 |
| Gustave Dore. Paradise lost (XIX cent.) |
Llamadme Pseudo. Pero antes de explicar la razón de mi cambio de patronímico me gustaría pedir disculpas a Herman Melville por haber comenzado un texto de esa manera. Afortunadamente no soy Ismael, y lo más cerca que he estado de una ballena ha sido contemplando el maravilloso film de Bela Tarr Armonías de Werckmeister, pero no podía hacer otra cosa, debéis creerme. Ahora soy Pseudo, y por favor, no os confundáis con Pseudulus, el protagonista de Golfus de Roma, aunque no me importaría lo más mínimo trasladarme al pasado, pues mi futuro se me antoja como una maldita broma. Y siendo el que soy, aborrezco más al que fui. Porque fui sin querer ser y, ahora, soy por necesidad de no parecer a ojos de los que me examinan algo similar a un jodido malnacido asocial, que lo es simplemente porque no le dejan no ser. Y solo siendo algo que no es posible, puedo llegar a comprender las infinitas imposiblidades que se esconden dentro de cada hipótesis (in) existencial.
Estoy sentado sobre un cojín en el suelo. Mientras contemplo las paredes lisas, imagino mi cerebro estucado. Todos sabemos que los inconvenientes del estuco superan a las ventajas, aunque podría marmolizarlo. Nadie, jamás, ha visto una sesera marmolizada. Ni siquiera los presentadores de Bricomanía. Pero marmolizar implica incrementar el peso específico. ¿Alguien sabe cuánta carga puede soportar una cabeza antes de inclinarse? La verdad es que cuando contemplo a la gente en su salsa, es decir, sin que sepan que unos ojos escrutadores les examinan, puedo ver algunas testas inclinadas, pero no estoy seguro a qué es debido ese inaudito encorvamiento. Es posible que la estulticia también pese, aunque no tengo pruebas que lo corroboren. Hasta hace unos pocos microsegundos, siempre había creído que yo era el único tipo inteligente del planeta, ya que el resto ríen y se lo pasan estupendamente y yo no creo que sea posible ser inteligente y feliz al mismo tiempo; o incluso aparentarlo. O puede que sea justo al revés y yo sea el sujeto mas cenutrio que ha existido desde el principio de los tiempos y el resto, con o sin cabeza ladeada, son representaciones reales de la lucidez, el discernimiento y la intuición.
Pero solo soy un puto actor. Un actor extraordinario. Tan magnífico que nadie es capaz de creer en los personajes que represento. Excepto mi gato, que cree todo lo que ve, porque lo que ve es lo que le alimenta cada día. Si lo que ve dejara de alimentarlo cada día, en ocasiones dos veces en una misma jornada, mi gato se uniría al resto de mortales, con dos o más piernas, y se convertiría en otro incrédulo de mierda más. Pero no estoy aquí, me refiero en este mundo, para despotricar sobre los mininos, ni siquiera sobre los mininos incrédulos o las personas, crédulas o incrédulas. A decir verdad, no sé para qué diantres estoy en este mundo. A veces creo que no estoy en este mundo, sino en otro mundo, el mío, y que son el resto de mortales, incluyendo a los gatos prostituidos, los que se inmiscuyen en él. Pero es que además de inmiscuirse, se entrometen y entremeten. Sí, ya sé que los tres vocablos significan lo mismo, pero ¿pasa algo? Es mi texto y escribo lo que quiero. Y si quiero, puedo llegar a no querer, porque no queriendo es como verdaderamente quiero y cuando quiero no querer es cuando quiero queriendo sin querer. Y cuando en lugar de querer, amo, no quiero, porque amar es no querer, aunque parezca que se quiere sin razón aparente. Amar es completamente diferente. Y ahora me toca volver a pedir perdón, esta vez a los Monty Python por haberles robado su frase más famosa.
Creer se me antoja algo arcaico, sin embargo creo que debería poner punto final a este texto. Quizá debería haberle puesto ese punto tras la primera frase, la robada a Melville, pero me gusta comportarme como un niñito al que sus padres le han perdonado algunos cachetes. Y con la desvergüenza que me caracteriza, tan dura como el cocobolo y tan bruñida como una calva asturiana, me despido de todos con un «por mi os podéis ir a…» tan marcadamente confuso como un langostino azul nadando sobre una profundidad verdosa e irreal.