julio 2021

Email del 28 de julio 2021

 

Gerard van Honthorst. The dentist (1622)

Querida:

Mi odontólogo canta. La auxiliar hace los coros. Llevo más de 10 años acudiendo a él y nunca, en ninguna ocasión, me ha tratado sin componer al instante melodías y letras que parece que provengan de otra dimensión diferente. Me ha reemplazado piezas dentales, curado infecciones, implantado puentes y blanqueado la sonrisa, pero siempre canturreando sus emociones y aislado de esa realidad compleja repleta de ejércitos de badulaques. Ayer, sin que se diera cuenta grabé su última obra maestra. A continuación te transcribo la letra…  

«A diferencia de vosotros, yo nunca fui. A semejanza de nosotros, siempre he sido. Es extraño, pero la línea blanca que delimita mi silueta forma un arabesco. Sí, tengo la espalda sobre el asfalto y varios rostros me examinan detalladamente, pero no escucho llorar a nadie. ¡La policía puede ser tan insensible!  Y mientras siento el ruido de los ejes de las ruedas, la camilla sigue un curso definido. Nunca fui. Siempre he sido. Debería estar recorriendo el túnel, acercándome hasta la brillante luz en el fondo. Bailando, flotando entre los cuerpos celestes. Alguien debería certificar mi muerte. Alguien tendría que dirigirse a mi casa a sosegar a mi familia y a acariciar a mis perros. Alguien debería rubricar el resto de actas, documentos, garantías y certificados. Nunca fui. Siempre he sido. He cerrado puertas. He abierto ventanas. He escondido las cajas debajo de las camas. He aislado el excremento sumamente embarullado que se resguarda de la lluvia dentro de mi cabeza y que de alguna manera desconoce por completo que en ocasiones puede intercalar ideas y razonamientos complementarios. Nunca fui. Siempre he sido. Un bucle no es una letanía. Un hogar no es un nido de ratas. A diferencia de vosotros, yo nunca fui. A semejanza de nosotros, siempre he sido».

Greg

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Email del 21 de julio 2021

 

Eugene Delacroix. Tête de chat (XIX cent.)

Amiga mía (y supongo que de otros):

Existe un adagio entre los primates antropoides que traducido al castellano dice algo así como que cuanto más grande es la nariz, más atractivo resulta el mono. En un principio dicho aforismo axiomático iba a convertirse en el leit motiv de mi novela Mujer con amenorrea mirando al sudoeste desde el noreste cuyo argumento gira en torno a un tipo que acusa a su amante, bailarina de profesión, de instaurar una dictadura delicuescente con sus innumerables y aburridísimas intervenciones a base de talonazos en el suelo con las almadreñas. Hay una parte al final del capítulo 11 que me gusta un montón: Adelina, la protagonista, se acerca a Adelino, su novio, y le pregunta por qué razón sigue con ella. Este, después de sentarse y acariciar a Adelo, su pastor alemán alsaciano, le responde con una frase enigmática: «sabes, Adelina, sentado sobre el inodoro siento el inodoro».

De momento no he decidido quién morirá el primero de los tres (Adelino, Adelina o Adelo), aunque creo que debería crear un cuarto personaje que podría ser, por ejemplo, una gatita a la que llamaría Adelaida, Adalberta o Adolfina, y hacer que esta se suicidase introduciendo las vibrisas en un molinillo de café de la marca Moulinex.  

Sin más, o con más, o con la espalda chorreosa típica de finales de julio, se despide,

Greg Brisquet

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Email del 19 de julio 2021

 

Alfred Kubin. Dream animal (1903)

Querida amiga:

Y de repente mi capacidad para producir flatulencias melodiosas cesó, con lo que el grupo de los Pedorreros Aruspicinos se vio obligado a despedirme sin indemnización. Mientras pensaba qué es lo que haría con mi vida algo rompió la quietud de mis silencios obsesivos. ¿Alguna vez te has parado a escuchar el sonido de los sentimientos refrenados? Pues eso es lo que sucedió, y aunque en aquella época yo era incapaz de distinguir entre el sonsonete que producen las anomalías y el runrún que emite la completa incomprensión del lenguaje, inferí que la abundancia excesiva de cada una de las modificaciones extravagantes, ininteligibles, y sobre todo, hipnagógicas, con las que había alimentado a Rufo, mi ego, estaban comenzando a pasar factura. Quizá por esa razón sentí una inquietante y repentina necesidad de lavarle los pies a alguien. El primer humano que pasó por delante de mí carecía de extremidades, aunque fardaba un montón con su especie de tacatá motorizado. El segundo humano que se acercó lo suficiente me preguntó si sabía dónde vendían Peusek, pues sufría de bromhidrosis. Por supuesto lo envié a una farmacia y dejé que se marchara lo más rápido posible. Como ya no pasó ningún humano más tuve que contentarme con lavarle las almohadillas de las patas a un gato callejero tricolor. 

