enero 2011

Email del 21 de enero 2011

 

Leon Golub, «Interrogation» (1981)
Faustino o la oligospermia del semen ario

(Este cuentecito, que todavía no está acabado, ni siquiera corregido, se lo dedico a tres amigas discutidoras)

Faustino Abad es un hombre bueno, sus amigos y familiares pueden dar fe de ello. No tiene enemigos y los niños y los perros le adoran. Es un tipo amable, bondadoso y especialmente correcto con las señoras y los ancianos. Solo una cosa le afea: la bromhidrosis, pero eso no parece afectarle demasiado, aunque sí a su familia, especialmente, cuando para relajarse se quita los calcetines en el salón de su hogar.

Estamos en pleno invierno y las hojas de los arboles hace tiempo que dejaron de caerse y ensuciar las aceras. Faustino sale a la calle ataviado con 2 camisetas de manga larga , una de ellas de felpa, un jersey de cachemira, un polar liso encima y un abrigo de piel, pues sufre de enfisema pulmonar hereditario, esa horrible enfermedad respiratoria, desde que era un bebé. Caminando con pasos lentos pero seguros, todas las mañanas se acerca a dar de comer a las palomas a las siete en punto. El problema es que a esa hora tan temprana no hay palomas y el mijo acaba depredado por las ratas, para disgusto de Fermín, el barrendero, que las teme y las odia.
Como entra a trabajar a las ocho, aun le queda tiempo para tomarse un cortado descafeinado de máquina con leche natural y sacarina, acompañado de un croissant pequeñito. Francisco, el dueño y camarero del bar JONS, le acerca el periódico ABC y ambos se entregan a discusiones fachosas que harían estremecerse de horror al mismísimo Blas Piñar.

FAUSTINO: Deberían quemarlos a todos. Estoy harto de ver a tantos sentados en los parques. Ni siquiera puedo dar de comer a las palomas sin miedo a que alguno me saque una navaja y …
FRANCISCO: (Cortándolo a mitad de frase): Putos panchitos. Deberían estar cazando monos en sus selvas y no aquí jodiéndonos con sus culos repelentes y deformados que afectan a la visión.
FAUSTINO: ¿Por qué no damos una batida esta noche? Ya hace mas de 2 meses que…
FRANCISCO: (Volviéndolo a cortar): Esta noche es martes, me toca polvo con la parienta.
FAUSTINO: ¿Pegáis los polvos los martes?
FRANCISCO: Los martes y jueves. Y un sábado cada 15 días.
FAUSTINO: Yo hace más de 2 años que no me acuesto con mi mujer.
FRANCISCO: ¡Pero si eres viudo!
FAUSTINO: Por eso no me acuesto con ella

A las ocho menos cuarto nuestro héroe se acerca a BUENAVIDA, el geriátrico donde trabaja como contable, pero antes charla amablemente con Dorita la recepcionista.

FAUSTINO: Buenos días, Dorita, preciosa ¿Cómo se encuentra hoy tu madre?
DORITA: Ayer la trasladaron a planta. Hoy a las once le hacen una densiometría ósea , y esta tarde sobre las seis un TAC.
FAUSTINO: Me alegro de que se encuentre mejor. ¿Qué haces mañana a las dos? Te invito a comer en un chino.
DORITA: No puedo, a esa hora tengo clase de parto fácil.
FAUSTINO: Pero si tú no estás embarazada…
DORITA: Claro que no, tonto, pero me gusta una de las profesoras…..

Un día normal de trabajo como contable comienza cuando a Faustino le traen las cuentas de la jornada anterior. Como invariablemente nunca cuadran, le toca repasar junto al ordenador filas y filas de números que parecen no acabar nunca. De vez en cuando aparca los dígitos y se acerca al váter a orinar y a mirarse a espejo.  Le encanta alisarse el poco pelo que le queda hacia atrás, embadurnándolo de gomina de la marca Loreal. A veces se encuentra con otro meón y mantienen una pequeña conversación de trabajo.

