marzo 2012

Segundo email del 31 de marzo 2012

Thierry Poncelet

Hola nuevamente:

Hace un par de días recibí un email de un viejo conocido que, entre otras cosas banales y sin la más mínima importancia, me contaba que otro de nuestros amigos comunes había estado ingresado en un manicomio durante cuatro meses y que sólo hacía tres días que estaba de nuevo en casa. Me pedía que fuera a visitarlo, pues lo que él necesitaba era interactuar con las viejas amistades y sobre todo recordar buenos momentos pasados, así que ayer a medio día, armado de valor y fuerza de voluntad, me dirigí a su casa. Me recibió dando saltitos, supongo que no podía hacer otra cosa ya que iba disfrazado de merluza en rodajas. Con su amabilidad característica me rogó que me sentara, pero como no había ninguna silla en la habitación opté por acomodarme encima de la tv. Después de servirme un té que sabía a arena del desierto del Kalahari y mientras trataba de quitarse el disfraz, me contó que por primera vez en su vida había logrado hacer dos cosas que le llenaban de satisfacción: la primera era haber descubierto la felicidad dentro de un bote de mermelada de frambuesa y la segunda, que ya podía mirar su pene al orinar sin sufrir ataques de pánico. Mientras me congratulaba por sus maravillosos éxitos, lo que quedaba de mi amigo se puso a practicar flexiones abdominales encima de su perro que, lógicamente disgustado, salió a toda pastilla de la estancia dejando a éste tirado en el suelo en una posición francamente lamentable y obscena.

No llevaba en su compañía ni media hora (aunque yo me sentía como si estuviera allí varios días), cuando de repente, decidió que iba a presentarme a su nueva novia. Mientras yo trataba de imaginar cómo podría ser la mujer que viviera con un tipo como ese sin sentir ganas de deslizarse por la ventana, él señaló orgullosamente hacia un punto de la nada y me dijo que se llamaba Rita. Intenté dar un beso al aire mientras le decía lo guapa que era y lo feliz que me sentía de que hubiera encauzado su vida. Él se mostró complacido y me preguntó si me apetecía hacer un trío. ¡Como lo oyes! Un trío entre él, yo y un una fracción de la nada más absoluta llamada Rita. Cuando rechacé su oferta, aduciendo que yo era tan heterosexual que la sola idea de ver otro pene me ponía enfermo, eso sin contar con que sería incapaz de mirar a su novia desnuda, se entristeció un poco -creo que esperaba mucho más de mi-. Así que, dándole las gracias por tan maravillosa velada, le dije que se hacía tarde y que, lamentándolo mucho, tenía que asistir a una reunión de ex-humanos anonadados.

Cuando salí de aquel antro de locura y enajenación, sentí un calambre recorriéndome la espina dorsal. Mientras me acercaba al bar más próximo, medité profundamente sobre el tiempo y la forma que tiene de cambiar a la gente. Mientras sorbía un té de verdad, sentí deseos de largarme lejos, a alguna parte donde fuese un extraño y donde nadie pudiera indagar en mi pasado, pero cuando pagaba por la consumición llegué a la conclusión de que, ya que nuestras vidas no son sino una vorágine de estupidez y autocomplacencia, mi deber, como desarraigado profesional, era seguir rodando, sin importarme las bajas que esta sociedad despreciable y consumista deja tiradas por el camino.

Besos.

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Email del 31 de marzo 2012

Michael Sowa, Pengouins flying

Querida amiga:

Algunas noches duermo como un lirón careto, sin embargo, otras no puedo pegar ojo: esta noche ha sido de esas últimas, así que la he dedicado a leer a Bertrand Russell. Pero sobre las 4 de la madrugada he sentido la necesidad imperiosa de molestar al vecindario, ya sabes, una gamberrada en toda regla, así que he sacado un altavoz -afortunadamente el cable es inmensamente largo- al balcón y he puesto a todo volumen la pista 7 de un Cd dedicado a los sonidos animales. ¿Imaginas qué animal esta grabado en esa pista?: el burro. Al principio había decidido poner 10 minutos de gatas enceladas, pero me he imaginado que eso sería contraproducente para los gatos machos que viven en mi barrio, así que al final he obsequiado al vecindario con los roznidos de las acémilas pastando. Por supuesto, cada dosis de rebuznos no duraba más de 20 segundos, pues no quería que me pillaran con las manos en la masa (o en el play del aparato), pero durante 2 horas y a intervalos de 15 minutos, mi calle ha parecido una granja de garañones. Te puedo asegurar que la práctica totalidad de las viviendas colindantes han encendido la luz en algún momento e incluso varios vecinos vestidos con sus pijamas y camisones de espanto han salido a las terrazas y balcones a ver qué sucedía. Me lo he pasado tan bien que creo que el lunes les ofreceré una sesión de mugidos, balidos, gorgojeos, aullidos, cacareos, graznidos, cloqueos, ladridos, zumbidos, maullidos o relinchos, ya lo decidiré en su momento. Y si en ese instante, sublime y provocador, me siento especialmente travieso e incívico, hasta es posible que busque entre mi amplia colección de Cds la grabación de sonidos corporales excrementales y les obsequie con alguna buena sesión de flatulencias o eructos en el magnifico estéreo de mi Phillips FWM463X.

Te preguntarás, y además con todo el derecho del mundo, cuál es la razón de mi revoltosa forma nocturna de interactuar con los residentes del barrio. Podría responderte con un millón de contestaciones sinceras, pero como últimamente la naturalidad no forma parte de mi comportamiento, te diré que lo hago porque es mi carácter. ¿Recuerdas la fábula de la rana y el escorpión? Aunque también podría ser una respuesta refleja a las molestias que ellos me ocasionan a menudo con sus verbenas demenciales y sus ruidosamente estúpidas maneras de entender las fiestas.

