octubre 2014

Email del 31 de octubre 2014

M.C. Escher. Not detected (1935)

Hola:

Estoy sentado sobre una roca. No puedo dejar de preguntarme cuál es la razón que impulsa a ese viejo y resquebrajado pedrusco a permitir que descanse la totalidad de mi peso sobre ella. Quizá pienses que me complico demasiado la vida haciéndome preguntas tan insensatas. Podría responderte que las preguntas nunca suelen ser insensatas, sólo algunas respuestas. Pero te mentiría. Me atrevo a contestar a esa cuestión porque durante muchos años he sido una piedra. Y he sentido los traseros de infinidad de individuos aplastando el lado más torneado de mi anatomía, si es que se me puede perdonar el intento de extrapolar esa palabreja al exclusivo mundo de los materiales de origen natural y consistencia elevada que sirven, entre otras cosas, para edificar muros que, más tarde o más temprano, se derrumbarán sobre cualquier anciano o niño que camine o juegue desprevenidamente por el lugar equivocado, en el momento más inoportuno.

Dentro de un rato regresaré a casa y me volveré a sentar. Esta vez sobre una silla de madera poco confortable comprada en Ikea o Conforama. Podría hacerlo sobre el sofá o incluso tumbado en la cama, pero por alguna extraña razón, sólo soy capaz de razonar estando razonablemente incómodo. En esa posición he meditado durante años sobre el silencio existencial, la distancia generacional, y su resultado más maligno: la fabricación sistemática de psicópatas.

El último desequilibrado con ciertos rasgos psicopáticos que conocí me regaló una cruz crucificada el día de mi cumpleaños. Eso sucedió hace un par de lustros, pero todavía me quita el sueño. ¿Te imaginas de qué color debe ser el mundo interior de un tipo que se dedica a crucificar cruces? Claro que si lo piensas bien, recibir emails de alguien como yo, que durante una etapa de su vida se creyó piedra, tampoco debe ser demasiado tranquilizador. Aunque si me comparas con Marcial Moratal, un sujeto repugnante por fuera y asqueroso por dentro, que suele callejear por mi barrio envuelto en un sarong enmohecido e impartiendo la bendición Urbi et orbi a los gatos callejeros que encuentra durante su recorrido apostólico…

Desde el punto donde me encuentro hasta el bar más cercano hay unos cuatro kilómetros aproximadamente. Desde ese bar hasta la parroquia principal sólo unos pocos cientos de metros. El bareto se llama «Bar Pepe y Joselita». La parroquia tiene un nombre muy hollywoodense. Algo así como «La feligresía de Judah Ben-Hur». A mitad de camino, hay un par de clubs de alterne. Dicen las malas lenguas que después de cada oficio religioso, los feligreses varones acuden en masa a la taberna y se ponen hasta el culo a base de cazallas y orujo. Cuando determinan que su estado etílico es satisfactorio, deshacen parte del camino andado y se encierran en uno de los dos burdeles. Hasta la fecha, nadie se ha aventurado a apostar cuál es el que ofrece precios más interesantes, pero en una cosa concuerdan prácticamente todos: la carne que se ofrece en ambos cumple las expectativas y eso es lo que realmente importa.

Debajo de mi casa hay una tienda de comestibles, pero sólo venden bebidas refrescantes e isotónicas. Su dueña, Mercedes Nosequé, es especialista en explotar granos de la cara a los clientes habituales. Por eso es conocida en la zona como «La forunculera». Una vez me comentó que hay varias clases diferentes de granos. Y que un grano no es un forúnculo, sin embargo, un forúnculo sí es un grano. Cuando le pregunté cuál era la diferencia fundamental entre un grano y un granito se pasó cerca de dos horas regalándome una clase magistral sobre el tema. Al final le permití que me reventara una espinilla que se infectó dos días después y que estuvo a punto de costarme la vida.

