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| Keith Vaugh. Evolution revolution (2009) |
Hola:
Puede que no sea más que una manifestación senil, pero me siento incapaz de hablar con el 99 % de la gente que me rodea. La razón es que están muy por encima de mí y no me gusta mantener conversaciones que traten materias tan intelectuales como lo dura que está la vida, el trasero prieto y perfectamente formado de algunas mujeres, o el tuneo espectacular del coche del primo hermano de fulanito. Si alguna vez acabo hablando de semejantes temas, o de otros parecidos, quiero que me claves un cuchillo de cocina entre los dos pulmones, más o menos por encima del diafragma. Y si me dejas elegir, me encantaría que me apuñalaras con ese cuchillo jamonero con mango azul con el que preparas la ensalada de lechecillas, que tanta fama te ha dado como cocinera cárnica de arrabal y por la que todavía te felicitan los ex veganos valencianos.
Odio admitirlo, pero cada día que pasa me vuelvo más feo. Si sigo así, llegará un momento en que sólo podré trabajar en el tren del terror o como cupletista freelance. Claro que siempre puedo unir ambos oficios y convertirme en el monstruo cupletista que asusta a las chonis jovencitas que, ávidas de sensaciones fuertes, se montan en la atracción de feria llamada «El tren de la bruja» or something like that. Por cierto, ayer leí un interesantísimo ensayo sobre los mascachapas y las chonis en el que se demostraba con pruebas difíciles de rebatir, que uno de cada cuatro de esos idiotas moja la almohada con sus babas. Y que las abuelas de un 57 % de esos cretinos todavía visten con un horripilante chongo en la cabeza.
En mi opinión, al mundo le quedan tres años y medio para su completa, y por otra parte necesaria, destrucción. Por eso creo que lo mejor que podemos hacer los chimpancés más avanzados cerebralmente es diseñar nuestras propias muertes. Poco o nada importa que tu tía Adela se haya sometido a una complicada Hepatectomía laparoscópica; al final su hígado no será el responsable de su defunción. ¿Qué más da que su hija Adela II padezca un cáncer terminal de úvula? El fin será el mismo para todos: el descanso merecido. Por mi parte, he comprado en un chino un pequeño arcón de madera que hará de caja canópica cuando me ahorque y, por supuesto, cuando el tipo al que he contratado introduzca allí mis vísceras.
Un beso