Cuando regresé a mi casa, esta se había transformado en un trastorno pormenorizado con cierta propensión anómala y morbosa a proferir obscenidades. Entonces todo lo que era y comprendía se transformó a su vez en un pequeño taburete de metal plastificado que aproveché para descansar la parte más fondona de mi anatomía.

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Email del 18 de julio 2021

 

Giorgio Barbarelli da Castelfranco «Giorgione». La tempesta (1508)

Querida:

Aunque ningún biógráfo se pone de acuerdo en lo que realmente quiso decir Cástulo Chinchurreta cuando escribió en su tratado Derrengamiento canicular que «todo cuanto se diga sobre las temperaturas elevadas, podrá decirse a fortiori sobre las temperaturas mucho más elevadas y por lo tanto tremendamente pegajosas», no cabe duda de que el filósofo teórico anacionalista volvió a acertar manifestando algo que parece ser que la mayor parte de la gente todavía desconoce o simplemente prefiere ignorar: el calor humedece, aunque sin llegar a salpicar. Al igual que en su primer tratado sobre la refracción y los efectos ópticos atmosféricos titulado Crepúsculos cubiertos de orín o moho, en Derrengamiento canicular, Chinchurreta, con su modestia característica, reconoce que fue el desapego y la transferencia de emociones e ideas lo que le impulsó a escribir ambos volúmenes y a preparar un próximo ensayo sobre el coito en tiempos de megápolis y conurbaciones.   

Espero haberte sido de ayuda o si prefieres, i hope i have been of help. La locución que te haga sentir mucho más realizada.

Greg

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Email del 17 de julio 2021

 

José de Ribera. Alegoría de los sentidos (1630)

Después de grabar y publicar el que hasta hoy ha sido mi último disco, El birimbao bien temperado, decidí que lo que verdaderamente deseaba hacer a partir de entonces era alcanzar la auténtica perfección moral y espiritual. Y para llegar a convertirme en un asceta más o menos conectado con lo que Newton denominó «sensorium Dei», arrojé mi carrera como birimbaista profesional por el inodoro de la superficialidad y comencé a disfrutar de cierto bienestar psíquico sin sentir que de alguna forma estaba desvinculándome de esa «divisa» heredada llamada anhedonia. Solo soy feliz cuando repaso las películas de Éric Rohmer, sobre todo los 16 films que comprenden los ciclos Cuentos morales, Comedias y proverbios y Cuentos de las cuatro estaciones, sin olvidar Cuatro aventuras de Reinette y Mirabelle, El árbol, el alcalde y la mediateca y Tres romances en París. El resto de momentos soy capaz de representar alegría o satisfacción, pero siempre llorando monódicamente o encarnando a otro personaje. ¡Stanislavski estaría tan orgulloso de mí!

En realdad soy un jodido chamarilero. Compro y represento guiones ajenos. Eso, cuando no me encuentro demasiado ocupado purificando la musicalidad de mis bostezos. Siempre he pensado que la vida se compone de momentos. Y que cada uno de estos momentos engendran a su vez otros momentos. ¿Momentitos? Es como una tela de araña homogénea, por lo menos en su estructura, aunque un tanto patituerta en su rentabilidad. ¡Y si no que se lo pregunten a una Phoneutria! ¡Me siento tan incapaz! Tan incapaz de comprometerme. Tan incapaz de sorprenderme. Incapaz de soportar. Incapaz de teorizar, de elucubrar. Incapaz de rebatir los axiomas de los badulaques. Incapaz de soportar esta absurdidad existencial. Incapaz de granjearme la amistad de los demonios de la noche. 