Dentro de un rato, cuando salga a la calle, lo primero que haré será acercarme a algunos vecinos y exponerles mi indignación por lo que ha sucedido esta noche. Como mi cinismo es antológico, no me costará absolutamente nada ponerme a su ¿altura? y despreciar al bárbaro imbécil que nos ha molestado mientras deberíamos haber dormido plácidamente. Incluso puedo imaginarme, unas horas antes de que suceda, algunas de sus respuestas infames:

VECINA 1: ¿Habéis oído esta noche a un burro o es que me sentaron mal los tallarines de la cena?
VECINA 2: No has soñado Gabriela, un burro ha estado toda la noche dale que te dale….ha sido horrible…
VECINO 1: Seguro que son los rumanos del patio 4 que se han subido un asno al piso. Esa gente es así.
VECINA 1: ¡Dios santo!
YO: Es increíble, a donde vamos a llegar. Hasta se suben equinos a los hogares…..
VECINA 2: ¿Cómo se van a subir un burro a casa? ¡Si no hay ascensor!
VECINO 1: Los burros pueden subir escaleras…
VECINA 3: Esto no puede consentirse. Alberto ha sufrido un ataque de pánico a las 5 y he tenido que levantarme a prepararle una tila.
VECINA 1: ¿Alberto? Tu marido no se llama Prudencio?
VECINA 3: Alberto en mi chiuahua.
VECINO 1: Este barrio está repleto de rumanos, algún día van a subir al piso a una ternera…
YO: ¿Para comérsela?
VECINA 1: Hemos de formar un comité anti…
YO: ¿Antiburros?
VECINA 1: No, hombre, anti-rumanos…
VECINO 1: ¡Caray, son las 11, me voy corriendo! Tengo cita con el urólogo.
YO: Que lo disfrute usted, amigo…
VECINA 3: Y yo a comprar espinacas y berros. Hoy voy a hacer de comer puré. Adios…
VECINA 1: Pues yo me voy a la merceria a cambiar la faja. La que compré ayer me aprieta y no me deja respirar.
YO: Adios a todos, ha sido un placer charlar con ustedes….
VECINA 2: ¿Cómo se van a subir un burro a casa? ¡Si no hay ascensor!

Con una sonrisa de oreja a oreja, me despido de ti, hasta la próxima…

Greg

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Email del 30 de marzo 2012

Camille Corot, Moonlit landscape, 1874

Hola:

Esta es la historia de un pensamiento equivocado:

La injustificación lo parió, pero él se hizo grande a su manera. Durante un tiempo creció dentro de un espejismo concebido por un flujo de despropósitos unánimes; a veces, se dejaba notar mediante una serie de impulsos incontrolados, pero aunque yo sabía que existía y que su influencia podría causarme sensaciones delirantes, tuve el coraje necesario para impedir que su mensaje se fijara en mi cabeza. Eran días de sombras y distancia, las horas todavía podían catalogarse y la difracción de los recuerdos no era más que la eterna justificación de una agonía etiquetada. Cuando sentía su fuerza avasallando el dolor por medio de la tentación y seduciendo a la naturaleza, intentaba escapar a la desesperación con energía y materia. Entonces mis puertas estaban abiertas, y los vínculos redentores que danzaban en la profundidad de la noche eran mis únicos aliados y compañeros.

Pero como a veces suele suceder, las visiones incómodas se atrincheraron dentro de mi inconsciente amortajado y el magma sordo y mudo de la razón afloró a la superficie. El aire frío y viciado del espacio transformó las contradicciones en accidentes, los escenarios en espesura estrangulada y las coincidencias en inercia mutable.
El pensamiento hurgaba en la carne; la sentencia inquietaba a la causa; los restos del altar agrietado se desvanecían entre la absoluta pureza entrópica de un infinito imaginario, circunstancial pero premeditado.

Intenté subir los peldaños hasta algún punto donde la línea divisoria del horizonte no incidiera en sus propias  incógnitas; pretendí trasladar los espasmos, las sacudidas, las convulsiones hasta un lugar donde no pudieran ser malinterpretadas. En el camino sollocé, pero esas lágrimas pertenecían a los sonámbulos que habitan los fragmentos triturados del crepúsculo. El pensamiento, reforzado con las fibras pisoteadas de mis delirios inconscientes, me susurro unas palabras en forma de letanía persistente que deshizo la amenaza que planeaba sobre mi imprudencia: «La conciencia y la abstracción son la recompensa a tus flagelaciones.»

De repente, un millar de posibilidades nuevas surgieron de la nada y se incrustaron en mi cuerpo, lo atiborraron de admoniciones que crecieron de forma asimétrica e imperfecta. Y la sustancia se deshizo de la materia, el volumen burló al origen y a la razón y las brillantes inclinaciones de la enfermedad y sus síntomas dieron paso a la revelación de una nosología infinita. Mientras trataba de secarme el sudor y la sangre, algo llamó mi atención: el pensamiento, engendrado por una conjetura causal y multívoca había sucumbido a su propia determinación.

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Email del 29 de marzo 2012

Craig La Rotonda, My malignant twin.

Hola:

Dos versiones sobre el mismo tema. Elige la que más te guste.

Últimamente mi pasatiempo preferido es romper casi todo lo que escribo; unas veces porque ni yo mismo consigo entender mis textos crípticos y enigmáticos y otra para no herir los sentimientos de amigos que puedan verse reflejados en algunos de los personajes que invento. Incluso he alterado la concepción de la «Trilogía aparentemente circunstancial», pues he suprimido una de las tres tramas que la componían, la que resaltaba mi parte más negativa y poco esperanzadora, transformándola en una especie de compendio humanista. ¿Qué derecho tengo yo, un tipo tranquilo y amable, a sacar trapos sucios de gente que no me ha hecho absolutamente nada? A veces es preferible destapar el elixir de la bondad suprema y echarse un trago tras otro, día tras día recordando las sonrisas en lugar de restregar hiel y bilis sobre las circunstancias desnudas de los que me rodean…

Cada uno de los pobladores de este mundo maravilloso tiene derecho a ser como es, a vivir como le place y a elegir su propio futuro. A veces pueden equivocarse por completo alterando sus vidas y las de los que les rodean, pero como se supone que ha sido una decisión interior, el deber de los que escribimos sobre «cualquier cosa» es respetar sus circunstancias y disfrazar sus pompas. No conozco a nadie que no tenga algo que ocultar, todos nos comportamos como verdaderamente somos cuando no hay nadie observándonos, y esto nos incluye a ti y a mi.

