octubre 2017

Email del 20 de octubre 2017

Paul Gauguin. The dreaming (1892)

Las sensaciones inmanentes se agravan durante la vigilia. Mientras duermo, sueño. Y al soñar los sentidos fabrican representaciones de dudosa calidad existencial. No son reales, pero tienen la cualidad de emocionar cuando las recordamos despiertos y lúcidos. Pero no solo son capaces de conmovernos o estremecer cada centímetro de nuestra carne, nuestra piel, músculos o tendones sino que, en numerosas ocasiones, se convierten en nuestro asenso más directo a la representación de una o varias falacias bellamente trabajadas. Al igual que los recuerdos, los sueños se desbordan en la memoria. Y mientras rebosan se moldean, se transforman al gusto de cada emisor, que no es más que un consumidor. Un cliente de mentiras diseñadas a la carta. Un consumidor de alteraciones adulteradas que al igual que un heroinómano, necesita sentirse muerto mientras vive. Pero mientras el adicto a los opiáceos ha decidido acabar con todo de la manera más lenta y dolorosa, el necesitador emocional, sensitivo o, como quiera que pueda ser denominado este tipo de sujetos, intentará por todos los medios a su alcance convencer al resto de que lo único que le importa verdaderamente en esta vida es vivir eternamente. ¡Malditos imbéciles! ¿No se dan cuenta de que cada una de las contradicciones que anidan y malviven en sus interiores son como esos malditos entimemas que no tienen silogismos a los que aferrarse?

Yo soy yo. Por lo menos así era antes de dedicar mis horas a meditar en lo que acabaré convirtiéndome si sigo creyendo realmente que siempre seré yo. Yo soy yo, pero no fui yo, sino algo parecido a un yo subordinado a voluntades externas. Pero, aunque puedo llegar a saber cómo es mi yo actual y cómo pudo ser mi yo anterior, carezco de la inteligencia pragmática y clarividente que me permita dibujar las sombras y las luces del yo que todavía no ha sido. Y que puede que nunca exista. Porque aunque dentro de un segundo mi yo actual permita graciosamente paso al yo futuro, nunca dejará de permanecer en este Ahora inmediato. Somos Ahora. ¡Mierda, somos ahora! Nunca seremos ayer ni mañana. Nunca podremos ser diferentes. Quizá seamos capaces de engañar a nuestras percepciones.

Mi padre está convencido de que siempre seré el mismo gilipollas. Mi madre cree que mi alopecia es debida a mi manía de pensar tanto (y a mi mal carácter). Mis hermanos se ríen de sus gracias mientras me dan palmaditas en la espalda. Mi tía, la hermana de mi padre, está muerta, pero aún así estoy seguro de que piensa que soy mi propio enemigo. ¿Piensa eso? Me importa un carajo que un cadáver posea la facultad de pensar, pero si esa jodida cree que por el mero hecho de dictar sentencias de ultratumba va a hacer que mis opiniones sobre ella cambien, lo tiene bastante complicado. Yo sigo siendo yo. Sin las circunstancias. Con ellas solo soy un niñito que gime. Yo soy yo. Podría ser tú, él o alguno de vosotros, aunque entonces todo sería una inmensa y agobiante mierda y tendría que asesinarme. Y morir es superdoloroso. Y no es que siendo el yo -inefable e inevitable- de siempre sea el paradigma de la felicidad extasiante, es que si tuviera que ser vosotros, tendría que prepararme. Pero, ¿quién puede estar preparado para ser vosotros? Ni siquiera vosotros.

ORACIÓN

¡Tengo arrugas en la camiseta de algodón!
(Oh, perdónanos señor).
-¡Tengo arrugas en el corazón!
(Oh, perdónanos señor).
-¡Tengo arrugas en los testículos. Y os aseguro que son mis testículos, no los de Jehová!
(Oh, perdónanos señor).
-¡Tengo arrugas en las arrugas!
(Oh, perdónanos señor).

-¡Oh, perdónanos señor!
(¿Por las arrugas? ¿Por las arrugas en la camiseta de algodón?)
-¡Oh, perdónanos señor!
(¿Por tener arrugas en el corazón?)
-¡Oh, perdónanos señor!
(¿Por tener arrugas en los testículos? ¿Aunque no sean los testículos de Jehová?)
-¡Oh, perdónanos señor!
(¿Por tener arrugas sobre arrugas?)

