Email del 21 de febrero 2016
![]() |
| Fernand Leger. The two faces (1951) |
A menudo discuto con mi otro Yo. Él piensa que soy un didelfo hidrópico por el mero hecho de que me suelo oponer a cada una de sus rabietas. Cuando se comporta como una niñita oligofrénica me exaspera. Y siempre termino gritándole que es un marica extremófilo, un gilipollas tan maniático como un gato capado, o que su parálisis psíquica de origen claramente demoníaco va a acabar por volverme loco. Pero él siempre encuentra excusas, y cuando no las encuentra las inventa, las roba, las modifica o las prostituye.
YO: Hoy no tengo un buen día, sería mejor para ambos que no te dejaras ver demasiado.
ÉL: ¡Son las cuatro! ¡Ni siquiera me has dejado comer contigo! Te empiezas a parecer a algo en lugar de a alguien. Me incriminas cuando intento ayudarte, pero a veces me necesitas, y eso te corroe.
YO: Sólo te necesito cuando quiero estar verdaderamente jodido. Tú me recuerdas que dentro de mi cabeza algo no funciona…
ÉL: No sólo dentro de tu cabecita. ¿Te has parado a pensar alguna vez en que quizá lo que es bueno para ti puede llegar a resultar molesto o insufrible para el resto?
YO: Tú no perteneces al resto. No existes. Eres una enfermedad que me aprisiona; una indisposición, un padecimiento heredado…
ÉL: ¡Oh! Si sigues así acabarás por hacerme enfermar a mí. ¿Sabes? Ser un invento psíquico tuyo me está empezando a pasar factura. Necesito el divorcio. Quiero pertenecer a otro, o a otra. Tus lloriqueos apestan. Al principio supuse que eras algo así como un genio adormecido, que quizá despertaría y se comería al mundo, pero lo único que comes son vulvas decrépitas y comida prefabricada.
YO: Puedes continuar sin problemas. Cuando te pones violento …
ÉL: ¡Yo nunca me pongo violento! ¡Hijo de puta! Tú eres el que se transforma en un pedazo de carne que ni piensa ni deja que nadie pueda hacerlo. La vida, tal como la conoces, no es más que una mierda detrás de otra. No se necesita ser un tipo genial para deslizarse entre mierdas. Si no fueras tan insufriblemente vanidoso me gustaría hacerte unas cuantas preguntas. Me daría igual que les respuestas fueran una farsa. Tu vida es una farsa. Ni siquiera eres dueño de tus actos, puesto que yo soy el autor de por lo menos el cincuenta por ciento de tus ridículos aciertos.
YO: Sería tan fácil acabar contigo…
ÉL: Sería tan fácil acabar contigo. Me da risa pensarlo.
YO: ¡Dispara!
ÉL: ¿Cómo voy a dispararte si no existo físicamente, idiota? ¿Vas a suicidarte?
YO: Me refiero a que dispares las preguntas. ¿No querías interrogarme?
ÉL: Vaya, a veces me sorprendes. Bueno, quiero decir que me asombra tu acatéxica maestría. ¡Esta bien! Comencemos:
PREGUNTA: ¿Qué es lo que piensas cuando miras por la ventana?
RESPUESTA: Pienso que cada uno de esos puntitos oscuros que representan a personas deberían estallar. ¡Cuánto me gustaría ver estallar a un humano! Yo, ejem, creo… no sé.
PREGUNTA: ¿Cómo te sientes sabiendo que eres un perdedor?
RESPUESTA: Prefiero ser un perdedor que un ganador. Perder es necesario. Ganar es demasiado sencillo. Podría salir ahora mismo a la calle e interpretar un papel diferente al que he estado representando desde que decidí comportarme como lo que soy, que no es más que lo único que quiero ser. Podría… ¿Debería?
PREGUNTA: ¿Alguna vez has dejado a los que quieres, si es que quieres a alguien, ver lo que escondes en esa cajita que llamas «interior»?
RESPUESTA: Yo quiero a todo el mundo, incluso a los que no conozco o no he visto, o ni siquiera veré jamás. Una cosa es querer, otra demostrar que se quiere.
PREGUNTA: ¿Te gustaría escapar?
RESPUESTA: Sí.
PREGUNTA: ¿Por qué no lo haces?
RESPUESTA: Hace bastantes años, cuando trabajaba con serpientes venenosas me sucedió algo realmente extraño. Voy a intentar contarlo de una manera lógica, aunque ¿qué es la lógica? ¿Para qué sirve la deducción racional?
ÉL: Aquí el que pregunta soy yo, no lo olvides.
RESPUESTA: Acababa de dar de comer a una cobra india un ratón descongelado, ya sabes, y me decidía a hacer lo mismo con un mocasín boca de algodón, cuando un ruido en el terrario de la cobra me asustó. No por el mismo ruido en sí -imagina los sonidos que puede producir una serpiente encerrada en una especie de caja de madera- sino porque era un ruido que conocía muy bien: el ruido que hace un roedor cuando intenta esquivar las acometidas ponzoñosas de un ofidio. Miré por el cristal frontal y vi lo que creía haber imaginado: un ratón vivo saltando asustado. La cobra lo seguía con la lengua bífida enloquecida. Era el ratón muerto, congelado y descongelado que yo había introducido en su urna unos pocos minutos antes. ¿Me preguntabas si me gustaría escapar? Nadie puede escapar. Estamos atrapados. Todos: los vivos y los muertos…
PREGUNTA: ¿Quieres que nos detengamos aquí?
RESPUESTA: Ajá, te has cansado de preguntar. Hacer preguntas es una autentica gilipollez, pero contestarlas es una demencia que debería estar penada con la muerte, o mejor, con la vida eterna. ¿Hay algo peor que ser inmortal?
ÉL: Si quieres que te sea sincero, me has noqueado con la historia del ratón Lázaro. No recuerdo aquello, ¿dónde estaba yo entonces?
YO: No existías. Todavía no te había manufacturado. No tenía necesidad de mortificación.
ÉL: ¿Yo soy la penitencia?
YO: Tú eres el flagelo, el vergajo, la fusta y el cilicio.
ÉL: Yo soy lo que tú quieres que sea. A veces soy tu puta, otras tu redentor…
YO: Tú eres la catástrofe, la epidemia, el azote.
ÉL: Yo seré lo que tú quieras que sea. Seré tu aire, seré tu cielo resplandeciente…
YO: Yo te inventé. Algún día acabaré contigo.
ÉL: Nunca moriré. Por lo menos mientras tú vivas. Siempre me tendrás al lado, o debajo, o detrás… ¡ya sabes!
YO: ¡Me gustaría tanto ver cómo estalla un humano!
Email del 21 de febrero 2016 Leer más »