MEÓN : ¡ Faustiiiiino! que te veo el pepiiiiiino. jajajaja
FAUSTINO: Eres muy gracioso, pero esta vez sí que me he subido la bragueta, lo he confirmado tres veces.
MEÓN : Por cierto, sabes lo que le ha pasado a Bernardo, el jardinero?
FAUSTINO: No, ¿qué le ha sucedido?
MEÓN : Ayer por la noche lo atracaron a punta de pistola.
FAUTINO: ¡ Sudacas! seguro. Putos panchitos…
MEÓN : Noooo, fueron del barrio. Ya los han detenido, aunque uno de ellos se ha escapado.
FAUSTINO: Vaya. ¿Qué es ese ruido?  ¿Hay alguien cagando?
MEÓN : Sí está el gilipollas de… ¡cuidado, que sale!
CAGÓN: Joder, no se puede cagar a gusto, qué ruido hacéis, y qué conversaciones más repelentes…
MEÖN: Repelentes, los ruidos de tu barriga, deja de comer fibra y verás como no haces esos pluf pluf plufs tan desagradables, parecías un geiser en ebullición
CAGÖN: Me vas a chupar la polla….
FAUSTINO: Señores, vuelvo al trabajo, ya sabéis: el trabajo os hará libres.
CAGÖN: Espera, esa frase estaba en, en, creo que,¡ estaba en la entrada de Auschwitz !!!
FAUSTINO: ¿y qué?

Las ventajas de ser contable son ínfimas en comparación con sus muchos inconvenientes. Te pasas la jornada prácticamente solo, los ojos se funden tras pasar tantas horas seguidas frente a la pantalla del ordenador; el coxis y parte de la espalda se resienten y para colmo y por deseo del supervisor, algunas webs están restringidas, sobre todo las de chicas desnudas…
Las horas se suceden como a cámara lenta, los recuerdos golpean su mente en una especie de incesante letanía, algunos hacen daño, otros son más encantadores y le provocan una desacostumbrada sonrisa.
A la hora del almuerzo, Faustino saca un fajo de papelotes enrollados y en muy mal estado que lleva atados con un roído pedazo de hilo de palomar. Estas hojas profusamente garabateadas son su más preciado tesoro y es casi seguro que mataría por ellos. Ahora llega el gran momento, la media hora de éxtasis reconfortante y verdaderamente placentera; pero como siempre sucede con estos momentos inolvidables, alguien entra en su despacho y le interrumpe.

INOPORTUNO: Faustino, tío, estoy harto de los putos abuelos y de cambiar sus putas cacas. ¡Joder! no le cambio las mierdas a mis hijos en casa y me toca aquí hacerlo a un montón de seniles apestosos.
FAUSTINO: ¿Por qué no llamas antes de entrar?
INOPORTUNO: He llamado, pero como no me has respondido, he entrado ¿Qué es eso? Ah tus putos inventos. ¿Coño si febrero está ahí al lado. ¿Te vas a presentar no?
FAUSTINO: Sí, claro
INOPORTUNO: ¿Y qué vas a presentar este año? Recuerda lo que te sucedió en el anterior congreso de inventores aficionados. Ya sabes, ese leotardo líquido para los días abrasadores de verano. O hace un par de años, jajajaja el teléfono-tostadora de pan, aún me parto cuando recuerdo la cara del juez con la oreja tostada, jajaja
FAUSTINO: Fue culpa suya, quiso telefonear a su amante y se equivocó de teléfono.
INOPORTUNO: Sí, ya, pero te demandó, jajaja
Faustino: Bueno ¿qué es lo que quieres?
INOPORTUNO: Nada, venía a hacer tiempo. ¿Qué vas a presentar este año? Una faja musical? jajaja
FAUSTINO: El transbaser.
INOPORTUNO: ¿El transbaser?
FAUSTINO: Sí, el transbaser.
INOPORTUNO: ¿Y qué coño es eso?
FAUSTINO: Bueno, es una complicada máquina del tamaño de un bebé hipopótamo que transforma la saliva humana en cerveza light.
INOPORTUNO: Jajajaja ¿Y por qué no en cabernet o amontillado, jajaja qué cosas tienes.
FAUSTINO: Te estoy diciendo la verdad. Oye, solo me quedan veinte minutos de la hora del almuerzo y tengo que acabar algunos planos del transbaser.
INOPORTUNO: El transbaser, ya, bueno chaval te dejo, voy a ver si echo una meada, y luego al tajo, ¡putos yayos del demonio! Hasta luego nene.

