el polvo de los muebles, las arañitas de las paredes, limpiar por completo y en profundidad la cocina y el aseo, poner un par de lavadoras y zurcir unos cuantos vaqueros, por supuesto gratis, y mientras yo miro con aire pretendidamente solemne o agradecido -como tú prefieras-, me pegas un toquecito o dos, ¿vale?. Después de dejarme la casa como una patena podría contarte algunos de mis problemas y un par de secretos. No sé. Siento una extraña sensación de tristeza recorriéndome las narices. Ni siquiera insultar a los imbéciles me estimula. Si no te apetece venir a mi casa para convertirte en el paradigma de la subyugación imprecativa durante cuatro o cinco horas, no vengas. No me importa convivir con la suciedad. No creo que la porquería sea capaz de asesinar a alguien. Solo las personas necesitan matar a otras personas y, en ocasiones, algunas perdices. Sí, ya sé lo que estarás pensando: si soy capaz de convivir con la mugre, ¿por qué intento que vengas a limpiar mis pertenencias? Bueno, yo soy así. Mi dualidad cósmica es un hecho comprobado. Además me gustan los vocablos que terminan en «encias», como inmunodeficiencias, interdependencias, intrascendencias o desasistencias. ¿Pasa algo? Pero podríamos llegar a una especie de pequeño entendimiento. Quiero decir, tú limpias mi cochambre y yo te lo agradezco de corazón. Incluso podría derramar unas lagrimitas y dejar que me contaras unas cuantas contrariedades -absolutas o relativas- mientras te envuelvo en un abracito tan falso como la bolsa de cuero donde guardaba las monedas ese tipo llamado יהודה איש־קריות. ¡Joder, solo me tengo a mí! Yo soy mi propio amante, pero al mismo tiempo soy mi ramera preferida y me cobro un plus por depravación cuando pretendo hacerme una postura extraña. Obviamente también soy mi proxeneta y me pego unas palizas de muerte. Y mi banquero. Y mi médico. Y mi antivirus, así que me actualizo automáticamente para ofrecerme la mayor protección posible. ¡Y me paso las normas de la jodida RAE por los testículos! Y cuando lloriqueo tapono mi nariz con efedrina. Y cuando salto por los sofás espumarrajeando por la boca me meto un chute de bromuro de metilnaltrexona. Y a partir de ese instante ya nada me importa, porque me encuentro muerto y, obviamente, muchísimo mejor.

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Email del 25 de mayo 2018

Bob Guill. Wonderwall

Nota importante: El siguiente texto está escrito mientras esperaba que mi novia me pegara el primer grito del día. Afortunadamente no tengo novia, ni amante, ni siquiera mascota, por lo cual el primer grito del día nunca se hizo ni se hará realidad. Quizá por esa razón mi cutis desprende esa luminosidad tan especial que me ha hecho tan famoso dentro del particular mundo de los seres perfectamente tonificados.

Querida:

Cada vez que pienso en los pros y los contras de la existencia me entran unos deseos irrefrenables de no pensar en los pros y contras de la existencia. El problema es que soy un tipo extraordinariamente masoquista, mi espíritu de contradicción es legendario y gozo hasta el paroxismo mientras pienso en los pros y contras de la existencia, sobre todo porque la existencia está repleta de contras y algún que otro pro, como los calzoncillos marca Unno o las patatas bravas Hacendado. Pero no quiero que llegues a la conclusión de que mi odio a la existencia no es más que un vulgar pero terrible miedo a la inexistencia. Personalmente, existo porque el semen de mi padre era de una calidad suprema y, sobre todo, porque aunque llevo varias décadas pensando en la autoeutanasia, no consigo pagar el jodido crédito de Bancaja y sus directivos vigilan cada uno de mis movimientos con la ayuda de algunos videntes africanos. De todas formas, tras miles y miles, quizá millones, de razonamientos y reflexiones, he llegado a la increíble conclusión de que la existencia gruñe, ronca y resopla. Puedes pensar que mi locura se desborda, pero tengo varias grabaciones que lo atestiguan. En una de ellas la existencia entona una canción, se equivoca en el estribillo y se disculpa en el minuto 01:52.

Sipu… quiero decir, si pudiera volver al principio, ten por seguro que volvería, sobre todo para saber realmente qué coño es el principio y para qué cojones puede servir. Algunos mequetrefes totalmente idiotizados piensan que sin elprin, ¡perdón!, quería decir el principio, bueno, pues eso, algunos mequetrefes totalmente idiotizados piensan que sin el principio no puede haber final. Sin embargo yo estoy convencido de que todos los finales carecen de principio, de principios y de perspectivas axonométricas ortogonales. Y aún soy capaz de llegar más lejos, pero cobro por horas cuando alguien quiere que llegue más lejos.