XX

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Email del 14 de octubre 2014

Kazimir Malevich. Black Square (1913)

Amiga:

Un secreto deja de ser un misterio cuando lo haces público. Desde ese momento, lo cuidadosamente oculto o reservado se transforma en una evidencia más o menos aceptada (que no creída). Hasta hace algunos años yo tenía uno del que me sentía orgulloso, aunque algunas veces me turbaba y me producía cierta verguenza. Como mi  secreto fue divulgado en su día en el boletín oficial que publica mensualmente la Sociedad Española de Psiquiatría, ya no es tal y me siento libre de hacerlo todavía más público en este blog. La verdad es que visto a posteriori, estoy en condiciones de aceptar su inmaculada mediocridad. Pero era mío. Yo lo creé y me perteneció durante varios años. Trataré de contártelo de una manera sencilla y didáctica, sin hacer demasiado hincapié en su propia desproporción y obviando los elementos psicológicos adyacentes.

Todo empezó cuando tenía unos 20 años. Lo descubrí de casualidad. Me dirigía caminando hacia un destino inconcreto cuando sentí la necesidad de no hacer nada delante de nadie. Por favor, no pienses mal. No se trataba de algo sexual. Era un impulso más bien místico, espiritual y cuasi religioso. Como en el camino encontré a demasiados, decidí no hacer casi nada delante de unos pocos. Y además lo hice maravillosamente bien. Bueno, tú me conoces. Me gusta llegar a la perfección absoluta. Si no la consigo lo más rápido posible me invade una especie de depresión melancólica que bloquea como un cepo el nivel sérico de seratonina y me obliga a comportarme como un verdadero humano. Cuando esos pocos aplaudieron vivamente mi aproximación infinita a la (casi) nada y pidieron emocionados un bis, me entraron ganas de seguir el guion inicial y me alejé corriendo. Necesitaba encontrar a nadie y demostrar cómo se puede hacer nada. Pero fue imposible. En una ciudad donde todos están convencidos de que hacen algo, dedicarse a no hacer nada está bastante mal visto. Por esa razón decidí imaginar que no hacía nada ante una gran masa de vacío de tamaño irreal. Mientras trataba de visualizar una prolongación para mi sueño inducido, algo parecido a todos, o quizá a unos cuantos, se deslizaron escondidos entre las brumas de una visión etérea y mesmerizante, e influyeron en mi fantasía compulsiva de una manera ilógica, convirtiendo lo que era un caos imaginativo controlado en algo similar a una fusión vilmente perfecta y coordinada.

Quizá debería haber sido más precavido fabricando ensoñaciones. Recuerdo que alguien que se parecía a mi padre, cuando yo quería que alguno se pareciese a él, me alertaba continuamente sobre los peligros que acechan en prácticamente todas las nadas de cada nadie. Recuerdo que le taché de melindroso y fui realmente duro con sus demonios interiores. En aquella época yo no era capaz de distinguir entre exiguo y abundante, sobre todo si ambos adjetivos provenían de un mismo nadie (con o sin nada), ninguno, alguno, cualquiera o varios. Creía que estaba en posesión del verdadero razonamiento lúcido y tendía a sobrevalorarme. Todo cambió cuando descubrí que la diferencia fundamental entre nadie y yo, era la nada que ambos compartíamos. Entonces empecé a tener claro que mi infancia había sido un truco bien ejecutado, pero carente de significado. Por esa razón engendré ese secreto tan misterioso. El resto ya lo conoces.

Besos

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Email del 12 de octubre 2014

George Stubbs. A foxhound ringwod (1792)

Hola:

Cuando mi perra tenía un año de vida se acostumbró a que cada noche, antes de dormir, le leyera una o dos proposiciones de la «Ética» de Spinoza. Y por los ronquidos de satisfacción que salían de sus pulmones, te puedo asegurar que le encantaba. Supongo que no comprendería gran cosa; bueno, no es de extrañar, yo tampoco me enteraba ni de la mitad, pero disfrutaba de la cadencia sosa y con un ligero acento macarra de mi propia voz. Me acuerdo de una noche en especial. Le leía la proposición XXX, titulada «El entendimiento finito en acto, o el infinito en acto, debe comprender los atributos de Dios y las afecciones de Dios, y nada más», cuando Tita, que es como se llamaba mi perra (en honor a Tita Cervera) me soltó un ladrido lastimero. Al principio creí que me había equivocado al pronunciar algún vocablo y comencé de nuevo a leer la demostración. Cuando llegué al corolario, mi perra, mi amiga, se había incorporado y me miraba con ojos tristes. Le pregunte en idioma perruno -que domino a la perfección- que era lo que le atormentaba, a lo que ella me respondió en un correcto castellano: «Tú, tú me preocupas».
-¿Yo te preocupo?
-Sí. Como sigas leyendo a ese gilipollas te vas a volver más idiota de lo que ya estás -respondió mientras se rascaba un costado con una de sus grandes patas.
-Tita, no sé qué quieres decir. Creía que te gustaba Spinoza -le contesté asombrado.
-Y yo creía que tú eras ateo.
-Soy ateo. No entiendo qué tiene que ver con que lea a Spino…
-¡Spinocojones!
-Pero Tita…

A partir de esa noche seguí leyendo a «ese gilipollas» y ella nunca volvió a quejarse. Es posible que la razón fuera que murió dos semanas después a la respetable edad (para un cánido) de 13 años. Desde entonces me siento incapaz de releer a ese autor. Si quieres que te sea sincero, me siento incapaz hasta de quitar el polvo que se acumula en sus obras. ¡Echo tanto de menos a Tita! Tita Cervera Spinoza.

Nunca he comprendido a la gente que no tiene o ha tenido alguna vez en su vida a un perro. Tengo una amiga que tiene cuatro hijos e intenta convencerme de que sólo por el hecho de ser humanos, y sobre todo, sangre de su sangre, están por encima de cualquier mascota. ¡Joder! Ese pensamiento es una completa estupidez. Comprendo que cualquier mujer quiera sentir lo que realmente significa ser madre. Comprendo que para llevar a cabo sus fines, convenza a un pobre desgraciado para que la fecunde. Lo que no puedo entender es lo de la sangre. ¿Lazos sanguíneos? Me reiría si no estuviese tan atareado intentando descifrar lo qué quiere decir Martin Heidegger en su «Introducción a la investigación fenomenológica». En nuestro planeta mueren cada día unos 20.000 niños de hambre. ¡Veinte mil! Y yo tengo que escuchar 20.000 imbecilidades al día sobre los lazos de sangre que unen a la madre y al hijo. Y tengo que morderme la lengua el mismo número de veces para no arrojarme sobre la emisora o emisoras de tantas idioteces y estrangularlas con un calcetín. No puedo (ni quiero) comprender la diferencia que existe entre un hijo natural, uno adoptado o un perro, o un gato, o incluso una pequeña boa. El amor no debería ser tan parcial. Quizá las putas religiones tengan algo que ver con dicha preferencia, tan arbitraria y sin sentido como un escupitajo. Ser madre es ser esclava. Pero si has de convertirte en prisionera de tus propios sentimientos…¿qué más da a quien se los arrojes?

A lo largo de mi vida, o mejor, en todo lo que llevo viviendo, he llegado a numerosas conclusiones. Algunas han sido demenciales y he tenido que pagar un alto precio, pero otras se mantienen intactas en mi cerebro, o donde quiera que se guarden las conclusiones. Entre éstas últimas, el sentimiento maternal es una de las que más poco han variado. Ser madre (o padre) implica no ser egoísta. No ser egoísta implica idiotez absoluta. La idiotez absoluta implica no crecer espiritualmente. La espiritualidad es un invento demoniaco, pero necesario para crecer por dentro. Necesario para conocerse a sí mismo. En el mundo hay demasiados psicópatas. La culpa es del amor incondicional equivocado y de los lazos de sangre erroneos. Ninguno de mis perros o gatos o boas ha intentado joder nunca a nadie, a propósito. ¡Nunca! Y no conozco a ningún perro, gato o boa que haya intentado chantajear emocionalmente a su cuidador, que también es su amigo.