Los segundos, los minutos y las horas se asemejaban a los de cualquier día. Dentro de ese cuerpo frustrado y lleno de engañosa amabilidad latía un corazón iracundo que no tardaría en explotar.
A la hora de la comida, Faustino se marchó a casa. Aunque solía zamparse un bocadillo frío en el bar JONS, pues solo disponía de 2 horas escasas antes de retomar de nuevo su trabajo, está vez decidió dar una vuelta por la parte vieja de la ciudad, abarrotada de inmigrantes que de alguna forma intentaban alimentarse y alimentar a sus familias, que vivían a miles de kilómetros. Mientras caminaba contaba para sus adentros a todos los ecuatorianos que veía. Cuando la cifra se hizo demasiado abultada, calculó que ya habría pasado una hora y media y volvió sobre sus pasos al geriátrico. Mientras caminaba un tanto ausente y con la cabeza todavía llena de números, divisó a lo lejos a Chipi. Le llamaban así por que cuando las cosas se ponían feas repetía  hasta la extenuación su apodo. Faustino gritó su nombre con una voz retumbante y repleta de autoridad, pero Chipi no le hizo caso y siguió su camino. Cuando volvió a llamarle con una salvaje pero feroz modulación atonal, un Chipi temeroso acudió a su encuentro.

FAUSTINO: Hijo de puta, Chipi. No vuelvas a tomarme por tonto.
CHIPI: No te había visto, perdóname.
FAUSTINO: Prepárate, pronto te llamaremos para otra «cacería». Por la última no apareciste, cabrón y Raúl tuvo que dar las hostias. Y ya sabes que es un cagado y ni siquiera sabe atizar.
CHIPI: No voy a ir. Ya estoy harto. Soy yo el que golpea. Solo veis en mi un cabeza de turco. Estoy harto, harto
FAUSTINO: Tu harás lo que te digamos.

(Continuará)

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Email del 17 de enero 2011

 

Goya, «Saturno devorando a sus hijos» (1821-23)

Miasma de circunloquios irónicos definitivos acerca del supuesto homo sapiens racional

Aunque el cerezo sea azotado por los elementos siempre seguirá manteniendo su forma inicial
(Proverbio vietnamita)

NOTA: Esta desencantada despotricación está repleta de insultos y defecaciones verbales dedicadas al ser humano, así como alabanzas y loas benditas consagradas a los animales no racionales entre los cuales, a veces, me incluyo. Generalizar siempre me ha parecido un acto despreciable e imbécil; estoy completamente seguro de que existen humanos que valen la pena, pero debido a que la proporción entre estos y los rastreros o depravados es de 1 por cada 100.000, me he tomado la licencia de excluir a los primeros y dedicarles en un futuro más o menos inmediato un panegírico especial.

Un humano dispone del arma más absoluta jamás creada: la inteligencia. Con ella es capaz de algunos actos buenos y que, de alguna forma, pueden honrarle, pero también de las más abyectas atrocidades. Ser humano implica olor de pies, pero al mismo tiempo maldad, crueldad, ferocidad. La mal llamada raza humana es un cáncer de la creación que se retroalimenta de una asquerosa sustancia amarillenta producida por el cuerpo en estado infeccioso llamada pus.

