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| Will Barnet. Polly minou and eon (1979) |
Querida:
En el año 87 yo trabajaba en un zoo en Alicante y vivía en un chalet con mi novia de entonces que era francesa y trabajaba con guacamayos y focas, su ex-novio, que era australiano y además de trabajar con los mismos animalitos que su ex le daba al tequila de lo lindo, y una amiga de ambos, de nacionalidad británica, pero con antepasados selenitas, a juzgar por su demencia. La verdad es que la convivencia era correcta, nos divertíamos mucho y llegó un punto en que todos, incluidos los psitácidos y los fócidos, nos convertimos en grandes amigos y hacíamos casi todo juntos. Uno de los guacamayos era un experto cantante y a través de duros ejercicios había llegado a aprenderse enteras seis o siete canciones, que entonaba constantemente y nos hacía partirnos de risa. Sobre todo cuando iba fumado. Porque le encantaba el humo del hachís. Siempre que alguien se fumaba un porro, el pájaro se posaba en su hombro o en su cabeza y aspiraba todo el humo que sus pulmones eran capaces de oxigenar. Generalmente pillaba unos pedos tan grandes que mezclaba las melodías y las letras de las canciones transformando el resultado en una especie de cacofonía sandunguera que me recordaba vagamente a algunos temas de Raphael.
Un día vinieron de visita cinco amigas de la inglesa y como les gustó el clima de concordia y coleguismo, decidieron quedarse a vivir sine die, por lo que el número de fumetas pasó de cuatro a nueve. La ampliación numérica no sólo afectó a nuestro cantante alado, sino también a las arañas que vivían en las paredes, las cucarachas que algunas noches correteaban por el cuarto de baño e incluso a un ficus que adornaba el comedor y que decidió crecer en forma horizontal. Recuerdo un día que vino un vendedor de «El círculo de lectores» y cayó desmayado en el recibidor. Cuando logramos reanimarlo, lo primero que salió de su boca fue un «bésame la manita, por favor». Supongo que el tipo era especialmente sensible al THC y su cerebro se bloqueó momentáneamente. Me imagino que salvo en Ketama, en ningún otro lugar del mundo olía tanto a Cannabis y derivados.
Creo que fue por agosto cuando nuestro número de habitantes volvió a incrementarse. De repente y sin previo aviso se presentaron el novio jamaicano de una de las chicas y tres seres más de diferentes sexos y procedencia. Ahora éramos 13, y ese número nos sacaba de quicio a algunos, por lo que decidimos invitar a vivir a una ex-prostituta que se trajo con ella a su amante y a sus dos perros. Uno de los canes, que obviamente era hembra, llegó con una barriga tan abultada que ese mismo día parió a ocho preciosos cachorritos, que nacieron en el mismo instante en que al loro cantor le dio por imitar a un murciélago mientras recitaba un mantra espacial.
Cuando comenzó el invierno, nuestro chalet se había convertido en una especie de Arca de Noé patrocinada por Sensiseeds y hasta la alfombra de bienvenida empezaba a padecer serias alucinaciones. Una noche, un grito de terror nos sacó a todos de la cama. La ex-prostituta salió corriendo desnuda de su habitación -que también era el cubil de varios humanos más- gritando aterrada que una bufanda había intentado chuparle la oreja. Tuvimos que tranquilizarla a base de sopapos, porque no dejaba de berrear y teníamos miedo de que los vecinos llamaran a la policía. Al final logramos calmarla, nos liamos un canuto de 12 papeles y regresamos a nuestras respectivas camas. Yo me equivoqué y me acosté con uno de los perros y el jamaicano decidió probar qué podía sucederle si dejaba de respirar durante diez minutos. No voy a contarte lo que pasó después, porque no es indispensable para hacer avanzar la trama de este email, pero puedo adelantarte que su leptomeninge ya nunca volvió a ser la misma.
Sinceramente, no sé por qué te cuento esto. Es posible que la vejez, que se descuelga como una cortina rota cada día, me obligue a contar batallitas para sentirme vivo y útil. O es posible que las dosis de galato de propilo que tomo cada día en los alimentos envasados hayan fundido mi consciencia y ésta necesite volver a estados anteriores para confirmar que ya no hay remedio.
Sea lo que fuere, me he divertido mucho recordando momentos de mi vida en los que era mucho más feliz de lo que soy ahora o de lo que podré llegar a ser en el futuro.
Un besazo