Email del 20 de octubre 2017
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| Paul Gauguin. The dreaming (1892) |
Las sensaciones inmanentes se agravan durante la vigilia. Mientras duermo, sueño. Y al soñar los sentidos fabrican representaciones de dudosa calidad existencial. No son reales, pero tienen la cualidad de emocionar cuando las recordamos despiertos y lúcidos. Pero no solo son capaces de conmovernos o estremecer cada centímetro de nuestra carne, nuestra piel, músculos o tendones sino que, en numerosas ocasiones, se convierten en nuestro asenso más directo a la representación de una o varias falacias bellamente trabajadas. Al igual que los recuerdos, los sueños se desbordan en la memoria. Y mientras rebosan se moldean, se transforman al gusto de cada emisor, que no es más que un consumidor. Un cliente de mentiras diseñadas a la carta. Un consumidor de alteraciones adulteradas que al igual que un heroinómano, necesita sentirse muerto mientras vive. Pero mientras el adicto a los opiáceos ha decidido acabar con todo de la manera más lenta y dolorosa, el necesitador emocional, sensitivo o, como quiera que pueda ser denominado este tipo de sujetos, intentará por todos los medios a su alcance convencer al resto de que lo único que le importa verdaderamente en esta vida es vivir eternamente. ¡Malditos imbéciles! ¿No se dan cuenta de que cada una de las contradicciones que anidan y malviven en sus interiores son como esos malditos entimemas que no tienen silogismos a los que aferrarse?
Yo soy yo. Por lo menos así era antes de dedicar mis horas a meditar en lo que acabaré convirtiéndome si sigo creyendo realmente que siempre seré yo. Yo soy yo, pero no fui yo, sino algo parecido a un yo subordinado a voluntades externas. Pero, aunque puedo llegar a saber cómo es mi yo actual y cómo pudo ser mi yo anterior, carezco de la inteligencia pragmática y clarividente que me permita dibujar las sombras y las luces del yo que todavía no ha sido. Y que puede que nunca exista. Porque aunque dentro de un segundo mi yo actual permita graciosamente paso al yo futuro, nunca dejará de permanecer en este Ahora inmediato. Somos Ahora. ¡Mierda, somos ahora! Nunca seremos ayer ni mañana. Nunca podremos ser diferentes. Quizá seamos capaces de engañar a nuestras percepciones.
Mi padre está convencido de que siempre seré el mismo gilipollas. Mi madre cree que mi alopecia es debida a mi manía de pensar tanto (y a mi mal carácter). Mis hermanos se ríen de sus gracias mientras me dan palmaditas en la espalda. Mi tía, la hermana de mi padre, está muerta, pero aún así estoy seguro de que piensa que soy mi propio enemigo. ¿Piensa eso? Me importa un carajo que un cadáver posea la facultad de pensar, pero si esa jodida cree que por el mero hecho de dictar sentencias de ultratumba va a hacer que mis opiniones sobre ella cambien, lo tiene bastante complicado. Yo sigo siendo yo. Sin las circunstancias. Con ellas solo soy un niñito que gime. Yo soy yo. Podría ser tú, él o alguno de vosotros, aunque entonces todo sería una inmensa y agobiante mierda y tendría que asesinarme. Y morir es superdoloroso. Y no es que siendo el yo -inefable e inevitable- de siempre sea el paradigma de la felicidad extasiante, es que si tuviera que ser vosotros, tendría que prepararme. Pero, ¿quién puede estar preparado para ser vosotros? Ni siquiera vosotros.
ORACIÓN
¡Tengo arrugas en la camiseta de algodón!
(Oh, perdónanos señor).
-¡Tengo arrugas en el corazón!
(Oh, perdónanos señor).
-¡Tengo arrugas en los testículos. Y os aseguro que son mis testículos, no los de Jehová!
(Oh, perdónanos señor).
-¡Tengo arrugas en las arrugas!
(Oh, perdónanos señor).
-¡Oh, perdónanos señor!
(¿Por las arrugas? ¿Por las arrugas en la camiseta de algodón?)
-¡Oh, perdónanos señor!
(¿Por tener arrugas en el corazón?)
-¡Oh, perdónanos señor!
(¿Por tener arrugas en los testículos? ¿Aunque no sean los testículos de Jehová?)
-¡Oh, perdónanos señor!
(¿Por tener arrugas sobre arrugas?)
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