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Email del 19 de octubre 2017

Jackson Pollock. Number 7 (1949)

Estoy negociando con la sensación de asco. Ella no se compromete y yo le permito algunas bagatelas. De esta manera nos evitamos someter a plebiscito si se queda en mi interior, o por el contrario debe procurarse otro cuerpo. Puede que algunas personas no comprendan la importancia que representa para mí poder sentir repugnancia. Y me gustaría dejar claro que mis palabras no forman parte de una percepción ingenua o de una monumental boutade, sino de una necesidad absoluta. Por supuesto, convendría clarificar que el fundamento de la necesidad puede estar sujeto a diversas explicaciones. Aunque no será ahora, ni seré yo quien esclarezca el asunto, pues todavía tengo que pelar los pimientos. ¡Siete kilos de pimientos! ¡No entiendo nada! Hace un rato he ido a una frutería a comprar kiwis, pues van muy bien para alguna de mis funciones corporales excrementales, y he acabado comprando los pimientos, pero también siete lechugas, siete berzas, siete calabacines, siete escarolas y seis -solo les quedaban seis- endibias. ¡Y no he comprado los kiwis! Y cuando me he marchado me han dicho «Adiós», «Adiós guapo» o «Adiós supermegaguapo» siete empleadas del establecimiento. Una de ellas de unos setenta y siete años.

Tengo siete propuestas. Pero también tengo siete picores diversos. Las propuestas son secretas, sin embargo, los picores son un incordio. Me gustaría tanto que cada propuesta se largara con uno de los picores y los incordios se aliaran con la sensación de asco de la que hablaba en el primer párrafo. Por cierto, me niego a que este texto esté formado por siete párrafos. Pero una cosa es «no querer» hacer algo, y otra «no poder dejar de querer» hacer algo. A primera vista, ambas locuciones pueden parecer más o menos semejantes, pero si nos fijamos bien repararemos en que (sobre todo los elementos humanos mayores de siete lustros) necesitamos volver a visitar con urgencia a nuestro oftalmólogo favorito.

La loba tenía cinco lobitos, no siete. Trimalcio tenía tres tristes tigres, no siete tristes tigres que traviesos triscaban trigo en un trigal. Y ese tipo que tenía tres ovejas en una cabaña, tenía tres ovejas en una cabaña, no siete ovejas en una jodida cabaña. Y punto. ¡Las cosas son como son! El número siete forma parte de mi enfermedad mental privada y exclusiva. Yo tengo los derechos y si a alguien le fastidia, que la tome con el ocho o el nueve. Está claro que no son tan dinámicos como el siete, pero con un poco de inteligencia emocional se puede hacer que el ocho parezca el nueve y que el nueve se asemeje al ocho. Pero si el ocho se parece al nueve, para qué queremos el verdadero nueve? Aquí hay algo que no funciona…

La sensación de asco me acaba de enviar una notificación firmada por la totalidad, menos siete, de sus componentes neuronales. En ella me indican que si vuelvo a saltar a la pata coja por la calle delante de más de siete testigos, acabarán por largarse de mi cuerpo y transformarse en una divisibilidad insatisfecha dispersa.

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Email del 18 de octubre 2017

Richard Mortensen. Movement in nature (1938)

Mi cuento corto titulado «Los movimientos apropiados» ha acabado en la basura. Ha sido realmente un movimiento apropiado el que ha deslizado ese montón de mierda, desde la carpeta donde aguardaba un millón de correcciones, a la siniestra papelera de reciclaje. Y va a ser otro movimiento, seguramente todavía más apropiado, el que deposite cuatro o cinco comprimidos de un gramo de clorazepato dipotásico en mi gaznate. Pero antes de rendirme al dios de los ansiolíticos quiero dejar claro que no existen los movimientos apropiados. Todo lo que he escrito en las tres primeras líneas no es más que una miasma de sandeces. Por esa razón voy a tragarme esos malditos derivados de las benzodiazepinas. Porque no tengo los suficientes cojones como para llevar hasta el límite una idea, por estúpida que esta sea. Si existieran de verdad esos movimientos apropiados, yo no tendría tan poca personalidad como tenéis vosotros. Y eso que vuestros inmundos movimientos apropiados no son ni la mitad de apropiados como son (o parecen) los míos. O mejor, como fueron los míos, cuando creía en la conveniencia de cualquier tipo de movimiento. ¡Aunque fuera renqueante, sosegado o excitado! Claro que desde entonces hasta hace cinco minutos mis ideas han cambiado y todo lo que antes me parecía adecuado ahora me produce escalofríos.

