Email del 24 de marzo 2014
![]() |
| Meghan Howland (2012) |
Querida amiga:
Si hay algo que odio con todas mis fuerzas, es escribir o limpiar las hojas caidas de mis cactus epifitos. Pero sin embargo sigo escribiendo y barriendo como un poseso. Preferiría barrer mis textos y escribir sobre las hojas o los tallos, o incluso algún sépalo o monosépalo, pero por alguna extraña razón que escapa a mi entendimiento, no puedo dejar de hacer ninguna de las dos cosas. La primera, escribir, simplemente para tener algo con que poder justificar parte de mi aburrida existencia. La segunda, barrer las hojas, para que no me tachen de marrano y, al mismo tiempo, que mi jardín casero luzca exquisítamente llamativo. Si fuera un poco más listo de lo que soy en estos momentos de mi vida, no perdería mis horas haciendo ni lo uno ni lo otro y dedicaría cada segundo de ésta a descansar sobre mi incómodo sofá con una coca cola en una mano y un croissant relleno de chocolate en la otra, contemplando con los ojos huecos cómo sobrevivo a la imposibilidad forzosa. Esa que nos viene impuesta desde el momento en que nuestra madre rompe aguas.Si tuviera un poco más de valor…si fuera más fuerte. ¡Más! ¡Más! Ese extraño adverbio de cantidad que no sirve absolutamente para nada, se ha incrustado en mi cerebro y trata de sodomizarlo. ¡Y yo no puedo impedirlo!
Ayer dediqué casi la totalidad del día a no hacer absolutamente nada. Y te juro que lo disfruté hasta el paroxismo. Hubo un momento en que casi me pongo a quitar el polvo, pero afortunadamente tuve un momento de consciencia virtual y pude detenerme a tiempo. ¡Caray! Casi me pongo a mover el esqueleto! ¡Casi! Casi! Vaya, otro puto adverbio de cantidad. Debería hacerme ver por un médico. Por lo menos me queda el consuelo de que no he usado a sus compinches nada, algo, apenas, bastante, demasiado, menos, cuanto, mucho, poco, todo, mitad, tan sólo, tanto. Creo que tendría que pasarme a los adverbios de duda, que son increíblemente sexys: quizá, probablemente. Aunque si quieres que te sea sincero los que realmente me ponen son los de tiempo, ya sabes, ahora, ayer, anteayer, primero, hoy, mañana, antes, anoche, aún, cuando, entonces, después, jamás, luego, mientras, siempre, nunca, tarde, todavía, ya. Tengo un tío que está fascinado por los pronombres personales, por eso se casó con una mujer que adoraba los demostrativos. Tuvieron un hijo que habitualmente suele disfrazarse de signo de admiración y que imparte clases de gramática en un orfelinato corporativo. Hace varios años escribió un libro titulado «La inclusividad pegajosa rebala sobre dualidad existente» que tuvo cierto éxito en algunos círculos sociales, y por el que recibió una subscripción gratuita por un año a la revista «Me siento guapa y perfecta», pero actualmente es incapaz de pronunciar un diptongo sin reírse.
El mismo día en que mi progenitor se dio cuenta de que verdaderamente era padre de tres hijos, osea antes de ayer, un tipo llamado Amed Salushe Naram Ahuy dejó una cuenta impagada en la mercería de la esquina. La dependienta se lo fió porque estaba convencida de que de esa manera podría acostarse con él. Siempre había escuchado que los árabes la tienen muy grande y ella quería estrenar el metro de madera que su abuelo José Vicente le había regalado en el lecho de muerte. Lo que desconocía era que Amed no era moro, sino que era un ente imaginario que se aparecía en sus ensoñaciones calenturientas. Cuando reparó en su error ya fue demasiado tarde y el metro de madera sirvió de refugio para un pájaro carpintero que tenía cierta fóbia a los árboles. Te cuento esto, porque sé que te divierten los relatos picantes, y sobre todo, porque el coágulo que se esconde en mi cerebro se está haciendo cada vez más grande. Casi está a punto de explotar. Yo no quiero que eso suceda, pero no puedo detener el futuro. Una vez lo intenté y la experiencia fue cualquier cosa menos enriquecedora.
Para acabar este extraño email, me gustaría aclarar un par de cuestiones que pueden ser importantes a la hora de analizar mi comportamiento:
1) No, no estoy loco, pero lo aparento. Me encanta aparentar lo que otros quieren ver a su alrededor. Pero como soy de naturaleza inconstante y bastante contradictorio, me gusta representar justo lo contrario que la gente quiere percibir en un momento dado. Imagínate lo aburridos que serían mis ya de por sí, aburridos días y turbulentas noches, si hiciera caso a los planteamientos individuales exteriores. Mis necesidades sociales son diferentes a las del resto de humanos. Ellos intentan percibir, yo, simplemente intuyo.
2) Sí, siento lástima de mí mismo. Sobre todo por no haber superado mi fóbia a los adverbios, pero más, por no haber sido lo suficientemente valiente como para rechazar mi propia concepción. Nunca debí nacer. Algunos amigos están convencidos de que todas y cada una de mis deficiencias mentales son debidas al trato que pactó mi comadrona con el diablo. ¿Más! ¿Casi! ¿A quién le importa eso?
Un abrazo
Email del 24 de marzo 2014 Leer más »