Ahora voy a dejarte. Bueno, en realidad te he dejado en numerosas ocasiones y siempre has vuelto a mí arrastrándote y lloriqueando. Esta vez te dejo hasta mañana, porque todo lo que pueda escribir a partir de este mismo instante puede ir en mi contra y solo escribo, hablo o me comunico cuando estoy seguro de que mis palabras pueden servir para desarrollar mis ocurrencias. Me gusta que me aplaudan. Me gusta que me digan que soy único. Me gusta que me presten dinero. ¡Ahora grítalo conmigo! Me gusta que me aplaudan. Me gusta que me digan que soy único. Me gusta que me presten dinero.

Gargajo López

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Email del 24 de mayo 2018

Mark Beard. The triumph of sodomy

Hola:

¿Recuerdas mi égloga titulada Conciliábulos, obliteraciones y estados fálicos? Pues aunque hace casi 10 años que la escribí, todavía sigue perturbando a cierto tipo de lectores. Ayer recibí un correo electrónico que… Mejor te lo pego y sacas tus propias conclusiones:

«Señor Gregorio:


No puedo expresarle mi completo desasosiego tras leer su poesía. Decir que ha trastocado mi existencia sería quedarme corta. Por más que lo intento no puedo llegar a comprender la razón por la que existen animales abotargados y furiosos como usted. Ni siquiera soy capaz de entender por qué nadie le ha puesto un bozal, le ha atado las manos a la espalda con una correa de amarre y le ha lanzado al mar. Quizá por el daño que los pedazos desprendidos de su cuerpo infecto pudieran ocasionar entre la fauna marina, ya sabe, peces, cangrejos, tortugas y aves marinas. Por mi parte rezo todos los días para que un cáncer o tumor extremadamente doloroso ponga fin a su paso por este planeta. Y por pedir, me gustaría que entre el diagnóstico de la enfermedad terminal y el bendito, sagrado y obligatorio deceso, un grupo de unos 17 fornidos hombres, inadaptados y de varias razas, le violasen bucal y analmente durante dos jornadas completas mientras un exorcista lanza pétalos de petunias y rosas rojas sobre las sábanas sudadas y repletas de orín, semen y sangre.


María de los Dolores García Flores»

Desde luego, esta señora, María Dolores, no es miembro de mi club de admiradores, pero no me importa. Lo que ella desconoce es la cantidad de veces que he recibido correos parecidos. Y a pesar de todo: sigo vivo, con una salud de hierro y con ganas de escribir una segunda parte a la que titularé Eres una burdégana picia, María de los Dolores.

Cambiando de tema, ayer dediqué parte de la tarde a imaginar parte de la noche que se acercaba. Durante las primeras horas de esa noche de ayer medité profundamente sobre la mañana de hoy, y hoy, es decir, ahora, voy a zurcir unos calcetines. Aunque soy un fan de las patatas calcetineras, en un par de horas tengo sesión con el podólogo y ya me dejó muy claro la última vez que lo visité que debería guardarle el respeto y que la mejor forma de guardárselo era llevar perfectamente zurcidos los calcetines o llevar calcetines nuevos de trinqui. Está claro que por un puto especialista no me voy a comprar calcetines, ni siquiera un camisón o un chubasquero. No me compré ropa cuando vino de visita su santidad el papa Benedicto XVI, ni siquiera cuando acudí al Salón Erótico de Barcelona a ver en primer plano la chirla de Apolonia Lapiedra. A decir verdad solo compro vestiditos para la Nancy que le regalé a la hija de una amiga a la que me quiero beneficiar y que todavía no me he podido beneficiar. Los beneficios llevan su tiempo. Pero sin embargo el tiempo pasa. Entre el preámbulo beneficial y la consumación ganancial, un millón de gatos son atropellados en las carreteras. Algunos de esos atropellos podrían haber sido evitados, pero es tan difícil evitar, eludir, esquivar. Por eso a veces afeito la cara de la nieta del fundador de Cofidis. Ella dice que nadie, ni siquiera Pierre, el peluquero francés de su abuelo, le deja la piel tan irritada como cuando lo hago yo. Y encima dicen que soy un tipo que no hace nada por nadie, que solo piensa en sí mismo y que escribe églogas dolorosas y que rayan la pornografía más descarnada, inmunda y mugrienta.

En realidad, solo quiero que me quieran… y me paguen bien por quererme.