La convivencia del ser humano con la naturaleza es una verdadera idealización, una estúpida utopía. Al homo sapiens solo le interesa la destrucción, para después de la catástrofe, aplicarse a una improductiva e inútil construcción. Así es como creen que prosperan los cimientos de su insultante sociedad. Para conseguir sus fines viles, el ser humano está perfectamente diseñado con el don de la vacuidad absoluta, que con gran placer llevan al extremo más dogmático posible. Todo lo que enriquezca es permisible en aras de la involución, todo lo que uno pueda robar en el mínimo tiempo posible, engrandecerá el vicio del sinsentido ruin y despreciable.
Jean Paul Sartre con su lucidez y lógica habitual escribió «Lo más aburrido del mal es que a uno lo acostumbra». ¡Caray! No puedo dejar de repetirme esa frase como un jodido mantra incesante que lentamente agujerea los límites de mi convicción, a estas alturas muy seriamente dañada.

La organización cerebral de un animal irracional no permite el engaño y la malicia. Su perfecto diseño neuronal funciona exclusivamente desde un nivel de racionalidad lejano para la psique de cualquier ser humano. A veces rebuznar, ladrar, ulular, bramar, relinchar, maullar o mugir tiene más significado que una susurrante, y por otro lado, perfectamente modulada, palabra de amor (o de guerra). Por que las palabras de amor y de guerra pueden significar justo todo lo contrario escupidas por una laringe humana.

Llegados a este punto, se me ocurren algunas preguntas fundamentales. ¿Qué clase de desvarío mental nos impulsa el deseo de hacer el mal? ¿Cómo puedo cambiar de una vez por todas esa visión alternativa acerca de la concepción y falsa supremacía del Ser? ¿Es lícito fabricarse una venda artificial que cubra los ojos cuando no queremos que la auténtica realidad nos abrume ?

Personalmente, sólo tengo que mirar a un perro a los ojos para darme cuenta de que hay más lealtad, compañerismo, amor verdadero, pasión por el juego, carencia de indisciplina y corrección en formas, que en la mayor parte de la gente que conozco o he conocido. Cuando juego con un gato siento que verdaderamente no estoy perdiendo el tiempo, cuando abrazo a un burro y percibo su comodidad y su perdón a mi repentina intromisión en su vida es cuando ciertamente sé que de alguna forma, existe eso que algunos llaman libertad, ese concepto idealizado que pocos tienen el placer de experimentar en toda una vida de insumisión al estado y bajeza moral. Incluso cuando una paloma defeca sin piedad sobre mi cabeza sin pelo o sobre tu jersey nuevo marca Benetton deberíamos dar gracias por ser los elegidos. Pero no lo hacemos. Nos es más fácil blasfemar que participar, porque maldiciendo demostramos lo lejos que nos encontramos del universo físico, al mismo tiempo que ponemos en acción el gran defecto innombrable heredado genéticamente del mono: evitamos las dificultades por mínimas que estas sean, en otras palabras y como alguna vez cantó Peter Hammill: ¡¡¡ es tan fácil escabullirse!!!

Quiero suponer que existe vida inteligente en la Tierra y posiblemente en otros planetas. Sospecho que incluso alguno de mis conocidos pueda ser listo y yo aún no me he percatado. Creo firmemente que el nivel de estulticia de mi cerebro es considerable y patético. Presiento que el caos producido por la delimitación isolineal en el planisferio de nuestros sentimientos, es ciertamente formidable y carece de solución real, por lo que estamos condenados a vagar sin rumbo con las caras cubiertas por representaciones inexistentes de máscaras internas que usamos a conveniencia, y que nos sirven para ocultar la vergüenza de nuestros actos.

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Email del 14 de enero 2011

 

Philippe de Champaigne, «Vanitas» (1671)

En el año 49, un tal San Pablo (Pablito para los colegas) redacta y envía (sin acuse de recibo) una carta a los gálatas. Éstos se la devuelven argumentando que está repleta de faltas ortográficas y comparan su redacción con la de un ornitorrinco meningítico.

Tambien en este año, el gran filósofo Séneca se convierte en tutor del emperador Nero Claudius Cæsar Augustus Germanicus (AKA Neron),  humano bastante aficionado a los incendios.

