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| Edvard Munch. The murderer (1910) |
Querida:
La siguiente conversación tuvo lugar hace aproximadamente tres meses. La escuché a través del tabique que me separa de los vecinos del siguiente patio impar a las seis de la tarde, más o menos. Me faltan por transcribir unos dos minutos del comienzo, ya que los gritos empezaron justo cuando yo estaba cosiendo el cierre de la nueva bragueta de uno de los pantalones más viejos de mi fondo de armario.
MARIDO: Perdona la tardanza, pero me he encontrado con Sofronito de Guadasuar y nos hemos tomado unas birras mientras nos poníamos al día. Lo siento. Lo siento mucho. No volverá a suceder.
ESPOSA: ¿Sofronito de Guadasuar?
MARIDO: Sí, Sofronito de Guadasuar. En realidad se llama Sofronio y nació en Algemesí pero sus padres abrieron una tritrioteca en Guadasuar y se mudaron allí.
ESPOSA: ¿Y qué hace un tipo de Guadasuar aquí?
MARIDO: Sofronito vive en Guadasuar pero a veces viene a ver a sus hijos que viven con su ex, Ristina.
ESPOSA: ¿Ristina?
MARIDO: Bueno, se llama Cristina pero como tiene un miedo cerval a la letra C la llamamos Ristina.
ESPOSA: ¿Pretendes que me crea toda esa mierda? ¡Desde luego eres un genio inventando argumentos imposibles! Deberías dedicarte a la literatura psicopática.
MARIDO: Te estoy diciendo la verdad. Salí como hago todos los días a la misma hora a comprar tabaco y me encontré con Sofronito. ¡Eso es todo!
ESPOSA: Ayer te encontraste a Clodoveo, antes de ayer al ministro de justicia al que conociste hace 20 años en una acampada frenética y hace tres días a no sé quién. Y así día tras día. ¡Tienes un montón de amigos raros! Por cierto, aunque llevamos siete años casados, no ha sido hasta hace unos minutos que he llegado a la conclusión de que si tú no fumas, ¿por qué cojones tienes que salir a comprar tabaco a diario?
MARIDO: Compro tabaco para regalárselo a los sintecho que fuman. Es mi manera de ser útil a la sociedad.
ESPOSA: ¿Intentando que los mendigos acaben con cáncer? ¿Esa es la forma que tienes de sentirte mejor contigo mismo?
MARIDO: Por lo menos hago algo. ¿Tú qué haces? Te tiras todo el día apoltronada en el sofá viendo la tele.
ESPOSA: No veo la tele. Miro al infinito, lo que pasa es que la tele está en la misma dirección…
MARIDO: Ya ni siquiera hacemos el…
ESPOSA: ¿El amor?
MARIDO: Ni siquiera hacemos el bonoloto juntos…
ESPOSA: Será la bonoloto. Pero no cambies de conversación. Dime ahora mismo qué haces todas las mañanas de nueve a once y media?
MARIDO: Llevo años diciéndotelo. ¡Salgo a comprar bataco!
ESPOSA: ¿Lo ves? Eres un mentiroso. Tú mismo te has traicionado. No sales a comprar tabaco sino bataco… ¿Qué es el bataco?
MARIDO: ¡Estoy harto.! Ya no puedo más. ¡Me voy a mear!
ESPOSA: ¡Tú siempre orinas a la una menos diez!
MARIDO: Pues mira, hoy voy a hacerlo antes…
A partir de ese momento ya no volví a escucharlos ese día. De hecho no he vuelto a escucharlos desde entonces. Y como te he dicho al principio, hace casi tres meses que tuvo lugar la bronca. A menudo pienso que debería desplazarme a su portal y preguntar al conserje. El problema es que tanto ellos como yo vivimos en un barrio deprimido donde ninguna comunidad de propietarios puede asumir semejante lujo. Claro que también podría interrogar al cronista de la calle, un tipo que sabe casi todo lo que se cuece en esta parte del barrio. Pero da la casualidad que el cronista es mi vecino, el que se tomó algunas cervezas con Sofronito de Guadasuar para hacer tiempo y no aguantar al espantajo insoportable de su mujer más horas de las necesarias. Observarás que he escrito que «el cronista es mi vecino» en lugar de «era mi vecino» porque todavía no sé si está vivo, se fugó con Sofronito de Guadasuar hasta un lugar más allá de la línea del horizonte o fue asesinado por su señora en un arrebato despiadado. Existe la posibilidad de que fuese él el que acabara con la vida de su señora y luego se largara a otro país o incluso acabase haciendo una especie de seppuku en un vano intento de terminar con todo lo más rápido posible y en el menor tiempo factible.
La existencia, tal y como nos la quieren vender las corporaciones, se me antoja como un adarme. Como el adarme de una badomía. Imagina que entre los más de 7500 millones de personas que viven en el planeta existiera uno, uno solo, que se refiriese a sí mismo como un tipo verdaderamente feliz, feliz de verdad. Y no me refiero a esa multitud de badulaques que cada día proclaman su dicha a través de Facebook o Instagram, sino a un tipo satisfecho con su pasado y su presente, también denominado «Aquí y Ahora». ¿De verdad eres capaz de imaginarlo? Yo no puedo. ¡Y te juro por el mismo Sofronito de Guadasuar que lo intento a cada instante! Bueno, digamos que lo intento una vez cada siete u ocho jornadas existenciales. Mis jornadas existenciales se repiten cada nueve días, por lo que lo intento menos de lo que debería, pero ya no me importa en absoluto, pues sé que nunca llegaré a visualizar la felicidad, ni siquiera como el cortometraje que antecede al film de mis días y mis noches.
Hace un instante he imaginado los dos minutos anteriores. Me refiero al diálogo de mis vecinos, ya sabes, ese que no pude escuchar.
MARIDO: ¡Hola! ¡Ya estoy en casa!
ESPOSA: ¡Ya estás en casa!
MARIDO: ¿Quieres que vuelva a salir?
ESPOSA: Te esperaba hace más de una hora.
MARIDO: Bueno, pues ya estoy aquí…
ESPOSA: ¡Ya estás en casa!
MARIDO: ¡Ya estoy en casa!
Pero también me he imaginado lo que ocurrió cuando el tipo salió de mear.
MARIDO: ¡Mierda! ¡He meado sangre! ¡He meado sangre!
ESPOSA: ¡Te jodes!
MARIDO: ¡Te jodes tú!
ESPOSA: Siempre termino jodiéndome a mí misma por no joderte a ti mismo, ya que tú lo haces muy bien.
MARIDO: ¿Joderme a mí mismo?
ESPOSA: Joder a destajo. ¿A dónde vas?
MARIDO: A la cocina.
ESPOSA: ¿Qué haces con ese cuchillo? ¿Vas a pelarte una manzana? Deberías comer la piel, dicen que es magnífica para el estreñimiento.