Nacemos para aprender; morimos sabios y con cierta esperanza. Nada de lo que hemos hecho o dicho en el pasado debería ser escrito en nuestras tumbas. Los epitafios siempre son compuestos por los amigos o enemigos, esa es la grandeza del final eterno.

Hasta ayer mi pasatiempo favorito era romper todo lo que escribía; unas veces porque no creía que existieran suficientes lectores que estuvieran capacitados o dotados de cierto grado de entendimiento como para interpretar mis textos crípticos y enigmáticos y otras para no herir los sentimientos de los amigos que se pudieran ver reflejados en algunos de los personajes que había inventado. Pero esto va a cambiar. A partir de ahora, no voy a tener ninguna clase de piedad con mis personajes basados en gente que conozco, ni voy a disfrazarlos para no ofender corazoncitos débiles y malcriados. De hecho, pienso ser brutal. Cuando finalice con la «Trilogía aparentemente circunstancial», supongo que no me quedará ni un sólo amigo o conocido que quiera dirigirme la palabra, pero me importa una mierda esquizofrénica quedarme sólo, es más, creo que si eso sucede, será como una bendición del infierno. ¿Qué derecho tiene la gente sobre mis personajes? Ninguno, absolutamente ninguno. Pienso escribir sobre sus manías, sus miserias y su nula capacidad existencial, sobre todo para afrontar sus propias normas, disposiciones, en resumidas cuentas, para sentirse humanos en lugar de máquinas sin alma que se deslizan por los raíles establecidos de la inconsciencia…

Este mundo en el que malvivimos está superpoblado por estupidez y cobardía a partes iguales. Nadie vive por debajo de sus posibilidades, todos quieren más y más, sin importarles la forma o los medios para conseguirlo. Mi interés por esta clase de gente, perdida y depravada, que conserva intacta sus enormes ganas de destacar, aunque sea llevándose a muchos por delante, crece exponencialmente mientras yo maduro como víbora. Soy el cronista de la porquería más decadente y pienso destapar cada una de sus falacias, sus miserias y la corrupción degenerada que destilan sus miradas y caricias, por medio de la literatura salvaje y sin la más mínima auto censura.

El dolor acompaña el nacimiento, el terror condiciona la huida existencial. La muerte es tan perfecta, que resultaría sacrílega sin el cinismo adornando un buen epitafio. 

Un beso

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Email del 28 de marzo 2012

René Magritte, The female thief, 1927

El saco está vacío

Tengo el gusto de ofrecer en primicia algunos extractos del libro «El saco está vacío (Diario de un ladrón virtuoso)» escrito por el ladrón y ex convicto Adolfo Peña y editado por Edelweiss para todos los países de habla hispana, en el que repasa con cierta nostalgia y demasiada sabiduría toda una vida dedicada al incomprendido, y por otra parte rentable, arte del latrocinio.

«Soy ladrón desde que tengo uso de razón. Recuerdo que a los 6 años le robé a mi padre su pierna ortopédica de madera y me construí con ella un fuerte para mis vaqueros de plástico. Robo porque no sirvo para otra cosa, porque es mi destino. Sustrayendo objetos ajenos es la única manera en la que puedo sentir eso que algunos llaman felicidad y que tan cara cuesta a veces. A los 12 años robaba bragas de los tendederos, a los 13 dinero del bolso de mis progenitores y a los 14 motos, coches y cualquier vehículo con ruedas. Creo que incluso llegué a afanar un carrito de la compra a una anciana, pero mi memoria no es demasiado clara y no estoy seguro de si fue en un sueño.»

«Ayer amaneció con un día claro y despejado, realmente esplendoroso. Había quedado a las 22:30 con J y con G en el bar Almohadilla para trazar un plan maestro con el que poder entrar en el chalet del señor Tomás Fontenla, fundador y propietario de la cadena de mercerías Fontenla, aunque si la mirabas desde una distancia prudente, la casa parecía más bien el palacio del Conde-duque de Olivares. G llego con 40 minutos de retraso y con la excusa imbécil de que mientras conducía para llegar a nuestro encuentro, se le apareció el fantasma de su madre obligándole a detener el coche en doble fila y rezar cuarenta Ave Marías. Como no me gusta discutir antes de un trabajito, tragué saliva y olvidé por el momento su falta de puntualidad. Mientras cenábamos «patatas a lo pobre» y chorizos picantes, tracé un mapa de la mansión del supermercero sobre una servilleta de papel, pero cuando regresé del lavabo, contemplé estupefacto cómo J se secaba el aceite rojo y pringoso de los chorizos con él, por lo que tuve que volver a dibujar otro no sin cierto malestar pero con la esperanza de que, si el golpe nos proporcionaba los ingresos suficientes, nunca más tendría que volver a trabajar con tipos de aquel calibre, dotados de unos cerebros infrahumanos y de aspecto hediondo y repulsivo.

