diciembre 2018

Email del 31 de diciembre 2018

John Everett Millais. Ophelia (1852)

Querida:

Tú sabes -ya que te lo he contado en numerosas ocasiones- que desde que tengo uso de razón, o mejor, desde que comprendí que todo lo que somos o nos permiten ser es una jodida patraña, he vomitado puntualmente y sin una sola excepción una vez cada día. Hace unos minutos he tirado la última papa de este año que pronto, afortunadamente, se irá a tomar por el puto culo. ¿Qué se supone que espero del próximo año? Nada. Nunca he esperado nada en lo que estén relacionados de una u otra manera los seres humanos. Me importa una mierda bipolar lo que me pueda llegar a suceder en los  trescientos sesenta y pico días que se avecinan. Lo único que de verdad me haría cambiar el carácter sería que la estupidez se extinguiera por completo, pero claro, eso no va a suceder, es demasiado fácil escabullirse y el género Homo sapiens es campeón universal en huida libre. Puedo asegurarte que ni ayer ni hoy he asistido a ninguno de los dos o tres ensayos de fin de año que se han efectuado en la madrileña Puerta del Sol. ¿Te lo puedes creer? Ahora ensayan las campanadas y la deglución desencadenada de esa pequeña fruta cardiosaludable llamada uva. ¿Qué será lo próximo? Me aterra pensarlo. ¿Qué está sucediendo con la gente? ¿Cómo es que cada vez se prostituyen con mayor alegría y regocijo a las maquiavélicas ideas de los políticos, ayuntamientos, corporaciones y Estado? ¿Acaso les introducen soma o calfaburras en el agua, tanto en la corriente como en la embotellada? Cada día entiendo todo menos. No me importaría en absoluto desaparecer, aunque en realidad, hace ya años que estoy desaparecido. Quizá por esa razón mi cociente mental sigue en sus guarismos de siempre y todavía no he tenido que comprar una falsilla para poder escribir mi nombre y apellidos.

Greg

Email del 31 de diciembre 2018 Leer más »

Email del 30 de diciembre 2018

James McNeill Whistler. Composición en gris y negro nº 2 (1873)

Hola:

A algunos de mis amigos solo les gustan mis textos cómicos. A otros los serios y dramáticos. Un número reducido de conocidos opinan que es en los poéticos donde verdaderamente destaco. Y uno de mis seguidores, uno solo, es de la opinión de que todo lo que escribo es bueno, muy bueno o magistral. Claro que este sujeto es kazajo y las únicas palabras que entiende del idioma castellano son «repulgo», «anilingus» y «desriñonado». Pero me reconforta observar como mueve la cabeza de arriba a abajo cada vez que entra en mi blog. Supongo que esos movimientos pueden deberse al gesto de asentimiento que todos conocemos y que es casi universal, aunque podrían ser fácilmente provocados por distonía cervical, mioclono o una meningitis emergente. Sin embargo, a mí no me gusta nada de lo que hacen mis amigos y siempre que puedo intento trasladar mis opiniones a cada uno de ellos. No me gusta verlos caminar, trotar o caerse al suelo totalmente alcoholizados. Detesto la manera que tienen de irse, quedarse o incrustarse. De la misma manera aborrezco contemplar sus rostros, más parecidos a acumulaciones opacas algo nebulosas que a una cara simétrica, absolutamente proporcionada y libre de imperfecciones epidérmicas como la mía.

Por otra parte, sigo pensando que si hubiese tardado 30 segundos o más en ponerme a escribir este texto no me habría puesto a escribir este texto. Seguramente me habría puesto a escribir otro texto completamente diferente. O puede que no me hubiese puesto a escribir ningún texto y hubiera optado por prepararme un huevo escalfado no demasiado escalfado. Aunque lo que más me gusta hacer es romper España, pues soy un gran rompedor con más de 56 años de experiencia.

Greg (anteriormente llamado Gorigori cementeri)

P.D.
Este email, desde luego, no tiene lerele.

Email del 30 de diciembre 2018 Leer más »

Email del 29 de diciembre 2018

Anatol Petrytsky. An eccentric dance (1922)

Amiga:

La historia de mi relato Gungulín es absolutamente atípica, ya que el narrador homodiegético es un preservativo extrafino XL y usado de la marca Durex llamado Hodolink-Ja-Uhman-Sadifoje. Supongo que debería empezar explicando quién es Gungulín, pero como yo soy famoso en el distrito postal 46020 por hacer lo que me sale de ese sitio de donde algunas veces salen las cosas que no deberían salir demasiado a menudo, o por lo menos delante de gente no lo suficientemente preparada, voy a cambiar de tercio e intentar explicarte las 17 maneras que existen de…

No tengo ganas de nada. Vete a la mierda.

