mayo 2016

Email del 20 de mayo 2016

Jacek Yerka. Morning self-biter (2009)

Querida:

Hoy es viernes, el día que más odio después del lunes, martes, miércoles, jueves, sábado y domingo.  Las calles están pobladas por una extraña y rica variedad de gente que caminan de un lado a otro sin ningún motivo aparente. La mayoría de ellos parecen sentirse colapsados, quizá deprimidos, pues saben que una buena parte de las cosas que les sucederán hoy no serán más que una jodida repetición de jornadas anteriores. ¡Unga, unga, unga! Perdón, no he podido evitarlo. Creo que desde hace unos cuantos meses padezco una variedad textual del Síndrome de Tourette. O puede que simplemente necesite llamar la atención. La verdad es que siempre me ha gustado involucionar de forma totalmente independiente, aunque a veces es necesario recrearse en los retrocesos evolutivos de la muchedumbre que me rodea y que, hasta hace muy poco tiempo, trataba de esquivar de todas las maneras posibles. A veces pienso que debería tomarme un par de litros de flogoprofen con etofenamato y poner fin a esta alucinación en que se está convirtiendo mi adaptación al mundo de los miserables, pero siempre acabo sustituyendo el analgésico por coca cola, con lo que me encuentro cada vez más sumido en la desesperación y los gases estomacales. Daría todo mi capital, que en estos momentos asciende a tres euros, por un poco de paz mental, espiritual y física.

Hace un rato he sentido que algo se movía junto a mis pies descalzos. Al agacharme he advertido que una extraña insuficiencia con aspecto de ausencia absoluta trataba de morderme un tobillo. Mi rápìda reacción ha sido determinante para salvar la vida. No conozco a nadie que haya sobrevivido al mordisco de algo que no existe. Después de tranquilizar mis nervios y preguntarme si no debería estar internado en una especie de lazareto bastante alejado de la civilización, he optado por concentrar mi atención en las arañas gigantes y de aspecto metálico que anidan en alguna parte del techo. No las he visto nunca, pero sé que existen porque a menudo he escuchado las vibraciones que emiten cuando se aparean.

El momento más temido por cualquiera que pueda definirse a sí mismo como vesánico competente, es aquel en que tiene que diferenciar lo que es real de lo imaginario. Yo acostumbro a registrar cada visión que me parece subjetivamente inexacta en una libretita que siempre llevo en un bolsillo y que se alimenta con las fibras sintéticas del forro que la cobija. A menudo la saco de su celda sedosa y la maltrato apretándola con fuerza con los dedos de una mano. En sus hojas malviven verdades, errores, excusas y justificaciones. Nadie conoce su existencia. Es un secreto que pienso llevarme cuando desaparezca. ¡A veces creo que ya he desaparecido!

¡Unga, unga, unga!

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Email del 17 de mayo 2016

Pietro Longhi. Fall of the giants (1734)

Amiga:

El fracaso es siempre el resultado de una o varias adversidades concretas. Por lo menos yo no conozco a nadie que haya fracasado abstractamente, aunque supongo que con la cantidad de cenutrios y tipos raros que pululan por el planeta, quizá no debería ser tan taxativo. Es cierto que cometemos multitud de errores cada día, pero también es evidente que nos negamos a aprender las enseñanzas que nos brinda cada fracaso, contentándonos con asumir el importe como «algo que tiene que suceder» o echándole la culpa a terceros. Tengo un amigo que lleva una cuenta exhaustiva de cada fracaso. La última vez que hablé con él me dijo que ya iba por los 23.298.339´5. Cuando le pregunté por ese «y medio» me respondió que una vez no pudo llegar a fracasar completamente porque le dio un infarto intestinal mesentérico y lo tuvieron que ingresar de urgencias. Cuando le dieron el alta, intentó terminar por completo con el fracaso pero le fue imposible proseguir desde el punto en que lo había dejado.