Pero también me produce escalofríos esperar que se produzca un cambio. Un cambio que termine con cualquier circunstancia invariable. Con cualquier respuesta conocida. En definitiva, que consuma esa maldita dejadez que nos singulariza. Desgraciadamente, sé que todo seguirá siendo como es, como fue y probablemente, como será. Sin transformaciones ni metamorfosis. Sin suposiciones pero con fingidas probabilidades. Gracias a ellas, nos levantamos cada mañana y nos acostamos cada noche. Y solo por ellas intentamos narcotizar los sentidos con el vano espejismo de que todo tiene que cambiar. ¿Todo? ¿Acaso vuestras ilusiones han crecido o menguado desde el primer día que las fabricasteis? ¡No! Son absolutamente iguales. Tantos años para, al final, no haberos desplazado ni un puto centímetro del lugar donde prometisteis que nunca todo sería «el mismo movimiento apropiado» de mierda. Sí, ese movimiento que se repite mientras transforma cualquier «Todo», grande o pequeñajo, en un montón de «Nada» o de «nadas».

Mientras escribo sobre ese tipo de movimientos apropiados, otro movimiento, desde luego inapropiado del todo, ha hecho que se me rompa la cremallera del pantalón. Si me hubiese sucedido ayer, seguramente me hubiera ido corriendo al aseo con una toallita de papel de celulosa en una mano y una foto de Charlize Theron desnuda en la otra. Pero hoy estoy contento. Dentro de un rato unas cápsulas mágicas crucificarán cualquier atisbo de distonía neurovegetativa. Entonces me sentiré maravillosamente intoxicado y me importará poco o nada quienes sois, para qué diantres servís y cuales son vuestras inquietudes o realidades. Dentro de unos minutos cada error pasado se convertirá en un error que no ha existido. Y lo que no existe no se mueve, ni apropiadamente ni de ninguna otra manera.

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Email del 16 de octubre 2017

Wassily Kandinsky. First abstract watercolor (1910)

Mi vida está totalmente deshidratada. Intento ponerla a remojo, pero entonces se arrugan los días. Es extraño, dicen que no existe el vacío realmente vacío, sin embargo yo guardo uno y lo relleno cuando puedo. A veces siento que no pertenezco a ninguna parte. Otras estoy convencido de que todas las partes, incluida esa «ninguna parte», no son más que una fracción de un Todo accidental y relativo. Por esa razón creo en la ausencia absoluta que define a la inexistencia. Pero también creo en las taranzanas topochas, aunque no sé para qué diantres pueden servir. Desde luego, no para hacer avanzar este jodido texto.

En mi casa no tengo sillas, así que cuando estoy cansado me siento en el suelo. Pero el suelo intenta evitarme. A menudo me sugiere que me siente en el techo y dé un respiro a las baldosas. Pero las baldosas tienen su propia opinión y, aunque están cansadas de aguantar mis posaderas, creen que es algo que forma parte de sus propios destinos y que el suelo debería medir sus palabras. Pero el suelo les contesta que, como superficie que las soporta, es él el que tiene derecho a la decisión final, sin buscar ninguna clase de consenso. Entonces las baldosas se ponen a discutir unas con otras y la situación acaba por tomar un cariz cómico. Cuando eso sucede, yo suelo engancharme en una alcayata con aspecto de metal hastiado que permanece incrustada en la pared y que ha llegado a un punto en la vida en que le importa todo un bledo.

¡Me gustaría tanto largarme! Pero por otra parte, necesito quedarme en el mismo emplazamiento. Solo permaneciendo mantengo el deseo de marcharme. Si me ausentara, aunque fuese por unos segundos, no podría regresar. Quizá por eso me retengo. Pero ¿debería seguir persistiendo? La verdad es que carezco de una respuesta coherente, así que prefiero dispersar las palabras, pero también los números, los modos y los tiempos. Podría trasladar la inmensa variedad de combinaciones que pueden adoptar cada una de las voces, pero entonces sería preciso que dotara de mayor precisión a cada incidente circunstancial. Y por supuesto, debería contar con el beneplácito de «ninguna parte», con la simpatía de las taranzanas topochas y el conocimiento adquirido de las baldosas, el suelo y esa alcayata metálica que seguramente morirá aburrida.