Greg

Email del 29 de diciembre 2018 Leer más »

Email del 28 de diciembre 2018

Dana Schutz. Poisoned man (2005)

Mi memoria está completamente deteriorada. Supongo que debería dejar que un neuromatasanos me revisara la corteza cingulada. Aunque también podría introducir la cabeza en uno de los programas de centrifugado de mi lavadora Balay. Las posibilidades son casi infinitas. ¿Sabes? A menudo me siento perdido, en otras me siento podrido, pero la mayor parte de las veces me siento en el sofá. Lo que trato de expresarte es… ¡Joder! ¡No tengo ni puta idea de cómo dirigir mi vida! ¡Si pudiese conseguir un tósigo rápido e indoloro!

Ayer soñé que los espectros de mis antepasados se introducían en mi ano. Una vez dentro de él, se ponían a jugar a la goma elástica:
«Don Melitón tenía tres gatooooos
que los hacía bailar en un platooooo
y por las noches les daba turróoooon.
¡Qué vivan los gatos de Don Melitóoooon!
Don Melitón como era tan chatooooo
le llamaban narices de gatooooo,
pero los gatos se le han escapaooooo
comiendo ratones a medio bocaooooo.»
Cuando desperté lo primero que hice fue no hacer nada. Y después de no hacer nada durante un rato decidí que me gustaba no hacer nada a tiempo completo, así que continué sin hacer nada hasta hace solo unos pocos minutos en que he sentido unos irrefrenables deseos de contarte en tres párrafos lo bochornosa que resulta mi existencia. ¡Si pudiese conseguir un tósigo rápido e indoloro!

Parece que la mueca es demasiado pronunciada. O quizá es que el espejo se está curvando. Sea lo que fuere, mi saliva se ha endurecido y ahora se asemeja a una lágrima ultracongelada. Supongo que si fuera un poco más sensato dejaría de preocuparme, la descongelaría en el microondas y me la prepararía al ajillo o al pil pil. Pero antes de que esa formidable inconsistencia pueda llegar a concretarse tengo que diseñar una estrategia. O restaurar los archivos de la anterior estrategia. O no limitarme a una única y limitada estrategia. O robar a alguien su jodida estrategia. ¡Si pudiese conseguir un tósigo rápido e indoloro!

Email del 28 de diciembre 2018 Leer más »

Email del 27 de diciembre 2018

Eugene Delacroix. Hamlet sees the ghost of his father (1843)

Me encanta sentarme al lado de mis problemas. Yo les cuento lo que espero de ellos mientras ellos me informan sobre lo que necesitan de mí. Y de esa manera todos ganamos, porque todos esperamos algo de todos y todos sabemos que seguiremos esperando algo hasta el final de los tiempos. O por lo menos hasta el final del tiempo de los algos de todos. La última vez que charlé con ellos, un algo perteneciente a esos todos se derritió debido al calor que provenía de las estufas eléctricas, así que decidí invitar al resto de algos de todos a sentarnos en la habitación contigua, donde nunca enchufo la calefacción, y de esa manera seguir con el diálogo. Ellos aceptaron de buena gana, pero se opusieron a que yo les ayudara a trasladarse, por lo que no me quedó más remedio que esperar casi cuatro horas a que esos malditos y muy seguros de sí mismos algos llegasen al lugar acordado. Una vez sentados y con los ánimos apaciguados, les propuse nuevamente el plan de acción que anteriormente habían rechazado con vehemencia por considerarlo engañosamente aguachirlado (sic) y volvieron a repudiarlo. Yo me cabreé y les amenacé con suicidarme allí mismo, pero ellos me respondieron que les daba igual que yo me quitase la vida, ya que ellos podían desligarse fácilmente de mí de la misma manera que podrían ligarse a cualquier otra persona tan débil, ruin y desorientada como yo, por ejemplo mi padre, ya con una edad muy avanzada y sin medios para protegerse a sí mismo. Me incorporé de un salto que hubiera hecho palidecer de envidia a cualquier batracio anuro y saqué un revolver con el que les intimidé a todos. Les hice saber que su idea de trasladarse era sensacional y que o se mudaban y mimetizaban con los problemas de los algos de todos de mi progenitor en ese mismo instante y le empezaban a complicar más la existencia -o lo que pudiera quedarle de ella- o no volverían a sentir la luz del día acariciando sus nadas de nada, o sus algo de todos, o como diantres se quisiesen definir a ellos mismos y sus indivisibles fragmentos acumulados. Ellos aceptaron atemorizados, seguramente por la forma de máscara china que adquirió mi rostro y, sobre todo, por el color rojizo inyectado en mis ojos. Desde entonces mi padre sufre más que nunca y yo soy más feliz y dichoso cada día.