Supongo que las madres que lean este texto saldrán despavoridas a la tienda de artículos esotéricos mas cercana a comprarse un muñequito y unas agujas. Me importa una mierda. No creo en el vudú. Sólo creo en el individuo, y no siempre. Ser madre, ser esposa, ser marido no es abrazar, besar y preparar cociditos.

He dicho. Que así quede escrito.

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Email del 10 de octubre 2014

George Bellows. Stag at Sharkey’s (1909)

Hola:

Hay días en los que necesito que me peguen una buena hostia. Un golpe sin compromiso que despierte parte de mi sensibilidad entumecida. Los viernes montan en mi barrio un mercadito y suelo pasearme por las calles repletas de puestos, vendedores y gente. Hoy he decidido que ése era el lugar perfecto para que me atizaran, por esa razón he sacado rapidamente mis cartas marcadas. Había un tipo que vendía mantas, edredones y sábanas. Tenía aspecto de hombre de pocas palabras, así que le he hecho un montón de preguntas sobre su mercancía y me he despedido con un «muchas gracias, señorita». Esperaba algo más que una mirada extraña recorriendo mi anatomía. Seguramente ese sujeto tenía uno de esos pocos días en que hay que aguantar todo, porque todo forma parte del juego. Diez minutos más tarde me encontraba representando el mismo papel, pero a la inversa. Frente a mí se encontraba una mujer gitana, bastante mal vestida y con una manchita blanca en la frente, seguramente de nacimiento. Le he preguntado si sus zapatos baratos durarían más de un mes y algunas otras preguntas tontas esperando el momento de agradecerle sus amables respuestas con el inevitable: «Muchas gracias, aguerrido caballero». Mientras sus ojos escrutaban mi indiferencia, he acercado mi rostro para que me marcara sus cinco dedos gastados, pero no ha pasado absolutamente nada. Cabizbajo, me he dirigido a un bar que tiene mala fama. Suele estar poblado por ex-yonkis y gente que no se lava nunca. Me he sentado en una mesa que no cojeaba, y después de pedir un cortado he exclamado en voz alta, «joder, qué mal huele en este antro de mierda». En menos de 30 segundos el propietario ha saltado de la barra con un ambientador en la mano y lo ha vaciado por todo el establecimiento. Como me han entrado arcadas, he pagado la consumición y me he dirigido a casa.

Ahora estoy sentado frente al ordenador, con un paquete de cigarros abierto y un mechero que no funciona encima de la mesa. Mientras intento escribirte estas líneas, medito sobre las inconveniencias del YO poco o nada desarrollado. Ya no me interesa inmiscuirme en cada uno de los miles de «HE SIDO» que reptan sinuosos sobre mi inconsciencia. Cuando espero algo de alguien, me gusta que me lo proporcione al momento. Necesitar es una adicción. Y como la mayor parte de las adicciones, necesita ser evaluada con cierta comprensión particular. Mis necesidades básicas nunca han estado cubiertas porque algo en mi interior, algo que quizá no funciona como es debido, impide diferenciar la realidad de la alucinación. ¿Comprendes por qué necesitaba que me pegaran una hostia? ¿Un golpe sin compromiso que despertara parte de la sensibilidad entumecida?

El pasado reposa aburrido en un álbum viejo y manchado de lágrimas. El presente se dirige derecho hacia una gran trampa. Me miro en el espejo, tratando de atisbar lo que se esconde en mi futuro, pero no puedo ver nada. Ya sabes que sin gafas me encuentro realmente perdido.

Besos

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Email del 7 de octubre 2014

Pericles Pantazis. The writer

Querida:

La mayor revolución del pensamiento de nuestro tiempo reza así: «la Nada absoluta está en mi bolsillo». Su autor, Ñam Ñam Wilder, escritor alcohólico y sodomita, desconocido por los filósofos modernos y vilipendiado por los sastres heterosexuales de medio mundo, falleció rodeado de pobreza y suciedad a los 34 años. Según el catedrático de filosofía, Nunally Foster, las ideas de Ñam Ñam se adelantaron a su tiempo en aproximadamente 23 minutos, aunque para algunos colegas de profesión, no pueden ser tomadas en serio, ya que fueron escritas con pintalabios sobre un espejo.

