Email del 4 de octubre 2014

Michael Sowa

Queridísima amiga:

A veces suceden cosas muy extrañas. Esta mañana, después de desayunar, practicar mis 600 flexiones abdominales, y sentirme absolutamente orgulloso de cómo se va al garete mi vida, me disponía a fumarme un cigarrillo cuando, de repente, la mesa del comedor ha levitado unos dos metros y ha salido por la ventana. No me importa demasiado que los muebles floten de vez en cuando, e incluso que se escapen, pero da la casualidad que encima de esa mesa estaba el paquete de Winston Evolution y el mechero. De mala gana he tenido que ponerme los pantalones y bajar corriendo al estanco. Cuando le he pedido al propietario, que también es el dependiente, que me diera un par de paquetes, éste (el propietario dependiente) ha extendido los brazos y ha salido volando de una manera muy vistosa y poco natural. Mientras se alejaba no dejaba de cantar una canción extraña, con una melodía de sólo tres notas y en un compás de 4/4. Al verme solo en el establecimiento he decidido robarle unos cuantos cartones de mis marcas preferidas, pero me ha sido completamente imposible, pues cuando he saltado el mostrador, una especie de monstruo con forma de pulmón neupático ha intentado chuparme una oreja. Aunque su técnica succionadora no era demasiado mala, me lo he quitado de encima como he podido, pues hacía dos semanas que no me arrancaba los pelos de la oreja y temí que pudiera hacerse daño. Viéndose libre de su objeto del deseo, el pulmón (neupático) ha salido brincando detrás de mí hasta que ha reparado en una señora gorda, con aspecto de croqueta tradicional, y se ha abalanzado sin ninguna clase de pudor sobre ella. Al verme libre de semejante aparición (succionadora) he corrido sin rumbo hasta llegar a una especie de casucha vieja, mal pintada de un color marrón topillo y con la fachada desvencijada. Como la puerta estaba abierta, me he metido en el interior. Casi todas las habitaciones estaban vacías, pero en la última, de unos 5´3 metros cuadrados, había algo que me ha llamado poderosamente la atención. Al principio creí que se trataba de un Slong, pero al darme cuenta de que no existen los slongs me he acercado hasta una distancia prudencial y he podido ver con extrema claridad que era un excremento vacuno muy antiguo. Al acercar la vista he reparado en una plaquita de metal en la que ponía: «Esta hez fue depositada en 1924 por la gran Haravanda, la reina de las vacas soñadoras«. He estado, y me cuesta admitirlo, tentado de pisarla con mi botas de piel, pero cuando me disponía a chafar la mierda de la gran Haravanda, un aminoácido vestido únicamente con un chaleco torerito bastante ceñido ha surgido de la nada y me ha obligado a bailar 24 veces un chotis. No tengo que explicarte lo imbécil que me he sentido. Afortunadamente, cuando hemos dejado de danzar, la molécula orgánica ha desaparecido y yo me he dirigido a casa.

Te juro (por la gran Haravanda) que pienso dejar de fumar ahora mismo.

Greg