Email del 20 de mayo 2018

El hombre angustiado (artista y año desconocidos)

Hola:

Nunca lo sabré si no lo intento, pero no creo que tenga ganas ni fuerzas suficientes para intentarlo si averiguo realmente qué es o para qué diantres sirve. No sé si tú sabrás que todo lo que sirve para unos carece de valor para otros. Tanto unos como otros son meras piezas de una especie de ajedrez eterno, cuyo tablero ha sido diseñado por una fuerza Suprema supuestamente misericorde y piadosa, pero claramente frenasténica. ¿A quién se le ocurriría crear todo lo que existe, lo que no existe, lo que vemos, lo que no vemos (incluso con la ayuda de unas gafas), lo que fue y será o lo que nunca comprenderemos aunque lo intentemos? Dicen que a Dios. ¡Me gustaría tanto ponerle una silla de montar y cabalgarlo hasta más allá del infinito! Dios es un vocablo diseñado para maldecir algo o para cagarnos en algo. Si no existiese esa imagen omnipotente y absoluta no nos quedaría más remedio que tragarnos toda la mierda. Y, amiga mía, te aseguro que la mierda es mierda, aunque a algunos les dé por decir que tiene un ligero regustillo a pollo al curry con pasas y manzanas. Y si no me crees, puedes intentar algunos ejercicios de contorsionismo extremo que con el tiempo te permitan poner tu morro en el agujero de tu propio culo.

A veces abro la boca y digo «aaahhhhh». Otras abro la boca y digo «ooohhhh». Tanto cuando digo «aaahhhh» como cuando digo «ooohhhh» quiero decir «aaahhhh» y «ooohhhh». Nunca disfrazo las palabras para que los posibles interlocutores se sientan felices. Me importa una mierda neurasténica si se sienten maravillosamente bien o prefirirían arrojarse al vacío desde una octava planta. Digo «aaahhhh» y «ooohhhh» porque me sale de dentro. En ocasiones incluso me sale de fuera. Soy experto en no prostituirme, quizá por esa razón me prostituyo. Y si es necesario me divido en dos y convierto a la nueva partición en un chulo demasiado palurdo. Y le doy permiso para que abofetee a la otra parte, la que cree que es una meretriz satisfecha. Pero nunca dejo que ninguna de las porciones sepa de qué va el juego. Les obligo a interpretar sus papeles pero no les doy tiempo para que los perfeccionen. Me gusta la naturalidad. Me gusta la nata, sobre todo cuando la unto en algún clítoris poco estimulado. Necesito descubrir el secreto de Doraemon. Necesito descubrir lo que tú, amiga mía, escondes cuando nadie te mira. Necesito dejar de sentir esta extraña fuerza que me obliga a sentir y sentir. Francamente, preferiría no sentir y no sentir. O por lo menos sentir sin que parezca que siento, porque solo no sintiendo dejaré de escuchar tantas insensateces. ¿Por qué la gente no implosiona? Necesito ver cómo implosionan. Necesito saber la razón por la cual nada es como quiero que sea. Necesito probar el sabor del cerumen de tus orejas. Y el secreto que intuyo que ya no es secreto, porque una o varias de las figuras amortajadas que lo custodiaba lo dejaron al alcance de… ¿todos? ¿De algunos? ¿De unos cuantos? ¿O de una gran mayoría? Quiero volver a ser algo similar a nada. Cuando era nada era todo. Ahora trato de parecer todo, pero ni siquiera soy todo, ni nada. No sé lo que soy ni lo que no soy. Incluso es posible que sea lo que sea, para ti o para otros, no sea lo que queréis suponer que soy. Porque todo lo que miro me hace llorar. Porque todo lo que toco me produce llagas. Podría decir que resulta divertido arrastrar esas impresionantes ganas de no existir, pero no sería más que otra sucia y repugnante mentira.

Lo he intentado, pero sigo sin conocer la respuesta. De todas formas ¿para qué cojones puede servir saberlo todo? ¡O saber una parte de ese (in)finito todo? Se supone que sabemos lo que queremos saber o lo que es necesario para creer que sabemos más que otros. Tú sabes muchas cosas, pero como no llevas una relación de tus conocimientos, en realidad no sabes nada. Yo… ¡Yo, tampoco entiendo nada! ¡Nada! Sé que lo repito en cada texto, pero es la puta realidad. Si entendiese algo, cualquier cosa, todo me resultaría más sencillo. Siempre termino escribiendo sobre el Todo y la Nada, sobre Doraemon, sobre calzoncillos y calcetines. Y de la tremenda estupidez de los humanitos, de mí, de lo mío, de mi único, dinámico y particular Yo. Pero es que necesito descojonarme. ¿No me entiendes? Necesito descojonarme de algo. Lo siento. Lo siento de corazón. Siento tener que descojonarme de algo para poder seguir rodando. Desde luego no siento nada que tenga que ver con vosotros, estúpidos imbéciles malnacidos que creéis que sabéis todo. ¿Acaso conocéis la fuerza o velocidad, eólicamente hablando, de mis prodigiosos y muy poco comunes pedos?

G