Email del 24 de septiembre 2012

Goya, Hasta su abuelo (1799)

El rebuzno ¿es innato o adquirido? (Ensayo atribulado sobre la estulticia o por qué resulta más fácil echarle las culpas al gato)

Pensar puede llegar a ser duro, pero no hacerlo es realmente trágico y nos acerca un poco a nuestros antepasados los ladrillos. Mientras pensamos o tratamos por todos los medios de creer que lo hacemos -aunque en la mayor parte de los casos no se trate mas que de una improvisada toma de conciencia inútil y un absoluto desperdicio de tiempo-, nuestro sentido de la percepción muta y se transforma en un oasis de narcisismo y autocomplacencia que haría palidecer de envidia hasta al mismísimo Jesucristo en mitad de una de sus innumerables, falsamente angustiosas e improductivas oraciones en el huerto de Getsemaní. Pensamos, los que verdaderamente tenemos ese don y lo cultivamos, porque desarrollamos una imperiosa necesidad de sentirnos humanos trascendentes más allá de lo que representa pertenecer a una raza asesina y egoísta. Mientras nuestros recuerdos se agolpan en la memoria, tratamos por todos los medios de maquillarlos con la solemnidad y parafernalia más típica y al mismo tiempo más siniestra. Y llega un momento en que la realidad pretérita se vuelve ficción. Y como autores de esa ficción sobrealimentada no tenemos otra salida que glorificarla y hacerla creíble para los que tienen la desgracia de rodearnos, de soportarnos, a veces incluso de envidiarnos. Pensamos en pasado porque nos resulta más sencillo que anticiparnos al futuro; mientras razonamos en pasado y nos esforzamos en diseñar el futuro, olvidamos el ahora, el presente, el aquí. Y es ese mismo abandono el que nos hunde irremediablemente. A algunos de nosotros nos complace ese movimiento absurdo y le sacamos cierto provecho, pero a la mayor parte de sujetos los esclaviza y sienten que deben luchar contra esa inerte herejía, aunque desconocen el motivo, el proceso o la solución. Son humanos porque lo han leído en algún libro o simplemente lo han aprendido en documentales, y eso les basta. Tienen que comportarse como humanos, aunque realmente estén más cerca del simio primigenio que de la fastuosidad pomposa del ser inteligente, con capacidad casi ilimitada para comprender, asimilar, procesar información y utilizarla para solucionar contratiempos.

Recibimos toneladas de datos pero tenemos serios problemas para almacenarlos. Nuestra memoria es violada con frecuencia por nuestros deseos inmaduros y ese estúpido afán de protagonismo que nos ha afeado durante más de 50.000 años. De poco ha servido evolucionar hasta caminar de forma bípeda: seguimos siendo monos, y a veces incluso procedemos peor que ellos. Sólo hace falta echar un vistazo a los libros de Historia, para darnos cuenta en qué clase de bestia cruel y despiadada nos hemos convertido. Psicométricamente hablando, hemos tocado el techo. Comportarnos de una manera más ilógica es imposible. Sólo nos queda relamernos de gusto mientras tratamos de aparentar que tenemos todo dominado, aunque realmente la mayor parte del tiempo ni siquiera podemos controlar esos impulsos que florecen, sobre todo, debidos a la tremenda necesidad de indecisión que nos caracteriza y que de alguna forma, por qué no, nos avasalla y nos domina. Esa necesidad de indecisión que aparentemente nubla nuestra sublime capacidad de aprendizaje no es más que un comodín trabajosamente incrustado en el chip de los recuerdos con el único fin de desarrollar una absoluta incapacidad para resolver esos incómodos lapsus inducidos artificialmente debido, entre otras razones, a la pereza congénita que al mismo tiempo que nos dignifica como monos erguidos y evolucionados nos desentiende de cualquier obligación para con nuestra salud racional.

De todos es sabido que aparte de enfermedades, la genética nos proporciona una perfecta excusa por medio del factor hereditario. ¡Es tan sencillo escabullirse y echar la culpa de nuestra inmadurez social y de la estulticia que nos envuelve a los dichosos genes! Pero hay algo más. Mucho más. Existe lo que yo, dentro de mis limitadas capacidades científicas, llamo el sentido del retroceso consentido y que, en los momentos en que me encuentro dichoso y falsamente genial, explico a los ineptos, que sólo saben hacer un círculo con la ayuda de un compás, con una pregunta fácil pero capciosa: ¿el rebuzno, es innato o adquirido? Hasta el momento, ninguno de los cenutrios a los que he atosigado con la dichosa cuestión ha podido contestarla sin rascarse la cabeza. Puede parecer una estupidez, pero racionalizar la pregunta puede llevar a ciertos individuos a sufrir un repentino ataque de lucidez que puede sumirles en una especie de suicidio racional. Está claro que, exceptuando algunos elementos francamente infrahumanos, la mayor parte de nosotros sólo rebuzna cuando está enfadado o simplemente porque el consomé del chef le ha parecido intragable. Pero la cuestión no es si rebuznamos o mugimos, ni siquiera si resoplamos o ululamos. El asunto es mucho, mucho más complicado. Y sólo podría demostrarlo con otra pregunta, eso sí, un poco menos rebuscada y simplona que la anterior: ¿por qué somos absolutamente incapaces de desarrollar todo o la mayor parte del poder que nos otorga el cerebro? Es posible que parte de la culpa se deba a lo que algunos osan llamar, no sin cierta ironía, herencia cultural, y que es trasmitida de generación en generación como un lastre o carencia silenciosa que nos permite echar la culpa de nuestras propias vacilaciones, de nuestras definitivas ganas de escurrir los bultos. ¿Quiere decir esto que los descendientes de los ignorantes están condenados de por vida a sufrir esa misma carencia que se les impone desde la cuna? Muy probablemente, pues así conviene a ciertos estamentos.

A veces, más por diversión que por otra razón, intento comprender lo que se esconde en algunas cabezas, pues no noto gran diferencia entre éstas y un moho mucilaginoso, esa especie de cruce entre hongo y animal que todavía desbarata a los micólogos y zoólogos, pero pocas veces puedo llegar a una conclusión que estabilice mis ansias de conocimiento a través de la observación psicológica y la refutación accidental. De lo que estoy plenamente convencido es de que me alegro de pertenecer al grupo de seres que lubrican continuamente sus neuronas, o que por lo menos lo intentan. No tengo más que acercarme a un zoquete para saber que dependemos de nuestra capacidad de aprendizaje para consentir que nos definan como libres. Aunque somos seres de opiniones invariables, deberíamos valorar que el hecho de sentirse libre no es tener la capacidad para hacer lo que te de la gana en el preciso instante en que te apetece; eso no es libertad, no nos engañemos, eso es nada más y nada menos que imbecilidad y frustración a partes iguales. Y la imbecilidad es una cárcel, pero es una cárcel en la que uno se encierra por decisión propia, excluyendo, por supuesto, a los nacidos con alguna forma de retraso mental. Y como en todas las prisiones, llega un momento en que los presos son incapaces de vivir en completa libertad, de inhalar el aire no viciado que se respira tras sus muros, en definitiva, de salir de sus celdas más rehabilitados y con la conciencia social deseablemente definida.

Mientras el acto de escabullirse sea tan sencillo y sus consecuencias tan a largo plazo, el número de acémilas y desgarbados mentales aumentará exponencialmente. De hecho, ese número es tan demencial que causa un pavor terrorífico entre los idealistas del razonamiento que ven como el nombre de Homo sapiens se aplica con verdadera alegría tanto a unos como a otros, sin distinción.