Recuerdo lejanamente la última vez que le arrojé algo a alguien. Creo que fue una estatuilla de Tanagra, aunque también es posible que fuera cualquier otro objeto. Lo que recuerdo vivamente es el lugar donde aterrizó: una cabeza humana. Desde entonces me aburro enormemente. Ya no me estimula abrir las bolsas de recolección donde guardo la sangre del resto de partes superiores. Tampoco me anima abrir las cajas donde conservo los trozos deshuesados del resto de partes inferiores. Ni siquiera cuando ojeo el cuaderno CP (circunstancial y pluralista) donde escondo la mayoría de las remembranzas fállidas… 

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Email del 12 de julio 2021

 

Albrecht Durer. Philosophia (1502)

¡HABLEMOS POR UN INSTANTE DE LOS VIEJOS TIEMPOS! 

Le llamábamos Mahou porque era un incondicional de los botellines de 33 cl de dicha marca de cerveza, aunque creo que su verdadero nombre era Cristino, Cretino o algo parecido. La verdad es que siempre me habían importado una mierda yerta sus opiniones, ya fueran sobre macología, primatología, neuroembriología, proctología, fitosociología, o simplemente sobre la estabilidad del átomo, la medicina tradicional murciana o las absorciones anales. Sin embargo a partir de su antepenúltima licenciatura comencé a odiarlo de una forma repentina, nefanda y discontinua. 

Desgraciada o afortunadamente, tras la súbita muerte de su hámster dorado, Mahou desarrolló un trastorno ansioso-depresivo severo y solo volví a verle en contadas ocasiones. En una de ellas, su deseo inicial de agradar se desvió imperceptiblemente hasta adoptar una actitud francamente inquietante, por lo que a punto estuve de verme abocado a reformularme una serie de preguntas fundamentales del tipo de «¿las propias autoexigencias éticas del resto de imbéciles, tienen algo que ver con mi profunda aversión hacia cualquier forma de argumentación confusa y contradictoria?»

No sé si alguien aprobará alguno de mis anteriores razonamientos, aunque no es algo que me quite el suño. ¿He dicho suño? ¡Pues me arrebata! ¡Rima con truño! Además creo que queda mucho mejor que el vocablo «sueño». Hablando de suños, ayer suñé que Dios se aparecía tocando la zanfona mientras yo trataba de cocinar al dente una carencia emocional absoluta, aunque compleja en sí misma. 

Greg

Nota: Este texto es peor que el último que publiqué hace dos días, pero mucho mejor que el que postearé próximamente.

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Email del 10 de julio 2021

Jimmy Ernst. Science fiction (1948)

 

UN CUENTITO DE CIENCIA FICCIÓN:

Recuerdo el día en que me situé en la bifurcación Ómicron y contemplé el meandro disimétrico. Lo que no soy capaz de recordar es cuál fue la razón que me impulsó a posicionarme en la bifurcación Ο (Ómicron). ¡Está claro que el destino se escribe a medida que se cumple! Quizá las apresuradas dosis de realidad cifrada, que lejos de constituirse en una magnitud pragmática e independiente, concluyeron con un postulado embrionario y tan tosco como las percepciones cognitivas de Vicente Pérez Flor, mi abuelo y quizá el único empirista que terminó su venática metamorfosis como disociador subjetivo. Y aunque es posible que la última palabra sobre este intrincado asunto todavía no haya sido pronunciada, me siento en condiciones de confirmar la gratuidad de cada una de las experiencias cognitivas concretas que en algún instante se alojaron en su córtex.

De la misma manera recuerdo el día en que marqué el número de Vodafone para que me explicaran cuál era la diferencia entre la fibra óptica y una secuencia polipeptídica. ¡Siempre lo he sabido: el animal más inteligente es tocón podrido!  

Gregory Pomodoro

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Email del 7 de julio 2021

 

William Blake. The lovers whirlwind (1827)

Mi psicólogo conductista siempre me repite que la realidad produce irrealidad. Mi frutero paquistaní no para de insistir en cada ocasión que entro en su tienda que debería dejarme asesorar por él o por su empleado bahawalpurí. Mi estilista y asesor de imagen reitera una y otra vez que mis hombros caídos y mi cutis untuoso le repugnan y le producen arcadas, pero que me soporta porque pago bien y en efectivo. ¡Siempre es lo mismo! Cuando era pequeño mi madre me susurraba que yo era el nene bueno de mamá, pero cuando ella estaba trabajando, mi padre, que detestaba realizar cualquier actividad física, me ponía firmes mientras me gritaba que yo era el nene malo de papá. En una ocasión incluso Django, nuestro perro mestizo ratonero me ladró que guaaa grrrr guau gaaaa grrrrao que más o menos quiere decir que «un día se iba a ciscar en mi boca». 

