Email del 15 de mayo 2016

Vasily Perov. Grandfather and grandson (1871)

Tengo un Philip Morris en la comisura de los labios. Y tengo una especie de picazón -algunos lo llamarían Pavloviano- recorriendo mi cuerpo. El cigarro está apagado porque mi mechero está vacío, mientras que el hormigueo se ha parapetado en alguna parte de mi cuerpo y no quiere escabullirse. ¿Debería levantarme y ponerme a buscar una caja de cerillas? Mi abuelo llamaba a las cerillas mixtos, pero mi abuela le decía que la forma más correcta de denominar a esos palillitos era fósforos. ¿Debería tumbarme en el suelo, sobre una alfombrilla, y ponerme a hacer un par de horas de meditación? Mi padre decía que la meditación era una huida, sin embargo, a mi madre le parecía que cualquier momento de introspección jamás debería considerarse como una fuga o desaparición. Recuerdo una vez que mis abuelos trataban de encender la chimenea. Como no tenían cerillas intentaron prender la madera con la fuerza de su mente. No lo consiguieron, pero por lo menos creyeron que era una posibilidad factible y que con el tiempo y la debida preparación mental llegarían a lograrlo. Desde ese momento jamás me he acercado a un fogón. Recuerdo cierto día en que mis padres se pusieron a cantar el Om. Como mi padre desafinaba en las notas bajas una cortina empezó a arder y el fuego se extendió por una parte de la casa destrozando algunos muebles valiosos. Desde entonces jamás he vuelto a entonar melodías, ni siquiera en la ducha. Cuando me baño lanzo conjuros y me seco con con el aire que corre libre. Mi abuela creía que el aire era demasiado fino, pero mi abuelo capturó una molécula de esa mezcla gaseosa y le demostró que la palabra fina se quedaba bastante corta. Mientras ambos la sostenían en las manos se acercaron mis padres y soplaron y soplaron, quizá más fuerte que el lobo de la fábula de Los tres cerditos y el aire se precipitó hacia la brisa, la brisa hacia el viento, y el viento hacia la atmósfera. A veces, cuando estoy deprimido miro hacia el cielo intentando vanamente encontrar ese pedacito de aire correteando entre las nubes, pero hasta este momento no he sido capaz de distinguirlo de otros pedacitos de aire. Sin embargo no me cuesta nada distinguir las perturbaciones del pasado, que con apariencia de ondas sonoras longitudinales se propagan con forma ondulatoria por mi memoria. Puedo diferenciarlas, definirlas y clasificarlas. Casi siempre acabo escondiéndolas entre los pliegues de mi indiferencia, pero algunas veces, las acaricio y me las acerco a las mejillas, intentando sentir el pulso de ese tiempo anterior al presente.

Acabo de encontrar un mechero. La boquilla de mi cigarrillo está apelmazada de tanto chupetón infructuoso. Creo que debería fumar puros, quizá me dieran una apariencia más seria. Mi abuelo fumaba caliqueños y mi abuela tosía mientras le gritaba que esas mierdas le llevarían a la tumba. Efectivamente, esas mierdas lo mataron. Hace tantos años que murió que ni siquiera recuerdo su cara. Debería agenciarme una foto suya y llevarla siempre conmigo, al lado de las tarjetas visa. Mi abuela también murió un par de décadas después. Hasta el final de sus días estuvo convencida de que la muerte era perfecta. Yo también empiezo a pensar lo mismo.