El plan era el siguiente: una vez G dejase fuera de servicio la alarma, J y yo entraríamos como una exhalación, reduciríamos al matrimonio y sus 2 esclavos y arramblaríamos con cualquier cosa que pudiera ser vendida y nos proporcionara buenos dividendos. Pero como siempre sucede con los mejores planes, todo salió al revés de como tenía previsto, pues nuestra entrada no fue precisamente digna de un film de Melville, sino de un sainete de Arniches. Para empezar, mientras G luchaba contra varios cables de diferentes colores con el propósito de dejar ko al timbre delator, sintió de repente unas ganas terribles de miccionar, seguramente debido al nerviosismo y a una próstata bastante débil y no nos avisó. Cuando descerrajamos la cerradura de la entrada un sonido que yo conocía bastante bien, empezó a bramar a un volumen que hubiera sido un milagro que en Estambul no la hubiera oído ningún ciudadano. Mientras maldecía mi mala suerte, sobre todo por compincharme con imbéciles como aquellos, sentí que alguien bajaba las escaleras a paso veloz y un clic que me recordó al que hace una escopeta cuando la cargas de postas. Aterrorizado, me escondí detrás de un ciprés mientras J correteaba de un lado a otro sin saber qué hacer. Cuando la puerta se abrió, puede ver una barriga oronda y bien cuidada seguida de una cabeza pequeña y sin pelo que jadeaba y sudaba mientras vociferaba a la noche que había telefoneado a la policía y que si éramos listos nos largaríamos pitando. Al oír estas advertencias, G, que todavía luchaba con la alarma, sufrió una especie de ataque de pánico y empezó a gritar como un poseso. Por su parte, J, corriendo hacia ningún lado había caído al estanque y chillaba que se ahogaba y que no sabía nadar. Y allí estaba yo, mientras la sirena y aquellos tres tipos no paraban de meter ruido, pellizcándome un ojo intentando en vano despertar de un sueño de ebrio.

Como no soy demasiado estúpido, decidí que lo mejor era una huida honrosa y salí pitando, pero como la oscuridad era casi total acabé tropezándome con algo y caí al suelo, fracturándome el peroné izquierdo por tres sitios. Al final y con un humor de perros, me levanté como pude y dado saltitos conseguí llegar hasta el coche; tuve que hacer un puente en mi propio vehículo porque las llaves estaban en el bolsillo de G, que seguía berreando como un toro enloquecido. El trayecto de vuelta fue un espanto, no podía embragar debido al dolor y me cargué el cambio de marchas. Cuando al fin llegué a mi casa, dolorido y asqueado, me tumbé en la cama y la encontré encharcada, pues mi gato Adelo III se había ciscado en ella.»

«No hace ni dos semanas que salí del trullo y ya siento unos deseos irrefrenables de entrar en una casa y limpiarla de todo lo que tenga valor, incluidos animales domésticos o plantas exóticas. Tengo un par de ellas en mente. La primera es un adosado pintado de color rosa en el que viven dos lesbianas ricas que poseen la mayor colección de consoladores y vibradores del mundo, según el libro Guinnes de los records. La otra opción es incluso mejor: una casa de campo bastante aislada y permanentemente vacía de inquilinos y de enseres; por alguna extraña razón, me da un morbo inmenso robar en un lugar donde no hay nada que robar. Me considero un innovador vanguardista y ¡esto no lo ha intentado nunca nadie!»

«Me han dado un soplo que tiene muy buena pinta. Además, parece que sería un trabajo muy sencillo. Hay un tipo que guarda en una caja de zapatos debajo de la cama, un presostato de oro macizo. Aunque desconozco qué es y para qué sirve un presostato, si es de oro macizo, me interesa. Ya tengo planeado el día y el modo, sólo necesito un cómplice para que distraiga al dueño de semejante «lo que sea» mientras yo se lo birlo. He pensado en A, que se encuentra deprimido y necesita trabajar para sentirse vivo; el único problema es que es parapléjico y mudo.»

«Mi casa está llena de ñoquis, unas 7 toneladas, para ser exactos. La culpa fue de S, que es algo lerdo y escuchó una conversación en la que uno de los interlocutores le decía al otro que cierto bajo comercial que servía de almacén estaba «hasta los topes de pasta». Y efectivamente, estaba hasta los topes de pasta, pero italiana. Como no me gusta ir a trabajar y volver de vacío al redil, y seguramente porque era una noche de luna llena, decidí arramblar con el contenido total de los 2 contenedores que allí encontré. Creo que tengo pasta para alimentar a las regiones de Friuli y Trentino-Alto Adigio durante 10 años. Lo que más me molesta de esta situación es que soy celiaco y ni siquiera puedo prepararme un plato de ñoquis a la amatriciana sin sufrir fuertes diarreas y molestas dermatitis.»

«Mañana tengo que asistir a la convención anual de ladrones. Allí nos juntamos todos los cacos, carteristas,  mangantes, saqueadores, rateros, descuideros, timadores y atracadores del país y durante horas debatimos sobre los problemas que afectan a la profesión. Este año vamos a cambiar algunos puntos poco relevantes de los estatutos, en concreto el que valida el atraco con pasamontañas. Creemos que es más razonable que los que se dedican a esta rama de la profesión lo hagan a cara descubierta y completamente peinados, salvo los calvos, a los que se les permitirá atracar con bisoñé. Otro punto que hasta ahora provocaba conflictos se va a tratar de corregir. A partir de mayo de este mismo año, sólo se podrá atracar con revolver o cuchillo jamonero; quedan descartadas otras armas, como bates de beisbol o barras de hierro. Se trata de dignificar la actividad que nos alimenta y dotarla de cierta responsabilidad y compromiso por medio de la madurez, el conocimiento y sobre todo, la sensatez y la prudencia.»

«He estado a punto de asesinar a E con un tomahawk, pues el tío lo estaba pidiendo a gritos. ¿A quién se le puede ocurrir pedir ensalada de brotes de soja, arroz frito con curry y cerdo agridulce a un chino en mitad de un atraco a una sucursal bancaria? Pues el cernícalo lo hizo; y no le dió la gana seguir con el atraco hasta que se zampó la comida. Imaginaos la escena: los cajeros, el director y los clientes, entre ellos dos monjas de avanzada edad, tirados en el suelo y P y yo esperando a que el maldito botarate acabara de tragar esa mierda. ¡Y el capullo aún se quejaba de que no le dejáramos hacer otra llamada para pedir un Haagen dazs «Caramel, biscuit and cream»! Por lo menos, el golpe salió bien, aunque en ese momento en el banco sólo tenían en depósito 1365 euros y la caja fuerte resultó inexpugnable, con lo que salimos a 455 Euros por cabeza. Un poco menos, si descontamos los gastos de la infraestructura y la comida china de E.»