Ñam Ñam nació el 28 de agosto de 1947. Su padres, persianeros de profesión, lo abandonan a los cuatro meses por no poder enrollarlo y es adoptado por una familia de titiriteros sin títeres. Le dan amor y a veces comida y Ñam Ñam crece fuerte y sano hasta que a los 12 años se convierte en el primer hombre de la historia que tiene una menstruación. Los médicos intentan ayudarle suministrándole anticonceptivos, pero el cuerpo de Ñam Ñam no los tolera, por lo que padece una fuerte depresión que le hace interrogarse sobre su futuro. Es entonces cuando decide convertirse en escritor de lavabos. Recorre todos los bares y garitos de la ciudad dejando escrito en las puertas y espejos frases lapidarias que hoy son la esencia del librepensamiento universal.

A continuación te copio algunas de las mejores, recopiladas por su amante militar, Coronel James L. Sunny, en un libro que dio la vuelta al mundo en una maleta y que hoy es reconocido como un clásico:

-«Todo lo que sube, tropieza».
-«Fumo en pipa porque los cigarrillos me recuerdan a un pene pequeño. No soporto los penes pequeños, me producen inapetencia».
-«Mi madre violó a mi padre. Mi padre violó a su perro. Su perro violó al gato de sus vecinos. El gato se violó a sí mismo. Vivimos en un mundo donde la castración es un pecado capital».
-«Dios, como el Ser Máximo que sintetiza cada connotación ontológica, se comporta de una manera ilógica. Nunca he comprendido cómo pudo crear a las mujeres. Y hasta el día de hoy, sigo sin saber para qué sirven».
-«Todos tenemos varios Yo. Los míos no se soportan, por lo que a veces no me queda otra alternativa y me veo obligado a poner paz entre ellos. El problema estriba en que me gustan tanto que al final suelo acostarme con todos».
-«El No ser no existe. Cuando se Es, se manifiesta a sí mismo y se convierte en algo parecido a No soy».
-«Amo al género masculino. ¿Hay algún problema? Me gustan sus bigotes. Me gustan sus bíceps. Me gusta cómo mueven las caderas cuando caminan. Me enloquece cuando me pegan y me escupen. Y sobre todo me gusta la vacuidad que se esconde en sus cerebros».
-«Cuando me muera quiero ser enterrado junto a mí mismo».

Greg

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Email del 4 de octubre 2014

Michael Sowa

Queridísima amiga:

A veces suceden cosas muy extrañas. Esta mañana, después de desayunar, practicar mis 600 flexiones abdominales, y sentirme absolutamente orgulloso de cómo se va al garete mi vida, me disponía a fumarme un cigarrillo cuando, de repente, la mesa del comedor ha levitado unos dos metros y ha salido por la ventana. No me importa demasiado que los muebles floten de vez en cuando, e incluso que se escapen, pero da la casualidad que encima de esa mesa estaba el paquete de Winston Evolution y el mechero. De mala gana he tenido que ponerme los pantalones y bajar corriendo al estanco. Cuando le he pedido al propietario, que también es el dependiente, que me diera un par de paquetes, éste (el propietario dependiente) ha extendido los brazos y ha salido volando de una manera muy vistosa y poco natural. Mientras se alejaba no dejaba de cantar una canción extraña, con una melodía de sólo tres notas y en un compás de 4/4. Al verme solo en el establecimiento he decidido robarle unos cuantos cartones de mis marcas preferidas, pero me ha sido completamente imposible, pues cuando he saltado el mostrador, una especie de monstruo con forma de pulmón neupático ha intentado chuparme una oreja. Aunque su técnica succionadora no era demasiado mala, me lo he quitado de encima como he podido, pues hacía dos semanas que no me arrancaba los pelos de la oreja y temí que pudiera hacerse daño. Viéndose libre de su objeto del deseo, el pulmón (neupático) ha salido brincando detrás de mí hasta que ha reparado en una señora gorda, con aspecto de croqueta tradicional, y se ha abalanzado sin ninguna clase de pudor sobre ella. Al verme libre de semejante aparición (succionadora) he corrido sin rumbo hasta llegar a una especie de casucha vieja, mal pintada de un color marrón topillo y con la fachada desvencijada. Como la puerta estaba abierta, me he metido en el interior. Casi todas las habitaciones estaban vacías, pero en la última, de unos 5´3 metros cuadrados, había algo que me ha llamado poderosamente la atención. Al principio creí que se trataba de un Slong, pero al darme cuenta de que no existen los slongs me he acercado hasta una distancia prudencial y he podido ver con extrema claridad que era un excremento vacuno muy antiguo. Al acercar la vista he reparado en una plaquita de metal en la que ponía: «Esta hez fue depositada en 1924 por la gran Haravanda, la reina de las vacas soñadoras«. He estado, y me cuesta admitirlo, tentado de pisarla con mi botas de piel, pero cuando me disponía a chafar la mierda de la gran Haravanda, un aminoácido vestido únicamente con un chaleco torerito bastante ceñido ha surgido de la nada y me ha obligado a bailar 24 veces un chotis. No tengo que explicarte lo imbécil que me he sentido. Afortunadamente, cuando hemos dejado de danzar, la molécula orgánica ha desaparecido y yo me he dirigido a casa.