Greg «Manson» López

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Email del 22 de mayo 2018

Piero Manzoni. Mierda de artista (1961)

Amiga mía:

En el edificio de enfrente viven varias ancianas. Según mi espía Pepe Walsingham, de las 30 puertas que tiene la finca, 27 están ocupadas por una o varias abuelas. Por supuesto, no tengo nada en contra de los ancianos, pues yo casi lo soy, pero también soy un gamberro de cojones y me gusta desnaturalizar el aburrimiento que se enclaustra en mis días y mis noches. Ayer por la tarde, provisto de un reproductor de última generación y unos altavoces amplificados me dirigí a esa finca y me escondí en la azotea. Allí esperé a que el reloj marcara las ocho y cuando eso sucedió presioné la tecla Play mientras subía los altavoces al máximo. De repente todo el edificio, y supongo que algunos edificios colindantes, escucharon una voz de hombre perfectamente modulada gritando:
-«¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo!»
Como no sucedía nada, esperé cinco minutos y volví a apretar la tecla, esta vez con tanta presión que estuve a punto de cargármela:
-«¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo y cincooooooooo!»
No sucedía nada. O bien las viejas estaban más sordas de lo que yo había esperado o les parecía normal que alguien gritara a esas horas que le gustaba tocarse la minga. Así que lo volví a intentar. Afortunadamente tenía varias grabaciones diferentes:
-«¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo y dieeeeeeeez!»
Nada.
-«¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo y cuartoooooo!»
Silencio total.
-«¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo y veinteeeeee!»
De repente una voz de anciana respondió:
-¿Las ocho y veinte? Muchas gracias.

En realidad lo que acabas de leer nunca sucedió, pues ni tengo espías ni soy un tipo excesivamente gamberro. Me lo acabo de inventar porque no se me ocurría qué contarte, más que nada porque nunca me ocurre nada diferente. Mis días son una repetición exacta de jornadas anteriores y mis noches la perfecta definición del vocablo «insomnio». Creo que debería meter la cabeza en una fresadora y enviar la viruta sanguinolenta a nuestro Creador y Todopoderoso por correo ordinario. Pero existen varios problemas: ¡ni existe Dios, ni tengo fresadora! Aunque creo que en la nevera todavía deben quedar algunas fresas que compré para taponar una vagina. Y después poder destaponarla con la boca. Bueno, tú ya me entiendes. Pero es que la existencia es tan terriblemente aburrida… A veces cuento cucarachas. Eso me reconforta. En ocasiones las cuento en francés, pero siempre acabo haciéndome un lío con el «soixante» y el «soixante-dix». Otras veces intento contrarrestar la apatía contando en castellano las petequias de las caras de los cadáveres que veo en mi imaginación. O contando en valenciano las señeras que cuelgan de los balcones de mi calle. O contando en inglés del uno al tres y del tres al uno. O contando en italiano las líneas horizontales que cruzan mis recorridos arriba y abajo cuando camino por el pasillo. O imaginando que cuento aunque no cuente. O contando objetos que no existen. O contando enfermos que tosen en la sala de espera del médico de Atención Primaria que depende de la Seguridad social. O desviándome del procedimiento estándar y en lugar de contar, simplemente computar o enumerar.

Una mosca rolliza camina por mis moretones. A veces se detiene en las intersecciones, pero otras sigue una línea recta indefinida y totalmente invisible y se pierde por la cara oculta de alguna de mis extremidades. Cuando eso sucede, aprovecho para rascarme con mucho cuidado la nariz y espero a que el díptero vuelva a asomar su cuerpo. Sus alas brillan con la luz del sol que se filtra por las cortinas. Su cara, de color impaciente, nunca permanece quieta mucho rato. Sus patas me producen cosquillas y sus canciones silbantes, quizá incluso zumbantes, se disparan como cohetes y explotan formando racimos zigzagueantes. No tiene nombre. Cuando me dirijo a ella simplemente hago un ruidito con la boca. Me pregunto qué vehículo tendrá la mosca. Y si tiene, por qué razón transita sobre mi piel. También me pregunto cuantos padres y madres tendrá la mosca y si realmente todavía confía en ellos. ¿A cuántos seminarios habrá asistido la mosca? ¿Sabrá contar embustes la mosca? ¿O imaginar que todo lo que le sirve para desplazarse no le pertenece? ¿Comete errores las mosca? ¿Es capaz de identificar a su futuro asesino? ¿A qué lado miran las moscas cuando se hacen una foto de carnet? ¿Pueden llegar a perpetuar las mentiras las moscas? ¿Rezan a sus muertos las moscas? ¿Son capaces de doblarse lo suficiente como para chuparse sus propios sexos las moscas? ¿Retienen las sensaciones? ¿Disfrazan las ilusiones? ¿Se juntan en corporaciones?

