Email del 27 de diciembre 2018

Eugene Delacroix. Hamlet sees the ghost of his father (1843)

Me encanta sentarme al lado de mis problemas. Yo les cuento lo que espero de ellos mientras ellos me informan sobre lo que necesitan de mí. Y de esa manera todos ganamos, porque todos esperamos algo de todos y todos sabemos que seguiremos esperando algo hasta el final de los tiempos. O por lo menos hasta el final del tiempo de los algos de todos. La última vez que charlé con ellos, un algo perteneciente a esos todos se derritió debido al calor que provenía de las estufas eléctricas, así que decidí invitar al resto de algos de todos a sentarnos en la habitación contigua, donde nunca enchufo la calefacción, y de esa manera seguir con el diálogo. Ellos aceptaron de buena gana, pero se opusieron a que yo les ayudara a trasladarse, por lo que no me quedó más remedio que esperar casi cuatro horas a que esos malditos y muy seguros de sí mismos algos llegasen al lugar acordado. Una vez sentados y con los ánimos apaciguados, les propuse nuevamente el plan de acción que anteriormente habían rechazado con vehemencia por considerarlo engañosamente aguachirlado (sic) y volvieron a repudiarlo. Yo me cabreé y les amenacé con suicidarme allí mismo, pero ellos me respondieron que les daba igual que yo me quitase la vida, ya que ellos podían desligarse fácilmente de mí de la misma manera que podrían ligarse a cualquier otra persona tan débil, ruin y desorientada como yo, por ejemplo mi padre, ya con una edad muy avanzada y sin medios para protegerse a sí mismo. Me incorporé de un salto que hubiera hecho palidecer de envidia a cualquier batracio anuro y saqué un revolver con el que les intimidé a todos. Les hice saber que su idea de trasladarse era sensacional y que o se mudaban y mimetizaban con los problemas de los algos de todos de mi progenitor en ese mismo instante y le empezaban a complicar más la existencia -o lo que pudiera quedarle de ella- o no volverían a sentir la luz del día acariciando sus nadas de nada, o sus algo de todos, o como diantres se quisiesen definir a ellos mismos y sus indivisibles fragmentos acumulados. Ellos aceptaron atemorizados, seguramente por la forma de máscara china que adquirió mi rostro y, sobre todo, por el color rojizo inyectado en mis ojos. Desde entonces mi padre sufre más que nunca y yo soy más feliz y dichoso cada día.