«Llevo unos 9 días sin fumar y aunque aún me subo por las paredes, estoy convencido de que erradicar este pernicioso vicio tendrá consecuencias favorables para el cumplimiento de mis obligaciones como ladrón. Ya estaba harto de que no se pudiera fumar en ningún comercio y era una autentica lata, mientras los desvalijaba, tener que parar cada 20 minutos para salir al exterior a fumar mi cigarrillo. Pero hay que ser consecuente con uno mismo y sobre todo cumplir las leyes y disposiciones: puedo ser un chorizo pero no un mal ciudadano. Nunca olvido que mi padre fue senador y mi madre magistrada del Tribunal Superior.»

«Estoy convencido de que N es retrasado mental y D oligofrénico. ¿Cómo se puede calificar a alguien que en mitad de un trabajo se pone a practicar Pilates? Y además, sin música de fondo adecuada y relajante, pues lo único que se escuchaba era el sonido de los ladridos de varios pitbulls de una granja vecina, seguramente alertados por el ruido que hacia D mientras abría los armarios haciendo palanca con un didjeridu de bambú que descolgó de una de las paredes. Ya no queda gente competente en la profesión: la mayor parte de los tipos cualificados, o bien se han hecho travestis o han estudiado abogacía y trabajan para diferentes bufetes. Creo que debería meditar sobre mi futuro y hallar una forma de vida alternativa, quizás estudiar filosofía o psicología. Lo que está claro es que sin especialistas, la profesión peligra.»

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Email del 27 de marzo 2012

Pierre Bonnard, Self portrait in a shaving mirror,1935

Querida:

Hay momentos en los que uno debe ponerse a practicar una especie de ejercicio de conciencia, por llamarlo de alguna forma, e intentar redescubrir la propia identidad. Eso es lo que estoy haciendo desde hace unos días y te puedo asegurar que está obrando milagros en mi cerebro, a estas alturas de la vida totalmente acongojado y en un estado que raya la parálisis total. Si alguien me hubiera advertido hace veinte años que mi status de macho alfa acabaría degenerando hasta una especie de estado semicomatoso auto inducido, le hubiera escupido en un ojo. Sobrevivir lleva consigo ciertas responsabilidades: comprar el pan, responder llamadas telefónicas o limpiar la cocina, pero malvivir es un ejercicio inútil que sólo está al alcance de los cenutrios como yo, que todavía esperan que cada nuevo día sea el definitivo, el único, la jornada sublime que dignifique un futuro próximo e inevitable y al mismo tiempo, repetitivo, sombrío e inconsecuente.

Los años pasan, se llevan con ellos los recuerdos y al mismo tiempo nos regalan arrugas y decadencia, pero mientras eso sucede, el precio de los antidepresivos sube y sube hasta límites insospechados. De repente, llega un momento en que te planteas volver a los orígenes, es decir, morir para volver a nacer, pero por supuestísimo con otra identidad, otro nombre, sin facturas apretujándose en el buzón y con el alma repleta de bondad y mansedumbre. ¿Te imaginas que me reencarnara en sacerdote? Por lo menos la cuestión del sexo sucio la tendría resuelta, pero…. ¿sería capaz de oficiar una misa sin dejar de cagarme en los muertos del ser humano como supremo y único sermón de la homilía?

El tiempo no puede estar parado, lo veo moverse a cada instante, incluso cuando me afeito, por eso me hago tantos cortes en la cara. El Universo se expande, lenta e invariablemente; mientras esta especie de milagro sucede, en algún lugar de la tierra hay un insecto volador que busca con frenesí una flor en la que posarse, un pistilo con el estigma repleto de polen que lo alimente, pero también hay un imbécil malparido que hace la vida imposible a todo el que ose acercársele a menos de treinta metros. Es lo que en mis momentos más bajos denomino «la terrible dualidad del sinsentido». ¿Para qué sirve ahorrar durante meses con el único propósito de comprarte unos pantalones de tergal si luego tienes que plancharlos? Sería preferible acumular la pasta hasta que sea suficiente para comprar una plancha eléctrica de vapor o una de caldera, aunque las primeras tienen la ventaja de que son más económicas, se pueden guardar en cualquier sitio y se calientan en un santiamén.

Si quieres que te sea sincero, estoy bastante cansado de hacerme siempre las mismas preguntas, pues siempre obtengo idénticas respuestas. ¿Por qué la colitis ulcerosa y un calzoncillo de seda son incompatibles? ¿Por qué tengo que descongelar la puta nevera? Alguien dijo una vez que las preguntas nunca son inconvenientes, pero sí las respuestas, por eso, desde ayer me hago las preguntas en croata, idioma del que no entiendo ni una sola palabra, para no sufrir un shock al tener que responderme.

Desde la inestabilidad que provoca la profundidad de los pensamientos, se despide de ti hasta mañana:

Greg

Email del 27 de marzo 2012 Leer más »

Email del 25 de marzo 2012

Alex Colville, Horse and train, 1954

Hola:

Tengo un problema. Puedo acariciarlo, puedo situarlo delante de mí y contemplarlo con lógica y distancia. A veces, cuando me inquieta lo guardo dentro de una jaula, pero a menudo no me queda más remedio que enfrentarme a él. A diferencia de otras preocupaciones, esta tiene ojos, nariz, boca, en definitiva, un rostro que me subyuga mientras se arrastra por mi conciencia. Cuando hace frío lo tapo, cuando hace calor lo desvisto. Sé que de alguna forma su hechizo me consume, pero no puedo estar demasiado tiempo sin sentir su mirada gélida y terrorífica hurgando orgullosa en mi memoria Lo acepto como parte del precio y no me importa demasiado la lenta agonía que me desgasta y me marchita. Por las mañanas se incrusta en mis recuerdos, por las noches danza en mis sueños. No puedo acudir a ningún lugar sin saber que de alguna forma le pertenezco, porque está dentro de mí y no puedo expulsarlo, ni siquiera dominarlo. Cuando lloro se regodea, cuando río me injuria. No necesito respirar porque él alimenta mis pulmones, no necesito ropa porque él calienta mi carne.