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Email del 15 de octubre 2017

Giotto. Foolishness (1306)

Me gustaría dirigir algunas palabras de disculpa a la gente que pueda leerme habitualmente, si es que existe alguien que se atreva a perder su valioso tiempo leyendo mis lloriqueantes y orgiásticos delirios más profundos. La verdad es que me siento culpable ante ellos por haber interpretado durante tanto tiempo a esa especie de clon de Lady Tremaine, con alopecia androgénica incluida. No, no estoy tan pirado como pueda parecer. Tampoco tengo problemas emocionales, intelectuales o espirituales, ni me hago pipí en la cama, a menos que esté en plena sesión de lluvia dorada con alguna profesional especializada en urolagnia undinista. La verdad es que cuando garrapateo mis intrascendentes experiencias -verídicas o manufacturadas- sobre una hoja de papel o una página de Word, no pretendo llegar a ninguna clase de público. Por lo menos público con apariencia humana. Escribo porque se me da muy mal cantar. Si mi voz fuera tan especial como la de Scott Walker y cantara igual que él, os aseguro que escribiría mi tía. Bueno, la verdad es que tengo una tía que ya ha publicado siete libros (cinco de cocina, uno con consejos para que no aparezcan granitos en las nalgas y otro sobre dimensión fractal y algoritmos recursivos).

Hay un número cada vez más abundante de pseudolectores subhumanos que me escriben correos electrónicos diciéndome que les doy miedo. ¡Es natural! No han leído más que tres o cuatro libros en su vida, entre ellos, «Mi primera cartilla», «El caudillo y la patria» o «Recitaciones escolares», y de repente, entran en un blog con un título tan extraño e intentan descifrar e interpretar algo que no está al alcance de sus seseras y que en un 95% es pura ficción. Por esa razón se sienten frustrados y lo pagan conmigo. La cuestión no es tanto que crean o no que soy una copia casi exacta de Gilles de Rais, ni mucho menos. Lo que verdaderamente me saca de quicio es que todavía pululen con libertad por nuestras calles, críen a sus hijos de la misma manera que fueron criados por sus progenitores y, en definitiva, que no emigren a Pakistán, se unan a los talibanes, se agencien algunos rifles de francotirador Dragunov y se pongan a disparar en todas direcciones.

Pero tampoco quiero ser tachado de cínico y sarcástico. Apelo a esos cenutrios, rucios y jumentos, para que, antes de emigrar a Oriente Medio (o Asia del Sur) a cantar canciones sobre el martirio intelectual, intenten entrar en una biblioteca y leer un poco. Solo un poco. Si lo hacen, un nuevo mundo se abrirá ante sus ojos y sus casi inexistentes cerebros se sentirán henchidos de felicidad y gozo. Está claro que al principio deberán conformarse con lecturas tipo «El niño que pellizcaba al sol», «La casa de Tomasa» o «Ellie y el dinosaurio volador», pero con tesón y un uso indiscriminado del tiempo puede que lleguen a comprender textos algo más complejos.

Ahora voy a apretar con fuerza el cilicio sobre el muslo derecho. Luego repetiré todo el proceso con el muslo izquierdo. Cuando termine con la mortificación, me prepararé un muslo de pollo asado a la cazuela, quizá con una guarnición de tomate y cuscús o limón y nueces. Por mi parte este texto está finiquitado. Concluido, rematado.

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Email del 14 de octubre 2017

Walter Battiss. Nose man (1968)

Estoy sentado en la terraza de una cafetería saboreando un té verde. Me gustaría tomármelo tumbado pero la camarera prefiere que me siente para no molestar al resto de clientes. También me gustaría que el té fuera de color rosado tipo Shocking pink crayola, pero la dueña del establecimiento me mira con fuego en los ojos cada vez que se lo pido con esas características. En la mesa contigua a la mía hay una pareja de unos treinta y pico años cogidos de la mano. Podrían cogerse de los pies pero necesitan seguir las normas, como el resto de habitantes del planeta. Solo con mirarlos sé que no están enamorados, que él se cambia de ropa interior cada ocho días y que tiene una amante con una cara similar a la que tenía Teodoro Eustaquio del Palatinado-Sulzbach el tercer día de su velatorio. Es increíble lo que puedo deducir mirando a alguien directamente a la nariz. Pero no a cualquier parte de ella. Para obtener resultados concluyentes es mejor dirigir la mirada a los orificios nasales, aunque eso implica posicionarse en ángulos concretos, sumamente sospechosos, y que suelen acarrear bastantes problemas. De ahí que prefiera tomar mis consumiciones tendido en el suelo.