Te juro (por la gran Haravanda) que pienso dejar de fumar ahora mismo.

Greg

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Email del 3 de octubre 2014

Goya. Bandolero asesinando a una mujer (1800)

Amiga:

Cuando uno cree que lo sabe todo es cuando está en verdaderas condiciones de cometer un error de apreciación de consecuencias imprevisibles. Se supone que con la edad se aprende a distinguir entre un acierto exitoso y lo que te puede llevar directamente a un nivel de desesperación y angustia que te transforme en un ser deprimido y amargado; de esos que saltan cuando una mosca les pasa rozando o de los que esperan siempre la confirmación de sus peores augurios. Recuerdo a Rafael Sánchez. Recuerdo cómo temía que su mujer le engañase. Se pasó cerca de siete años rezando a los dioses celestiales y a algún santo mártir para que eso no sucediera jamás. Jamás… Desconocía por completo la verdadera definición de ese adverbio, pero intuía que si coloquialmente era aceptado y,  lo que es más importante, usado hasta la saciedad para definir algo así como «en ningún momento», no le sucedería nada por hacer de él una especie de muletilla emocional. Por esa razón lo adoraba, lo mecía, y cuando el adverbio tenía hambre, lo alimentaba con parte de su propia sangre, que estaba tan descolorida como sus demonios interiores. No puedo dejar de pensar en el día en que recibió la llamada telefónica que tanto le aterraba, esa para la que se había estado preparando desde que inició su relación con Rebeca.

-¿Rafa? ¿Eres tú? Te oigo muy mal.
-Hola, mi amor. Este puto aparato cada día va peor. Tendríamos que cambiarlo de una vez -contestó él mientras trataba de sentarse, quizá para evitar un desmayo que diera con sus funestos huesos en el suelo de gres blanco.
-Rafa, tengo que decirte algo -susurró su pareja.
-Sé lo que vas a decirme. Me dejas.
-Sí. Lo siento. He conocido a otro…
-¿Sabía que lo harías desde el momento en que te conocí. No te preocupes. Estoy preparado.
-¿Cómo no vas a estarlo si llevas años rogándome que no lo hiciera?
-Porque quería estar seguro de tus sentimientos hacia mí.
-Rafa -continuó Rebeca- estás enfermo. No te das cuenta, pero si sigues así, vas a acabar como tu madre.
-¡Deja en paz a mi madre! ¡Eres una mala puta! ¿A quién te estás follando a mis espaldas? ¿A Marcos? ¿A Genaro? Deberías controlar ese furor uterino. Deberías…
-Adios. Siempre has sido un capullo.