El invierno ha terminado, se ha esfumado de la misma manera y con el mismo ímpetu que lo hizo el año pasado, pero la sensación que me produce su alejamiento es completamente nueva. Ahora, un baño de luz clara y difusa ilumina mi rincón, recarga mis emociones y monopoliza mis sentidos. Pero el problema respira en mi nuca, me susurra a los oídos, lame mis heridas como la lengua de un niño lame un caramelo barato, y al mismo tiempo provoca otras nuevas; las inventa; las transforma, las altera a su conveniencia.

Contemplo en lo que me estoy convirtiendo. No puedo dejar de sentir una especie de satisfacción taladrando las ruinas. Quizá nunca debí cruzar esa línea. El éxtasis contamina mi orgullo, infectado y repleto de pústulas y abscesos que definen la forma pero no el efecto. Mientras planeo el movimiento, las aspas de mi pasado reciente modifican la oscilación, la colman de significados secretos y protegen la farsa en que se ha convertido el proceso. El borde resbala; la voluntad puede desplomarse en cualquier momento. Podría sujetarla con cinta adhesiva, pero ¿serviría para algo?

Soy un sonámbulo y mientras camino dormido, aspiro grandes bocanadas de vida y de muerte. Estiro las manos con la ilusión vana de tocar las paredes de la prisión que laboriosamente he fabricado. Estoy sólo: lo noto cuando grito y nadie tranquiliza mis lamentos, lo percibo cada vez que me acuclillo, desnudo mi espalda y no siento los azotes. El espejo está roto; voy a fabricar un cuchillo con uno de sus trozos. Las venas de mi cuello palpitan, se dilatan, esperan la señal. El problema ha vencido. Su victoria no es más que el principio.

Un saludo.

Email del 25 de marzo 2012 Leer más »

Email del 23 de marzo 2012

Marcel Duchamp, Fontaine, 1917

Buenos días:

Acabo de terminar una pequeña obra de teatro en un acto; espero que alguna vez pueda ser representada, aunque sea por los pacientes de una institución mental, al estilo de De Sade y el teatro del hospicio de Charenton. Espero que te guste, por lo menos espero que te rías un poco… La risa ayuda a mantener el espíritu libre a cambio de algunas arrugas irreversibles en la cara. Imaginate unos retretes con sus ocupantes dentro…