Imagínate que existe una mierda, una gran mierda, flotando en el cielo. Imagina que esa mierda siempre está sobre tu cabeza y te protege de los elementos. Si eso sucediera, ¿cambiarías tus percepciones sobre las mierdas? ¿Serías capaz de adoptar una mierda y llevártela a tu casa? ¿Y presentársela a tu amante, a tu familia y a tus vecinos o nombrarla heredera? ¡Basta de preguntas ya!

Greg

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Email del 21 de mayo 2018

Georges Braque. Still life with red tablecloth (1934)

Querida:

«Durante los siguientes días y noches, seguí rascándome la pierna dos veces cada dos minutos durante dos horas en periodos binarios y alternos. Me gustaba rascarme la pierna. Por alguna razón desconocida, prefería rascarme la derecha, aunque a veces intentaba acariciar a la izquierda, como previa preparación para un posterior y futuro rascado, pero las matemáticas dominaban mi existencia y estaban acabando con lo poco que me quedaba de salud mental. Por esa razón decidí cortarme la pierna derecha con un serrucho de poda dentado y llevársela a un taxidermista que la rellenó de algodón mezclado con yeso y la sujetó en un bonito panel de madera noble con refuerzos de cuerda de fibra trilobulada. Ahora está colgada en el pasillo, justo al lado del paragüero donde dejo las muletas cuando no las utilizo. ¡Y mis invitados la contemplan maravillados! Algunos hasta me han comentado que cualquier día son capaces de cortase un brazo o una oreja y llevársela a su disecador favorito».

Lo que acabas de leer es el final de mi nuevo cuento cuyo título es tan imposible como las seis cosas antes del desayuno de Alicia de Lewis Carroll. Por esa razón voy a tratar de no transcribirlo aquí. Hasta ahora, siempre que escribía algo te enviaba uno o varios párrafos del principio para que me dieras tu opinión. Esta vez te he pegado el último párrafo. Y en lugar de escuchar tu opinión quiero que tú escuches mis gemidos. Te adjunto un archivo Mp3 con los más representativos. Algunos son antiguos, pero la mayor parte no tienen más de cinco años. Los primeros nueve pertenecen a ocho orgasmos diarios, excepto el número cuatro y el cinco que fueron gritados el mismo día y en las mismas condiciones de éxtasis incontrolado. Los siguientes 17 gemidos pertenecen a una serie que denomino Los grititos desayunales pues, aunque no soy Alicia, están grabados después de varios desayunos. Algunos tras la ingesta del yogurt, otros después de las tostadas con aceite extra virgen de oliva o mermelada light marca Hero y la mayor parte, tras beberme los dos huevos fritos o haber mojado el pan en el café con leche. El resto de gemidos están grabados en condiciones adversas, bien en la ducha, en el dentista, a mitad de una operación quirúrgica o tras una maratón orgiástica con 34 señoritas con medidas comprendidas entre 90-60-90 y 94-58-94, aunque una de esas señoritas tenía una medida bastante extraña (87-56-82). De todas formas he adjuntado una relación completa -de cada gemido, no de las medidas de las señoritas- y sus explicaciones en tres hojas de Microsoft® Word junto a cinco cupones regalo. Cuando tengas otros 30 cupones más, podrás canjearlos en mi cocina por un precioso juego de manteles que contiene seis individuales antideslizantes, tres lisos con estampados de polialgodón, un lote de 12 servilletas de lino tejido y un protector de mesa rectangular, aunque si lo prefieres ovalado, por mi parte no hay ningún problema.

Ahora voy a intentar tranquilizarme. Normalmente lo hago con pastillitas, pastillas o pastillazas, pero hoy lo voy a hacer por medio de los golpecitos, golpes o golpazos en el cráneo. Con un palo, naturalmente. De madera de pino, por supuesto. Totalmente controlados, faltaría más. Pero si los golpes no surten efecto y acabo en urgencias -ya me ha ocurrido en ocasiones anteriores-, cuando me den el alta me tragaré con el mismo vaso de ginebra tres pastillitas, siete pastillas, dos pastillazas y una cucharadita de ajenjo, que va estupenda para las flatulencias que producen los estearatos de magnesio que forman parte de cada comprimido.

Greg

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Email del 20 de mayo 2018

El hombre angustiado (artista y año desconocidos)

Hola:

Nunca lo sabré si no lo intento, pero no creo que tenga ganas ni fuerzas suficientes para intentarlo si averiguo realmente qué es o para qué diantres sirve. No sé si tú sabrás que todo lo que sirve para unos carece de valor para otros. Tanto unos como otros son meras piezas de una especie de ajedrez eterno, cuyo tablero ha sido diseñado por una fuerza Suprema supuestamente misericorde y piadosa, pero claramente frenasténica. ¿A quién se le ocurriría crear todo lo que existe, lo que no existe, lo que vemos, lo que no vemos (incluso con la ayuda de unas gafas), lo que fue y será o lo que nunca comprenderemos aunque lo intentemos? Dicen que a Dios. ¡Me gustaría tanto ponerle una silla de montar y cabalgarlo hasta más allá del infinito! Dios es un vocablo diseñado para maldecir algo o para cagarnos en algo. Si no existiese esa imagen omnipotente y absoluta no nos quedaría más remedio que tragarnos toda la mierda. Y, amiga mía, te aseguro que la mierda es mierda, aunque a algunos les dé por decir que tiene un ligero regustillo a pollo al curry con pasas y manzanas. Y si no me crees, puedes intentar algunos ejercicios de contorsionismo extremo que con el tiempo te permitan poner tu morro en el agujero de tu propio culo.

