Email del 11 de enero 2011

 

Francisco de Goya, «Dos viejos comiendo sopa» (1820-21)

Breve tratado acerca del envejecimiento humano

Conozco a un tipo que el día de su quincuagésimo cumpleaños se comió 51 huevos duros. Sí, ya sé que tendría que haber zampado sólo 50, pero cuando iba por 34 se descontó. Cito este caso simplemente como ejemplo de trastorno mental transitorio, debido a las anormalidades o perturbaciones que acarrean el envejecimiento, ese conjunto de modificaciones morfológicas y fisiológicas que nos recuerdan que pasa el tiempo.

A 3 días de mi cumpleaños -el viernes cumplo 50 por tercera vez consecutiva-, me asaltan miles de preguntas sin respuesta, al mismo tiempo que siento una extraña picazón en el saco escrotal que no me impide  concentrarme en la preparación de mi sagrada merienda. ¿Por qué nos hacemos mayores? ¿Hasta qué edad llegaré? ¿Por qué cuesta tanta dinero una silla de ruedas?

Hace un rato me miré en el espejo y aunque es posible que se tratara de  una alucinación, estoy casi seguro de que le escuché descojonarse. Es posible que no lo hiciera por mis arrugas y sí por mi bata azul celeste de tela polar con bolsillo de Homer Simpson. ¡¡¡ Menos mal que no me puse la de guatiné !!!

Mi vaso de leche de soja de la marca blanca del supermercado se está enfriando, no es algo que verdaderamente me importe. Tampoco me importa demasiado que el vaso que la contiene y que impide que se derrame sobre la encimera sea de color rosita. Lo único que realmente me afecta de esta situación es la vecina de arriba. Tiene cerca de ochocientos años y está mejor física y mentalmente que yo. Incluso cuando, como ahora, canturrea una estúpida canción de Julio Iglesias, no la está destrozando, sino que incluso supera (la ya de por si mejorable) versión del autor.

En resumidas cuentas: envejecer es un fastidio. A los hombres les salen pelos en las orejas y a las mujeres bigote. Conozco a una a la que sus hijos llaman «Widfreda la vellosa», aunque sería más correcto referirse a ella como «la Kaiser Guillerma», en honor al mostacho de Wilhelm Friedrich Ludwig, emperador de Alemania en el siglo XVII.