RETRETE 1: Perdone que le moleste, aquí no hay papel higiénico: ¿podría pasarme un poco del suyo?
RETRETE 2: Ahora mismo estaba pensando en la manera de limpiarme. Aquí tampoco hay.
RETRETE 1: Y eso que estamos en los lavabos de El Corte Inglés…
RETRETE 2: Tengo algunas facturas en mi maletín, creo que voy a utilizarlas, aunque no es nada higiénico.
RETRETE 1: ¿Podría pasarme algunas?
RETRETE 2: Espere que mire las que son prescindibles.
RETRETE 1: Dese prisa por favor, me esperan en una reunión muy importante. Es posible que hoy ascienda de categoría profesional.
RETRETE 2: Vaya, sólo hay una que no es importante, pues ya está pagada, pero es pequeñaja y de aspecto duro y repulsivo. ¡Y la tinta es negra!
RETRETE 1: Esto es una locura. Voy a quitarme la corbata y…
RETRETE 2: ¿Piensa asistir a una reunión de trabajo sin corbata?
RETRETE 1: ¿Qué quiere que haga? O uso la corbata o la foto de mi mujer que llevo en la cartera, pero es muy pequeña…
RETRETE 3: Perdonen que me inmiscuya en su interesante conversación. Aunque en este retrete tampoco había papel, yo siempre llevo un paquete de toallitas higiénicas en mi bolso.
RETRETE 1: Por favor páseme una o dos
RETRETE 2: Y a mí otras dos, y le estaré eternamente agradecido.
RETRETE 3: No hay ningún problema, tengo el paquete casi lleno, pero…
RETRETE 2: ¿Pero?
RETRETE 3: ¿Qué me dan ustedes a cambio?
RETRETE 1: ¿Quiere que le demos algo a cambio de unas putas servilletas higiénicas?
RETRETE 3: Por supuesto. En este mundo totalmente desquiciado ya no existe nada gratis. Compréndanme, si les doy dos servilletas a cada uno hacen un total de 4 servilletas y el paquete contiene 50 y cuesta 4.60 euros.
RETRETE 1: Está bien, especie de Shylock excremental, ahora mismo le doy 50 céntimos y espero que le agujereen el bolsillo.
RETRETE 2: Yo no tengo suelto ¿Tiene cambio de 5 euros?
RETRETE 3: No es dinero lo que quiero.
RETRETE 1: ¿No es dinero? ¿Entonces qué quiere de nosotros?
RETRETE 2: ¿No será usted un gay reprimido?
RETRETE 3: No me han entendido bien, quizá no me expliqué correctamente. Soy asquerosamente rico y heterosexual de nacimiento.
RETRETE 2: ¿Entonces?
RETRETE 3: Quiero que canten. Una canción, 1 servilleta. Así de fácil.
RETRETE 1: Esto debe ser una broma. Este tipejo quiere que le cante una canción para que pueda limpiarme el culo. ¿Pero qué clase de degenerado despreciable es usted, pedazo de chantajista de tercera?
RETRETE 2: Está bien, no quiero discutir, necesito esas servilletas. Cantaré porque tengo que ir a recoger a los niños del colegio y me quedan 10 minutos. ¿Qué canción quiere que cante?
RETRETE 3: ¿Sabe alguna de Shakira?
RETRETE 2: ¿De Shakira? Creo que sí, espere que…
RETRETE 1: ¿Va a cantarle a ese memo por un puto pedazo de papel mojado?
RETRETE 3: Y perfumado.
RETRETE 2: Creo que me acuerdo de una. Voy a intentarlo. [Cantando] «Por qué todos mis amigoooos ahora quieren ser tus amanteeeees. Tu familia se ha hecho grandeeeee».
RETRETE 3: Espere un momento. Quiero que baile como Shakira cuando la cante. Ese es el trato.
RETRETE 1: Esto es demencial. Usted debe ser un esquizofrénico furioso…
RETRETE 2: ¿Cómo voy a bailar con los pantalones bajados y en un sitio tan pequeño como este?
RETRETE 3: Ese es el trato.
RETRETE 2: Está bieeen, está bien. [Cantando y bailando] «Por qué todos mis amigoooos ahora quieren ser tus amanteeeees. Tu familia se hizo grandeeeee cuando pensaron que eras ricooooo».
RETRETE 1: Esto es insoportable.
RETRETE 2: «Y ahora como maníacoooos te rascan la espaldaaaa aunque no te piqueeeee».
RETRETE 1: Estoy harto de ustedes dos. Voy a limpiarme el puto trasero con la factura de Iberdrola que es bastante grande y me importa una mierda que rasque o que no absorba lo suficiente. Váyanse a la…
RETRETE 2: «Quiero entenderlo todoooo. Quiero entenderlo bieeeeen. Te quiero salvar de las cosaaas. Salvar de todo aquello que te cause dolooooor…»
RETRETE 3: En la última parte acaba de desentonar un poco. Era Si bemol y no Do, pero se lo perdono. Lo está haciendo muy bien… continúe, por favor.
RETRETE 1: Ahora resulta que será profesor de cante. Jajajajaja.
RETRETE 3: A usted por insolente le subo el precio. Tres canciones y dos bailes por media servilleta.
RETRETE 1: Váyase a la mierda, usted y su estúpida drogeria-perfumeria.
RETRETE 2: ¿Continúo? Se me está haciendo realmente tarde…
RETRETE 3: Continúe…
RETRETE 2: «Porque es una Ciudad Animaaaaaal. Es un mundo caníbaaaaal. Así que sé obedienteeeee. No discutaaaas. Algunos están preparados para morderteeeee».
RETRETE 1: Yo a ti sí te iba a morder idiota memo y estúpido cobarde…
RETRETE 3: Nueva subida de precio. Siete canciones por un cuarto de servilleta.
RETRETE 1: ¿Sabe lo que voy a hacer? Ahora mismo voy a salir y a partirle la boca desgraciado cerdo loco…
RETRETE 3: 12 canciones, 7 bailes, uno de ellos de break dance por un pedazo de servilleta de 5 cm cuadrados.
RETRETE 2: ¿Sigo cantando o me paga ya?
RETRETE 3: Siga, se lo ruego.
RETRETE 2: «Mi amoooooor».
RETRETE 1: Ya me he subido los pantalones. Ahora verá lo que es bueno. Voy a hacerle tragar el paquete de toallitas por la nariz.
RETRETE 2: «La gente cree que tu ahoraaaa tienes todo lo que deseabaaaaas»
OCUPANTE DEL RETRETE 1: Y usted cállese ya. [Abriendo la puerta del retrete 3] ¿Pero cómo? No hay nadie. ¿Qué está pasando aquí?
RETRETE 2: «Y desde que te convertiste en una estrellaaaaaa no tienes derecho a perreaaaaar…”
OCUPANTE DEL RETRETE 1: Esto es muy raro. ¿Con quién diantres estábamos hablando?
RETRETE 2: «Pero algún día cuando te equivoqueeeeeees te pondrán a la ventaaaaaa…»
OCUPANTE DEL RETRETE 1: ¡Cierre el pico ya, por todos los santos! ¡Abra la puertaaaa, abralaaaaaa. No hay nadie más que usted y yo en este puto aseo. Abra la puertaaaa!
RETRETE 2: No quiero. Estoy con los pantalones bajados. Compréndame.
OCUPANTE DEL RETRETE 1: Abra o la tiro abajo. [Golpeando la puerta con los hombros]
RETRETE 2: ¿Está usted loco?
OCUPANTE DEL RETRETE 1: ¡Abraaaa! [AL fin rompe el cerrojo y se abre la puerta]
RETRETE 2: Perdóneme, todo ha sido una broma. [Subiéndose los pantalones]. Tome mi tarjeta. Adiós…
OCUPANTE DEL RETRETE 1: [Leyendo anonadado] «Arturo Valles, actor vocal y ventrílocuo para fiestas, cumpleaños, bautizos…»
VENTRÍLOCUO: [Saliendo y cantando al mismo tiempo por la puerta del aseo hacia la planta del centro comercial]
«Es una Ciudad Animaaaaal. Es un mundo caníbaaaaal».

Un abrazo.

Email del 23 de marzo 2012 Leer más »

Email del 22 de marzo 2012

Louise Bourgeois, Cell XXVI, 2003

Amiga mía:

Tengo un amigo que es vigoréxico. Se pasa casi la totalidad de sus días haciendo ejercicio o practicando deportes extremos como sustitución distorsionada al miedo cerval que padece cuando se queda sólo en su hogar. El dice que así es feliz, pero yo siempre lo he dudado. L, que es la inicial de su nombre, vive en una casa muy coqueta, pues dedicó un montón de horas a decorarla, seguramente para su perro, un pequeñajo regordete y simpático que necesita amor constante y caricias interminables. A veces la gente se desvía y no sabe cómo recuperar el camino, por eso fabrica ilusiones con las que mantener su cerebro atareado; mi colega está bastante extraviado, pero no quiere darse cuenta; quizás alguna de las amistades que frecuenta no sean lo mejor para él, aunque crea que son una bendición del Nirvana. Y mientras el tiempo pasa y como una losa descarga años en su cuenta particular, L intenta vivir en un mundo irreal y quimérico, repleto de ruedas de patín, cuerdas de escalada, aspas de helicóptero o tablas de snowboard. Si tuviéramos que medir la felicidad por el número de muecas parecidas a una sonrisa, L se llevaría la palma, pero todos los que hemos vivido bastante en ambos lados de la línea, sabemos que hasta los desheredados, olvidados y excluidos pueden llegar a sonreír de una manera constante, aunque forzada, cara a la galería. A veces me pregunto: ¿qué es lo que verá reflejado cuando se mira en el espejo?