A veces abro la boca y digo «aaahhhhh». Otras abro la boca y digo «ooohhhh». Tanto cuando digo «aaahhhh» como cuando digo «ooohhhh» quiero decir «aaahhhh» y «ooohhhh». Nunca disfrazo las palabras para que los posibles interlocutores se sientan felices. Me importa una mierda neurasténica si se sienten maravillosamente bien o prefirirían arrojarse al vacío desde una octava planta. Digo «aaahhhh» y «ooohhhh» porque me sale de dentro. En ocasiones incluso me sale de fuera. Soy experto en no prostituirme, quizá por esa razón me prostituyo. Y si es necesario me divido en dos y convierto a la nueva partición en un chulo demasiado palurdo. Y le doy permiso para que abofetee a la otra parte, la que cree que es una meretriz satisfecha. Pero nunca dejo que ninguna de las porciones sepa de qué va el juego. Les obligo a interpretar sus papeles pero no les doy tiempo para que los perfeccionen. Me gusta la naturalidad. Me gusta la nata, sobre todo cuando la unto en algún clítoris poco estimulado. Necesito descubrir el secreto de Doraemon. Necesito descubrir lo que tú, amiga mía, escondes cuando nadie te mira. Necesito dejar de sentir esta extraña fuerza que me obliga a sentir y sentir. Francamente, preferiría no sentir y no sentir. O por lo menos sentir sin que parezca que siento, porque solo no sintiendo dejaré de escuchar tantas insensateces. ¿Por qué la gente no implosiona? Necesito ver cómo implosionan. Necesito saber la razón por la cual nada es como quiero que sea. Necesito probar el sabor del cerumen de tus orejas. Y el secreto que intuyo que ya no es secreto, porque una o varias de las figuras amortajadas que lo custodiaba lo dejaron al alcance de… ¿todos? ¿De algunos? ¿De unos cuantos? ¿O de una gran mayoría? Quiero volver a ser algo similar a nada. Cuando era nada era todo. Ahora trato de parecer todo, pero ni siquiera soy todo, ni nada. No sé lo que soy ni lo que no soy. Incluso es posible que sea lo que sea, para ti o para otros, no sea lo que queréis suponer que soy. Porque todo lo que miro me hace llorar. Porque todo lo que toco me produce llagas. Podría decir que resulta divertido arrastrar esas impresionantes ganas de no existir, pero no sería más que otra sucia y repugnante mentira.

Lo he intentado, pero sigo sin conocer la respuesta. De todas formas ¿para qué cojones puede servir saberlo todo? ¡O saber una parte de ese (in)finito todo? Se supone que sabemos lo que queremos saber o lo que es necesario para creer que sabemos más que otros. Tú sabes muchas cosas, pero como no llevas una relación de tus conocimientos, en realidad no sabes nada. Yo… ¡Yo, tampoco entiendo nada! ¡Nada! Sé que lo repito en cada texto, pero es la puta realidad. Si entendiese algo, cualquier cosa, todo me resultaría más sencillo. Siempre termino escribiendo sobre el Todo y la Nada, sobre Doraemon, sobre calzoncillos y calcetines. Y de la tremenda estupidez de los humanitos, de mí, de lo mío, de mi único, dinámico y particular Yo. Pero es que necesito descojonarme. ¿No me entiendes? Necesito descojonarme de algo. Lo siento. Lo siento de corazón. Siento tener que descojonarme de algo para poder seguir rodando. Desde luego no siento nada que tenga que ver con vosotros, estúpidos imbéciles malnacidos que creéis que sabéis todo. ¿Acaso conocéis la fuerza o velocidad, eólicamente hablando, de mis prodigiosos y muy poco comunes pedos?