La felicidad no existe. La perfección es una quimera, tal vez un delirio. La paz sólo existe para el cenobita más obstinado y que, por supuesto, padezca de hipoacusia total. Convivir con humanos es una forma de perder el tiempo, la libertad individual y el respeto hacia uno mismo. Por esa razón yo comparto mi vida con tres caracoles. Anteriormente la compartí, durante bastantes años, con mis demonios interiores, pero éstos se largaron cuando vieron que yo era disfuncional para con sus anhelos y pretensiones. Los gasterópodos no hablan, no te llevan la contraria, no se ponen a llorar cuando te olvidas un día de decirles lo guapetones que están, no corren a comprar modelitos y se deprimen cuando llegan a casa y desempaquetan las compras. En resumidas cuentas: los caracoles son el futuro de la supervivencia del planeta Tierra. Encima comen de todo y se pasan la mayor parte del tiempo dentro de sus espirales pensando en sus cosas.

Fracasar implica tener que darse explicaciones a uno mismo. Puede que eso no sea demasiado duro para alguien que está acostumbrado a hablar con su reflejo, pero, ¿y para los individuos disfémicos? ¿O para los afásicos, disfónicos, disliálicos, glosolalíacos, ecoliálicos, disartríacos, aprosódicos, anartriacos o anomíacos? Incluso los vampiros, que no se reflejan en los espejos podrían tener serios problemas. Lo mejor que se puede hacer para no fracasar es no intentar. Si no se tiene un propósito, dificilmente se llega al despropósito. Otra manera de mitigar los fracasos, aunque mucho más salvaje, es estar muerto. Los muertos jamás fracasan, de ahí que haya tantos en los cementerios.

Ahora debo dejarte. Dentro de unos minutos va a llegar el forense y aún tengo que bajar a comprar unas pastitas. Supongo que volveré a ponerme en contacto contigo mañana. Narrarte mis penas cada día consigue que evacue mejor sin tener que acudir a laxantes.

Un beso

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Email del 16 de mayo 2016

M.C. Escher. Dream (1935)

Esta noche he soñado que se me aparecía Yago, y mientras me despertaba con un movimiento brusco de sus manos, me declamaba la famosa contestación a Otelo de la primera escena del cuarto acto de la tragedia sobre el moro de Venecia: «¡Ten calma! O diré que eres en todo ira y en nada hombre». La verdad es que cuando intenté apartar sus manos de encima me desperté de repente y ya no pude volver a dormir en toda la noche. Supongo que debo considerar este sueño como bastante inofensivo, por lo menos si lo comparo con el de ayer, en el cual se presentaba Dios de improviso y me golpeaba repetidamente la cabeza con una piedra de grandes dimensiones. Al cuarto golpe, la piedra se fracturaba en varios pedazos y la omnipotencia celestial me exigía una compensación económica. Soñar es una experiencia horrible, sobre todo si uno no está en paz consigo mismo. Pero, ¿es realmente fácil estar en paz con uno mismo, mientras compruebas con desesperación como ha subido de precio la pechuga de pollo con corte fino? Hasta hace unos pocos años, el pollo era la comida de los pobres. Entonces yo era tan pobre como el Raskolnikow de Dostoyevsky y me zampaba varias pechugas y muslitos cada día. Actualmente sigo siendo pobre, quizá como un personaje sacado directamente de una de las novelas de Charles Dickens, y sólo puedo comer atún en aceite de girasol. Por esa razón me cimbreo cuando me da de lleno el sol.

Si soñar puede ser tormentoso, imagínate lo horrible que es a menudo la realidad. Estoy pensando seriamente en cometer un delito para que de esa forma me metan en la prisión. Allí dispondré de televisión de plasma y multitud de canales, tres comidas calientes, techo y calefacción gratis. Cuando quiera sexo -si no soy demasiado tikismikis- lo podré obtener allí mismo, aunque tendré derecho a cuatro vis a vis a la semana y mi familia y mis amigos podrán visitarme cuando les apetezca. Podré sentarme en el sillón del dentista sin pagar un puto duro y si se me estropea alguna parte del cuerpo me lo cambiarán en un periquete sin tener que abonar la operación. Ah, ademas no tendré que pagar impuestos. Y si tengo suerte, incluso me puedo hacer amigo de algún político para que me enseñe a ser un perfecto crápula.