Email del 27 de diciembre 2018 Leer más »

Email del 25 de diciembre 2018

Jheronimus Bosch. El jardín de las delicias (1480-1490)

Hola:

¡Hoy es 25 de diciembre! ¡Fum, fum, fum! Después de tantos años todavía sigo sin creer en esas putas mierdas. Y eso implica que sigo sin venderme a esas putas mierdas. ¿Me convierte eso en el tipo más honesto del planeta? Probablemente…

Gregorio López Pérez (El despotricador anhedónico)

Email del 25 de diciembre 2018 Leer más »

Email del 24 de diciembre 2018

Ronnie Landfield. Red night (1973)

Hola:

Mis noches son rojas. En realidad no me importa demasiado porque estoy acostumbrado, pero… cada vez son más rojas. ¿Te has preguntado alguna vez por qué tus noches son azules? Yo sí me he preguntado en más de una ocasión la razón por la cual mis noches no son azules. Y nunca he llegado a ninguna conclusión que no fuera francamente contradictoria. Porque si mis noches son rojas y las tuyas y la de una gran mayoría de la gente que ambos conocemos son azules, eso quiere decir que, o bien yo, o bien vosotros… ¡No quiero ser más preciso! Tampoco creo que sea absolutamente necesario. Todo se ajusta o se limita a dos diferentes colores. El rojo y el azul. ¡Se podría diseñar una bonita bandera con ellos! ¿Tus noches son cada vez más azules? ¡Oh, no es necesario que respondas! Pero si los ves… si los ves a ellos, a nuestros amigos comunes, por favor pregúntales de mi parte si sus noches son cada vez más azules, porque como te expresé en la primera línea, mis noches cada vez son más rojas. Y si los vuelves a ver en sucesivas ocasiones, repíteles la misma pregunta. Puede que sus respuestas sean completamente diferentes. Ya sabes, es posible que alguno abra su corazón -frío y pulido como una roca lunar sobrevalorada por un perito desorientado- y suelte lo que yo necesito escuchar, es decir, que sus noches son tan rojas como las mías. O posiblemente más.

En realidad las noches deberían ser negras, que es la tonalidad que utiliza la noche para indicarnos que nos compremos somieres costosos y cambiemos los colchones cada siete u ocho años. Durante un tiempo -y no voy a dejarme tentar por la voz interior que me amenaza con dolores internos extremos si no te explico una vez más lo que significa para mí el paso del tiempo- estuve durmiendo por las mañanas y viviendo como una forma antinatural nocturna, pensando que de esa manera los días serían rojos y las noches azules o incluso negras. Pero me equivoqué. ¡Casi siempre me equivoco! Las noches siguieron siendo rojas. ¿Te lo puedes creer? Haga lo que haga, las noches serán rojas, por lo tanto lo que debería hacer es algo parecido a absolutamente nada. Pero si no hago nada, de alguna manera no estoy existiendo. Y aunque te parezca extraño, desde hace unos días quiero ser, existir y, si me es posible, ahorrar para comprarme unas gafas polarizadas que transformen el color rojo en cualquier otra tonalidad del espectro visible.

Porque si mis noches siguen evolucionando y cada vez son mas rojas, entonces… ¿Entonces qué? Pues que entonces probablemente continuaré lamentándome de mis… ¿De tus qué?, maldito quejica axiomático y elemental. ¡Caray!, si continúo respondiendo a mis propias preguntas en voz alta pareceré el dúo Pimpinela reconvertido en exmacho alfa, por supuesto, con todos mis respetos a Lucyan David Mech.

G

P.D.
Mi dentista se está construyendo un chalet adosado de 600 metros cuadrados con la pasta que me saca por recomponerme la boca. Mi coloproctólogo me cobra una cantidad indecente por sodomizar mi culo cada año. Sí, ya sé que podría ir al proctólogo de la Seguridad Social que es gratis, pero mis amigos me han dicho que pagando es mejor porque te meten el dedo con más cariño.