Desde el suelo las cosas no se ven de la misma forma. Ni siquiera yo soy el mismo. Cuando me tumbo sobre el gres, el asfalto o la tierra, un millón de sensaciones recorren cada milímetro de mi columna vertebral. Y algunas manchas también. Las sensaciones me permiten dibujar un mapa desconocido de lo que somos, porque no hay otro remedio. O de lo que fuimos cuando nos dejaron tranquilos por unos instantes. O lo que seremos cuando todos cerremos el puto pico durante un par de minutos. Las manchas. Las manchas las elimino con Norit, el detergente del borreguito, que además de dejar mis pantalones y mis camisetas tan limpias como el culito de un bebé de clase alta, mantiene los colores vivos y brillantes.

Creo que voy a pagar la cuenta y a largarme de este antro. El tipo que se acaba de sentar a mi lado me da mala espina. Su nariz me dice que es un asesino en serie y que disfruta troceando a la gente. Pero no trocea en porciones medianas o grandes, no, le gustan los pedazos pequeños, de unos 2 centímetros cuadrados como mucho. Es lo que algunos psicólogos criminales llaman un descuartizador miniaturítico o reductivo. Ademas no para de sacarme la lengua y mojar los labios con ella. Sus labios, por supuesto. Si hubiera mojado mis labios, entonces, la cosa se habría puesto muy muy fea. Nunca he comprendido a la gente que asesina y descuartiza. Claro que tampoco comprendo para que sirven los tetraneutrones y por qué se denomina «Carrandanga» a cualquier montón de cosas.

Una vez se me apareció un alcalde. ¿Qué pasa? Hay infinidad de gente a la que se le ha aparecido Dios, su hijo Jesús, la Virgen en alguna de sus múltiples configuraciones o cualquier Santo o fulano canonizado por la Iglesia. A mí se me apareció un alcalde que llevaba muerto 258 años. Al principio la energía que desprendía hizo que se me aflojase el pantalón y los calzoncillos, pero al cabo de un par de ratos la luz azul brillante disminuyó y el espectro del regidor me miro a la cara y con aire bastante insolente me hizo un corte de mangas y desapareció.

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Email del 13 de octubre 2017

Piero Manzoni. Mierda de artista (1961)

Hace un siglo y pico, un sujeto llamado Allan Poe proclamó a los cuatro vientos -aunque se sabe a ciencia cierta que solo tres vientos lo escucharon- que «Todo lo que vemos o parecemos no es más que un sueño dentro de un sueño». Puedo aceptarlo. Puedo aceptarlo durante tres minutos. Y si no soy capaz de llegar al éxtasis con ese enunciado por más tiempo, no es porque me guste oponerme a todo, que me encanta, sino porque tengo otro que lo sustituye al mismo tiempo que lo complementa: «Todo lo que somos o parecemos no es más que una mierda dentro de otra mierda». Posiblemente la segunda caca es mucho más grande que la primera, porque tiende a añadirse. Si ambos excrementos tuvieran las mismas dimensiones, mi revisitación carecería de fundamento y me asaltarían algunas dudas relacionadas con la autoestima y sus misterios. Llegados a este punto, me gustaría añadir que me importa otra mierda -hoy estoy verdaderamente excremental- si los herederos de Edgar están en desacuerdo o prefieren procesarme. Y que conste que no soy un sujeto de extremos, aunque me apasiona llegar a ellos de una forma totalmente descontrolada, negando con pasión la existencia de un término medio entre ambos, pues aborrezco el orden lógico que pueden llegar a obedecer los términos o los enunciados en cualquier disquisición más o menos coherente y jubilosa, alejada por completo de la artificiosidad que proclaman las épocas, y a años luz de cualquier atisbo de afección preceptiva.

Sé, o por lo menos, debería saber, que todos mis juicios negativos dependen de una inmensa estructura de aspecto deforme que vive y se alimenta en mi interior. Y no se contenta con cualquier refrigerio, sino que me obliga a proporcionarle manjares cuyos sabores y olores estén por encima de la insípida simplicidad metafísica con que cada uno de los puntos negros que representan entes humanos nos obsequian a cada segundo de nuestras vidas. Por esa razón estoy convencido de que todo lo que somos o parecemos no es más que una mierda dentro de otra mierda. Y de que cada una de esas mierdas dimanan de otras mierdas superiores o incluso Supremas. Poco importa la calidad o la textura individual o colectiva. Las mierdas se apropian de las ideas sin mezclar los sentimientos. Por esa razón son mierdas. Y siguen el orden deductivo y racional de las mierdas, pues no deberíamos olvidar que las concordancias se coordinan para reemplazar y no para seguir manteniendo.