En otra vida fui un durazno. Los niños se subían por mis ramas para coger la fruta, pero algunos se caían y, una vez, uno de ellos se fracturó el trocánter menor. Como era un árbol no pude reírme, pero lo primero que hice nada más trasmutarme en humano fue carcajearme de lo lindo. ¡Estuve dos semanas sin poder parar de reír! La comadrona que atendió a mi madre le dijo: «Este neonato se lo pasa tan bien que creo que cuando crezca será un completo imbécil, además de un infeliz. ¡Y posiblemente feo de cojones!» No se equivocó en absoluto.

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Email del 15 de mayo 2016

Vasily Perov. Grandfather and grandson (1871)

Tengo un Philip Morris en la comisura de los labios. Y tengo una especie de picazón -algunos lo llamarían Pavloviano- recorriendo mi cuerpo. El cigarro está apagado porque mi mechero está vacío, mientras que el hormigueo se ha parapetado en alguna parte de mi cuerpo y no quiere escabullirse. ¿Debería levantarme y ponerme a buscar una caja de cerillas? Mi abuelo llamaba a las cerillas mixtos, pero mi abuela le decía que la forma más correcta de denominar a esos palillitos era fósforos. ¿Debería tumbarme en el suelo, sobre una alfombrilla, y ponerme a hacer un par de horas de meditación? Mi padre decía que la meditación era una huida, sin embargo, a mi madre le parecía que cualquier momento de introspección jamás debería considerarse como una fuga o desaparición. Recuerdo una vez que mis abuelos trataban de encender la chimenea. Como no tenían cerillas intentaron prender la madera con la fuerza de su mente. No lo consiguieron, pero por lo menos creyeron que era una posibilidad factible y que con el tiempo y la debida preparación mental llegarían a lograrlo. Desde ese momento jamás me he acercado a un fogón. Recuerdo cierto día en que mis padres se pusieron a cantar el Om. Como mi padre desafinaba en las notas bajas una cortina empezó a arder y el fuego se extendió por una parte de la casa destrozando algunos muebles valiosos. Desde entonces jamás he vuelto a entonar melodías, ni siquiera en la ducha. Cuando me baño lanzo conjuros y me seco con con el aire que corre libre. Mi abuela creía que el aire era demasiado fino, pero mi abuelo capturó una molécula de esa mezcla gaseosa y le demostró que la palabra fina se quedaba bastante corta. Mientras ambos la sostenían en las manos se acercaron mis padres y soplaron y soplaron, quizá más fuerte que el lobo de la fábula de Los tres cerditos y el aire se precipitó hacia la brisa, la brisa hacia el viento, y el viento hacia la atmósfera. A veces, cuando estoy deprimido miro hacia el cielo intentando vanamente encontrar ese pedacito de aire correteando entre las nubes, pero hasta este momento no he sido capaz de distinguirlo de otros pedacitos de aire. Sin embargo no me cuesta nada distinguir las perturbaciones del pasado, que con apariencia de ondas sonoras longitudinales se propagan con forma ondulatoria por mi memoria. Puedo diferenciarlas, definirlas y clasificarlas. Casi siempre acabo escondiéndolas entre los pliegues de mi indiferencia, pero algunas veces, las acaricio y me las acerco a las mejillas, intentando sentir el pulso de ese tiempo anterior al presente.

Acabo de encontrar un mechero. La boquilla de mi cigarrillo está apelmazada de tanto chupetón infructuoso. Creo que debería fumar puros, quizá me dieran una apariencia más seria. Mi abuelo fumaba caliqueños y mi abuela tosía mientras le gritaba que esas mierdas le llevarían a la tumba. Efectivamente, esas mierdas lo mataron. Hace tantos años que murió que ni siquiera recuerdo su cara. Debería agenciarme una foto suya y llevarla siempre conmigo, al lado de las tarjetas visa. Mi abuela también murió un par de décadas después. Hasta el final de sus días estuvo convencida de que la muerte era perfecta. Yo también empiezo a pensar lo mismo.