G

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Email del 19 de mayo 2018

Edward Hopper. Sunlights in cafeteria (1958)

Querida:

Los sábados y domingos suelo ir a las diez de la mañana (en punto) a tomarme un café con leche a una cafetería-panadería. No tendría sentido ir a una cafetería-panadería a decapar la pintura vieja de una puerta de madera de roble o nogal. Desde que tomo café allí (nota: el día 23 de junio de 2008) jamás he llegado ni un minuto antes o después de las diez, quizá por esa razón me llaman amablemente «el puñetero de las diez» (¿o es «el putañero de las diez?). Pero no quiero hablarte de las cosas que hago, ni de cómo las hago y dónde las hago, sobre todo porque a menudo ni siquiera las hago y me conformo con imaginar que las hago. Si quieres que te diga la verdad, te escribo para hacer tiempo hasta las diez menos diez en que saldré hacía esa cafetería-panadería y pediré un café con leche, o quizá un té chai, con un croissant de mantequilla y sacarina. La sacarina para el té chai, por supuesto. Me cuesta nueve minutos y 34 segundos llegar hasta la puerta. Una vez allí suelo esperar a que mi reloj-cronómetro toque la hora y entonces entro. A menudo cuando entro me da la impresión de que salgo, pero eso es algo que solo (sin tilde desde 2010) yo noto, porque el resto de clientes siguen a lo suyo, que no es ni más ni menos que atiborrarse del mayor número de calorías en el menor tiempo posible, mientras charlan los unos con los otros y se cuentan las últimas mentiras recién manufacturadas. Es extraño, pero cuando salgo del establecimiento nunca tengo la impresión de que entro, sino de que permanezco. Creo que debería contárselo a mi psicólogo, pero como no tengo psicólogo se lo trataré de contar a mi abuela, que es la única que verdaderamente me entiende, quizá porque lleva varios años muerta. O puedo seguir notando esa sensación de permanencia mientras no permanezco. Me lo pensaré algún día. Puede que ningún día. ¡Soy tan inestable!

El sábado de la semana pasada llegué a la cafetería-panadería ocho minutos antes, pues salí de casa nueve minutos antes. Perdí un minuto intentando llegar a una conclusión sobre por qué cojones había salido nueve minutos antes. Cuando llegué a una conclusión que me dejó satisfecho me dirigí hacia la cafetería-panadería y permanecí ocho minutos en la puerta completando la secuencia esquemática de Tai-chi chuan que comienza con el movimiento » La raya en la crin del caballo salvaje», continúa con «Clavar la aguja en el fondo del mar» y termina con la postura del Supremo Infinito. ¡Oh, Om namo bhagavate vasudevaya! Cuando salga de la cafetería-panadería me dirigiré a otra panadería, sin cafetería, y compraré dos panes integrales. No tendría sentido ir a la otra panadería a comprar aguacates o limones. Llegados a este punto es posible que te preguntes por qué razón no compro el pan en la cafetería-panadería. A menudo me hago yo mismo esa pregunta. Y otras muchas que no vienen al caso. Quizá tenga que ver con que la panadera de la panadería sin cafetería me dijo una vez que tenía la cara más triste que había visto en sus cinco reencarnaciones. No sé. Tampoco me importa. Todo sucede porque tiene que suceder. Si los sucesos no sucedieran nada tendría sentido. Ni siquiera este texto obligado por las circunstancias. Tampoco parte de mis emociones parapetadas bajo toneladas de nihilismo, aunque si quieres que te sea asquerosamente sincero no puedo concebir el sufrimiento que implica estar vivo sin la ayuda del sarcasmo y el cinismo. Lo he intentado en numerosas ocasiones, pero siempre he acabado tirado en el suelo lloriqueando. No es que esté harto de la existencia, sino que estoy hasta los huevos de todo lo que implique pertenecer a la tribu humana, que es completamente diferente. Preferiría convertirme en cualquier cosa que permanecer como esencia troglodita. Daría todo lo que tengo por tener más de lo que tengo, porque todo lo que tengo es mucho menos de lo que deseo tener. Y sin tener lo que debería tener no puedo dejar de sentirme alejado de todo lo que necesariamente implique caminar a dos piernas, espatarrado por el sudor de los vaqueros baratos comprados en Alcampo y con el lamentable orgullo de sentir que pertenezco a un error biológico terrorífico.