Estudiemos pues los excrementos, ese perfecto patrimonio humano. Valoremos sus cualidades, sus propiedades y su aspecto. Pero no nos dejemos llevar por las sensaciones inmanentes o incluso representativas. Seamos pragmáticos, no dogmáticos. Acerquémonos a esas pequeñas materias residuales que expulsamos del cuerpo para sentirnos mejores de lo que en realidad somos. ¿Qué es lo que vemos? ¡Materia! Materia color y esencia. ¿Existe algo más precioso en cualquier rincón del firmamento? Lo dudo. Y acepto los insultos, pero tomo nota de cada boca que los emite y de sus direcciones. Y de las direcciones de los hijos y familiares de los emisores. ¡Soy un tipo peligroso! Además la mafia rusa me hace descuentos proporcionales.

La humanidad conoce las evidencias morales. Las tolera y en ocasiones las altera segun convenga a los impulsos biológicos. Esos malditos y desgraciados empujes que hacen que nuestros días y nuestras noches abandonen la seguridad de la conceptualidad, a favor de la vorágine que se experimenta forcejeando con los órdenes contradictorios, aunque realmente persuasivos, que algunos llaman consciencia. Y cuando escribo el vocablo «consciencia», no me refiero a la apariencia que debe representar la audiencia por medio de la total obediencia para conservar su reprimida apariencia. ¡Y la nescencia! ¡Y la omnisciencia! Y la suficiencia que se necesita para proclamar la incontinencia (¿urinaria?). Y a la puta mierda la desipiencia, la coeficiencia y la eficiencia. Y las patatas fritas, que engordan y son las causantes de la acidez gástrica.

Nada resultaría tan sencillo como proclamar mi absoluta demencia existencial. Los juicios objetivos están hoy en día muy de moda. Incluso el número de poetas se ha multiplicado por un millón desde que existen los blogs y las redes sociales. Poco importa que el número de esos jueces semiobjetivistas o los pseudopoetas con pedorretas abunden más que los mosquitos que, por cierto, están en regresión. ¡Todo sigue siendo una mierda dentro de otra mierda! O una mierda sobre mierda, y sobre mierda una. Asomémonos a la ventana, y veremos al niño en la cuna.

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Email del 12 de octubre 2017

Eyvind Earle. Midnight blue (1983)

Era medianoche. Manuel Vallés estaba zurciendo unos calzoncillos negros de poliéster de fibra corta, con hilo blanco rústico monofilamento de algodón. Mientras hilvanaba, pespunteba, remendaba o ribeteaba, el resto de la gente, sus sueños más estúpidos o la frialdad desgarradora de los elementos le importaban muy poco. Solo con un alfiler de acero con cabeza de color para encajes entre los dedos se sentía protegido de lo que vivía, crecía y se multiplicaba al otro lado de su puerta. Entre hebillas, imperdibles, botones o cremalleras se consideraba un hombre de verdad. De esos que no necesitan tocarse continuamente el paquete para convencer al resto de su condición de macho alfa. Sabía que para el resto de subhumanos solo era un chalado afeminado. Y le gustaba. Le gustaba sentirse diferente. Le gustaba contemplar por el rabillo del ojo las caras de asco de sus familiares, de sus vecinos. ¡De las mujeres! De las mujeres que desconocían el tamaño descomunal de su cerebro.

Era medianoche. No parecía una noche normal, es decir, de esas que suelen ser repeticiones perfectas de las anteriores. Mientras reparaba los calzoncillos se pinchó accidentalmente en un dedo. La sangre comenzó a salir como secreciones escapadas a toda prisa de la glándula lagrimal de una divinidad caída en desgracia. Mientras contemplaba las formas rojas que se dibujaban sobre el suelo llegó a la conclusión de que llegar a cualquier tipo de conclusiones era una estupidez del tamaño de siete soles. Ya estaba harto de los típicos desenlaces. Necesitaba consecuencias. Y para obtenerlas, era importante prepararse unas cuantas justificaciones morales. De repente una sonrisa burlona, parecida a la de un pollito cuando es pisoteado y sobrevive sin ningún rasguño, desdibujó su rostro y volvió a llegar a otra conclusión. Pero afortunadamente fue una conclusión inconclusa. El no haber consumado la conclusión le llenó de esperanzas. Siempre había odiado las conclusiones atestadas o abarrotadas. No comprendía por qué no podía llegar a otro tipo de conclusiones que no fueran meras definiciones de libro.