49 es el número de polvos seguidos que, según el, le pegó un amigo mío a su novia el día que la selección española ganó algo (en estos momentos no recuerdo qué). Ignoro si la novia después de este ataque seminal vivió para contarlo.

Aunque he mirado en internet más cositas sobre este número infame y no he encontrado nada , cuarenta y nueve años equivalen a 17.879 días, o lo que es igual, 429.096 horas. Parece mentira que desde que me abrí paso a través del útero de mi madre, cansado ya de nadar en liquido amniótico de primera calidad durante 9 meses (o 275 días), sólo han pasado cuatrocientas veintinueve mil horas y pico. Pero en todas estas horas me ha dado tiempo a amar, robar, besar, eyacular, cantar, saltar, soñar, volar, besar, olvidar, desnudar, guardar, abrazar, engañar, terminar, chutar, cobrar, pagar, molestar, ahorrar (¡¡¡ ja !!!), acumular, descansar, acoplar, banear, apurar, quemar, despertar, ignorar, acatar, ladrar, obligar, respetar, dormitar, inventar, pintar, ratonear, recitar, cagar, estrujar, ar, ar, y ar.

Durante todo este tiempo me he dejado bigote, barba, perilla; he perdido el pelo y la dignidad, he descubierto de lo que son capaces ciertos humanos y sobre todo, he disfrutado de los animales.

Ahora me voy a desayunar y a afeitarme las ingles.

PD: Gracias humildes, desde el septum o tabique que divide las partes izquierda y derecha de mi corazón, a todos los que me han felicitado desde el muro de Facebook. Por supuesto extensibles a los que me han felicitado por mensaje o mail y a los que no lo han hecho de ninguna de las maneras. A estos últimos, espero que les salgan unas enormes y horribles almorranas sangrantes (es bromaaaa).

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Email del 11 de enero 2011

 

Francisco de Goya, «Dos viejos comiendo sopa» (1820-21)

Breve tratado acerca del envejecimiento humano

Conozco a un tipo que el día de su quincuagésimo cumpleaños se comió 51 huevos duros. Sí, ya sé que tendría que haber zampado sólo 50, pero cuando iba por 34 se descontó. Cito este caso simplemente como ejemplo de trastorno mental transitorio, debido a las anormalidades o perturbaciones que acarrean el envejecimiento, ese conjunto de modificaciones morfológicas y fisiológicas que nos recuerdan que pasa el tiempo.

A 3 días de mi cumpleaños -el viernes cumplo 50 por tercera vez consecutiva-, me asaltan miles de preguntas sin respuesta, al mismo tiempo que siento una extraña picazón en el saco escrotal que no me impide  concentrarme en la preparación de mi sagrada merienda. ¿Por qué nos hacemos mayores? ¿Hasta qué edad llegaré? ¿Por qué cuesta tanta dinero una silla de ruedas?

Hace un rato me miré en el espejo y aunque es posible que se tratara de  una alucinación, estoy casi seguro de que le escuché descojonarse. Es posible que no lo hiciera por mis arrugas y sí por mi bata azul celeste de tela polar con bolsillo de Homer Simpson. ¡¡¡ Menos mal que no me puse la de guatiné !!!

Mi vaso de leche de soja de la marca blanca del supermercado se está enfriando, no es algo que verdaderamente me importe. Tampoco me importa demasiado que el vaso que la contiene y que impide que se derrame sobre la encimera sea de color rosita. Lo único que realmente me afecta de esta situación es la vecina de arriba. Tiene cerca de ochocientos años y está mejor física y mentalmente que yo. Incluso cuando, como ahora, canturrea una estúpida canción de Julio Iglesias, no la está destrozando, sino que incluso supera (la ya de por si mejorable) versión del autor.

En resumidas cuentas: envejecer es un fastidio. A los hombres les salen pelos en las orejas y a las mujeres bigote. Conozco a una a la que sus hijos llaman «Widfreda la vellosa», aunque sería más correcto referirse a ella como «la Kaiser Guillerma», en honor al mostacho de Wilhelm Friedrich Ludwig, emperador de Alemania en el siglo XVII.

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