Greg «Inter urinas et faeces nascimur» López

Email del 19 de mayo 2018 Leer más »

Email del 18 de mayo 2018

(Autor y título desconocidos)

Amiga:

Como escribidor profesional, siempre sé hasta dónde puedo llegar porque tengo claro cuál es mi jodido límite. Los escribidores nos diferenciamos de los escritores, además de por la poca calidad de nuestros textos, por habernos fijado un límite infranqueable. Todos los escribidores que he conocido que se han atrevido a traspasar dicho límite han acabado escribiendo maravillosamente bien y, más tarde o más temprano, convertidos en verdaderos escritores y creadores, con lo cual, han dejado de ganar dinero y han tenido que cambiar el supermercado de El Corte Inglés por Mercadona, Consum o DIA. De entre todos los escribidores, seguramente yo soy el único que también compro y robo en esos establecimientos, más que nada, porque soy tan pobre como un escritor. Y te aseguro que jamás he querido comprar o robar la comida y los cosméticos en El Corte Inglés. ¿Te imaginas lo que dirían mis amigos y conocidos si se tropezaran conmigo en dichos grandes almacenes? Hay que continuar con el mito. Hasta ayer, toda la gente que coincidía conmigo en Mercadona, Consum o DIA, se limitaba a darme consejos adquisitivos o me chivaban los últimos chismes del barrio. Digo hasta ayer, porque he decidido morirme de inanición. Si la palmo por algo tan elemental y básico como no comer, mi último texto puede llegar a convertirse en un éxito de ventas. Se titula La armonía cromática de mis testículos y es un thriller pornográfico. Quizá es el único texto pornográfico donde no sale ningún personaje, solo mis testículos, los cuales se limitan a contemplar el movimiento de la existencia mientras recitan poesías, mantras y textos basados en sus propias ensoñaciones. He dedicado el libro a Martin Klaproth y a Glenn T. Seaborg, aunque todos los beneficios, si los hubiere, serán legados a los 49 clubs de alterne que he visitado desde el día que descubrí qué es y para qué sirve un club de alterne.

Te habrás dado cuenta de que últimamente siempre tengo a mis testículos en la boca, bueno, quiero decir, en fin, tú ya me entiendes, ¡siempre estoy escribiendo o hablando de ellos! Quizá sea por la edad, o puede que por mi incapacidad para escribir o hablar sobre los polisacáridos no amiláceos. Si supiera más sobre polisacáridos no amiláceos o incluso sobre monosacáridos u oligosacáridos, te aseguro que no escribiría o hablaría sobre testículos, propios o ajenos. Ahora en serio: escribo y hablo tanto sobre mis testículos porque, primero, son míos y se han portado extraordinariamente bien durante todos estos 56 años; segundo, mantienen su forma primigenia y no han crecido ni disminuido de tamaño; tercero, aunque padezco en silencio de criptorquidia en el derecho y el izquierdo es claramente ectópico, nunca he tenido que rascármelos, agarrarlos o vacilar de mi hombría delante de ningún futbolista o torero.

Después de la anterior explicación, y para terminar con el email, me gustaría, como hago siempre, pegarte un párrafo del texto. No es ni el mejor ni el peor, sino uno elegido al azar. Al releerlo mientras trato de copiarlo, siento que he tocado ese límite del que te hablaba antes y que separa a un simple escribidor de un correcto escritor. Afortunadamente no lo he traspasado. Y me congratulo de no haberlo franqueado porque El Corte Inglés más cercano a mi barrio se encuentra a unos 4 kilómetros de distancia.

«Aunque él no lo sabía, mi hermano estaba sometido a vigilancia por parte del Centro Nacional de Inteligencia Testicular. Por esa razón tuve que convencer al cerebro para que proporcionara un dolorcillo sutil en la túnica albugínea y en la cola del epidídimo. Mientras los dolores amargaran a mi hermano, supuse que harían lo mismo con los esbirros de los servicios de inteligencia de las gónadas, pero me equivoqué y los detectives se pusieron en contacto con el representante oficial autorizado responsable de las sediciones septales, mediastínicas o extratesticulares y le contaron que todo era una estúpida representación programada para denostar a las instituciones reproductoras.»


Greg

Email del 18 de mayo 2018 Leer más »

Email del 15 de mayo 2018

Vincent van Gogh. Still life – French novels and rose (1888)

Amiga:

Estoy escribiendo cinco versiones de una misma novela que, básicamente, trata sobre apariciones monstruosas, ventanas de madera y degeneración caucásica. En realidad el argumento es el mismo, lo único que cambia es la construcción y el número de desatinos. Cuando la termine pienso publicar las cinco en un mismo volumen que irá acompañado de un carrito metálico para poder transportarlos y de un desodorante, puede que Fa o quizá Axe. Te dejo los cinco primeros párrafos del primer capítulo de cada uno de los cinco libros. Me gustaría mucho que me dijeras cuál te ha gustado más, cuál te ha gustado menos, cuál te ha dado ganas de vomitar y cuál crees que con toda probabilidad pasará a la «historia de la infamia». Ya puestos, también me gustaría que me dijeses qué pantalón debo ponerme hoy y por qué razón no debo esnifar más sildenafilo machacado.