Email del 24 de diciembre 2018 Leer más »

Email del 23 de diciembre 2018

Paul Douglas. Testicles (Fecha desconocida, pero para la calidad de la obra, ni puta falta que hace)

Hola:

He estado escribiendo una escena del guion cinematográfico en el que llevo trabajando varios meses titulado Hace 38 años que no me enseñas el chichi y que trata sobre la desintegración emocional y sociológica de un matrimonio de clase media alta. El protagonista, Ramón, trabaja como bisbiseador equino y tratante de palafrenes de madera en un tiovivo infantil y su mujer -que por una de esas casualidades de la existencia se llama Ramona- es domesticadora de eslavos occidentales. Ambos están a punto de jubilarse y en ocasiones se preguntan qué hubiera sido de sus existencias si no se hubiesen conocido. La dificultad del texto estriba en que exceptuando a Ramón y Ramona, todos los demás personajes (más de 300) pierden continuamente sus sombreros de las maneras más tontas imaginables y se tienen que agachar a recogerlos.

Por lo demás, el resto de la jornada ha sido una repetición exacta del resto de la jornada de ayer y de antes de ayer. Supongo que el resto de mañana será también una repetición exacta del resto de pasado mañana o del de ayer o antes de ayer. Mi vida es un resto, un maldito remanente. ¡Me gustaría tanto ser capaz de no ser capaz de nada y pasar las horas tumbado en la cama abatible cuando está en posición vertical! Porque dicen que en esa postura es cuando realmente no se contempla el presente como es. Quizá por esa razón Dios, en su infinita sabiduría, creó al hombre para que caminara completamente estirado. Y luego le arrancó una costilla sin ni siquiera anestesiarlo y con ella se rascó las ronchitas de la espalda producidas por la exudación debido al continuo trabajo de crear y crear sin parar.

Mañana por la noche las familias se reunirán en torno a la mesa. Pasado mañana las mismas familias se reunirán para comer. Afortunadamente no se reunirán para ir al aseo a defecar, miccionar o incluso explotarse los granos de la cara porque si no se armaría la gorda. Y hablando de gordos: no me ha tocado ni un jodido euro en el sorteo de ayer, seguramente porque no me jugué ni un jodido euro. No estoy para gordos estos días, sobre todo con esta barriga sanchopanciana que me acompaña a todas partes.

Aunque soy ateo, apóstata, atractivo e inteligente, te deseo, o mejor dicho, mis dos cojones -gemelos y absolutamente primarios- te desean FELIZ INVENTO NAVIDEÑO MANUFACTURADO PARA QUE TE SIENTAS MÁS IMBÉCIL EN UN MUNDO YA DE POR SÍ IMBÉCIL Y SIN SENTIDO. Y para demostrarte que lo siento de verdad y no es un efecto ñoño producido por la vejez te cantaré los mismos versos que te canto año tras año en estas mismas fechas:

Hacia Belén va una burra, RIIIIIIIIN RIIIIIIIIIN,
yo me remendabaaaaaa, yo me remendéeeeeee,
yo me eché un remiendooooooo, yo me lo quitéeeeeeee,
cargada de chocolaaaaaate.
Lleva su chocolatera,  RIIIIIIIIN RIIIIIIIIIN,
yo me remendabaaaaaa, yo me remendéeeeeee,
yo me eché un remiendooooooo, yo me lo quitéeeeeeee,
su molinillo y su anaaaaaafre.

Greg «anticristo sin bisoñé» López

Email del 23 de diciembre 2018 Leer más »

Email del 22 de diciembre 2018

Jean-Honoré Fragonard. L’Escarpolette (1767)

21.12.2018

Recuerdo perfectamente el día en que debuté como despotricador, pero sin embargo no me acuerdo desde cuándo soy anhedónico. Puede que desde siempre. ¿Qué importa eso ahora? Nada es demasiado importante, ni siquiera fundamental, trascendental o cualquier otra jodida mierda de vocablo que termine en «al», como por ejemplo «nefando». He llegado a un punto en que nada me llama la atención, ni siquiera salchichonear, mi acción y reacción favorita y el verbo más apreciado de todos los que comprenden el idioma castellano (o español). Salchichonear, por si lo desconoces, significa lo mismo que quesear pero sustituyendo el derivado lácteo por tocino y magro porcinos.

22.12.2018

Una cantidad infinita de segundos me esperan detrás de una puerta. El problema es que no tengo puertas. Solo tengo un número indeterminado de callos en el talón del pie de mármol que alguien me regaló cuando sí tenía puertas y que me sirve de golpeador craneal cuando me vuelvo comprensivamente psicótico y recibo injerencias externas.