G es otro amigo, más bien diría que conocido, que pretende obtener la dicha por medio de la castración corporal. Se atiborra de dulces y pastas repletas de azucares saturados y grasa animal aunque sabe que el precio a pagar será alto e irreversible. Camina dando grandes zancadas por la vida y se lleva por delante a todo el que no pueda seguir su paso. Se cree mentalmente superior al resto y su cinismo desbordado hiere a todos los que le rodean. Adora la soledad, se autocomplace de su nihilismo, bastante forzado y se congratula de su sarcasmo inmoral y repelente. Sólo ama a las plantas y animales y a veces pienso que acabará colgado de una cuerda, aunque él lo niega con rotundidad. Dedica la mayor parte de su tiempo a compadecerse de sí mismo y cuando le sobra un poquito, escribe textos inocuos y lloriqueantes a toda prisa para justificar su existencia. Aunque en el fondo es un tipo tranquilo y sosegado, si alguien le saca de sus casillas (y no se necesita demasiado para hacerlo) estalla en arrebatos de furia que harían palidecer a los demonios de la perversidad que se esconden en lo más profundo del averno, a los que sin darse cuenta, rinde pleitesía con su negatividad asombrosa. A veces me pregunto: ¿qué es lo que verá reflejado cuando se mira en el espejo?

Aunque es un ser muy dotado intelectualmente, B, el tercer amigo sobre el que te cuento cosas, tiene momentos en los que se odia con todas sus fuerzas y se lo demuestra a sí mismo creyéndose una especie de patito feo «mal-aimé» mientras acusa a sus conocidos de que no le ofrezcan nada de nada, aunque en el fondo rechaza con su seriedad habitual todo lo que se le brinda o sencillamente no sabe distinguir entre una ofrenda y un préstamo, una oblación y un adelanto. Podría construir catedrales partiendo de un simple ladrillo roto cubierto de moho, pero prefiere cuidar jardines ajenos como medio de supervivencia mientras desgasta su talento asistiendo a reuniones desfasadas o manifestándose en huelgas en las que no hay nada que ganar y sí mucho que perder. Desconoce una ley fundamental de la vida biológica: el tiempo pasa; sus canas intentan recordárselo cada segundo de su vida, pero él prefiere taparlas con sombreros imaginarios y seguir viviendo de evocaciones o recuerdos. Tiene pocos amigos porque son pocos los que aprueban el examen de ingreso en su corporación milimétricamente diseñada, pero eso no le quita la ilusión de pensar que en algún lugar del cosmos existe vida inteligente. A veces me pregunto: ¿qué es lo que verá reflejado cuando se mira en el espejo?

A estas tres personas y a sus corazones de tela las quiero un montón, por eso me atrevo a ser duro con ellas. Ya sé que no las conoces y que es posible que te importen poco sus existencias, pero por algún motivo desconocido, hoy he sentido ganas de contarte en pocas líneas cómo noto que se pierden……..

Besos.

Email del 22 de marzo 2012 Leer más »

Email del 21 de marzo 2012

Bartel Bruyns, Vanitas, 1524

Querida:

Generalmente, cuando paseo por la calle voy completamente abstraído en mis pensamientos más profundos, que a veces son turbadores y desconcertantes, pero esta mañana me he dedicado a contar los ladrillos de la acera. Ha llegado un momento, cuando llevaba 22.763, en que he perdido la cuenta, por lo que he tenido que volver al punto de inicio y repetir todo lo andado hasta entonces. Al final, cansado de tantas matemáticas me he sentado en un banquito de un parque abarrotado por madres infelices con retoños felices, perros desdichados con dueños bienaventurados y ancianos desvalidos con muletas o tacatacs de aluminio cromado.

En un momento dado, mientras observaba fascinado cómo un crio se comía con deleite la tierra, seguramente repleta de cacas de can, la idea de la muerte ha monopolizado mi mente. ¿En qué pensará una persona durante los últimos años de su existencia? Quiero decir… todos esos abuelos que se asolean como lagartos frente a mí, con los ojos dirigidos a ninguna parte y con el paso del tiempo esculpido por innumerables arrugar en sus rostros, saben que el fin está próximo, parece ser que lo aceptan -¿qué otra cosa podrían hacer?-, sus conversaciones parecen muy animadas e incluso un par de veces los he visto reír con tanta fuerza que por un momento he pensado que tendría que ir a recogerles las dentaduras postizas del suelo.

Es posible, es más, estoy totalmente convencido, de que a esas avanzadas edades, nuestro cerebro está preparado, por llamarlo de alguna manera, para convertir la perfección absoluta de la muerte en una especie de mantra letánico subliminal que se introduce de manera espontánea en cualquier atisbo de diálogo o monólogo racional. Pero, aun sabiendo que la fauna cadavérica les espera hambrienta, y sabiendo que al final servirán de conejillo de indias para un forense frio, duro e impasible, ¿cómo es que no sienten ganas de llorar? Derramar agua, glucosa y proteínas por el lagrimal debería ser la consecuencia natural de pensar que sus vidas han sido absurdas o que se han caracterizado por una inexplicable vacuidad proporcional a sus hechos, causas y méritos, y que los pensamientos achacosos y claramente desvirtuados por la longevidad gratuitamente proporcionada por galenos y fármacos se estén cobrando un altísimo y desproporcionado precio.

Cuando una nube ha ocultado el tímido sol primaveral, la mayor parte de ellos se ha levantado y con pasos renqueantes aunque decididos ha emprendido la huida. Y yo he hecho lo mismo. Al llegar a casa y después de cerrar la puerta, me he dirigido desbocadamente rápido al armario de la cocina y me he tomado cuatro pastillas de ginseng rojo coreano y otras cuatro de ginkgo biloba con un zumo de naranja natural y recién exprimida. Tras eructar, me he puesto a hacer flexiones abdominales hasta que una repentina contracción muscular en el gemelo de la pierna derecha me ha recordado que funciono mejor castigando mi cuerpo y mostrándome cínico y distante. Y desde entonces (hace un par de horas) vuelvo a ser el mismo.

Besos

Email del 21 de marzo 2012 Leer más »