Era medianoche. Todas las medianoches, excepto las de los jueves, el perro de su vecino ladraba desconsoladamente. Los jueves no alborotaba porque le tocaba maullar al gatito persa de otra vecina. ¡La vecina gorda y guapa que vestía como una furcia! Como una furcia que vive entre chulos. Como una furcia que vive entre chulos y tiene que aguantar los aullidos de dolor de sus perros. ¿Cómo puede sentirse una mujer cuyo gato solo puede quejarse de la vida que le permiten llevar solo un jodido día a la semana? ¿Cómo puede sentirse una gorda que no combina bien los colores y cuyo sentido del ridículo se fugó a otro multiuniverso, cuando las miradas serpenteantes de los dueños de esos perros, escrutan cada una de sus huellas marcadas por el peso de la miradas de Euriale, Esteno o Medusa?

Era medianoche o quizá un poco después. Poco importa eso ahora. Y no importa porque no existe un medidor de relevancias. Y supongo que nunca existirá. Porque si alguna vez está disponible, y todos y cada uno de nosotros intenta calcular la trascendencia de sus esplendidas miserias, el mundo tal y como lo conocemos ahora solo será… ¿Cómo es o cómo conocemos el mundo? ¿Existe el ahora? Yo creo que todos los adverbios temporales carecen del sentido de percepción exterior. Si existiera el ahora o pudiésemos ser capaces de explicar sin atragantarnos cómo es realmente el mundo, este texto carecería de valor y Manuel Vallés no perdería su tiempo arreglando unos calzoncillos que nunca más van a ser usados por él o por nadie. Porque los perros y los gatos persas no necesitan ocultar sus carencias.

No quiero volver a estar solo otra medianoche. Me gustaría tanto que explotaran. Que explotaran las medianoches. Que explosionaran y que cada uno de sus trozos se unieran al magma fundido que flota sobre nuestras cabezas y que tiene el poder que la geometría de lo absoluto le concede. Manuel ha apagado la luz. Creo que ha decidido acostarse. Desconozco si los maullidos del gato persa le dejarán concentrarse en las curvas fofas y desgalichadas de su futuro. ¡Está claro que los jueves son una puta mierda!

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Email del 11 de octubre 2017

Nicholas Roerich. Spell words (1922)

Las palabras fueron inventadas para que juntas, es decir, formando frases de un tamaño indeterminado, tuvieran sentido. No es lo mismo decir que «este bocadillo de atún con aceite de oliva está cojonudo» que «no chupchup de diez y media sale desde luego». Si una chica guapa con medidas despampanantes me susurra al oído «no chupchup de diez y media sale desde luego», sé que o quiere mantener una conversación táctil con mi espléndido cuerpo o se acaba de fugar de un centro penitenciario para reclusos enfermos mentales. Pero si por el contrario, esa misma chica, con esas mismas medidas prodigiosas, me comenta que «este bocadillo de atún con aceite de oliva está cojonudo», mi reacción lógica sería dar un mordisco al bocadillo y responderle que tiene toda la razón, o que no tiene razón alguna, o incluso que «no está mal, pero me gustaría más que llevase olivas rellenas con pimientos y anchoas», aunque en ese instante esté más pendiente del movimiento de su articulación coxofemoral que de su teórica habilidad culinaria con panecillos cortados en dos rebanadas y carne de pez osteíctio perciforme en su interior.

Entonces, si la mayoría de nosotros estamos de acuerdo en el valor intrínseco de los vocablos, ¿por qué en numerosas ocasiones necesitamos que nos repitan los enunciados? Quizá es que nos gusta demostrar nuestra afásica incompetencia. No sé. Todo lo relacionado con humanos suele terminar de forma confusa. No sucede lo mismo cuando interactuamos con animales. Ellos no fabrican preocupaciones falsas con el único motivo de justificar réplicas efectivas. No les preocupa el pasado ni asusta el futuro. Tienen suficiente con el presente y su excelsa encarnación llamada Aquí y Ahora. Si pudiera empezar de cero. Si tuviera otra oportunidad. Si los colores que representan el Todo pudiesen ser reclamados por mi Yo, parido y difuminado gracias al mismo movimiento continuo. Ese que descansa entre la cal de las paredes. Y que cambia de posición para no concentrarse en una extensa masa de uniformidad sin apariencia. Sin esencia. Sin pertenecer ni suspender. Pero con los ojos acuosos para proteger a los seres con branquias que viven en sus órbitas impregnadas. Esos que se asemejan a las respuestas involuntarias de los serafines. De los arcángeles. De cada uno de esos organismos mutilados por la incontinencia ilegítima de sus falsos creadores.

