Email del 30 de diciembre 2015
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| Rene Magritte. Memory (1948) |
Cuando miro los álbumes de fotos viejas o chequeo en los discos duros las carpetas que contienen imágenes de mi vida y todo lo que la ha rodeado, me entra una especie de terror incontrolable. Cuando esto sucede no me queda más remedio que bajar disparado a la tienda de chuches para comprar alguna mierda incomestible y saturada de grasas y azúcar para que me ayude durante unos breves momentos a combatir el bajón. El pasado es un veneno. Quizá no tan peligroso como los pastelitos a los que me refería antes, pero igual de nocivo para la salud mental. Y no es que me preocupe contemplar que cada vez tengo más arrugas y estoy más decrépito. Tampoco tiene nada que ver que me encuentre feo, fondón y asqueroso. El verdadero problema, la clave de la cuestión, radica precisamente en todo lo que no tiene que ver conmigo, sino con las circustancias.
A veces rompo o borro fotos que contienen gente y recuerdos que creo no han significado nada en mi vida. Nada más hacerlo, es decir, cuando no hay forma de volver atrás para recuperar las pruebas del error fatal, un sentimiento de culpa me atraviesa el cuerpo y se parapeta en alguna parte del cerebro, donde permanece callado aunque alerta. Entonces me siento fatal. Cada uno de los instantes de una existencia son irreemplazables, sean felices, desdichados o incluso terribles. Cada imagen pegada a un papel o repleta de pixeles es un recordatorio del valor que tiene cada segundo del total de un pasado. Como ya he señalado antes, no deja de ser un ejercicio inútil contemplar lo que ya no existe y yo soy de los que piensan que lo único que importa es el Aquí y Ahora, pero sí considero que es una abominación trastocar el orden, o la página del libro de una vida, arrancando uno o varios capítulos para poder combatir la vergüenza, el desasosiego, la melancolía. Otros, quizá los que vengan después, tienen derecho a hacerse una idea.
Mientras escribo estas líneas tengo la boca ocupada con una Chapela de Dulcesol. La verdad es que su sabor me recuerda al cemento cola, pero he cometido la imprudencia de hacer lo que he estado criticando en los párrafos anteriores. Noto cómo los diglicéridos y el E-262 corretean por mis venas. Siento la placentera sensación del cobarde que piensa que todos huyen menos él. Porque cuando el difosfato asesina pausadamente cada una de mis células, siento que obtengo lo que me merezco. Necesito un cigarro y un vaso (o dos) de zumo prefabricado. Me es indiferente la forma de eutanasia, lo que importa es que haga efecto.
Hablando con propiedad, tan sutil percepción del pasado y el presente, y por consiguiente del futuro, no se puede tildar, como es natural, de lloriqueante o destructiva, pues aunque estoy convencido de que somos una pequeña fracción de lo que nos permiten ser, también creo que podemos revelarnos. No creo que sirva para nada, pero reconforta saber que existe la posibilidad.
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