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| Morris Graves. Snake and moon (1938) |
Querida:
Al final solo queda ese amargo sufrimiento. Y aunque trato por todos los medios de hacer como que no existe, no puedo dejar de sentir el ondulante recorrido de mis lágrimas mientras se estrellan sobre el suelo de madera. ¡Creo que las arañas quieren salir de mi cabeza! ¡Pero las serpientes permanecen en mi corazón! Allí construyen ramajes eternos enriscados con la ayuda de sus lenguas bífidas. Y cuando por equivocación desembalsan tinieblas, el remanente se funde en una especie de pequeño molinete y sus ruidos impulsivos e intermitentes resultan muy agradables. Excepto para los pobladores de los perímetros protegidos que están convencidos de que nacieron muertos y que solo viven para poder reunir pruebas que corroboren su inexistencia. Yo los distingo por los abrojos que escapan de sus dientes ennegrecidos por la ininterumpida ingesta de velas votivas prendidas por un único lado.
Quizá creas que ya no tengo remedio. Quizá pienses que quizá. ¿Quizá? A mí no me importa. ¿No me importa? ¿Quizá? Yo ya he pagado la penitencia. En mi país, que es mi cabeza, soy una especie de superviviente al que todos admiran. Pero todos no son todos, sino una pequeña parte, puede que la mitad de lo que imaginas o incluso menos. ¡Nadie puede trepanarme! ¡Nadie puede trepanarme! ¡La armonía del desasosiego diseña cada una de las estancias! Pero siempre permitiendo la entrada de la perfecta palidez de las sombras turbias y veladas. ¡Nadie puede trepanarme! Ni siquiera los rayos anémicos suspendidos de la mirífica y densa exhibición que todos escenifican. ¿Todos? Bueno, quizá unos cuantos. ¿Quizá? Silencios ocultos. ¿No me importa? La habitación se oscurece. Nadie puede trepanarme.
Al final solo queda ese amargo sufrimiento.
