Email del 14 de octubre 2017

Walter Battiss. Nose man (1968)

Estoy sentado en la terraza de una cafetería saboreando un té verde. Me gustaría tomármelo tumbado pero la camarera prefiere que me siente para no molestar al resto de clientes. También me gustaría que el té fuera de color rosado tipo Shocking pink crayola, pero la dueña del establecimiento me mira con fuego en los ojos cada vez que se lo pido con esas características. En la mesa contigua a la mía hay una pareja de unos treinta y pico años cogidos de la mano. Podrían cogerse de los pies pero necesitan seguir las normas, como el resto de habitantes del planeta. Solo con mirarlos sé que no están enamorados, que él se cambia de ropa interior cada ocho días y que tiene una amante con una cara similar a la que tenía Teodoro Eustaquio del Palatinado-Sulzbach el tercer día de su velatorio. Es increíble lo que puedo deducir mirando a alguien directamente a la nariz. Pero no a cualquier parte de ella. Para obtener resultados concluyentes es mejor dirigir la mirada a los orificios nasales, aunque eso implica posicionarse en ángulos concretos, sumamente sospechosos, y que suelen acarrear bastantes problemas. De ahí que prefiera tomar mis consumiciones tendido en el suelo.

Desde el suelo las cosas no se ven de la misma forma. Ni siquiera yo soy el mismo. Cuando me tumbo sobre el gres, el asfalto o la tierra, un millón de sensaciones recorren cada milímetro de mi columna vertebral. Y algunas manchas también. Las sensaciones me permiten dibujar un mapa desconocido de lo que somos, porque no hay otro remedio. O de lo que fuimos cuando nos dejaron tranquilos por unos instantes. O lo que seremos cuando todos cerremos el puto pico durante un par de minutos. Las manchas. Las manchas las elimino con Norit, el detergente del borreguito, que además de dejar mis pantalones y mis camisetas tan limpias como el culito de un bebé de clase alta, mantiene los colores vivos y brillantes.

Creo que voy a pagar la cuenta y a largarme de este antro. El tipo que se acaba de sentar a mi lado me da mala espina. Su nariz me dice que es un asesino en serie y que disfruta troceando a la gente. Pero no trocea en porciones medianas o grandes, no, le gustan los pedazos pequeños, de unos 2 centímetros cuadrados como mucho. Es lo que algunos psicólogos criminales llaman un descuartizador miniaturítico o reductivo. Ademas no para de sacarme la lengua y mojar los labios con ella. Sus labios, por supuesto. Si hubiera mojado mis labios, entonces, la cosa se habría puesto muy muy fea. Nunca he comprendido a la gente que asesina y descuartiza. Claro que tampoco comprendo para que sirven los tetraneutrones y por qué se denomina «Carrandanga» a cualquier montón de cosas.

Una vez se me apareció un alcalde. ¿Qué pasa? Hay infinidad de gente a la que se le ha aparecido Dios, su hijo Jesús, la Virgen en alguna de sus múltiples configuraciones o cualquier Santo o fulano canonizado por la Iglesia. A mí se me apareció un alcalde que llevaba muerto 258 años. Al principio la energía que desprendía hizo que se me aflojase el pantalón y los calzoncillos, pero al cabo de un par de ratos la luz azul brillante disminuyó y el espectro del regidor me miro a la cara y con aire bastante insolente me hizo un corte de mangas y desapareció.