Rafael colgó el auricular con parsimonia y después se echó sobre el sofá. «Ha sucedido lo que imaginé desde siempre. Que se vaya a la mierda. Reharé mi vida. Pero ésta vez recordaré a mi nuevo amor que ésto no debe pasar jamás». ¡Jamás! De nuevo, el maldito adverbio voló por la habitación y se posó con la agilidad de un animal inexistente sobre el hombro del invalido afectivo. En seguida se hicieron amigos. Desde aquel instante cada uno sostuvo el destino del otro sobre una maraña de hilos quebradizos fabricados con negatividad y rabia a partes iguales. De vez en cuando ambos venían a visitarme. Notaba sus presencias cuando todavía se encontraban a cientos de metros de distancia, pero era mi amigo. Un amigo peligroso, sin duda.

-Hola Greg, ¿Cómo te encuentras?
-Yo bien, como siempre. Intento seguir hacia delante. ¿Y tú?
-¿Sabes que esa mala puta de Rebeca me ha dejado?
-Vaya, no lo sabía. Lo siento mucho.
-Más lo va a sentir ella.
-Rafa, te encuentro diferente. ¿Qué es esa mancha negra que flota sobre tu hombro?
-Es mi nuevo «jamás». Mucho más fuerte y sabio que el anterior. Él me ayudará a poner en su sitio a esa feladora criminal.

Criminal. Esa palabra se ha incrustado en mi cerebro. Según el diccionario de la Real academia, un criminal es una persona que ha cometido un crimen. Rebeca nunca hizo daño a nadie. Era una mujer bondadosa y siempre tenía una sonrisa dibujada en la cara, aunque por dentro se preguntara continuamente cómo había sido capaz de enamorarse de un tipo como ese. Una semana antes de que encontraran su cuerpo cosido a puñaladas coincidí en la calle con ella.

-Greg, he dejado a ese psicópata.
-Rebeca, yo no soy nadie para darte consejos, pero creo que has obrado correctamente.
-Lo sé. Pero obrando correctamente, como tu dices, he firmado mi sentencia de muerte.
-¿Qué dices? Rafa es un imbécil y como todos los imbéciles buscará a una nueva víctima a la que martirizar. Te aseguro que no volverás a verlo. Es un gilipollas pero no se atreverá a acercarse a ti.
-Greg, estoy muerta.

Cuando leí que un sujeto inestable había matado a su pareja y después se había suicidado, enseguida comprendí quienes eran los actores de la tragedia. En las últimas líneas de la reseña se podía leer claramente que ella estaba cubierta de sangre y él pendía de una cuerda. También, que a su lado descansaba una forma inconcreta de magma negro inerte. ¿El adverbio?

Un abrazo

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Email del 2 de octubre 2014

Jeffrey Smart. Approaching storm by railway

Amiga:

Últimamente me siento como un estepicursor. Ruedo de un lado a otro intentando encontrar un lugar que se adapte a mis expectativas. Pero mis expectativas se hunden bajo toneladas de imposibilidad y desconcierto. Me gustaría sacar la cabeza por la ventana y gritar. Si no lo hago es porque detesto asustar a los gatos, que viven como pueden ocultándose debajo de los coches. Y porque me duele la garganta. Ayer me fumé 27 cigarrillos. Hoy espero batir la marca. Necesito con urgencia un placebo o acabaré ululando por las noches, que no son mejores que las mañanas o las tardes. Un día tiene 24 horas. Yo gasto 23 intentando escabullirme. La hora restante la utilizo para planificar mi propia caída. Cuando me desplome, quiero hacerlo con clase. Incluso estoy redactando un Damnatio memoriae por el cual condeno cualquier recuerdo a mi memoria.

De todos y cada uno de los papeles que he representado en estos últimos 52 años, no ha habido ninguno con el que me haya sentido satisfecho. He sido humano redentor, ladrón en la noche, partícula divina y lloriqueador profesional. He sido nigua y almizclero, oporto añejo y ponzoña mortífera. Ahora, en estos instantes, no soy nada. Mi guionista se ha dado por vencido. Ya no tengo ningún argumento que memorizar. Me encuentro tan perdido que ni siquiera soy capaz de disfrutar las carencias, las omisiones, el vacío. Me froto los ojos y sólo veo fosfenos. Me pellizco la carne y no siento nada. ¿Estoy muerto?

Un beso

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