Email del 23 de diciembre 2015

Diego Velazquez. El bufón Calabacillas (1639)

¡Jamás!
Lo anteriormente expuesto me lleva a considerar algunas opciones. Si tomamos ese vocablo como un sinónimo de nunca, que indudablemente lo es, sólo me queda una excusa para aplacar los incesantes cuchicheos que desde algún lugar de mi cabeza atormentan mis fantasías más desorbitadas; pero si por alguna razón, creemos que dicho adverbio es una simple forma de decir «no, de ninguna manera, en ningún momento», entonces no tendría otro remedio que salir de mi habitación y pegar un fuerte portazo. Porque no puedo soportar los imperativos negativos ni cualquier adverbio o reunión de palabras que signifiquen un rechazo absoluto a mis pretensiones, si, por supuesto, exceptuamos las dos anteriormente citadas. La primera, pese a incrustarse en mi hígado como lo haría una bala de punta hueca, no llega a sumirme en la desesperación porque he llegado a la conclusión de que sólo es una forma, una excusa para cambiar una conversación que de alguna forma se está descontrolando. La segunda, sin embargo, me produce emociones placenteras, pues me recuerda a un gorrión que mi abuela crió desde que era un pollito y al que todos los niños llamaban así.

Es posible que esta aparente carencia de objetividad, o si quieres, racionalidad, incite al resto de mortales que tienen la satisfacción de estar a mi lado a no tomarme demasiado en serio, pero eso no es algo que me quite el sueño, pues media hora antes de acostarme me trago cuatro o cinco comprimidos de Tranxilium. Ese fármaco milagroso, además de conseguir que mis neuronas se tranquilicen, me otorga la capacidad de creerme un ser supremo por encima del bien y del mal, que está en este puto Universo para corregir las deformaciones de identidad de algunos individuos determinados.

A primera vista, este texto puede parecer una reunión de demencias dignas de un lelo engreído, pero no te lleves a engaño: ¡lo es! Soy un gilipollas soberbio y altanero. Me ha costado 54 años llegar a ser así. ¡He aprendido tanto de tí, de ellos, de todo el mundo! ¡Y tengo tan poco que perder! Debería haberme hecho político o abogado (¿quizá sacerdote?).

Ahora, desde el instante en que se convierta en una realidad mi magnificencia, no me resta más que encerrarme en el váter y rezar allí mis oraciones. Me gusta escuchar mis propias ventosidades mientras dirijo mis alabanzas a la Creación, sobre todo por haberme engendrado a partir de la nada.