Email del 31 de octubre 2014
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| M.C. Escher. Not detected (1935) |
Hola:
Estoy sentado sobre una roca. No puedo dejar de preguntarme cuál es la razón que impulsa a ese viejo y resquebrajado pedrusco a permitir que descanse la totalidad de mi peso sobre ella. Quizá pienses que me complico demasiado la vida haciéndome preguntas tan insensatas. Podría responderte que las preguntas nunca suelen ser insensatas, sólo algunas respuestas. Pero te mentiría. Me atrevo a contestar a esa cuestión porque durante muchos años he sido una piedra. Y he sentido los traseros de infinidad de individuos aplastando el lado más torneado de mi anatomía, si es que se me puede perdonar el intento de extrapolar esa palabreja al exclusivo mundo de los materiales de origen natural y consistencia elevada que sirven, entre otras cosas, para edificar muros que, más tarde o más temprano, se derrumbarán sobre cualquier anciano o niño que camine o juegue desprevenidamente por el lugar equivocado, en el momento más inoportuno.
Dentro de un rato regresaré a casa y me volveré a sentar. Esta vez sobre una silla de madera poco confortable comprada en Ikea o Conforama. Podría hacerlo sobre el sofá o incluso tumbado en la cama, pero por alguna extraña razón, sólo soy capaz de razonar estando razonablemente incómodo. En esa posición he meditado durante años sobre el silencio existencial, la distancia generacional, y su resultado más maligno: la fabricación sistemática de psicópatas.
El último desequilibrado con ciertos rasgos psicopáticos que conocí me regaló una cruz crucificada el día de mi cumpleaños. Eso sucedió hace un par de lustros, pero todavía me quita el sueño. ¿Te imaginas de qué color debe ser el mundo interior de un tipo que se dedica a crucificar cruces? Claro que si lo piensas bien, recibir emails de alguien como yo, que durante una etapa de su vida se creyó piedra, tampoco debe ser demasiado tranquilizador. Aunque si me comparas con Marcial Moratal, un sujeto repugnante por fuera y asqueroso por dentro, que suele callejear por mi barrio envuelto en un sarong enmohecido e impartiendo la bendición Urbi et orbi a los gatos callejeros que encuentra durante su recorrido apostólico…
Desde el punto donde me encuentro hasta el bar más cercano hay unos cuatro kilómetros aproximadamente. Desde ese bar hasta la parroquia principal sólo unos pocos cientos de metros. El bareto se llama «Bar Pepe y Joselita». La parroquia tiene un nombre muy hollywoodense. Algo así como «La feligresía de Judah Ben-Hur». A mitad de camino, hay un par de clubs de alterne. Dicen las malas lenguas que después de cada oficio religioso, los feligreses varones acuden en masa a la taberna y se ponen hasta el culo a base de cazallas y orujo. Cuando determinan que su estado etílico es satisfactorio, deshacen parte del camino andado y se encierran en uno de los dos burdeles. Hasta la fecha, nadie se ha aventurado a apostar cuál es el que ofrece precios más interesantes, pero en una cosa concuerdan prácticamente todos: la carne que se ofrece en ambos cumple las expectativas y eso es lo que realmente importa.
Debajo de mi casa hay una tienda de comestibles, pero sólo venden bebidas refrescantes e isotónicas. Su dueña, Mercedes Nosequé, es especialista en explotar granos de la cara a los clientes habituales. Por eso es conocida en la zona como «La forunculera». Una vez me comentó que hay varias clases diferentes de granos. Y que un grano no es un forúnculo, sin embargo, un forúnculo sí es un grano. Cuando le pregunté cuál era la diferencia fundamental entre un grano y un granito se pasó cerca de dos horas regalándome una clase magistral sobre el tema. Al final le permití que me reventara una espinilla que se infectó dos días después y que estuvo a punto de costarme la vida.
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