Me gustaría tanto derrocar a mi cerebro. Apresarlo, encadenarlo, juzgarlo y ajusticiarlo. Pero antes de destruirlo le pagaría una sesión especial con cuatro prostitutas de lujo. Y supongo que se dejaría humillar, vejar, pisotear, por ocho pechos, sus respectivos pezones y cuatro vaginas con diferentes formas de ver lo que es o debería significar una buena erección controlable, estable y palpable. Todas las erecciones, o rigideces, empalmes, o como quieran ser definidas, sean totales o parciales, deberían terminar con un sacrificio. Todos y cada uno de los verdaderos o falsos orgasmos deberían ser incontrolados. No, no me estoy volviendo loco. Y para demostrar mi lucidez, volveré a repetir lo que creo que es muy importante: las erecciones deben ser controlables. Los orgasmos incontrolables. Volveré a repetirlo: las erecciones deben ser controlables. Los orgasmos incontrolables. Volveré a repetirlo: las erecciones deben ser controlables. Los orgasmos incontrolables. Volveré a repetirlo: las erecciones deben ser controlables. Los orgasmos incontrolables. Volveré a repetirlo: las erecciones deben ser controlables. Los orgasmos incontrolables. Volveré a repetirlo: las erecciones deben ser controlables. Los orgasmos incontrolables. ¡Supongo que os habrá quedado claro!

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Email del 4 de octubre 2017

M.C. Escher. The Drowned Cathedral (1929)

Hace bastantes años entré en la Catedral. Supongo que mi tasa de alcohol en sangre aquel día superaba la media de aquella época, ya bastante alta de por si y rozando a menudo el coma etílico. Podría decir en mi descargo que iba buscando un club de alterne y por equivocación acabé en esa iglesia de Iglesias, pero mentiría. Jamás he estado a menos de dos kilómetros de meretrices o proxenetas, si exceptuamos aquella vez que fui de visita guiada a la sede de cierto partido político. Ocurrió cuando gané una rifa organizada por la embotelladora de gaseosas de la marca que me gustaba por entonces. Era una bebida bicarbonatada y cálcico nitrogenada que me hacía yum yum yum en el labio superior cuando la bebía y que… ¡Creo que me estoy yendo por las ramas! Os pido perdón.

Atravesé el portón de madera bellamente trabajada y un repentino escozor -similar al que produce una fisura anal, pero multiplicado por tres, cuatro o cinco- me recorrió el cuerpo. Como no sabía que hacer, decidí contar las arañas de patas largas que cubrían algunas paredes y la totalidad de los retablos. Pronto me aburrí y opté por enumerar y clasificar ancianas de patas cortas. Esas que van vestidas de arriba a abajo de negro y que según como les da la luz pueden llegar a parecer aguacates demasiado maduros, ya sabéis, esos que solo sirven para elaborar guacamole o aderezo para ensaladas.

No pasó demasiado tiempo cuando di por terminada la visita y salí a tomar el aire a la calle. En ese instante se apareció algo parecido a un espectro con rostro de sapo y cuerpo de santo asceta que me susurró que no me deprimiera buscando la razón de mi estancia allí. Después de croar durante la sexagésima parte de una hora continuó con su perorata y añadió que todo en esta dimensión sucede para dar salida a esa especie de relación existente entre las causas y los efectos que algunos, sobre todo los que han estudiado más de tres años, denominan «casualidad». Pero las casualidades dejan de ser eso, es decir, casualidades, cuando se suceden de la misma forma, en un contexto similar, en un determinado lapso de tiempo. Entonces pasan de comportarse como una jodida casualidad a un absoluto coñazo. Y los coñazos, sean o no absolutos, me producen una sensación extraña, parecida a la que siente una niñita de ochenta y cuatro años cuando su padre, sin previo aviso, se levanta de la tumba y le introduce una mierda de perro todavía caliente por el escote.

Supongo que a nadie le interesa saber por qué entré ese día en la Catedral. ¡Me da igual! A mí tampoco me interesa saber nada de lo que les ocurre a vuestras vidas. Ni a las de vuestros familiares o mascotas. Ni siquiera a las de vuestros amantes. Me importa muy poco si fulanita usa Vaginesil porque le pica el chumino o si menganito tiene tres testículos. ¡Joderos! ¡Dejadme en paz! ¡Sois destructores!

Email del 4 de octubre 2017 Leer más »