Primera versión:
Creo que eran cerca de las cuatro de la noche cuando me acerqué a la ventana. Entonces la vi. Se movía de una forma extraña, muy similar a como lo haría una anciana de 347 años que padeciera sarcoma del tejido blando y a la que le faltara una pierna. Al principio creí que estaba imitando a la bisabuela de Jackie Chan, pero al enfocar el cristalino bien fui capaz de ver su rostro, que en esos momentos me pareció similar al de una serpiente de cascabel de Valladolid (Crotalus vallisoletanus).

Segunda versión:
Creo que eran cerca de las dos del mediodía cuando me asomé a la ventana de la cocina. Entonces divisé una serie de desplazamientos extraños al otro lado. Dichos movimientos me recordaron al trote de un semidiós cuando baja a la tierra para fulminar a cualquier primogénito que no esté debidamente circuncidado. Durante siete minutos con nueve segundos estuve tratando de dilucidar si todo lo que veía era real o fruto de la mistela de Mercadona, que es la más barata del mercado. Cuando llegué a una conclusión, el movimiento de la «cosa» se había transformado en un pasodoble y enseguida supe que en realidad no estaba en casa, sino en los lavabos de un tablao flamenco.

Tercera versión:
Creo que eran las once de la noche, porque a esas horas siempre me duele el segundo metacarpiano de la mano derecha y la quinta falange distal de la mano izquierda. Hace años me los mordió una vaca mientras trataba de hacerle una foto erótica y desde entonces se han convertido en mi reloj nocturno particular. Cuando llegué a la ventana ya eran las once y uno, porque tardo justo un minuto en desplazarme de la salita  al comedor. Cuando abrí la ventana pude ver a un monstruo de color verde cuyas patas verdes no eran tan verdes como su cabeza. Tenía una cola verde que terminaba en punta y su lengua verde era tan repugnante como el glande rosado de un perro grande.

Cuarta versión:
Creo que no era ni la una cuando sonó el timbre de la puerta. Cuando abrí entró corriendo y completamente asustada Faustina Vazquez Somoza, mi vecina de origen colombiano. Faustina padece artrosis de cadera y cierta miopatía metabólica que le impide caminar a mas de 0.00000001 por hora. Sin embargo se introdujo a tal velocidad que mi hermoso bigote Chevron acabó encima del televisor Telefunken. Cuando le pregunté qué es lo que le sucedía solo pudo santiguarse, orinarse, abotagarse, amoratarse, enzurronarse, ensimismarse y enroscarse. Al tratar de desenroscarla, su menudo cuerpo se transformó en una especie de gancho abierto de quijada, mientras sus huesudas manos señalaban a la ventana. Cuando me acerqué y la abrí, pude ver una sombra gris que se deslizaba de derecha a izquierda, mientras de lo que parecía una boca infernal, salían guirnaldas satánicas que cuando tocaban el suelo se convertían en sapos con forma de bizcochos ligeros y que exhalaban un sonido más parecido al que emitiría un hongo mucilaginoso que al de un batracio.

Quinta versión:
Creo que eran las siete porque siempre que miro el reloj del comedor son las siete, seguramente porque está roto desde julio de 1963. Ese día mi madre se lo tiró a la cabeza a mi padre por haber intentado bajarle las bragas mientras fregaba unas sartenes antiadherentes y un tazón semiesférico con asas. Mi madre odiaba que mi padre le metiera mano cuando fregaba, pero a mi padre eso le ponía a cien y siempre que podía intentaba llevarla al catre cuando se acercaba a la pila de mármol. Después de recibir una sonora bofetada y el relojazo en la cara, mi padre se dirigió a la ventana a fumarse un cigarrillo para tranquilizar a su ego machista y, de acuerdo con sus memorias, le pareció ver en la acera de enfrente un trozo de la acera de debajo. Asomó la cabeza para intentar ver la acera de debajo y vio la acera de enfrente junto con trozos de la acera de debajo y fragmentos desprendidos de otra acera, seguramente la de la calle Coontraalmirate Mistral que está sita a 237 metros de cualquier otra acera.

Es posible que cuando termine las cinco versiones escriba una rumba para una amiga. Repito, solo es posible. Nadie conoce el futuro. Yo conozco el pasado porque me lo han contado en numerosas ocasiones, pero el futuro, amiga mía, es otra cosa. Lo único que sé es que mi futuro está por venir, pues si no estuviera por venir, claramente no sería futuro. No conozco a ningún futuro que haya pasado. Ni ningún pasado que esté por llegar. Algunos creen que el pasado es prácticamente una mentira y por esa razón confían en el futuro y en la bono-loto, pero yo creo que no existe el futuro, ni siquiera el pasado y que todo lo que fue y será no es más que una cena que me ha sentado fatal. Por eso cuando termine las cinco versiones y la rumba me haré trapicheador de bicarbonato sódico.

Email del 15 de mayo 2018 Leer más »