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Email del 14 de mayo 2016

Utagawa Kuniyoshi. The actor 

Estoy cansado de dotar a mis proyectos de una estructura preestablecida para que puedan seguir siendo factibles. Una estructura estática, casi irreal, sin demasiados razonamientos. Una estructura que hasta ahora se ha sostenido gracias a un impulso. ¡El impulso de la irreflexión y el aturdimiento! Alguien dijo una vez que todas y cada una de las vidas de los seres que pueblan este planeta son una película. Si eso es cierto, entonces, la que corresponde a ese puñado de tiempo que podría ser definido como «los ocho o nueve últimos años» de mi vida debería pertenecer al cine experimental, pues el argumento y, sobre todo, el contenido narrativo, no propone continuidad existencial, emocional o moral, sino que dispone las secuencias de una forma aleatoria con el fin de demostrar o manifestar que todo lo que está esculpido en el celuloide pertenece al territorio inexplorado de la disparidad conceptual y la alucinación hipnopómpica.

En cualquier decisión unilateral, no existe tiempo para la constricción ni el abatimiento. Todo lo que no sea extender una ventana iluminada repleta de nuevos espacios reconstruidos para la ocasión es una pérdida total de energía. No quiero seguir representando un papel que no se ajusta a mis limitados registros. O a los restringidos registros de los actores ocasionales. Yo soy yo y todo lo que no está a mi lado es simplemente decorado y tramoya. He intentado dotar de sentimientos al personaje que me ha tocado interpretar y, francamente, creo que he bordado los numerosísimos soliloquios que los guionistas me han redactado. Quizá no he estado a la altura de las circunstancias en uno o dos diálogos, pero a veces se hace difícil interactuar con actores ciclotímicos que se creen superiores por el mero hecho de que han interpretado en demasiadas ocasiones el mismo rol.

Evidentemente, no trato de echar la culpa a nadie. En todo caso debería ser mía. En primer lugar por haber aceptado una propuesta inaudita e inviable. En segundo lugar, por haber improvisado de una forma histriónica en lugar de haber recurrido a la ruptura del contrato. Ahora, debo finalizar este texto. Alargarlo es inútil. Pero antes de finiquitarlo, me gustaría agradecer la ayuda que me han prestado en todo momento el humo del tabaco y, sobre todo, la bendita soledad forzosa.

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Email del 6 de mayo 2016

Max Ernst. Untitled (1922)

Amiga mía:

Me encontraba sentado y rantaniando cuál de los dos platos pediría. No, no hace falta que busques en el diccionario el verbo rantanear pues no existe. Inventar palabras hace que me concentre más en lo que pretendo trasmitir. Pero trataré de continuar, o mejor comenzaré de nuevo:

Me encontraba sentado y rantaniando cuál de los dos platos pediría. Nunca me ha gustado el pescado, aunque generalmente no le hago ascos al mero, pero el solomillo con patatas me hacía la boca agua. Como no llegaba a decidirme dastecí jugármelo a los chinos. Sí, lo has adivinado, otro jodido vocablo inventado. Y me imagino que seguirán muchos más, así que intenta mantenerte fuerte y no desesperes. Volveré al principio del texto. Al principio del principio, que no es más que el comienzo de algo que puede o no terminar, pero que sirve para que al menos todo pueda tener un desarrollo.

Me encontraba sentado y rantaniando cuál de los dos platos pediría. Nunca me ha gustado el pescado, aunque generalmente no le hago ascos al mero, pero el solomillo con patatas me hacía la boca agua. Como no llegaba a decidirme dastecí jugármelo a los chinos. Mi puño derecho contra el izquierdo y, dentro de cada uno, tres pedacitos de mondadientes. Como era de esperar triunfó el puño derecho y pedí el mero a las finas hierbas en su jugo de champiñones. Puedo asegurarte que me lo comí con sano deleite aunque si le hubieran puesto gengibre mis papilas gustativas habrian llegado a alcanzar el extasis. Mientras pedía un acafé vorrocé que había olvidado jonocer una llamada de teléfono. Y mi móvil se había quedado en el coche. Cuando le pregunté al camarero si sería tan mastable de traerme un teléfono a la mesa me contestó que no. Mientras me tiraba la cuenta sobre el plato me recomendó que me levantara y me dirigiera a una esquina de la barra, la que yo quisiera, pues en ambas habían sendos teléfonos. Una vez más tuve que decidirlo a los chinos. Esta vez ganó el puño izquierdo por lo que me fagerí a lado izquierdo del mostrador. Por supuesto, como era de esperar ese aparato no funcionaba y no tuve más remedio que intentarlo con el del lado arequestro. Intenté tres veces comunicarme con mi supuesto interlocutor y las tres veces comunicaba, por lo que decidí pagar la saculonta y largarme a descansar a mi mosaca.