Desde entonces me defiendo de todo lo que me hace daño haciéndome el muerto. Por supuesto, dicha conducta tanatósica no implica que siempre me salga con la mía, sobre todo cuando la policía que vive en mi cerebro se amotina ante mis apocamientos y no me deja otra alternativa que emular un repentino estado catatónico para convencerlos de que realmente soy una pena de tío. Eso cuando soy, porque a menudo no soy, por lo tanto no puedo pertenecer. Y si no pertenezco ni siquiera a un club de futbol o a una asociación vecinal, entonces, ¿para qué intento por todos los medios trascender mi propio Yo?

Sí, es verdad. Hace cuatro años pacté con todos los «conmigo mismo», que me ofrece el desdoblamiento de personalidad, que nunca hablaría de esa maldita red de falsedades autodestructivas repleta de objetivos simbólicos llamada «amistad», «cariño» o incluso «amor». Y aunque me juré a mi mismo que encontraría esa paz de mente que he estado buscando toda la jodida vida si me ataba unos cuantos kilos de plomo a los pies y saltaba al interior de la bañera marca Roca, descubrí que el valor nominal de cada uno de mis mensajes era equivalente a ese precioso número que expresa una cantidad inexistente.

Greg «Adipocira» López

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Email del 5 de julio 2021

 

Giovanni Bellini. Portrait of a humanist (1480)

Me encontraba francamente a gusto retorciéndome de dolor intentando deglutir el sufrimiento existencial y celebrando mi resecamiento emocional, cuando de repente se me acercó revoloteando una mosca despistada, se introdujo por mi boca y se suicidó deslizándose por el tobogán que formaba mi gaznate. Al principio me importó una mierda anómica su vida e incluso bromeé para mis adentros, pero al cabo de media hora me entró una especie de tristeza en forma de abismo patológico. Aunque hubiera preferido mil veces el abismo de Helm, esta forma de agujero negro paralizante se atrincheró en un intersticio de mi cerebro y a punto estuvo de provocar mi final. Pero supe reaccionar y pasé el resto del día meditando sobre el ser humano: nacemos, crecemos, contraemos una o varias úlceras a menudo sangrantes, visitamos al psiquiatra cuando este no tiene cita en un burdel, y palmamos sin previo aviso cuando nos peta la patata. Y entre el nacimiento y el petamiento, el chorroborro que forma la existencia rígida elide cada una de nuestras cartas marcadas transformándolas en lágrimas y distensión abdominal en forma de meteorismo.

A veces no sé por qué me preocupo, pero estoy preocupado…

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Email del 3 de julio 2021

 

Pierre Alechinsky. In Society (En société) (1962)

El equilibrio crítico entre mi yo neurótico real y el yo antitético al que todo le importa una mierda, está provocando que mis despertares neuróticos, desayunos neuróticos, duchas neuróticas y paseos neuróticos, entre los que se incluyen algunas conversaciones neuróticas con varios individuos y entes neuróticos de diferente sexo y calaña, terminen asfixiándome emocional y, cómo no, neurasténicamente. Soy neurótico porque soy humano. ¡Ojalá fuera un puto y repulsivo blatodeo! Aunque también podría decir que he llegado a semejante grado de neurosis porque me siento como si estuviera muerto. Esa misma sensación de óbito -que comencé a experimentar nada más abandonar la calidez y la seguridad del vientre de mi madre- modificada, transformada (y desvirtuada) que con el inefable e ineludible paso del tiempo ha acabado convirtiéndose en una especie de plegaria onírica e involuntaria:

«No arruinaré mi vida, no arruinaré tu vida. No arruinaré la vida de nadie cuya vida no esté ya arruinada».

Hay un monstruo suelto. Se llama «sobreingesta compulsiva de sociedad», quizá «suciedad». ¿Qué es peor, padecer una enfermedad mental o ser obligado por la «sociedad» a que nos curen dicha enfermedad? Mi cerebro-policía y mi cuerpo-delincuente entran en conflicto. Es entonces cuando esa furcia llamada «aprobación» o a veces «afecto» se convierte en una necesidad vital. Ya lo decía una de mis múltiples personalidades: el enfrentamiento es la cualidad inherente de la existencia. 

¿Por qué todos mis amigos quieren que les quieran?
¿Por qué todos mis amigos quieren que les quieran?
¿Por qué todos mis amigos quieren que les quieran?

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