Email del 29 de septiembre 2012
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| Edgar Degas, Friends at the-theatre Ludovic Halevy and Albert Cave 1879 |
Amiga mía:
Hace apenas un ratito, o quizá dos ratitos -últimamente no controlo bien el paso del tiempo-, mientras regresaba a casa de mi acostumbrado paseo matinal, he coincidido en una esquina con un colega al que hacía casi 10 años que no veía; y eso que ambos vivimos en el mismo barrio. Este tipo, al que antaño llamábamos «Hijo de Einstein», era increíblemente inteligente y culto; podía hablar de casi cualquier tema y nunca se cansaba de ejercer de maestro particular. Nos explicaba lo que desconocíamos despacio, como si fuéramos avestruces retrasadas mentales, hasta que comprobaba que habíamos asimilado la esencia de la idea. Jamás se jactaba de su cultura, al contrario, le costaba demostrarla y sólo lo hacía para responder a nuestras preguntas, que eran muchas. Al principio nos hemos saludado efusivamente y con cierto regocijo, ya sabes, la alegría que se experimenta cuando vuelves a ver a alguien que en una época determinada de tu vida significó mucho, pero esa alegría, por lo menos por mi parte, se tornó en incredulidad cuando empecé a comprobar que «hijo de Einstein» ya no era el mismo: rehuía cualquier conversación que no fuera sobre los viejos tiempos, sobre todo si era sobre cultura; sólo me hablaba de bragas y sujetadores, escupía continuamente al suelo y se comportaba como si fuera «esnifabragas», el hijo del violador del distrito. Estaba claro que algo le había cambiado, y no para mejor. Todos sabemos que el incesante pasar de los años puede ser funesto, pero jamás me hubiera imaginado que pudiera cambiar tanto a alguien. Después de una conversación de unos 20 minutos, le choqué la mano y me despedí. Él se limitó a escupir a un gato que pasaba por allí, se dio media vuelta y se alejó como si nada hubiera sucedido y como si el encuentro conmigo sólo hubiera sido parte de ese cúmulo de casualidades circunstanciales que se cruzan en el camino, pero a las que no hay que permitir de ninguna manera justificar el instante.
Por eso me alegro de dedicar unas cuantas horas diarias a los ejercicios de flexiones mentales; aunque alguna vez he sufrido alguna que otra dislocación cerebral, en conjunto estoy convencido de que resultan satisfactorios; sobre todo para esa clase de sujetos como yo, a los que les encanta subsistir aprendiendo, más que nada como terapia existencial y no por convertirse en adalides intelectuales, listos para vomitar sapiencia y erudición sobre la cara de los incautos que se encuentren a su lado. Es posible que dentro de 300 años pueda llegar a considerarme a mí mismo como una persona culta, pero de momento me conformo con saber que puedo escribir mi nombre sin faltas ortográficas y que, comparado con la inmensa mayoría de cenutrios que pululan por mi barrio, se me puede tachar de «elemento ilustrado», aunque a veces tenga cierta dificultad para conversar sobre dispositivos manométricos o biología molecular. De momento, intento no acercarme demasiado a nadie que no pueda enseñarme algo, aunque sea cómo chupar un langostino sin mancharse las manos y, lo que es más importante, sin hacer el menor ruido. Seguramente pensarás que siempre se puede aprender incluso del cenutrio más infrahumano, y de alguna forma estoy de acuerdo. También se puede aprender observando a un jabalí defecar pero, francamente, ¿para qué quiero despilfarrar tres minutos de mi azarosa vida contemplando cómo evacúa un jabalí pudiendo perderlos chupando una raíz de regaliz? No sé si me explico bien. Siempre dará más sombra un árbol que una brizna de hierba.
Ahora, mientras trato de poner punto final a este email, estoy inhalando el veneno en forma de humo cancerígeno que me proporciona un cigarrillo. Tengo claro que el alquitrán y el resto de productos tóxicos que contiene a la larga causarán problemas irreversibles en mi organismo, pero me es indiferente. Entonces, si lo analizamos detenidamente, o soy masoquista o idiota, o es posible que ambas cosas a la vez, pues estoy matándome lentamente en lugar de dispararme en la boca con un revolver del 45, que es la forma que utilizaría un ser realmente inteligente. Pero mientras existan -y te puedo asegurar que existen- individuos que son capaces de fumarse la pistola o incluso descerrajarse un tiro con el cigarro, no puedo dejar de considerarme por encima de ellos, y eso implica creer que soy un ser especial y una fuerza racional única.
Besos (y abrazos)
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