Tengo uno de los fopas más cómodos que existen. Y el reposapies que sañerí en una subasta hacía que mis ripes descansaran en alto, calentitos y cómodos. De pronto rantanié que nada sale como uno tiene pensado. ¡Es todo tan trifaño! Poco importa con el nao con que me levante cada día, pues cada día es un día rofoso y esterlocacio. Por esa razón, decidí tomarme un buen tusaño de plasocarinas y fajerarme a la famaka. Puse el restirmador a las siete y me lancé a un coseño.

Y el coseño fue delirante y sorboso. Coseñé que una gran mano sujerta de piel sojosa intentaba grulacerme. Cuando me ristrejé tenía la masca repleta de rosor y el pulso me latía genirifome. Me nasjalé y me fageré con cuidado a la gerciaha. La abrí y futi lo de siempre: gente sin gumpo, completamente refifada y helisuda, corriendo de un fojo a otro sin saber el dirjuto. Por un nesante tuve hasas de lonjonarme al vacío, pero en el gosoto rotante me rajé y volví a la famaka. Desde sují te tisloco. Robca puedo sular. Robca puedo sonkar. Nañasti implica nañasti. Robca idro jobar. Sufanojosa suridei.

Greg

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Email del 4 de mayo 2016

Koloman Moser. Loneliness (1902)

Amiga:

Podemos decir que un solitario, tal y como se entiende actualmente ese arquetipo, está totalmente privado de confianza en sí mismo. Pero también es cierto que, según los parámetros con que esta sociedad crea a sus enfermos mentales, la confianza en uno mismo no depende de un conjunto de circunstancias más o menos complejas, sino de la capacidad para asumir esa retahila de conductas contrapuestas con que se trata de «naturalizar», es decir, «integrar», a cualquier sujeto que no reúna las características exigidas. Ahora bien, si seguimos negándonos a diferenciar entre un individuo neurótico y un solitario, corremos el peligro de entrar a formar parte de ese extraño grupo que se siente superior cuando califica y que está absolutamente convencido de los peligros que implica la recapacitación. Un neurótico no es más que un egótico disfrazado. Alguien que alejado por completo de la sociedad que lo prostituye ha decidido compartir el resto de su vida con su Yo particular. Y es justamente ese Yo exclusivo el que le insufla la totalidad de las respuestas sin hacer demasiadas preguntas.

Soy consciente de que el anterior párrafo te va a llevar a responderme con una severa crítica, constructiva, por supuesto, pero no me importa demasiado. Necesitaba quitarme el sambenito de que soy un neurótico por ser un solitario. O al revés: también se me acusa de ser un solitario para enriquecer la leyenda de que soy un neurótico. No pertenezco al universo de ninguno de los dos grupos. Puedo ser neurótico, a veces, pero no más que el resto de humanos que intenta sobrevivir de una manera justa, es decir, sin interferir en la vida del resto de congéneres. También se me podría definir como un solitario, pero, francamente, ¿conoces a muchos «retirados» que rindan tanto culto a sí mismos o a su bienaventurado y exquisito alejamiento?

Alejarse de todo lo que implique desasosiego es un ejercicio de sensibilidad, no de egoísmo. Ningún neurótico podría llegar a percibir las sensaciones de esa manera. Por lo tanto, es un error tildar de neurasténico a un aprendiz de anacoreta. Siguiendo ese razonamiento me encuentro en condiciones de afirmar que cada uno de los que alguna vez me tacharon de ambas cosas, no eran más que un poco de todo, un mezcladillo deslavazado de cualidades y miserias, en resumidas cuentas: ganado.

Dadá Greg

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