23.12.2018 (es decir, mañana).

23 mujeres desnudas se han peleado por mí mientras yo me peleaba con 23 hombres desnudos por alguna de esas 23 mujeres desnudas. La ganadora de esas 23 mujeres desnudas se ha largado con uno de esos 23 hombres desnudos y yo me he quedado con 22 mujeres desnudas y 22 hombres desnudos. Al cabo de un rato los 22 hombres desnudos se han emparejado con las 22 mujeres desnudas y yo me he vuelto a quedar en pijama y solo otra vez. Me siento triste. Creo que voy a imaginar que todos los capullos y capullas que ayer salieron en la tele festejando que les había tocado la lotería enferman de almorranas y mueren dolorosamente. O enferman y no mueren, que es peor. O no enferman y mueren, que debe ser terrible. O no enferman ni mueren y algunos de ellos adquieren costumbres serendípicas…

G

P.D.
Como no tenía ganas de escribir he transcrito las dos primeras entradas de mi diario personal. En cuanto al texto del día de mañana, he de dar las gracias (una vez más) a Doraemon por haberme proporcionado uno de sus inventos del futuro.

Email del 22 de diciembre 2018 Leer más »

Email del 20 de diciembre 2018

Paul Gauguin. The guitar player (1894)

Amiga:

Aprovecho las horas libres para tocar la guitarra. En cierta manera es como volver a empezar, pues en los últimos años no les había hecho ni puto caso. Y hablo en plural porque tengo 35 (contando los ukeleles). Si para mí escribir siempre ha sido una sustitución del psicólogo, tocar un instrumento es como acostarse con él, con el psicólogo, por supuesto siempre que él sea ella, ya que estoy completamente convencido de que todavía no me siento preparado para experimentos o indagaciones sodomitas. Cuando paso los dedos por el diapasón es como si estuviera introduciéndolos en una especie de gran vagina cósmica, absoluta y universal cuya hipersexualidad (o llamémoslo como antaño, es decir, furor uterino) solo pudiera ser sofocada con el sonido de un acorde menor arpegiado. Lo ideal sería escribir al mismo tiempo que toco, pero dado que solo dispongo de dos brazos lo veo realmente difícil. Claro que podría rasgar la guitarra con las manos y escribir con los pies y, ya puestos, contratar a alguien para que se convirtiese en mi agente artístico y me exhibiera en circos, ferias ambulantes y espectáculos de fenómenos.

Necesito inventar el tiempo. Pero no el que ya existe y puede ser medido. Me refiero a una especie de duración infinita que pudiera ser aplicada sin necesidad de estar recluido en una habitación acolchada. Hace años inventé la morcilla de arroz sin arroz y fue un éxito. Podría volver a visitarme la musa, ¿no crees? De lo que estoy absolutamente seguro es de que no sé hacia dónde me lleva todo. Y con todo me refiero a mi «aquí y ahora», repleto de tos, mocos y escalofríos, o a eso que no sirve para nada y que algunos llaman futuro. El futuro es lo que sucederá a partir de dentro de una millonésima de segundo, pero una millonésima de segundo tiene una duración tan ínfima que antes de que termine de escribir o pronunciar «ainsss» ya se ha convertido en pasado. Y el pasado no sirve para nada porque no puede ser modificado. Pero, no me entiendas mal, el presente tampoco puede ser alterado. ¡O por lo menos no debería ser alterado! Conozco a un tipo que intentó transformar su «aquí y ahora» en un «aquí y luego» y le explotó un puente dental. Creo que deberíamos ser capaces de comprender que hemos sido biológicamente diseñados para no poder dejar de hacernos preguntas constantemente. El problema no reside en que hacerse preguntas sea o no disfuncional para poder seguir existiendo sin demasiados problemas cognitivos, sino la extraña razón que nos lleva a hacernos esas preguntas sabiendo que nunca seremos capaces de poder responderlas. Es todo un lío de cojones. Quiero decir, nacemos, crecemos, contraemos enfermedades venéreas y una multinacional llamada Durex se forra a nuestra costa. No entiendo nada, joder.

Mis guitarras no gimen dulcemente como las de George Harrison. Las mías lloran a moco tendido. Y lo hacen porque como materia inerte, conocen el proceso de la descomposición. Yo conozco muchas cosas, pero nunca he visto a nadie descomponerse. Tampoco es que arda en deseos de verlo, pero me gustaría escuchar el ruido que hace un planeta al desintegrarse.

Greg

Email del 20 de diciembre 2018 Leer más »