Email del 13 de octubre 2017

Piero Manzoni. Mierda de artista (1961)

Hace un siglo y pico, un sujeto llamado Allan Poe proclamó a los cuatro vientos -aunque se sabe a ciencia cierta que solo tres vientos lo escucharon- que «Todo lo que vemos o parecemos no es más que un sueño dentro de un sueño». Puedo aceptarlo. Puedo aceptarlo durante tres minutos. Y si no soy capaz de llegar al éxtasis con ese enunciado por más tiempo, no es porque me guste oponerme a todo, que me encanta, sino porque tengo otro que lo sustituye al mismo tiempo que lo complementa: «Todo lo que somos o parecemos no es más que una mierda dentro de otra mierda». Posiblemente la segunda caca es mucho más grande que la primera, porque tiende a añadirse. Si ambos excrementos tuvieran las mismas dimensiones, mi revisitación carecería de fundamento y me asaltarían algunas dudas relacionadas con la autoestima y sus misterios. Llegados a este punto, me gustaría añadir que me importa otra mierda -hoy estoy verdaderamente excremental- si los herederos de Edgar están en desacuerdo o prefieren procesarme. Y que conste que no soy un sujeto de extremos, aunque me apasiona llegar a ellos de una forma totalmente descontrolada, negando con pasión la existencia de un término medio entre ambos, pues aborrezco el orden lógico que pueden llegar a obedecer los términos o los enunciados en cualquier disquisición más o menos coherente y jubilosa, alejada por completo de la artificiosidad que proclaman las épocas, y a años luz de cualquier atisbo de afección preceptiva.

Sé, o por lo menos, debería saber, que todos mis juicios negativos dependen de una inmensa estructura de aspecto deforme que vive y se alimenta en mi interior. Y no se contenta con cualquier refrigerio, sino que me obliga a proporcionarle manjares cuyos sabores y olores estén por encima de la insípida simplicidad metafísica con que cada uno de los puntos negros que representan entes humanos nos obsequian a cada segundo de nuestras vidas. Por esa razón estoy convencido de que todo lo que somos o parecemos no es más que una mierda dentro de otra mierda. Y de que cada una de esas mierdas dimanan de otras mierdas superiores o incluso Supremas. Poco importa la calidad o la textura individual o colectiva. Las mierdas se apropian de las ideas sin mezclar los sentimientos. Por esa razón son mierdas. Y siguen el orden deductivo y racional de las mierdas, pues no deberíamos olvidar que las concordancias se coordinan para reemplazar y no para seguir manteniendo.

Estudiemos pues los excrementos, ese perfecto patrimonio humano. Valoremos sus cualidades, sus propiedades y su aspecto. Pero no nos dejemos llevar por las sensaciones inmanentes o incluso representativas. Seamos pragmáticos, no dogmáticos. Acerquémonos a esas pequeñas materias residuales que expulsamos del cuerpo para sentirnos mejores de lo que en realidad somos. ¿Qué es lo que vemos? ¡Materia! Materia color y esencia. ¿Existe algo más precioso en cualquier rincón del firmamento? Lo dudo. Y acepto los insultos, pero tomo nota de cada boca que los emite y de sus direcciones. Y de las direcciones de los hijos y familiares de los emisores. ¡Soy un tipo peligroso! Además la mafia rusa me hace descuentos proporcionales.

La humanidad conoce las evidencias morales. Las tolera y en ocasiones las altera segun convenga a los impulsos biológicos. Esos malditos y desgraciados empujes que hacen que nuestros días y nuestras noches abandonen la seguridad de la conceptualidad, a favor de la vorágine que se experimenta forcejeando con los órdenes contradictorios, aunque realmente persuasivos, que algunos llaman consciencia. Y cuando escribo el vocablo «consciencia», no me refiero a la apariencia que debe representar la audiencia por medio de la total obediencia para conservar su reprimida apariencia. ¡Y la nescencia! ¡Y la omnisciencia! Y la suficiencia que se necesita para proclamar la incontinencia (¿urinaria?). Y a la puta mierda la desipiencia, la coeficiencia y la eficiencia. Y las patatas fritas, que engordan y son las causantes de la acidez gástrica.

Nada resultaría tan sencillo como proclamar mi absoluta demencia existencial. Los juicios objetivos están hoy en día muy de moda. Incluso el número de poetas se ha multiplicado por un millón desde que existen los blogs y las redes sociales. Poco importa que el número de esos jueces semiobjetivistas o los pseudopoetas con pedorretas abunden más que los mosquitos que, por cierto, están en regresión. ¡Todo sigue siendo una mierda dentro de otra mierda! O una mierda sobre mierda, y sobre mierda una. Asomémonos a la ventana, y veremos al niño en la cuna.